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Esperaré en mi país invisible, de Mariela Cruz

martes 12 de noviembre de 2024
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Mariela Cruz
En veintiocho capítulos la escritora puertorriqueña Mariela Cruz nos lleva de la mano para conocer las peripecias, sufrimientos, desplazamientos y desgarramientos de una sociedad acosada por la tiranía militar.
La tiranía es una costumbre con capacidad de desarrollo que termina por convertirse en una enfermedad… Con el tirano, mueren para siempre el ser humano y el ciudadano y resulta prácticamente imposible el retorno a la humanidad para el arrepentimiento, para la regeneración.
Dostoievski
—Usted tiene nervios bien templados —aprobó el coronel Abbes García—. No todos los oficiales son así. He visto a muchos bravos que, en la hora crítica, se despintan. Los he visto cagarse de miedo. Porque, aunque nadie se lo crea, para matar se necesitan más huevos que para morir.
Mario Vargas Llosa: La fiesta del Chivo

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Una isla compartida. Una isla donde habitan dos países: República Dominicana y Haití. Es una isla melliza sembrada en el Caribe mar. Geografía univitelina. Es una isla que, como toda isla, tiene como horizonte el mare nostrum de la cuenca americana y un más allá donde la tierra es más extensa. Pero hay otras islas, como Puerto Rico, donde comienza esta historia que se desarrolla en medio de un genocidio conocido como la Matanza del Perejil, en República Dominicana, con la llegada al poder de un tirano, Rafael Leónidas Trujillo, alias Chapita, también conocido como el Chivo, tan ególatra que le cambió el nombre a la capital por su apellido: de Santo Domingo por Trujillo, y desde esa anomalía personal, psiquiátrica, comenzó la tragedia que Mariela Cruz nos relata en su novela Esperaré en mi país invisible, un largo relato en el que todos los personajes son protagonistas, en el que la realidad como la ficción se funden para ofrecernos un mosaico de eventos que confluyen en la maldad y la perversión del poder hasta lograr la muerte de quienes llegaron a República Dominicana en busca de mejores condiciones de vida: los haitianos, hostigados, perseguidos y asesinados por el tirano, por el hecho de ser negros o mulatos.

La historia abre con muchos incendios en haciendas cercanas a la frontera donde trabajan los haitianos. El río que configura esa frontera, el Masacre, sigue siendo una marca en el espíritu de ambas naciones. Y se dice “de perejil” porque era la manera de identificar a los haitianos, quienes al pronunciar la palabra eran reconocidos por el sonido que producía su habla vibrante, afrancesada, gutural, lo que significaba la muerte a disparos, cuchilladas, ahorcamiento o machetazos. Esa orden criminal de Rafael Leónidas Trujillo es el marco referencial de esta novela de la escritora nacida en Puerto Rico, Mariela Cruz.

 

“Esperaré en mi país invisible”, de Mariela Cruz
Esperaré en mi país invisible, de Mariela Cruz (2018). Disponible en Amazon

Esperaré en mi país invisible
Mariela Cruz
Novela
San Juan (Puerto Rico), 2018
ISBN: 978-1984190840
324 páginas

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Con el llamado Boom de la literatura latinoamericana se abrió una puerta para escribir sobre la realidad política de nuestro continente. Autores como Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Arturo Úslar Pietri, Augusto Roa Bastos, entre otros, se pasearon por las atrocidades cometidas por los personajes que en sus páginas de ficción reflejan la realidad calcada en el rostro de los tiranos que asolaron sus países y se convirtieron en protagonistas de estas obras que siguen vigentes, toda vez que en el continente continúa la historia abrasada por el fuego criminal de dictadores, tiranos o tiranuelos capaces de adueñarse no sólo de las riquezas materiales de sus países, sino hasta de la conciencia de los ciudadanos.

En la novela que nos toca hoy el tirano no aparece como protagonista: son sus víctimas las que ocupan el espacio narrativo para contar acerca de las maldades del déspota, las que cometían los personajes trabajados por los escritores arriba mencionados. No obstante, el solo hecho de mencionar su nombre ya lo hace parte de ese infierno dirigido por él mismo.

Mientras el escritor colombiano Conrado Zuluaga muestra el rostro de los tiranos en su estudio-ensayo Novelas del dictador, dictadores de novela, en esta obra de Mariela Cruz el dictador es una referencia, un sujeto, un fantasma que aterroriza y ordena desde la distancia, desde su silencio, desde su maldad solapada por las acciones de los militares que a su mando cumplen con sus órdenes.

La enfermedad, mencionada por Fedor Dostoievski, virulenta y letal, podría calificarse como una de las características más visibles de nuestra cultura política. El escritor colombiano Fernando Vallejo llegó a afirmar, en un estudio sobre el mismo tema, que el dictador es una suerte de crítico social porque permite con sus acciones descubrir las llagas de una realidad inocultable. El estilo duro e implacable del novelista neogranadino no deja hueso sano cuando se refiere a los políticos, sean de la tendencia que sean.

 

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En veintiocho capítulos la autora nos lleva de la mano para conocer las peripecias, sufrimientos, desplazamientos y desgarramientos de una sociedad acosada por la tiranía militar. Los civiles dominicanos que les dan cobijo a los haitianos en sus haciendas también son castigados por el régimen. Esta situación provoca un levantamiento de trabajadores de la vecina nación, residentes en República Dominicana, quienes incendian, matan y se vengan de las atrocidades cometidas por los militares. En medio de estas revueltas se encuentran las familias que estructuran esta obra.

Así, Brunilda, el negrito Lautaro, Jacinta, Rubén, Rafael, Matilde, Genaro, Elías, Dalmiro, Roberto, el padre Rufo, todos ellos, conforman el tejido dramático de esta novela que registra una historia que marcó tanto a República Dominicana como a Haití. Una historia basada en hechos verídicos con agregados ficticios, lo que hace que esta novela, de corte histórico, contenga una carga creativa que le añade a esta escritura el arte que el lector busca cuando abre sus páginas.

En el devastador contexto histórico retratado por la novela, las políticas genocidas y la violencia institucionalizada se convierten en fuerzas omnipresentes que condicionan la vida de las personas. A través de la descripción de escenarios llenos de violencia y opresión, la autora consigue sumergir al lector en una atmósfera asfixiante, donde el miedo y la incertidumbre definen el día a día. La novela no sólo revela las atrocidades del régimen, sino que también explora cómo estos eventos moldean la historia colectiva y personal de una nación en crisis.

La tensión entre la represión estatal y la resistencia cotidiana de los ciudadanos se convierte en el eje sobre el cual gira la trama, mientras que el país se revela como un lugar fragmentado, donde los espacios de libertad son escasos pero inquebrantables. Una obra cuyo estilo, profundamente inmersivo, invita al lector a experimentar de manera directa tanto la devastación como la esperanza que se entrelazan en la trama.

Haití, “el país invisible ante los ojos del mundo”, se visibiliza gracias a esta pieza en cuyas páginas queda registrado un segmento de una época. Octubre de 1937 es la ceja que enarca el dolor en esa frontera donde seguramente se oyen aún los quejidos de las víctimas.

Alberto Hernández
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