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Esperaré en mi país invisible, de Mariela Cruz
(primer capítulo)

martes 19 de noviembre de 2024
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“Esperaré en mi país invisible”, de Mariela Cruz

Esperaré en mi país invisible
Mariela Cruz
Novela
San Juan (Puerto Rico), 2018
ISBN: 978-1984190840
324 páginas

Cenizas

30 de septiembre de 1937
Libertador, República Dominicana

El sol se preparaba para alejar el poder de sus rayos de las islas del Caribe. La oscuridad comenzó a ganar terreno sobre las montañas de la provincia de Libertador, pueblo fronterizo con Haití y la República Dominicana. Las faenas del campo se habían detenido. Sólo se escuchaban, el canto melancólico de los gallos, el chillido incesante de los grillos y el llamado ansioso de Brunilda.

—Lautaroo, Lautaroo.

—¿Oui, madame? —contestó el joven negro, acercándose.

—Ve a traer más leña, pronto estará muy oscuro y no hay para cocinar el desayuno.

Oui, madame, en seguida atiendo su mandado.

El joven salió corriendo hacia la arboleda que comenzaba a unos doscientos metros de la casa. Casi enseguida su bien formado cuerpo, cubierto sólo con un pantalón blanco anudado a la cintura, desapareció.

—A la verdad que hay que estar pendiente de todo en esta casa, se distrae uno y se queda hasta sin leña para cocinar. A éstos no se les ocurre nada, todo hay que ordenárselos.

—Jacintaa, Jacinta, avanza, muchacha. Encierra las gallinas, que estoy bien cansá y ya quiero acostarme.

—Voy, mami, es que Rubén sigue jugando y no acaba de subir.

—Mira, dile a ese niño que avance a entrar a la casa, que hay peligro en la noche. Ya me advirtieron que un grupo de rebeldes está ocasionando problemas. Que suba ahora mismo, antes que lo suba con un buen golpetazo.

—Ya voy, mami, esta tonta de Jacinta, tan exagerada, merda —contestó Rubén al escuchar la discusión.

—¿Qué dijiste, Rubén? Tú sabes que, si te oigo hablar malo, te rompo la boca.

—No, madame, que me pillé con la puerta.

—No soy tu madame, soy tu madre. Subes y te vas para el cuarto, antes de que pierda la calma.

Brunilda estaba sola en la casa. Su marido había salido para Monte Cristi a negociar la venta de ganado y aún no había regresado.

La cercanía de su hacienda con la frontera les hacía demasiado vulnerables. Hasta ahora, Genaro y sus vecinos habían logrado pacificar el ambiente y eran respetados por aquellos rumbos. Pero después del golpe de Estado y la ascensión del nuevo presidente Trujillo, los ánimos estaban caldeándose.

“A ese presidente no le gustan los negros”, le oyó comentar a su marido. “¡Que Dios nos proteja! Si se forma una revuelta, estamos perdidos. Esta gente son trabajadores humildes, pero enojados. Podrían hacer mucho daño. Serían muchos contra nosotros, aquí solitos. No sé a quién tenerle más miedo, a los de Trujillo que nos tachen de traidores, en caso de que tratemos de defender a esta pobre gente, o a los rebeldes porque somos blancos”.

La llegada de Lautaro con la leña interrumpió sus pensamientos.

—Señora.

—Sí, Lautaro.

—Aquí está su encargo. Me retiro.

En lugar de alejarse, el joven miró a Brunilda, preocupado.

—Señora, hay que tener cuidado, algunos hermanos enojados por el maltrato están haciendo daño en las haciendas.

—Lautaro, ¿crees que corremos peligro?

El muchacho bajó la cabeza y no supo qué contestar. Ante esa reacción, Brunilda comenzó a tomar decisiones.

—Esta noche necesito que te quedes en la barraca, trae a tu familia, pones las hamacas y les das de comer aquí. Cualquier cosa que pase, nos avisas, ¿Entendido?

Oui, madame, usted ordena. Agradezco su confidence.

—Yo también agradezco tu lealtad, merci, Lautaro, que duermas bien.

El pensamiento de Brunilda evocó nuevamente a su esposo y la situación en la que se encontraban. Había revueltas en los alrededores, especialmente después de la visita de Trujillo. Se escucharon comentarios de que querían eliminar a los haitianos de las fronteras a como diera lugar. Conociendo al Presidente, el pueblo sabía que no sería de manera pacífica.

