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Ceremonia dominical

viernes 14 de febrero de 2025
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Era domingo. Había pocas mujeres en la iglesia. La misa tenía rato de haber comenzado. Llevaba puesto un vestido azul celeste. Sentía, como era habitual, el escrutinio de todas sobre mí. Un día más con la rutina poco dada a mínimas variaciones. La mayoría disimulaba, mientras algunas otras mantenían sus ojos fijos a pesar de yo confrontarlas con los míos. Parecía como si se creyeran con el derecho de fustigar moralmente a todo aquel que pensaran merecedor de sus juicios. Por mi lado, era algo que daba por superado. Me había acostumbrado a la búsqueda de toda novedad aparente en mi semblante. Sus esfuerzos parecían inútiles. Me sentía en ventaja respecto a ellas, pues conocía mucho más de lo podían saber de mí. Quizás lo presumían y me lo reprochaban con su actitud. Tal vez no creían que pudiera ser merecedora del conocimiento de sus intimidades. En todo caso, no lo veía como un privilegio. Tampoco despertaba en mí envidia. No me era placentero ser testigo de miserias ajenas. Mi búsqueda era otra. Mi visita a la misa de los domingos era una manera de redimirme por lo que sabía que estaba fuera de toda aprobación. Me sabía culpable ante mi falta, pero poco podía hacer. No conocía otro modo de subsistir. Mi preparación no permitía escogencia de tarea menos cuestionable. Por ello, me había prometido no faltar nunca los domingos. Soportar las miradas y los malos tratos lo sentía como parte del castigo que debía tolerar. Era poco, pero también era lo que me había propuesto.

Había pasado un mes y era domingo, día de misa. Quería asistir lo más temprano posible. Por primera vez, tenía motivos diferentes para ello. Llevaba puesto un lindo vestido blanco. Quería lucir lo más radiante posible. Sentía mi espíritu rebozar en dicha. Mi vida había cambiado en ese poco período de tiempo. Algo que jamás pensé que pudiera ocurrir, estaba pasando. Habían transcurrido dos semanas desde nuestro primer encuentro. Todo ocurrió de improviso y sin espera. Un asunto de negocios le había acercado al pueblo. Luego, nuestras suertes se cruzaron e hicieron una. No sé qué le atrajo de mí, pero asumo que tuvo la suficiente fuerza como para despertar el anhelo de verme a su lado y fuera de ese mundo que me era propio. Quizás mi belleza aún era reciente. Teníamos planes de partir pronto y ya esa sería mi última visita al templo. Era una suerte de despedida. Iba tarde, aunque no iba con mucho retraso. Crucé el portal del templo sin contratiempo. Caminaba despacio aunque de manera firme. Esta vez me sentía diferente. Al acercarme a la banca, no sentí las pesadas miradas a mis espaldas, aun cuando se había hecho más numeroso el número de mujeres asistentes. Vi sus rostros y contrastaban con los de tiempos pasados, algo era diferente. Las miradas habían cambiado. Cada cual fijaba su foco en un lugar único. Algunas asignaban atención a la misa, perdiéndose en ello; otras permanecían más próximas, más concentradas en la cercanía, en una búsqueda introspectiva que parecía ser facilitada por las palabras que escuchaban. Los rostros también variaban. Algunos mostraban un cansancio difícil de ocultar con maquillaje; otros, en cambio, parecían irradiar una alegría urgida de disimulo por decoro. En fin, las cosas se habían transformado. Las causas eran sabidas y compartidas, pero nadie se atrevía a hablar del asunto, como si de secreto de confesión se tratara. Asistían ahora con justificado motivo. Ya no era la única en arrepentirse de sus actos. Sin embargo, me sentía siendo purificada. Mi día a día se había transformado y el espacio de la culpa lo había llenado un cariño profundo por esa persona única que me había encontrado.

Había transcurrido una semana y era domingo. De nuevo iba a misa. Llevaba puesto un vestido rojo pálido, como rosa marchita. Me había prometido no usar negro en señal de luto. Necesitaba salir de casa y buscar consuelo en el santuario. Debía ir pronto y me apresuré lo más que pude. Ya a las puertas de la capilla, vi sentados a hombres y mujeres unos al lado de otros, aunque cada cual con su respectiva pareja. Era inusual y era primera vez que les veía reunidos. A muchos les conocía de antes y llevaba semanas sin verles. Pero algo en mí impedía sostenerles la mirada. Algo se había alterado. Aunque sus rostros lucían penitentes, lograba transportarme en sus ojos al pasado, a esos tiempos en los que los instintos profundos buscaban refugio en mi cuerpo. Me sentí de nuevo deseada. Pero todo era diferente. Había una ausencia, algo faltaba. Hallaba indigno todo comportamiento que repitiera pasados. Era incapaz de corresponder a todo gesto de simpatía ajena. No quería nada de ellos. Veía a todos causantes de mi fatal destino. Adivinaba culpabilidad en su mirada. Me sentía incómoda. Ya no hallaba el templo digno de mi devoción. No podía compartir espacio con esas gentes. Tampoco podía imaginarme de nuevo como antes. Salí del sitio corriendo. Fue mi último día de peregrinación y, también, mi último, en absoluto.

Manuel Fuenmayor
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