Creo que tiene una tienda en la Luna y que muchos viajeros del espacio compran sus artesanías a base de minerales lunares a cambio de barras de chocolate, pop corn y otros alimentos menos graciosos. Con el dinero extra obtenido de sus negocios interestelares instaló una pequeña estación de radioaficionado y empezó a emitir música de las estrellas combinada con algunos consejos acerca de cómo deberíamos vivir los seres humanos. Es difícil sintonizarlo y los pocos que lo hacen enseguida pierden el interés porque son niños que aún no entienden, aunque deberían, que son ellos los principales destinatarios de sus mensajes, o porque son gente madura ocupada en vivir el día a día y jugar al pool o a los bolos cuando no están conectados a internet que es casi todo el tiempo, o porque son ancianos que viven pensando en el pasado y no les resultan llamativas las ondas largas o los mensajes raros del espacio.
No se va a aburrir porque una vez dijo, en medio de todos sus raros mensajes, que si hay algo importante que proponer debe convertirse en un mantra hasta que se cumpla. Sí, debe convertirse en un mantra hasta que se cumpla, hasta que se cumpla, hasta que se cumpla. Yo, por ejemplo, quisiera ir a tomar un jugo de naranja en la Luna con él o ser él, lo cual es un poco más improbable, pero quién sabe lo que la tecnología galáctica podría lograr hoy día. En la Tierra no sabemos lo que la tecnología galáctica podría lograr, claro, eso también lo dijo el hombre de las estrellas, el lunático, el chico o viejo o niño de las ondas largas que se toma su tiempo después de comerse una barra de chocolate o zamparse un puñado de cerezas para transmitir hacia la Tierra mensajes que todo el mundo debería conocer, pero ya se sabe que no necesariamente lo importante llama la atención. Una vez dijo, y sólo es un ejemplo de las muchas cosas que dijo, que deberíamos dejar a los niños jugar, y por supuesto también les dijo a los niños que jueguen, pero los que ya estaban jugando no lo escucharon y los pocos que lo escucharon lo hicieron porque justo tenían un abuelo con una vieja radio y no entendieron qué relación podría tener la vieja radio de su abuelo con jugar o con ser niño.
Creo que el hombre de las estrellas, ese que a veces sale a patear piedras por el lado oscuro de la luna y mirar cómo la galaxia destella en el cielo sin cansarse, tal vez fue un humano o va a ser un humano del futuro, de un muy lejano futuro y que un día, cansado de tanta felicidad, decidió partir o está a punto de partir en el año 5678, para sentarse solo en la Luna a esperar con sus artesanías futuristas la llegada constante de los viajeros ansiosos de novedades. ¡Ah, sobre eso hay algo que suele decir el hombre de las estrellas! Dice que amemos las novedades, y como el amor es una novedad dice que amemos el amor, que vale la pena la redundancia. Dice que estar hecho de materia también significa estar hecho de estrellas y que si duele es porque algo nace y que si algo nace para después morir es porque algo más quiere nacer y no importa el dolor si con un dedo tocamos el cielo, si hay sangre en las venas, si corren los ríos hacia los océanos y si los océanos piensan en lo hermosa que es la existencia.
A veces me pongo triste por el hombre de las estrellas porque él se preocupa en vano por nosotros los que seguimos y seguimos y seguimos y seguimos como en un mantra inútil dando vueltas a esta idea de que no hay ningún hombre de las estrellas queriendo que los niños jueguen, que los niños rían, que siempre seamos niños y que salgamos en nuestras naves espaciales para recorrer mundo y alguna vez, cuando tengamos tiempo, visitarlo y comprarle un collar de astrodita o una piedra de carenzania horneada, o un beso guardado en una botella de cierre hermético, de esos que te dejan los labios plateados. ¿Por qué vivirá solo en su tienda lunar en lugar de quedarse en casa, sea cual sea la casa que dejó atrás, la que seguro era un lugar cálido con un jardín de rosas de todos los colores? ¿Por qué? Quisiera preguntarle, pero todavía no logré reunir el dinero para comprarme una estación de radioaficionado y ponerme en comunicación con él. Ese es mi sueño, tener la oportunidad de preguntarle por qué se quedó tan solo y se preocupa tanto por nuestra felicidad. A veces sospecho que una vez amó a una chica que brillaba como un sol y que esa chica lo amó miles de años, pero una vez, por algún motivo que desconozco, una espina de una rara planta la pinchó en el dedo pulgar y paf, se murió de tétanos como mueren los poetas al ser pinchados por espinas, mientras sonreía como un ángel. Entonces él, claro, se fue a la Luna y se quedó ahí deseando que todos pudiéramos amar como él había amado a su sol, que debería haber brillado hasta que todos los soles se apagaran o para siempre. Pero, claro, la vida es la vida, como dijo el hombre de las estrellas, y la tenemos que vivir sin perder el alma jamás. Tal vez ella vuelva, tal vez todo vuelva, tal vez los niños jueguen para siempre, tal vez el amor lo sea todo, tal vez todos tengamos tiempo para pasar a comprarle al hombre de las estrellas una de sus artesanías y dejarle una naranja o una manzana a cambio. Tal vez ella ya está aquí y está a punto de encender su equipo de radioaficionado para decirle al hombre de las estrellas que regresó y que la muerte no importa y que en algún punto a medio camino entre la Tierra y la Luna habrá que abrazarse hasta quitarse el aliento y llenar de amor el vacío.
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