Hola, Fernando:

Felicitaciones, me ha atrapado tu relato. Dices que esperas, "no sin ansiedad, que pronto llegue [tu] relevo". Espero que calme en alguna medida tu desasosiego el hacerte saber que creo conocer quien pueda ser el candidato perfecto.

Se trata del Profesor Angelo A. Nietto (Angelo, sin acento), un graduado de Salamanca, de orígenes tanto extremeños (aunque de ancestros en la Italia romana, como lo sugiere la ortografía tanto de su apellido como la de su nombre de pila), como de indígenas del Sur, de esos que aún tienen su apocalipsis en curso por obra y gracia de los nunca invitados caballeros que desde finales del siglo XV desencadenaran sobre llanos, pampas y demás praderas de nuestra América sus nunca solicitadas mitologías europeas y su gargantuesco e insaciable apetito por la propiedad de la tierra y sus metales. Aún cabalgan allí sus descendientes, entre talas de bosques y minas a cielo abierto, en las mismas briosas y empoderadas monturas de los cuatro jinetes del último libro, seguramente —y no en poca medida— por obra y magia del libro maldito. Por todo ello, por compartir ambas genéticas y por ser consciente de tal estado de cosas, creo que sea él, Angelo A Nietto, quien mejor pueda comprender las profundidades —y oquedades— del libro en cuestión, amén de poder conseguirle un hogar definitivo.

En sus escritos Angelo utiliza como seudónimo el nombre y apellido de un escritor, uruguayo como tú, engendro efímero e implícito, siempre renovado, en la imaginación de cada uno de los muy exiguos lectores de su narrativa, y lejanamente recordado —si es que lo es— por sus “Borgianas orientales”, escritas bajo —ellas también— un críptico y seudónimo título: “Otra vez las estrellas” (es posible que aún se halle en Amazon), compuestas todas ellas en el mismo espíritu en el que Heitor Villa-Lobos orquestara sus “Bachianas Brasileiras”. Quizás esas "Borgianas" sean un comienzo de madeja que te permita hallar un lazo, tenue, pero lazo al fin, entre Angelo y quien te precediera en la custodia de tan quimérico, quemante y preciado texto. Si me doy por aludido de algunas de las expresiones de Angelo durante las pocas ocasiones en que me encontré cara a cara con él (una vez en una discusión sobre un confuso texto, posiblemente de Dámaso Alonso, y otra en una conferencia suya sobre el oscuro objeto del lenguaje), él podría perfectamente hallarle un lugar definitivo a dicho ancestral manuscrito en la biblioteca central de la ciudad de Santa María, cercana a la Colonia Suiza, ya que conoce personalmente a Juan María Brausen y también al doctor Díaz Grey, quienes, como si fuesen un solo hombre, no vacilarán en abrirle las puerta de la biblioteca de su ciudad, a ese vetusto y maléfico ejemplar bibliográfico que tanto pesa en tu posesión y consciencia, para que retorne a estar disponible a la consulta de los, de por sí, ya iniciados santamarienses o santamariegos, tal como cuando estuvo en la Biblioteca Nacional de Argentina (quién sabe los estragos que haya podido causar entre los primigenios personajes que lideran ese hermoso país) antes de que Jorge Luis Borges —el mismo que con sus propios ojos viera el Aleph—, aun negando la existencia del Necronomicón, lo transfiriera primero a los estantes de su biblioteca (donde tú le descubriste a impulso de tu astucia, osadía, sagacidad y fenomenal memoria visual), y luego, a los sintagmas de su propia imaginación (donde tú le detectaras gracias a tu capacidad deconstructiva, quizás iluminado ya por tu condición de custodio del libro).

Hazme saber de tu interés y (sin compromiso seguro de mi parte, ya que desde hace algún tiempo no he sabido de sus metamorfosis ni avatares) trato de ponerte en contacto con el Profesor Angelo A. Nietto.

De nuevo, sinceras felicitaciones,

José.

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