Por lo menos Lautaro se quedaría cerca esta noche. Había más braceros en la hacienda, pero Lautaro era el de confianza. Conocía a sus padres, fueron esclavos de la hacienda hasta que murieron. El chico se había criado con el hermano de Brunilda, Rafael, y ambos habían creado unos lazos de amistad y lealtad inquebrantables.

En esos momentos, Brunilda recordó un pasado lleno de esperanzas en las que veía a su hermano corriendo a caballo o subiéndose a los árboles en compañía de su fiel amigo. Pero el tiempo y las circunstancias habían cambiado todo. Rafael se había ido para Puerto Rico a trabajar y habían pasado meses sin tener noticias de él.

La tensión se sentía en el aire, los sonidos rutinarios de la noche se habían alterado, quedando todo en silencio. Como cruel presagio de algo que no podían anunciar. Brunilda entró a la sala, cerró las ventanas de doble hoja con la tranca y apagó los quinqués. Luego se dirigió a las habitaciones de sus hijos y ordenó:

—¡Rubén y Jacinta, esta noche duermen en mi cuarto!

—Ay, mamá, ¿por qué? Si ya estoy acomodada en mi cama.

—Porque yo así lo decido. Rubén, avanza y no te hagas el dormido, te conozco.

Las horas pasaron, pero el silencio de la noche no lograba relajar a Brunilda para proporcionarle el descanso que tanto necesitaba. Su instinto le advertía que había peligro, pero no sabía a qué temer o qué hacer. Observaba a sus hijos moverse continuamente en la cama a causa del calor, pero no abriría las ventanas, por nada del mundo. Podría ser demasiado peligroso. Otra vez, sus ojos se dirigieron al pequeño altar donde tenía una vela encendida frente a un crucifijo y una imagen de la Virgen de Altagracia.

—Jesús mío, virgencita hermosa, protégenos de una desgracia y permite que mi Genaro vuelva pronto y con bien. Cuida de Rafael y de mis hijos, Dios de la misericordia.

Finalmente, el cansancio pudo más.

“Tal vez no pase nada. Estoy tan cansada”, pensó. Sus ojos se cerraron dando paso a un poco de tranquilidad y reparo del cuerpo.

Horas después el sonido de un fuerte golpe en la pared espantó su sueño y casi de inmediato se escuchó un grito de mujer y el llanto de un niño. Brunilda reaccionó, asustada.

El silbido familiar no se hizo esperar, luego se escuchó el angustiado grito de Lautaro.

Madame, corra, corra.

Inmediatamente se oyó el galope de los caballos huyendo. Luego, otro golpe y un sonido sordo de algo cayendo al suelo. El cacareo histérico de las gallinas, acompañado por los gritos de Bébala, la esposa de Lautaro, se escucharon por todo el recinto.

Los niños despertaron y Brunilda los haló del brazo para que salieran de la cama. Algo chocó contra la puerta y se sintió olor a madera quemándose. El humo no tardó en entrar a la habitación. Brunilda abrió la ventana del cuarto y levantó a Rubén y a Jacinta para ayudarlos a salir de la casa. En su huida alcanzó a agarrar su cartera y un par de frazadas. Cuando estaba a punto de subirse al borde de la ventana, para salir, Lautaro se asomó. La llamarada que salía del cobertizo de los animales iluminó el rostro de su sirviente. Vio horrorizada cómo manaba sangre de su cabeza. Cubría casi todo su rostro.

Madame, debe irse, yo traté de ayudarla —enseguida la miró a los ojos y cayó de espaldas, inconsciente.

—Lautarooo —gritó Brunilda, desesperada.

La mujer salió de la casa, agarró a Lautaro de un brazo y lo arrastró hacia una arboleda, lejos del incendio. La turba ya se había alejado. Dejó sólo polvareda y destrucción. Brunilda se dirigió corriendo al establo. Encontró a Bébala abrazando al pequeño Dalmiro, acurrucados en una esquina. La tomó de la mano y los sacó del recinto que comenzaba a consumirse por el fuego.

—Vengan, ayuden, hay que apagar el fuego —gritó Brunilda con desespero.

Una fugaz mirada a su alrededor aclaró sus dudas. Sólo estaban presentes sus hijos, una mujer aterrorizada y Lautaro, inconsciente. El resto de los empleados habían desaparecido. Fueron momentos de conmoción y llanto. Brunilda trató de apagar las llamas utilizando baldes con tierra y agua, pero el humo y el calor no la dejaron continuar.

