Serena alegría
La que se siente al volver la mirada atrás y observar las florecillas que brotaron a nuestro paso. ¿Y adelante? Terreno baldío a la espera de que lo hollemos para poder germinar.
Vida
Contubernio perfecto entre el mejor de los mundos posibles, y el más deleznable de todos. Leibniz y Schopenhauer fundidos en un eterno abrazo; y algo retirado, Spinoza observando con rostro inexpresivo.
La guerra
Vivir en paz es exigirle algo imposible al ser humano. Al llevar en sus genes la impronta de la imitación, como los simios, no puede permanecer impávido ante el poder de la ferocidad animal y quiere replicarla. Pero como no tiene garras, afilados colmillos, punzantes espinas ni venenos naturales, recurre a su imaginación a fin de elaborar los medios de destrucción de sus semejantes. Entonces, he aquí las armas de cualquier tamaño, forma o color; desde la más liviana daga, pistola o fusil, hasta las nucleares de cualquier denominación: bombas, megabombas o misiles balísticos por aire o por mar. Lo que importa es destruir, dañar, segar vidas humanas, cuantas más, mejor. Pero hay algo que resaltar: mientras el animal no tiene elección, pues su sobrevivencia la dicta la irracionalidad, el hombre sí puede escoger entre vivir un remedo de pequeño cielo o zambullirse abiertamente en el infierno. Y es esta última opción la que eligen los hombres más potentes, fieles a esa aberración, seguros, además, de que así magnificarán su poder. Infelices, ignorantes de la verdadera sustancia de la historia y de la suerte que luego ha acompañado a esos titanes de cartón tras su deslumbrante victoria.
Excelsa vaguedad
Agitándose en la intuición, pero inexistente en la realidad, este brumoso anhelo inconsciente, aun debiendo permanecer por siempre en la inconcreción, ha sido suficiente para imprimirle un latido diferente a ese corazón, ya fatigado de tanto trajinar.
Sin explicación
Inexorable que nos separe la eternidad; pero, ¿una recíproca y mundana incomprensión? Es este un terrible crimen que, sin armas ni violencia, lacera al corazón y lo hace gemir como un niño abandonado por su madre en su pequeño lecho. Por eso hoy, a la luz de este conocimiento, lloro, sufro, imploro queriendo tenerte de nuevo a mi lado, sabiendo bien que ya te sumergiste en la indefinible marejada humana y no te podré encontrar. “Perdóname”, será la última palabra que pronunciarán mis labios antes de cerrarle definitivamente el puño a la vida.
Sentido reclamo
Quién pudiera arrebatarte esa careta seductora que impúdicamente exhibes, ¡oh, vida! Nos constriñes a amarte ciegamente por encima de todas las cosas, de todas las fatalidades y contradicciones propias de tu esencia; por encima de la enfermedad y la vejez; y justo aquí es cuando más nos afincamos en ti con mayor contundencia para que no nos abandones. Te queremos muy dentro de nosotros, en todo momento, sea como sea; mientras tú, con una máscara de cautivante sonrisa, recubres tu inclemencia ante la vicisitud humana, y con las ruedas de tu poderosa maquinaria, vas aplastando al que encuentras a tu paso. Era de elemental justicia no haber nacido, o que no se nos hubiera dotado de discernimiento.
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