Capítulo 1
A Blas, que vivía en el campo, en un pueblo al que sus habitantes llaman Cuesta Arriba, lo que mejor se le daba en el instituto eran los dibujos. Ahí, cuando los trazos y las figuras que brotaban de su imaginación entraban en juego, dejaba de ser el niño a quien apartaban de las actividades grupales por criterios desconocidos, y a quien nadie buscaba de acompañante en las clases de danzas. Una vez que tenía un bloc de hojas oficio o sencillamente un trozo de papel frente a sí, y empuñaba algún lápiz Stabilo, las pequeñas cabezas de cabelleras desordenadas se acumulaban detrás de él. Las bocas de sus compañeros y compañeras, adornadas con frenillos o con dentaduras a las que siempre les faltaba alguna pieza, se abrían elocuentemente. Los ojos que lo veían trabajar sobre la hoja, acostumbrados a las lagañas y a los estallidos siderales, se movían en diferentes direcciones, denotando admiración y mareo a partes iguales. A veces, sus compañeros y compañeras le pedían que los dibujase y él asentía, con un dejo de reserva interior. Conocía lo fácil que podían ofenderse algunos y por ello no siempre accedía a los pedidos que le hacían. A pesar de que se empeñaba en crear versiones mejoradas de sus compañeros en el papel, un par de veces algunos detalles anduvieron mal y la cabeza de Blas terminó estrellada contra el pupitre o contra otras estructuras de madera, armarios o tableros. Debido a esas demostraciones de disgusto o a los cambios bruscos de humor, prefería trabajar en sus caricaturas una vez que llegase a casa. Allí, a nadie parecíab desagradarle los resultados finales de las cosas que hacía con sus papeles y sus lápices. Ni a su madre o a su padre, y aún menos a los animales, les irritaba lo que hacía. Sin embargo, tal espacio de sosiego para calentar la mano frente a una cuartilla o un bloc entero no sería en absoluto duradero o un consuelo para siempre. Cuando empezaron a aparecer las goteras sobre los tejados de madera, la sensación de seguridad que tenía Blas frente a sus dibujos en casa dio un serio viraje. El agua se filtraba por diferentes sectores del techo, e inevitablemente, y por más que jugase de malabarista y cambiase sus cosas de lugar dentro de la habitación, las gotas terminaban llegando a sus bocetos y a sus caricaturas. Entonces, sus creaciones lucían como siluetas onduladas, o capas cremosas, estropeadas por la fuerza del agua y la naturaleza. A pesar de que su madre le sugirió cambiarse de habitación, pues la suya era la única afectada por ese fenómeno dentro de la casa, no quiso mudarse a ningún otro espacio. Sentía que si hacía un movimiento como ese, la construcción que tanto esfuerzo le había costado hacer a su madre llegaría a verse afectada por completo. Seguiría durmiendo en su habitación y lo único que cambiaría sería que no dibujaría dentro de ella sino en los corredores de la casa. Solamente con ese pequeño giro, tendría acceso a contemplar la abundante vegetación que les rodeaba y podría dedicarse a pintar durante tardes enteras ejemplares de indios viejos y patas de vaca.
