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Alimañas

sábado 10 de mayo de 2025
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He acomodado el soporte de mi cama para que se adapte a las incipientes antenas que salen de mi cabeza. El impacto de verlas en el espejo empieza a disminuir; aun así es menos incómodo que los vestigios de alas que ya se notan en mi espalda a través de la camisa. El vello también es notable en mis brazos y piernas; hacen que aumente la sensibilidad, a veces tengo que quitarme toda la ropa cuando estoy en la celda para evitar la sobreestimulación; día tras día debo exfoliar mi piel para retirar el exceso de estos molestos y vergonzosos vellos.

Soy de los pocos que no han hecho la transición completamente; imagino que los tenues rasgos humanos que me quedan se aferran al miedo a convertirse en otra cosa y perder la conciencia que viene con ella, pero cuando salgo de mi celda y recorro los pasillos y salones del recinto penitenciario, reconozco con pesar a los que completaron el cambio llenos de paz, escalando los árboles del jardín, enterrándose en la tierra del anexo contiguo, o sumergiéndose en las charcas que se acumulan en las zanjas cavadas para ellos. El sonido cacofónico que emiten me perturba, pero no tanto como saber que ha sustituido a lo que antes eran conversaciones humanas.

Cada vez somos menos los que nos juntamos con rasgos humanos, quizás yo sea el último dentro de poco.

Entre los pocos que nos reunimos para hablar de temas humanos está Julio; bajo el crimen de estafa, su cabeza ha crecido exponencialmente, temo que dentro de poco lo vea entre los escarbadores de tierras construyendo túneles. Marcos, por robo, ya sus brazos se han reemplazado por lo que parece una especie de mantis religiosa. Francisco, homicidio, su caparazón lo tiene cada vez más encorvado, y Juan, delito de corrupción, se mueve con tanta dificultad que es penoso verlo; sus piernas fueron reemplazadas por unas frágiles patas que precariamente pueden con el peso de su nuevo cuerpo. Y yo, cometiendo el peor crimen de todos: contra ella.

Quisiera saber qué transiciones ocurren en el anexo femenino; me lo pregunto en las noches en que mi instinto animalesco pugna contra mi cordura; desde mi ventana escucho zumbidos y sonido de alas donde se encuentran recluidas, seguramente han logrado funcionar mejor que nosotros.

En mi celda se refleja muy bien el estado de mi transición: una vieja mesa que contiene comida para consumo humano, y otras hierbas amargas que podrían parecer desagradables para otros, pero que le hacen bien a mi estómago; libros apilados que hace año dejé de leer y se convirtieron en el doble soporte donde puse el espejo; una escoba dispuesta en la esquina junto con un montículo de mis vellos de insecto que me quito cada mañana, una ducha que casi no utilizo —los baños me hacen sentir mal—, y una pequeña mesa en donde tengo las fotos de mis padres, tan sonrientes, tan vivos, tan humanos, y justo al lado un montón de cartas enviadas por ella que no me he atrevido a abrir; su contenido —intuyo— aceleraría mi transición, o todo lo contrario, me mantendría en esta mixtura en la que me debato entre insecto y humano; sus cartas aun sin leerlas son como un arma que está allí y no es letal mientras no se use. Condenado una vez, pensé —erróneamente— que no podría serlo dos veces dentro de mi celda. Mi acusadora, mi juez, mi verduga, mi redentora.

 

***

 

He perdido contacto con el mundo exterior, desde hace semanas. Sé que para los que habitan afuera de estas paredes oprobiosas los que aquí moramos somos todos alimañas y ya no se nos considera humanos. He intentado dejar constancia en mis anotaciones de mis vicisitudes, por si un día pierdo la conciencia y soy gobernado por mi instinto, y aunque he cometido faltas, también creo que merezco se me respete como lo que fui en algún momento: una persona, aunque en el escalafón más bajo de la sociedad pero con algo de dignidad y hasta con un valor; sin embargo, mientras escribo esto, casi me cuesta sostener la pluma, mi boca empieza a distenderse y ser reemplazada por una trompa alargada hacia abajo; las alas comienzan a hacerse espacio a través de la camisa, la rasgan con furor; mi cabeza agobiada sólo desea hacer zumbidos. Me estoy convirtiendo en lo que se espera de mí, finalmente me convertí en alimaña.

Jesús López
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