He decidido emprender un camino, mi resolución es incuestionable. En esta tierra de pocos gigantes, lo verdaderamente extraordinario es quien decide no dejar de crecer; hoy mi maleta está terminada, llevo conmigo lo necesario para iniciar mi nueva vida a donde me dirijo.
Mi pasión por el arte representado en los cuadros que por años adquirí, éstos van de la mano con los libros que me formaron en lo que soy hoy. Mis raíces con objetos propios de mi país son el ancla que me recordará de donde vengo —por si se me olvida—, mis logros, junto a los títulos académicos obtenidos; por último, el apego más personal: un álbum familiar.
El viaje me parece placentero; lejos de sentir nostalgia por lo que dejo atrás, el anhelo de lo nuevo me entusiasma, cada milla me acerca a mi nuevo comienzo; entre gigantes las perspectivas suelen ser las mismas.
Llegué a mi país de destino; aquí en la estación el ambiente es convulso y asfixiante, te empujan hacia adelante los que quieren entrar, y hacia atrás los que van a salir. Me abro espacio ante la vorágine humana; logro divisar que son cinco las puertas que se deben cruzar para entrar en él. La primera me pareció más pequeña que la de mi país, pero no me pareció importante ese detalle. Quería entrar y abandonar el río de gente enardecida.
La segunda es algo más estrecha, no pude cruzarla con todo mi equipaje, lamentablemente tuve que prescindir de mis cuadros y libros. No hay problema, los pienso recuperar en algún momento. Sigo adelante.
En la tercera tuve que agachar un poco la cabeza y sin darme cuenta cayeron mis títulos universitarios y logros académicos. Intenté tomarlos de nuevo pero fueron pisoteados en el fragor de los funcionarios de la estación haciendo su trabajo. No me preocupo, es sólo papel, el conocimiento se alberga en la mente.
En la cuarta he perdido el cincuenta por ciento de mi equipaje, pero tomo la resolución de seguir adelante; en esta debo agacharme —aún mas—; los objetos típicos de mi país no pueden entrar en esta puerta, se quiebran en su estrechez. Son sólo objetos reemplazables. Sigo adelante.
Finalmente la quinta, a ella sólo se accede puesto de rodillas, y para entrar en ella se debe acceder con un solo equipaje, prescindí de los álbumes familiares, son febriles representaciones de ellos; su verdadero lugar y valor están en mi corazón.
Logré ponerme de pie pero mi tamaño no cambió, ¿en este país son todos gigantes o yo me volví minúsculo? Mis pasos abarcan poco espacio, la estación se me ha vuelto inmensa, mi transitar es calamitoso.
La entrada al país es custodiada por un gigante —o al menos lo parece para mí—, mientras los que queremos entrar nos agrupamos como rebaño esperando su autorización; por fin, sin decir palabra y ni siquiera vernos a la cara, o alguna palabra empática, da la señal de que podemos cruzar por la última puerta de migración.
Salgo de la estación. Un acelerado y desdeñoso taxista se ofrece a llevarme a mi destino. En su lenguaje no hablado se desprenden dos palabras que me acompañarán en mis años en este país; dos palabras que se oyen aunque no tengan sonido, se pueden percibir aunque no disponga de olor, probar aunque carezca de sabor, y palpar aunque sea inmaterial, dos palabras que día tras a tras día recordaré, y me recordarán si me atrevo a olvidarlas en esta tierra de gigantes donde soy insignificante:
No perteneces.
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