Capítulo 2
Haber mudado sus papeles a los corredores de la casa le permitió a Blas una mayor cercanía hacia las actividades de sus padres. Las horas que compartían se centraban sobre todo en el tiempo de las comidas y a veces daba la impresión de que, si no tuviesen la excusa de alimentarse, la existencia de cada integrante de la casa transcurriría en universos aparte. Esto no se debía a que se llevasen mal, o a que los malos tratos dentro del hogar de Blas fueran un asunto constante, sino a que cada uno era muy entregado a determinados quehaceres. También estaba el asunto del idioma, el cual era un auténtico lío. La madre, proveniente del Ártico, de zonas demasiados frías, no hablaba la lengua del país natal del padre de Blas y por ello la comunicación entre sus padres pasaba más por el lenguaje de las señales, de lo que podían expresar con sus manos. El padre, por su parte, tampoco había hecho demasiados esfuerzos para aprender el idioma de la madre y ambos terminaron por acostumbrarse a convivir sin que entendiesen lo que decía el otro. Blas, por su parte, sí que tenía una idea de los idiomas natales de sus progenitores, pero cuando llegaba la hora de traducir argumentos muy largos o confusos, se hacía un lío y se percibía a sí mismo como demasiado tonto y terminaba por irritarse consigo mismo. En el fondo, lo que le incomodaba era la sensación de estar decepcionando a su madre. A veces, la percibía como una mujer de carácter, la cual tuvo por suerte el convivir con dos hombrecillos inútiles bajo el mismo techo. La actividad del padre de Blas se limitaba a ir con una carretilla, cargando arena o tierra, de un lado a otro, alrededor del terreno que compartían. Y Blas, por su parte, se limitaba a dibujar, a hacer bocetos de los animales que se paseaban cerca de él o intentar representar la vegetación que los rodeaba. De modo que sí, en términos generales, la mujer del Ártico que tenía por madre debía asumir el timón e intentar que el barco familiar no se hundiese. A ella, por su parte, no parecía disgustarle asumir ese riesgo y por algo se había encargado de hacerles una casa con sus propias manos. Los abuelos de Blas fueron quienes les donaron el terreno donde vivían, pero quien se encargó de trabajar la tierra, de cultivar y de levantar los muros de la vivienda, había sido nada menos que ella, la mujer de piel clara y cabellos casi plateados, proveniente del Ártico. Mientras dibujaba, y tomaba breves descansos para observar a sus padres, contemplaba una escena de camaradería en estado puro. Ambos bebían refrescos junto al barril instalado en los corredores y aprovechaban la pausa de sus respectivos quehaceres para imitar los sonidos de los pájaros que volaban a grandes y pequeñas alturas. Al verlos reír y chapalear palabras, de manera tan natural y sosegada, mostrándose hechos el uno para el otro, Blas se preguntaba por las profundidades de la comunicación humana, en qué era lo verdaderamente relevante para que dos o más personas se entendiesen y decidiesen extender una relación infinitamente.
Capítulo 3
El chico más popular en el instituto al que iba Blas era el jovencito Vics. Eran varias cosas las que lo hacían un chico singular, entre ellas su talla pequeña. Diminuta, en realidad. Los dos dientes delanteros de Vics eran negros, por alguna razón desconocida para Blas. Sencillamente, se negaba a formularle pregunta alguna con respecto a esa particularidad. A muchos chicos y chicas les faltaba algún diente y de ninguno podía decirse que tuviese una dentadura deslumbrante o con cada pieza guardando un orden preciso, pero lo de Vics era algo que solamente se daba en él. Era, como se dice vulgarmente, un chico único en su especie. Otro factor determinante en la gran acogida que poseía Vics allá adonde fuese, es que era alguien al que las chicas adoraban, no había una sola que no quisiese estar cerca de él y que les contase historias o les hablase de los juegos que había inventado últimamente. Aparte de estos rasgos distintivos, el abuelo de este distinguido jovencito era el señor Taberner, el rector del instituto. Del señor Taberner no se podría decir que era alguien dedicado a ejercer sus funciones desde una oficina o a darse aires de