Fue la última vez que lo vi en su consultorio. Estuve esperando un largo rato en el pasillo por su sesión de apenas diez minutos. Su prestigio le atrajo siempre una gran clientela. La gente es demasiado feliz y necesita de los servicios de sabios como él con creciente premura. Desde la primera sesión quedé deslumbrado por la mirada nietzscheana que ponía al recibirme, el arco amargado de sus cejas, las arrugas de pena inmensa en su rostro. Cuando me senté en ese sillón que escogió con sabiduría para sus clientes, en el que uno se hunde sin remedio con la cabeza totalmente sobrepasada por el alto espaldar, me urgió pasar de inmediato de las cortesías de siempre a sus palabras desalentadoras. Necesitaba, más que nunca, angustiarme, deprimirme, sentir un hondo vacío en el pecho. Así que no lo saludé, algo que a él no le importó.
Encendió su pipa con cuidado. Cruzó las piernas. Como tantas veces, levantó la vista hacia ninguna parte, dejando que el humo le difuminara los duros rasgos. Y empezó a hablar con esa voz ronca, sufrida, ajena a cualquier tonalidad superficial.
—Hoy no le voy a hablar de cuestiones metafísicas extremas. Voy a ser cauto porque últimamente he perdido a dos clientes. Uno se suicidó electrocutándose en la bañera, el otro al viejo estilo, tirándose por la ventana desde su piso en la Torre Norte. Verá... Me gusta hacer mi trabajo, revolver en el pozo sin fondo de la podredumbre espiritual, pero prefiero mantener mi clientela viva. Usted nunca me simpatizó, debo decir, y tal vez sería el cliente cuya ausencia extrañaría menos. Es usted una sombra atrás del velo de un éxito hueco. Un ser estéril que no ha creado nada, sólo ha sido funcional a una sociedad que se pudre en el hartazgo. Un adicto a la felicidad, en pocas palabras. Pero un cliente es un cliente.
Hizo una pausa para acomodarse mejor en la silla giratoria y mirarme de frente, con una mezcla insuperable de desdén y desprecio.
—¿Se da cuenta de que hemos construido una civilización sin futuro, que sólo existe para consumir sus propias heces tecnológicas? Hubo una época cargada de valores, de heroicidad, de muertes significativas, pero ahora sólo somos esta estulticia inmunda que se revuelca en la comodidad y recicla hasta sus mocos. No hay ideales, no hay lucha de clases. Para todo hay una pastilla, una solución, un alivio, una terapia. ¡Vaya desastre! Nos hemos convertido en un hatajo de pusilánimes que no paran de rascarse el ombligo, sintiendo que toda esa satisfacción los satura y los empalaga. Hace unos años les decía a mis clientes: “¿Ya ha sentido usted esa oscura necesidad de hacer algo terrible, algo innombrable? ¿No ha pensado aún en romper las reglas más elementales? ¿Qué le parece el canibalismo? ¿Ya ha probado las mieles del sadismo?”. ¡Pero no! Ahora también tenemos clubes donde cómodamente se reúnen sádicos con masoquistas, y no falta la carne humana clonada con la que romper el tabú de morder un trozo tostado de congénere. ¡Mi tarea como anticoach también está perdiendo su sentido, si es que alguna vez lo tuvo! ¿Acaso no soy yo mismo un remiendo en esta maquinaria estrambótica que todo lo resuelve? ¿Qué es ser un anticoach sino otra solución más, una paradójica solución al exceso de soluciones?
Su rostro se llenó de amargura, una amargura deliciosa y destructiva, envuelto en el humo del tabaco. Me dejé invadir por el olor áspero del humo, aspiré hondo —aunque disimuladamente— para herir mis pulmones con su veneno. Era un experto en sofocar a sus clientes, quitarles el oxígeno. Siempre tenía las ventanas al borde de la clausura más absoluta de la luz. Sabía agitarse en aquella penumbra como un demonio ante una presa indefensa.
