“Y me puso en medio de la vega que estaba llena de huesos. Me hizo pasar por entre ellos en todas las direcciones, los huesos en el suelo eran numerosos y estaban completamente secos”.
Ezequiel, 37
El movimiento de la brisa es acompasado y unánime; la arena invade los caminos e intersecciones, temeraria, insistente; no importa si cada día la escoba la obliga a empezar de nuevo; las enredaderas inician su determinada política expansiva, beligerante junto a los cipreses que añaden un día más a su vetusto existir; la incontenible tierra le imprime un color amarillento a los bajorrelieves. El engranaje del reloj suena en números cambiantes para reanudar la atemporal e infinita marcha de la vida, pero aquí todo es muerte.
Sí, tengo un nuevo trabajo temporal, aunque la palabra trabajo temporal pierde sentido en este ambiente pausado, silencioso y lóbrego; nadie osaría desearme buena suerte en el empleo cuya actividad dependerá del número de personas que pondrán bajo tierra. El trinar de los pájaros suena igual en días de duelo y en festividades. El ambiente —me da pena reconocerlo— es propicio para continuar la escritura de mi historia.
Viví con horror la primera noche de guardia en el cementerio, eterno, tan ausente de sueño; el amanecer irrumpiendo con su luz reveladora no borra la dicotomía de lo experimentado la noche anterior. Lo silencioso del día es reemplazado por los más variados sonidos; la bruma se tiñe de colores que cambian entre el amarillo, el verde y el blanco, los supersticiosos dicen que es el alma en su misión de ascensión; la realidad es menos espectacular, es la fosfina emanada de los cadáveres que no puede ser contenida por la madera o el metal.
Los árboles mueven sus ramas de manera rauda al ritmo de una melodía inaudible, el ignis fatuus anuncia el fin de una muerte y el comienzo de otra: la de millones de organismos para los cuales somos su sustento: reescribí el primer capítulo: en sueños bajo tierra el protagonista que pasa por una terrible decepción amorosa desarrolla una inusual fascinación por lo mortuorio.
La palabra cementerio —lo leí en un patético folleto que dan en los velorios— viene del griego koimeterion: dormitorio; y si, aquí todos duermen; el sueño más profundo y pacífico, del que sin embargo su despertar es improbable —un par de anécdotas refutan esto. Los imagino en sus tumbas teniendo conversaciones entre ellos; conversaciones cual vecinos, hablando sobre sus peripecias en vida y las particularidades de su nueva situación.
Hay sueños y secretos que se van con ellos; sueños, e historias que enterrados quedan encapsulados, contenidos; historias que merecen ser contadas; quizás éstas flotan en el ambiente, si es así, estoy dispuesto a ser su contenedor.
Soy el único a cargo de la vigilancia, el joven centinela que cuida que en donde nada sucede —en apariencia— se mantenga así; se supone que reciba solicitudes de aspirantes; soy poco esperanzador de que ocurra. Mientras, la noche de vigilia la utilizo para escribir o dar un paseo por sus recovecos y maravillas arquitectónicas.
Fastuosas construcciones esconden ausencia de atenciones en vida, o culpas que anhelan la redención. Flores marchitas anuncian la esfumación del fragor del duelo inicial, siendo remplazado por aceptación y resignación; opulencia y precariedad inscriben su participación aun en la muerte. En un epitafio se lee la cita: “Viviste donde no te correspondía y moriste donde sí”; imagino que se trató de un inmigrante; hay epitafios rencorosos: “La muerte fue en lo único que no pudiste mentir”, o los epitafios que son como pistas de una búsqueda críptica: “Las búsquedas de una persona en vida son el mapa que marcará su destino en el largo viaje”.
En el segundo capítulo de mi historia, el protagonista visita a su madre en el cementerio como cada domingo; descubre con pesar que su visita después de muerta excede las que le hizo en los últimos años de su vida, es decir: cero. Quiero que mi historia sean diez capítulos como la égloga de Virgilio; diez cantos que resumen una vida; a veces imagino los muertos como libros, cuya vida y particularidades son como literatura: están los interesantes y están los simples, los entretenidos, y los densos e incomprendidos; están los cuentos, relatos, ensayos; los hay como novelas, inabordables, impensablemente largos, y otros lastimosamente cortos; todos colocados en hileras como en un biblioteca sempiterna en la que nadie los volverá a leer jamás.
En la ciudad hay desenfreno y caos. Se apura la marcha entre sus protagonistas, que quieren acelerar su estadía a la última estación: esta. Cada día pasan al frente de donde morarán al final de su tiempo y aun así desean pisar el acelerador. Afuera hay desigualdad, ruido y confrontación; aquí adentro hay silencio, igualdad y paz. Si los panteones se reemplazaran con árboles materializaría el que al polvo volvemos; ¡mira qué vista prodigiosa si desde la ciudad volteamos al dormitorio y los vemos llenos de variados árboles en cuya raíz yace envuelta una existencia fenecida!