Cuando decidió dejar que el fuego terminara con su objetivo arropó con una de las mantas a los niños que temblaban más de miedo que de frío. Enseguida cortó un pedazo de la otra manta para limpiar la herida de Lautaro. Bébala no dejaba de llorar y el pequeño Dalmiro le hacía eco.

—Basta, Bébala, estamos vivos y tu esposo se pondrá bien. Necesito que cooperes, tenemos que alejarnos de aquí, por si esos rufianes regresan. Ayúdame a levantarlo y vámonos. ¿Entendiste? Ann alé, alé.1

Lautaro reaccionó por unos segundos. Miró a Bébala. Trató de incorporarse, pero las piernas no le obedecieron. Volvió a caer. Las dos mujeres lo levantaron y Jacinta tomó en brazos al pequeño Dalmiro. Lautaro trataba de cooperar. El golpe que había recibido en la cabeza lo hundía nuevamente en la inconsciencia, por lo que las mujeres tuvieron que tomarlo de los hombros para poder avanzar.

—Rubén, llena esa vasija de agua, apúrate que debemos alejarnos de aquí.

Brunilda decidió caminar hacia el norte por la arboleda. Debían ocultarse, así tendrían tiempo para pensar y tomar decisiones.

—Tenemos que buscar refugio, si llegamos a la hacienda de los Mendoza, quizás puedan ayudarnos. Tendremos que esperar hasta el amanecer.

—Mamá, conozco un escondite seguro, allí nadie nos encontrará, vamos, madre, sígueme, alé, Bébala —indicó Rubén.

Temerosos, caminaron por la arboleda. Evitaron el sendero. La luna llena les favoreció en su marcha, pero podían ser vistos sin dificultad. Rubén les dirigió hacia un promontorio de piedras cubierto por maleza, que ocultaba una cueva. Era “la cueva del llanto”. La llamaban así porque allí corrían a ocultarse los niños y a veces los adultos, cuando querían estar a solas. Brunilda la conocía, pero era un lugar “secreto” y en ese momento no importaban los motivos o el nombre de ésta.

—Gracias a Dios y a Rubén, encontramos un lugar donde descansar, en cuanto amanezca iremos a buscar ayuda con los Mendoza.

En esos momentos, Lautaro reaccionó.

—No, madame, es peligroso, los rebeldes van para allá y sólo encontrará muerte.

—¿Qué dices, Lautaro?

—Ellos me dijeron que le dieron una oportunidad, porque ustedes son buenos con los muchachos. Querían que me fuera con ellos y me negué, por eso me golpearon.

—¿Cómo lo sabes? ¿Qué pasará con los Mendoza?

—Uno de ellos es Antuané, él odia a los blancos y usted sabe que don Bartolo lo castigó en una ocasión por querer hacer cosas malas con una de sus hijas. Yo escuché, amita.

—Ellos se fueron hacia el sur, por lo que deben haber llegado a la casa de los Sánchez.

Oui, madame, para allá iban. Pero antes les darían una visita a los Mendoza.

—¿Y los caballos?, ¿qué podemos hacer con lo que quedó?

—Podemos ver si hay alguno por allí, pero esos bandidos se iban a llevar todo lo que pudieran.

—Tú descansa, cuando amanezca tomaremos decisiones. Nos vamos hacia el norte, lejos de los Mendoza y siguiendo el curso del Masacre, iremos hacia Monte Cristi. ¡Que Dios y la Virgen nos protejan! Sólo tu misericordia, sólo tú, Señor, nos puedes socorrer.

La pequeña comitiva se acomodó como pudo, luchando con la oscuridad, la brusquedad de las paredes y el suelo de la cueva, además de la incertidumbre que les producía la situación tan precaria en la que se encontraban.

Brunilda no podía quedarse dormida, tenía que vigilar para evitar una emboscada. Sólo entraba un poco de claridad a la cueva a través de los arbustos y los sonidos de la noche provocaban confusión y ansiedad. Los niños se abrazaron a ella, buscando un poco de seguridad y finalmente se quedaron dormidos. Bébala amamantó a Dalmiro. Acurrucada cerca de Lautaro, se dejó vencer por el cansancio.

