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Lucina

jueves 10 de abril de 2025
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—No es justo. Lo he dicho muchas veces y no me cansaré.

—Mujer, no seas necia, deja que Dios haga justicia; Dios es grande —Lucina sonrió.

Era un hombre de avanzada edad, unos 76 años que era mucho para ese territorio de la sierra Mixe de Oaxaca donde se cosechaban la rebeldía y el hambre con regular abundancia. Acostumbrado como estaba al trabajo duro y el poco alimento, su cuerpo terminó moldeando su carácter: parco en el hablar y abundante en la brega; que las necesidades no se satisfacen solas. Tenía una creencia profunda en los poderes divinos heredada de su abuela materna: Lucina Taurino Castillo, mujer curtida en el trabajo de la casa y la obediencia a Dios y al marido, como debe ser.

Lucina era la primera en levantarse a hacer los trajines de la casa. La fría madrugada de la sierra era su amiga y la protegía de los resfriados, catarros y pulmonías que terminaron con la vida de tantos conocidos. Se despertaba, tomaba un baño de agua fría y un café caliente, muy concentrado. Luego preparaba el desayuno de su muy larga familia, lavaba los trastes, la ropa, el piso, avanzaba en la cocina y se ponía a tejer, su pasatiempo predilecto; siempre en silencio para dejar que hable Dios, como decía.

A Lucina nunca hubo que regañarla ni golpearla como a tantas y tantas originarias a las que sus maridos daban algunos golpes profilácticos luego de embriagarse con mezcal. Al esposo de Lucina le agradaba el mezcal de Tobalá traído directamente de la Sierra Madre Sur del estado de Oaxaca preparado con un maguey silvestre especial. Nadie había podido domesticar aquella planta y eso elevaba el precio de la bebida. Mucha hambre pasó Lucina viendo cómo el poco dinero que entraba en casa se gastaba en bebida, ella (como debe ser) no se quejaba, nunca lo hacía: al contrario: servía humildemente copas de mezcal a su hombre y le preparaba picaditas de tripa de cerdo que tanto le gustaban. Luego a lavar ropa para la calle y a vender tamales para ganar el dinero y mantener a su esposo y a los doce hijos que su hombre de la mano de Dios le habían dado.

Lucina nunca tuvo placer en la relación con su pareja. “Eso es de putas, la mujer a lo que vino a este mundo; a servir a su hombre y a dar hijos”, pensaba. “Jesús sufrió mucho y es justo que la mujer lo sufra también”, decía.

Su primera relación sexual a los doce años le dolió como madres; le dolió en el cuerpo y en el alma: su primo Rigoberto la agarró a la fuerza detrás del rancho de las vacas; no lo vio venir: desde niños fueron compañeros en el juego y sentía por él un cariño verdadero, limpio; cuando pudo moverse un poco fue para que el dolor del desgarramiento se le metiera más adentro hasta que le acalambró las piernas.

No gritó, le faltó valor para hacerlo, tuvo miedo; le habrían dado la paliza de su vida por provocadora y por puta. Su primo, por suerte, terminó muy pronto con aquello, se subió los pantalones, dio la espalda y se fue. Lo vio alejarse, con una impotencia y un asco indescriptible. En la mesa, cuando tomaron el café con pan de la cena, la miraba de reojos y sonreía (el muy cínico). Lucina no, ella no podía mirar a los ojos, sentía que la delatarían. Desde ese día bajaba la cabeza cuando le hablaban los hombres y clavaba las pupilas en el suelo en un intento por esconder su sexualidad, se sentía sucia delante de ellos, pero no débil, eso nunca más. Él, su primo, el violador, la enseñó a ser mujer; él templó su carácter y educó su discreción en sólo unos minutos en tanto hacía aquello. Le daba gracias a Dios porque él se lo mandó; al violador, ella en lo más íntimo de su ser lo sabía. Dios es grande y sabio.

Fue una tarde, ya el sol cansado de sofocar el cielo con su irreverencia se metía en su noche cuando lo vio venir, con su cara de descarado, sonriéndole. Ella había ido al monte a buscar palos secos para calentar el comal; estaba sola, pero no indefensa; desde el día de la violación supo que regresaría y se preparó secretamente para ello. Cuando su primo la tomó del brazo, con una determinación que para él era dulce y para ella más, una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Lucina. Nada dijo ella; él, tampoco. La levantó contra un árbol y le metió la mano entre las piernas, luego lo otro; ella cedió tímidamente, como debe ser; él se excitó más. El violador cerró los ojos para visualizar el placer de penetrar aquella voluntad rendida, la había imaginado cientos de veces ceder a su fuerza mientras se masturbaba. Ella también los cerró, con más placer aún: había esperado mucho aquella penetración, podría decirse que la deseaba; miró el rostro cínico de su primo por última vez mientras le clavaba con determinación la filosa daga en el costado. No pudo gritar, la lengua de ella en su boca se lo impedía.

El golpe seco partió en dos el hígado, luego en pedazos más pequeños; lo mismo hizo con los chiles; lo juntó todo hasta que quedara una mezcla uniforme.

La noche estaba fría, la sartén caliente y los niños con mucha hambre.

Miguel Erasmo Zaldívar Carrillo
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