Mi amor por los libros me hizo descreer de aquellos que decían que Lovecraft fantaseaba sobre el Necronomicón y que el libro jamás existió. Leí infinidad de veces su History of Necronomicon con la convicción plena de que sin duda él había entrampado la realidad del libro mezclando datos reales con fantasiosos, algo que, sin embargo, no obstaba a aplicar el rigor metódico cartesiano para separar las manzanas podridas de las sanas y así obtener las pistas necesarias que me condujeran a la difamada obra.
Todas las posibles locaciones mencionadas por Lovecraft me resultaron finalmente inverosímiles, excepto una cuya mención, sobria y sin referencias ni detalles, habilitaba las más intrépidas conjeturas. Supe, como si un rayo de otro mundo cayera sobre mí, que el único volumen al que podría acceder era el que había ido a parar a la Biblioteca Nacional Argentina, a la que Lovecraft había aludido muy a propósito en su texto mencionando equívocamente la Universidad de Buenos Aires. Una pista insignificante inició el camino que me llevó hasta allí: la respuesta que dio Borges en Providence, Rhode Island, el 7 de diciembre de 1967, cuando un periodista le preguntó si conocía la obra de Lovecraft. St. Armand, en su obra Synchronistic Worlds: Lovecraft and Borges, documentó el hecho con la siguiente frase: “Somewhat to my surprise, Borges replied that no, he was not at all familiar with the works of H. P. Lovecraft”.
¡Borges había mentido! ¿Por qué? Imposible que lo hubiera hecho ingenuamente. Lo hizo justamente porque su respuesta era increíble, insostenible. Y eso quiere decir que Borges dejó un mensaje claro ese día para la posteridad. ¡Él sabía algo que nadie más sabía! De modo que revisé concienzudamente la obra de Borges hasta encontrar una serie bastante compleja de regularidades en sus textos, patrones que recorridos en cierto orden evocaban los nombres de los Antiguos. ¡Ahí estaba! Borges se había enmascarado como un desconocedor o incluso un detractor de la obra de Lovecraft para emitir un singular acertijo que, uniendo cabos sueltos, me terminó llevando a la clara convicción de que encontraría el Necronomicón entre sus pertenencias personales.
Sabía perfectamente que él había tenido la oportunidad de apropiarse del sagrado volumen mientras era director de la Biblioteca Nacional, aunque no tenía prueba alguna de ello. Me presenté en su hogar como un profesor universitario uruguayo aficionado a la filosofía de Spinoza tres meses después del fallecimiento de su madre, y en medio de seductoras conversaciones filosóficas pude mapear con exactitud, gracias a mi memoria fotográfica, cada detalle del interior de su hogar. Con estos datos especulé sobre la posible ubicación del escondrijo donde sin duda tendría oculto el Necronomicón y volví, después de medio año de riguroso entrenamiento, en calidad de ladrón furtivo. Su tendencia a vivir en soledad, más allá de las asiduas visitas de María Kodama, esa posesiva joven que lo tenía bajo una especie de encantamiento, me facilitó la tarea.
Como lo había supuesto, tenía una caja fuerte bajo una réplica del cuadro El Minotauro, de G. F. Watts, y ya estaba a punto de descifrar la clave y liberar su contenido cuando escuché una voz detrás de mí. Era Borges, sentado en el sillón más apartado de la sala, no necesitado de luz para intuirme en la oscuridad apenas atenuada por el brillo de mi propia linterna. No puedo decir que me haya sorprendido, ya que a los genios no se les puede desconocer la astucia.
—¿Viene usted a retirar ese preciado libro cuya existencia ha sido tantas veces negada? —me dijo, pero no le contesté hasta haber terminado de desentrañar la clave y abrir la caja. Allí estaba el más antiguo manual de sabiduría oscura, la llave para devolverles el poder a los Primigenios.
—Así es, Borges, y supongo, por la manera en que me acaba de recibir, que usted quiere librarse de él, pero no sin asegurarse de que el nuevo propietario tenga las virtudes necesarias para poseerlo —le contesté por fin. Éramos dos fantasmas que no podían descifrarse los rostros, pero nos unía la misma pasión por los arcanos. Y allí estaba el mayor de ellos, a punto de ser trasladado de sus manos a las mías.
—Tómelo, mida su hondura. Piense bien si es usted o no el que debe hacerse cargo de él. Fue un discípulo de Lovecraft el que me lo señaló en una estantería olvidada, estando yo en la Biblioteca Nacional, de una manera tan imprevista e ilógica como esta que protagonizamos. De él, aun sin atreverse a leerlo sino sólo adivinando su contenido, sacaron los miembros de su escuela literaria la inspiración para sugerirnos a través de fantasías aparentemente superficiales lo que nos amenaza. Yo ya estoy cansado de pensar día tras día en la posibilidad de abrirlo y leerlo. Para evitar esa caída en el abismo me he entregado a toda clase de búsquedas arquetípicas, me he enfrascado en misterios a veces de mi propia invención. ¡Usted ha venido a salvarme de mí mismo! El solo desear adentrarme en su lectura es lo que me está quitando la vista. No tardaré mucho en quedar ciego ya que el proceso, lo sospecho, no puede detenerse.
Tomé en mis manos el Necronomicón. Sentí que su peso se trasladaba a mi mente como si el pie de un gigantesco ghoul me aplastara los lóbulos frontales. Adiviné imperceptibles filamentos estirándose desde su cubierta hacia mi rostro y mis manos y luego un movimiento de retracción, de prevención. Algo en mí impedía que el libro se apoderase de mi voluntad.
—¿Por qué no simplemente destruirlo, Borges? —le pregunté, mientras lo guardaba en mi mochila. Presentía desde hacía muchos años la respuesta a esa pregunta, pero quería escucharla de sus propios labios.
—Quiere que se lo diga, ¿verdad? —dijo Borges, con un atisbo de irónica calma—. Ese libro no puede ser destruido. Cualquier intento de destruirlo lo multiplicaría, lo trasladaría más cerca de manos imprudentes, habilitaría su apertura y su lectura. Los Antiguos están esperando y seguirán esperando infinitamente a que un alma carente de pureza intelectual y de amor a la verdad lo abra para intoxicarse y servir de fusible desechable a través del cual abrirse paso hacia nuestra desprotegida realidad. ¿Usted no teme el caos? Yo he soñado escapar por laberintos sin fin y siempre he vuelto a encontrarme frente a ese minotauro detrás del cual me esperaba la aniquilación. ¡Váyase con mi agradecimiento! Sé bien la carga que traslado sobre sus hombros.
Ya no contesté y él no agregó ni una sola palabra. El nuestro no era un encuentro fortuito, era un momento de inflexión en el destino del mundo y de la humanidad. Desde entonces soy el guardián del Necronomicón y espero, no sin ansiedad, que pronto llegue mi relevo.
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