poder por los pasillos del instituto, y por ello a Blas nunca se le ocurrió llamarlo señor rector. Ese señor alto, de nariz larga y afilada, y con poco cabello blanco en las zonas cercanas a las orejas, al que se lo solía ver ataviado con cazadoras holgadas rojas y pantalones de pana, se entregaba a muy diversos oficios. Unas veces, a la hora del recreo, se encargaba de repartir a los chicos del instituto perros calientes o sándwiches con limonada. En otras ocasiones, se lo veía conduciendo un enorme carro viejo, y con ese vehículo tan antiguo se dedicaba a llevar a los chicos y chicas a sus respectivas casas después de clases. En los bazares del instituto era quien se encargaba de cocinar una inmensa cantidad de platos y ninguna familia podía irse de esos eventos festivos sin un regalo por parte del rector. En las tardes, la casa del propio señor Taberner estaba abierta para reforzar las falencias en ciertas áreas de los diferentes estudiantes que acudían a su instituto. A Blas, que lo único que le interesaba era trabajar en sus bocetos, lo enviaron en un par de ocasiones a reforzar sus habilidades en matemáticas. A pesar del disgusto que mostró en principio, el desánimo se evaporó rápidamente, al conocer a las nietas del señor Taberner. Eran chicas muy inteligentes, mayores que Blas y Vics, que usualmente iban vestidas con blusas celestes o naranjas y que se mostraban encantadas de poder colaborar con las tareas o con los ejercicios más difíciles de comprender en las distintas áreas que se impartían en el instituto. Incluso los chicos más brillantes del instituto, que en verdad no necesitaban de ninguna mano para pasar los exámenes con excelentes calificaciones, le pedían al señor Taberner que los dejase ir a su casa, pues necesitaban estudiar más a fondo ciertos temas. La realidad que había detrás de esas peticiones era que querían ver a las nietas del rector del colegio, y preferían dejar de lado su prestigio de estudiantes destacados, con tal de lograr ese pequeño gran cometido. El contemplar, aunque solamente fuese una vez más, a las nietas del señor Taberner, valía más que cualquier nota o medalla.
Capítulo 4
Lo impensable para Blas ocurrió una mañana lluviosa en el instituto. El chico al que era casi imposible hallar solo en cualquier lugar al que fuese, decidió exponerse aquel día a lo que era una tormenta, a la sensación de soledad que produce la lluvia cuando cae a cántaros y no se cuenta con la compañía de nadie. Se balanceaba sobre un columpio, con la mirada perdida, y las lágrimas que le brotaban de los ojos y descendían por sus mejillas se confundían con la lluvia. No solamente tenía la ropa empapada sino que alrededor suyo había un gran círculo que impedía que cualquiera se acercase y le hiciese un poco de compañía.
—¿Qué pasa, Vics, qué haces ahí solo? —le preguntó Blas en voz alta a su compañero de clases.
Vics intentó emitir unas palabras breves, pero su voz se la tragó el rumor del viento y la constancia del agua que caía y caía cada vez con mayor fuerza. Blas le pidió que fuesen a hablar algún sitio que estuviese cubierto por algún techo, pero su interlocutor tampoco pareció entender el mensaje que le acababan de enviar, casi a los gritos. Luego de unos minutos, el agua bajó su intensidad y pudieron entenderse un poco mejor.
—Te he dicho que el viejo Taberner se ha ido, para siempre —dijo Vics.
—De qué hablas, sabes que siempre que toma su coche viejo nos dice lo mismo, que la marcha definitiva ha llegado —contestó Blas, en tono tranquilizador.
La propia imagen de Vics se tornó borrosa a los ojos de Blas y dudó de las palabras que acababa de elegir. Quizás ellos dos, los dos chicos que hablaban en voz alta, procurando paliar el rumor del agua caída de los cielos, también estaban desapareciendo y ninguno de los dos estaba siendo muy consciente de eso.
—Esta vez sí que fue la ida definitiva, amigo —dijo Vics.
Vics se cubrió la cara con ambas manos. Daba la impresión de que él mismo quería desaparecer, y acompañar a su abuelo allá adonde hubiese ido. Deseaba que ese cuerpo que se balanceaba sobre un columpio, bajo una torrencial lluvia, se convirtiese en polvo de estrellas y emprendiese un largo vuelo a través del universo.
