Se había levantado más temprano que de costumbre. Aprovechaba la oportunidad para recuperar energías mientras se llenaba la unidad. Corría con suerte en su habitual espera pues pudo conseguir asiento y así no ir de pie durante el trayecto. Una pequeña victoria para comenzar la travesía, se repetía y celebraba en silencio. Su jornada carecía de alegrías y cualquier detalle como ese podía marcar la diferencia entre un buen o mal día. Un mal día alargaba la distancia de su recorrido y convertía en vía crucis cada minuto perdido en un semáforo o sacrificado por la ineptitud de un anciano necesitado de subir o bajar de la unidad. Así de estricto era su juicio en esos casos. En cambio, un buen día convertía en paseo la rutina, la hacía más llevadera al punto de causar sorpresa el tiempo de arribo o hacer merecedor de un “gracias” al chofer. No había un punto de equilibrio en su clasificación, sólo polos. Y así era en otros aspectos de su vida. Aunque mucha de ella se había convertido en ese andar transitando por la vía. Menos mal que no iba al volante y no tenía que cargar con esa responsabilidad adicional. Vivía dos medias vidas, una en cada destino. De su casa al trabajo y del trabajo a casa. En ninguno de los casos permanecía lo suficiente para decir que habitaba en alguno de los lugares. Ninguna experiencia profunda o trascendente que permitiera alcanzar la confianza necesaria para crear vínculos. La presencia de otras personas en su vida era volátil como lo eran los ocupantes del bus que llegara a tomar. Una vida partida por la necesidad de sobrevivir día a día sumergido en una rutina que estrangulaba cualquier variación. Era su condena y la de muchos. Pareciera el castigo por haber vivido, en otra vida, al límite, como si su etapa anterior hubiera robado a ésta todo instante que valiera la pena ser vivido. Cualquier soplo echaba abajo el castillo de naipes que cuidadosamente había armado el destino y dado como hogar. Y fue ese mismo destino el que le puso al frente de su mayor desafío hasta la fecha.
Ese día llevaba prisa, pues se había tardado en sus quehaceres. Una multitud se agolpaba en plena avenida, justo en la parada donde solía tomar su transporte. Los gritos no dejaban distinguir lo que parecían reclamos. Intuía el motivo, pero un cartel despejaba las dudas. Luego siguió la respuesta de uno de los choferes: “No se monte si no le parece”. El aumento de pasaje significaba para muchos la última hebra de hilo que mantenía colgando sus posibilidades. El presupuesto familiar era ajustado hasta para quienes no tenían que traer sustento a otros en su hogar. Cada céntimo estaba calculado para contribuir en los distintos renglones de gastos. Con este aumento las cuentas no daban para fin de mes. La molestia de muchos era un resultado natural, un reclamo ante la posibilidad de seguir resistiendo. En Guatire no había suficientes oportunidades y muchos debían viajar a la capital a buscarse la vida. El aumento hacía insostenible la solución hallada por tantos a la precariedad padecida desde generaciones. ¿Qué hacer ante esta coyuntura? ¿Protestar? ¿Un boicot? No había tiempo que perder, se decía. Completó con el dinero del pasaje de regreso y se montó en la buseta rumbo a Caracas.
El día transcurrió rápido y calmo. Sin embargo, no pudo pasar por el banco a retirar el efectivo necesario para su viaje de retorno. Estaba angustiado por el qué hacer ante esa circunstancia novedosa. Faltaban pocas horas para que terminara su turno y, cuando ocurriera, ya sería tarde para solventar la situación.
La noche llegó. Apenas encontró un lugar donde acostarse. Se trataba de un banco en medio de un parque poco visitado. Lo nuevo e incómodo de la situación le impidió descansar. Tenía miedo y hambre, pero del dinero que le restaba pudo asegurarse algo para desayunar. Tuvo toda la noche para pensar, pero no halló alternativa a la situación en la que se encontraba. Aprovechando la hora y la poca afluencia de personas, fue al sanitario de su trabajo y lo empleó como propio. Como pudo arregló su ropa y su aspecto. Sin embargo, resultó poco exitoso su esfuerzo, como bien lo hiciera notar la mirada que minuciosamente le dirigiera la señora de limpieza, a quien todos los días saludaba con cortesía.
El día transcurrió rápidamente y la noche de nuevo le perseguía. Quiso volver a casa, pero aún no tenía suficiente efectivo para ello. Salió de su oficina al baño e intentó lavarse la cara para refrescar su rostro. Sus ojeras eran bien marcadas. Veía con tristeza en el espejo su estado físico. De pronto, un ligero sonido en la puerta lo llamaba. Era alguien conocido: la señora de limpieza. Esta vez tenía algo importante que comunicarle. Al principio se mostró resistente a la idea de que le ayudara alguien. No había recibido muestras de gentileza antes. A pesar de la austeridad, el sitio ofrecido para pasar la noche le pareció acogedor. Necesitaba dormir, comer, bañarse; en fin, hacer todo lo que no había podido el día anterior. Tomó una ducha rápida antes de compartir la cena con su anfitriona. Experimentaba una excitación tremenda por lo ocurrido. Jamás había sentido esa cordialidad. Aunque no lloró, tenía ganas de hacerlo. Percibía que algo extraordinario estaba ocurriendo e intuía que ese regalo de la vida aún podía ofrecerle nuevas cosas.
Salió del lugar. Caminó contento rumbo a descubrir esa ciudad que por primera vez se le mostraba nocturna. Tenía mucho que pensar. Comenzaba a experimentar placer y extrañeza. Sentía alivio de no tener que preocuparse por perder el último bus de regreso. Por fin tenía tiempo para poner en pausa cuerpo y mente. Su cuerpo le conducía sin permitirle cuestionar el rumbo de sus pasos. En minutos se halló sentado en el mismo banco que conociera la noche anterior. Sin embargo, en esta ocasión reconoció como compañía una mujer joven que al igual que él tomaba el bus matutino. Nunca se había atrevido a hablarle, por más que su corazón le enviara fuertes latidos en rebeldía. Por alguna razón, un pensamiento le hizo tomar la mano de la joven, que dormía plácidamente y, al instante, cerró los ojos buscando alcanzar en sueños a la mujer. No obstante, un fuerte ruido acudió a sus oídos. Un toque brusco le hizo abrir con rapidez los párpados. Se trataba de un personaje que reconoció al instante, para su desconcierto. No pudo evitar su gesto de molestia y la palabra grosera (no pronunciada) que articularan sus labios. Revisó su bolsillo y de ellos sacó el par de billetes que con tanta urgencia pedía aquel hombre uniformado en su acostumbrada visita asiento por asiento.
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