Para Brunilda fue una noche demasiado larga, pero resistió a la tentación de dormir. Las horas pasaron y los primeros rayos de la mañana asomaron por los agujeros de la caverna. El pequeño Dalmiro despertó; sus grandes ojos, de un verde intenso, buscaron asustados a su madre, e intentó llorar. Advertida por Brunilda, Bébala de inmediato le dio el pecho.

Desde su nacimiento, Dalmiro causó conmoción en la hacienda. Su carita perfilada, labios carnosos y bien formados, pelo negro con rizos sueltos y enormes ojos verdes adornados por pestañas largas y negras, evocaba a los querubines. Apenas tenía ocho meses, su piel era clara, más bien trigueña. El padre de Bébala fue español al igual que uno de los abuelos de Lautaro. La madre de Lautaro era haitiana y su padre mestizo dominicano. Por ello la mezcla inclinó los rasgos del crío hacia el lado español.

Lautaro fue víctima de muchísimas burlas cuando nació el pequeño. Pero él conocía muy bien a la familia de Bébala y sabía que Dalmiro era su hijo y eso era lo que importaba. Bébala hablaba muy poco español, pues su madre se la había llevado para Haití. Años después, por necesidad de trabajo decidió regresar a la república con ella.

—Silencio a todos, pe, la Bébala,2 creo que alguien se acerca —indicó el susurro de Lautaro.

Todos quedaron inmóviles. No sucedió nada. Brunilda esperó unos minutos y se asomó a la entrada. Lautaro intentó seguirla. El dolor de cabeza lo detuvo.

—Todo se ve tranquilo. Creo que debemos regresar a la hacienda para ver si podemos encontrar algo que nos ayude durante el viaje. Quizás uno de los caballos regresó.

—Yo iré con usted, amita.

—No, Lautaro, quédate, cuida a los demás. Iré sola, es más fácil. Además, si los rebeldes regresan y te encuentran, pueden matarte.

—Mamá, quiero ir contigo, conozco muchos escondites y sé cómo volver rápido.

—Está bien, Rubén, acompáñame y veremos lo que encontramos.

—Jacinta, dame un beso. Te pido que no salgas de la cueva a menos que Lautaro así lo decida. Manténganse callados y ayuda a Bébala con el niño para que no llore. Voy a ver si consigo agua y alimentos. Si no regresamos en un rato, no nos busquen y se van por el río. ¿Entendieron?

Jacinta asintió con lágrimas en los ojos.

Oui, madame —indicó Lautaro.

Brunilda y Rubén llegaron a las ruinas de la casa. Ella se dirigió a lo que quedó de la cocina. Encontró una vasija con arroz y se lo echó en los bolsillos. También encontró frijoles chamuscados en lo que quedó de despensa y unas yucas casi calcinadas, pero comibles. Los envolvió en un trapo que sobrevivió al fuego y se dirigió a los cuartos.

Alguien había entrado después de su huida, pues todo estaba en desorden. Lo que no se había quemado estaba roto. Vio la foto de su boda en el suelo, chamuscada, con el vidrio roto; la limpió, tomó un poco de ceniza del suelo y dibujó un corazón sobre ésta. Volvió a colocarla sobre la repisa quemada. Sería una señal para su esposo..., si llegaba.

Rubén estaba en lo que fue su cuarto buscando ropa, pero todo estaba inservible. Salieron de la casa y caminaron por las cercanías tratando de ver si los caballos habían regresado. No había señal de ellos. No se preocupó por verificar las siembras, era época de limpieza y no había nada en los campos. Caminó hacia la arboleda, buscó una rama y desenterró unas malangas. Volteó a ver lo que era su casa y las lágrimas acudieron a sus ojos. Rubén la miró y la tomó de la mano apretándosela con cariño. Brunilda acarició su mejilla.

—Vamos, mi niño, sólo es cuestión de ser valientes, yo sé que vamos a salir de esto y tu padre se sentirá orgulloso de nosotros.

—No entiendo por qué Antuané nos hizo esto, nosotros somos buenos con ellos.

—La gente cambia, hijo. Y Antuané está lleno de odio.

—Madre, yo siempre estaré con usted y la voy a ayudar.

Brunilda reaccionó con un abrazo.

—Vamos a buscar agua y luego a la cueva, no quiero que se preocupen más por nosotros.

Brunilda tomó de la mano a su hijo y apresuró la marcha.

Mariela Cruz
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Notas

  1. Vamos, muévete.
  2. Silencio.
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