—Usted, ya se lo he dicho varias veces, es mi enemigo y no sólo mi cliente. Usted espera algo significativo, sin saber siquiera qué es lo que espera, mientras que yo no espero nada más que su dinero. Sabe bien que no le daré respuestas, que no ayudaré jamás a que sea una persona menos conformista, menos apelmazada en el estupor delicioso de no reclamar una revolución o participar de una masacre. Se queda ahí, atontado, pobre imbécil sin remedio, intentando entender algo de lo que digo. Y yo lo tengo que soportar, como a todo ese hatajo de inútiles que no encuentran una escapatoria a la blandura permanente en la que viven y que los castra, que los esteriliza. Ya nadie parece ser útil para cualquier cosa que trascienda, que eleve, que glorifique. ¿Por qué no se decide? ¿Por qué no se levanta un día, va a comprar un rifle automático y mata a un buen número de esos seres sin destino? Usted y yo sabemos muy bien por qué: porque eso sólo sería un sucedáneo, un estremecimiento inútil. Si sobreviviera, acabaría enclaustrado en un instituto de rehabilitación. En ese caso, sería curado y devuelto al trajinar de esta maquinaria que nos demuele y crea con nosotros una pasta insulsa e informe de mentalidades adormecidas. Y si falleciera, no podría amodorrarse en su maloliente dormitorio a recordar su pobre hazaña de desesperado, de don nadie que intenta ser algo y no lo logra. Se convertiría en un pedazo de carne sanguinolenta agujereada por las balas de las fuerzas de contención, aunque, dada su actual condición, tal vez ese nuevo estado representaría para usted un verdadero progreso.
Aparentemente era una sesión que incluía un poco de incitación a la violencia. No pude evitar la tentación de imaginarme con un arma potente entre las manos y los bolsillos llenos de cargadores. Pero yo sabía, y él también lo sabía, que esos implementos estaban más que controlados en nuestra confortable sociedad desproblematizada. “¿Por qué no habré nacido en el siglo XX en algún lugar de Florida para poder ir de compras a las armerías?”, pensé. “No me hubiera conformado con rifles semiautomáticos. Sería el orgulloso dueño de un lanzacohetes portátil o de un dron kamikaze”, seguí cavilando.
—Está pensando en un lanzacohetes, ¿verdad? —dijo con sorna. A veces parecía adivinar el pensamiento—. La destrucción limitada —siguió diciendo— es fácilmente absorbida en el vientre de este ogro de pusilanimidad global dentro del cual vivimos. Después de un breve reporte vienen los lampazos y los baldes a quitar los charcos de sangre. Los pisos quedan de nuevo perfumados y relucientes. La clausura es absoluta y permanente. No hay escape a la felicidad, al consumo, a la satisfacción, a la alegría organizada y cronometrada. Sólo nos queda mordernos por dentro la conciencia, arrancarnos a dentelladas algún que otro trozo de alma con los dientes del odio acumulado que no ha podido convertirse en hechos. ¡Ya no se puede aullar de furia, ya no se puede dejar que el dolor nos coma las tripas lentamente! Tarde o temprano habrá un sedante, una cama bien tendida, una mirada comprensiva. ¡Basura! ¡Pura basura! Sólo hubo una época en la que fuimos verdaderamente humanos, la época en la que cazábamos desnudos y hambrientos a nuestras presas en constante huida, la época en la que agonizábamos en oscuras cavernas después de haber sido mordidos en la cara por un tigre. ¡Cuánta belleza agreste, pura! ¡El agua no estaba llena de químicos antibacterianos, sino que se conjugaba con nuestro organismo como un bálsamo de santidad! ¡Teníamos sed, verdadera sed, una sed que reseca la garganta y hace temblar el cuerpo mientras se bebe con ansia hasta el ahogo!
Cuando dijo aquellas palabras, creí sentir en mi boca ese sabor salvaje, primitivo. Sentí el deseo de sufrir una vida prehistórica, morir a los veinte años con los dientes carcomidos y un dolor penetrando desde mis encías hasta mi cerebro. ¡Aquello era la vida verdadera! La vida que se sufre, la vida hermosamente trágica.
—En fin, ya es hora. Su sesión ha terminado —dijo, interrumpiendo mi momentáneo éxtasis de miseria antigua.
Siempre anunciaba el final de la sesión sin dar ninguna clase de aviso previo. Buscaba herir, sopesaba el anticlímax con cuidado.
Como siempre, giró la silla para dejar de mirarme y se hundió en la penumbra. No habría saludo, no habría ninguna clase de despedida. Me levanté con pesadumbre, sabiendo que allá afuera la vida volvería a perder su sentido, y el sistema a atenazarme con su suave modorra. Pero esta vez me decidí a levantar el portarretrato que él siempre tenía bocabajo sobre el escritorio. No hizo nada para impedírmelo. Era una foto familiar. Se lo veía a él, mucho más joven, junto a dos niños y una hermosa mujer, a la orilla de un río. Tenía una caña de pescar en la mano y cada uno de los niños sostenía un pescado firmemente acogotado con una tanza. Vida y muerte, la tragedia de unos seres convertida en la diversión de otros.
Más tarde, ya en mi casa, supe que levantar aquel portarretrato había sido una despedida. Al hacerlo se me reveló que mi anticoach era un ser tan triste y perdido en medio de las delicias malsanas de este mundo carente de metas como lo era yo, dolorosamente atado al recuerdo de una vida más sincera. Tendría que buscarme otro.
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