En una de las guardias entre los silencios que dicen mucho, y la oscuridad que revela verdades, he entendido que la belleza de la existencia es aquello que nos mortifica y nos atribula a pesar de que es inevitable: lo temporal; nada se vive con mayor pasión ni con mayor deseo que lo que está bajo el influjo de lo efímero; lo eterno lo envidia, es lo único que no tiene, y por eso sufrimos la ira de las deidades.
He recibido una solicitud de trabajo; el solicitante parece ser un joven como yo, deseoso de reemplazar horas de ocio e inactividad por precarios trabajos que empujen al ostracismo pensamientos que vienen con el exceso de tiempo libre. Consideraré la solicitud.
Pienso que la historia de sueños bajo tierra pasará de diez capítulos a doce, como mis horas de guardia; mi nuevo protagonista descubre, en una lectura de un libro que le fue regalado, que un antiguo y aclamado tesoro yace enterrado en la tumba de su amada: “El tiempo figuró su ubicación, el corazón fue contenedor; mi amada lleva vestidos brillantes, de oro y tornasol; el tesoro más valioso yace en su interior”; se me ocurre una pregunta: ¿quién osaría profanar la tumba de su amada para acceder a un tesoro? Desde luego la pregunta no aplica a mi protagonista, que no tiene ni decencia ni amada.
El protagonista se obsesiona con la oración y los capítulos posteriores acepta el trabajo en el cementerio de la ciudad, y de manera metódica pero resoluta empieza la triste tarea de profanar las tumbas en busca del tesoro. A medida que avanza en su búsqueda la vergüenza lo posee, pero el deseo de renunciar lo atribula más; al final del relato da con un ataúd cubierto de arena; siendo una alegoría de que el autor del escrito revela que lo más valioso más que amores infructuosos es lo que realmente no se recupera: el tiempo.
En ciertas noches, en mi merecido descanso, me entrego a ensoñaciones reparadoras en las que, sin embargo, sueño con un tesoro escondido en un abismo tapado por gruesas capas de tierra; ¿cuánta sabiduría se puede albergar allá abajo? El abismo me llama por mi nombre; miles, millones de granos de arena me separan de ella, y yo sólo con una pala para cavar; lo hago toda la noche y vencido me tumbo al alba; al despertar la tumba sigue recubierta como si nada hubiese hecho. Comienzo de nuevo. Ciclo infinito en que, sin embargo, hay cosas finitas: el día, la noche, la pala, la arena... yo. Quizás más abajo el abismo comienza su vertiginoso ascenso para encontrarme y la misma fuerza que me detiene se lo impide.
He ampliado la historia a treinta y seis capítulos; a las treinta y seis horas de muerte el cuerpo entra en la fase cromática, adquiriendo un característico color. Este nuevo protagonista intenta darle un mayor sentido al tiempo, pero como despertando de un letargo se ha dado cuenta de que ha invertido muchos años buscando algo cuyo sentido es alegórico; su aspecto ha cambiado y su cabellera y barba se han tornado blanquecinas. Decide quedarse en el lugar donde ha pasado la mayor parte de su vida, sus visiones son confusas y ya no logra distinguir entre los vivos y muertos; en sus dilatados días en el cementerio se da cuenta de que ha perdido el contacto con el mundo real y los que le rodeaban: familias, trabajos, amores, quedan como un punto remoto al cual no puede volver; el cementerio ha sido su refugio, allí en silencio se sumerge en ensoñaciones de las cuales no volverá. El verdadero tesoro fue sumergirse en una infructuosa búsqueda que sin embargo lo llenó de una apasionada ambición hasta el último día de su vida.
He elevado una solicitud para confirmar que la vigilancia puedo llevarla yo solo; no quiero compartir con más nadie el tesoro descubierto; quiero continuar aquí hasta el último día de lo que espero sea una vida longeva preparando mi estancia, y que el ultimo día sea un nuevo comienzo; suprimí los dos últimos capítulos; corregiré, modificaré, ampliaré la historia a innumerables páginas como las estrellas del cielo y la arena del mar; sin embargo, terminaré la historia en ese acogedor lugar que me espera aun antes de nacer. La impostergable cita a la que acudimos todos los vivientes. Burlaré a Leviatán tanto como pueda.
***
He despertado del enorme letargo que implica estar vivo, y quiero continuar el camino en el valle de los muertos para continuar con mi historia inacabada en el otro plano; me llevaré mis sueños muy al fondo, tan profundo como el pozo de Demócrito; el descenso a la oscuridad iluminada por el candil de mi arte.
Estaré allí donde se cruzan los caminos, donde las enredaderas inmarcesibles seguirán su interminable batalla contra los cipreses, en las imágenes en bajorrelieve llenas de tierra y el infinito trinar de pájaros que antecederán mi marcha fúnebre; mis sueños estarán donde nadie pueda verlos; donde, si alguien decide ir de tumba en tumba y llega a la mía, podrá confirmar que la existencia continúa en forma de letras. Cuando las funciones corporales se apaguen, cuando sucumba al irremediable susto de la parálisis total, cuando la audición perciba el último estímulo, seré feliz; ¡oh muerte ¿dónde está tu victoria?! La luz y las tinieblas reclaman su botín de guerra; allí estoy y estaré, donde pueda decir y confirmar que los sueños... continúan bajo tierra.
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