Capítulo 5
Desde hoy pueden llamarme Taberner, dijo Vics, ante las miradas compungidas de sus compañeros y compañeras de clase. Cuando dijo esas palabras, lo primero que pensaron los ojos que lo observaban es que se trataba de una señal natural del duelo que llevaba adentro. Después de todo, era el instituto entero el que se había cubierto de un aire atónito e infausto. Se sabía de sobra lo cercano que era con su abuelo y por ello no había motivo para alarmarse o para empezar a murmurar que a Vics se le habían zafado varios tornillos de la cabeza. Si él quería que lo empezaran a llamar de esa manera, ellos se encargarían de cristalizar ese deseo y no habría problema en comenzar a dirigirse a él con esa palabra, más digna de una cantina que de un centro educativo. No obstante, cuando empezó a rehuir la compañía de sus amigos y amigas más cercanos, se empezó a expresar cierto desconcierto. No verbalmente, pero sí, de manera inevitable, en el lenguaje corporal, en la clase de gestos que suelen decir más que las propias palabras. Y del desconcierto inicial, las expresiones se mudaron a una zona de franca molestia. ¿Cómo era posible que no buscase la compañía de sus amigos y amigas más antiguos, con los que se conocía prácticamente desde pañales? ¿Adónde iba con esa cercanía que mostraba ahora con Blas, justamente uno de los chicos con los que casi nadie conseguía congeniar o gestar buenas migas? Sería más entendible que se hubiese refugiado en sus amistades más cercanas, o en sus primas mayores, esas chicas preciosas usualmente ataviadas con ropas naranjas y celestes, las cuales siempre lucían preparadas para brindar apoyo moral, emocional e intelectual a quien fuese que necesitase de esos elementos. Indudablemente, ellas estarían atentas a cobijar y proteger al primo más pequeño en una situación desoladora, tal cual era la experiencia actual. Al mismo Blas le surgía la pregunta que se hacían las amistades de Vics, ¿por qué se había refugiado en él? ¿Cuándo volvería a ser el mismo de antes? ¿Habría un punto de no retorno, justo ahora que, paradójicamente, se hacía llamar por todos Taberner? La pregunta la formuló Blas una tarde, cuando ambos salieron de la escuela y caminaron por el bosque aledaño a la casa de Vics.
—¿Cuándo piensas volver a hablarles a tus viejos amigos? —preguntó Blas.
La respuesta, como no podía ser de otra manera en esta versión repleta de desvíos del jovencito Vics, fue una constatación más de que el chiquillo de los dientes delanteros negros era otra persona, y no pensaba deshacerse tan fácil de la nueva cara que enseñaba a los demás.
—Querido Blas, no sabes cuánto admiraba tus bocetos, me lo hacía saber cada vez que podía y estaba absolutamente seguro de que ibas a llegar muy lejos con ese talento. Lo único que puedo pedirte para brindar un homenaje justo al Taberner original es que dibujes cada una de sus acciones de aquí en adelante.
Era apenas el inicio de la amistad entre los dos chicos y ambos sabían que podrían hartarse pronto de esa suerte de juego donde no estaba permitido dejar entrar a otros, salvo a la figura fantasmal del recientemente fallecido abuelo Taberner. Vics se tomó cada vez más en serio el papel que intentaba representar y empezó a vestir fuera del horario de clases cazadoras holgadas rojas, pequeños pantalones de pana y botas color café. De haber sido un chico arisco a los caballos y a las vacas, pasó a relacionarse con casi cualquier animal que encontrasen entre la vegetación por donde caminaban. De ser alguien siempre rodeado de muchos amigos, pasó a ser un chico de pocas relaciones, más entregado a la contemplación de los bosques y a intentar replicar lo que veía en las antiguas fotos del abuelo Taberner. Blas estaba ahí para retratar esa transformación. La metamorfosis que se estaba llevando a cabo consistía en eso, en un chico que estaba poniendo todo de su parte para que la figura de su abuelo recobrase ciertas viejas andanzas dentro de la existencia en la tierra. Mientras trabaja en los bocetos donde aparecía Vics representando aquel papel, el del Taberner original, Blas se preguntaba si acaso eso que estaban haciendo ellos dos no era otra cosa que la búsqueda de las profundidades de la comunicación humana. Vics encarnaba los bocetos congelados. Blas, mediante cada trazo, configuraba las pinceladas de crema que es cada conversación donde intervienen dos o más siluetas provenientes del ayer.
- Bocetos congelados, pinceladas de crema - martes 26 de noviembre de 2024


