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Un infierno transitorio

sábado 12 de abril de 2025
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Intentó correr, pero el pánico la paralizó. Apenas doblar la esquina vio algo tan grotesco e informe que quiso dar marcha atrás para alejarse a toda prisa, mas las piernas no le obedecieron y allí quedó plantada. Su pensamiento también se detuvo. ¿Qué más podía insinuarle como no fuera cubrirse el rostro con las manos y esperar? Así permaneció, inmóvil, aturdida, con el corazón martillándole el pecho sin cesar. Transcurrieron muchos segundos, que para ella fueron minutos eternos, pero al notar que todo continuaba igual, apeló al escaso valor que poseía y decidió mirar al entorno. ¡Inconcebible! A su lado, en absoluto silencio, estaba el bulto estrafalario. Horripilante, recubierto de escamas retorcidas y punzantes; en lugar de ojos, dos hendiduras negras superpuestas, sin asomo de pupilas, y sin ningún otro rasgo facial visible, sólo exhalando un olor tan delicado y agradable, que mitigaba el profundo repudio inicial. Con voz temblequeante, que parecía provenir del fondo de la tierra, le dijo a Basilia: “Si supieras quién soy, tu actitud sería muy diferente”; a lo que ella, al instante, quiso conocer su identidad. “Soy el miedo y la culpa que tienen aprisionada tu conciencia”, respondió la terrorífica figura, inquiriéndole, además, cuáles acciones tan execrables y oprobiosas había llevado a cabo en su corta existencia que propiciaron su engendro. Entonces firme, sin vacilar, Basilia sostuvo que jamás había transgredido una norma de la debida conducta humana, y más bien estaba convencida de que ese sentimiento sofocante había surgido de su ambiente familiar, impregnándole su endeble pensamiento. Basilia continuó confiándole que allí todo había sido recriminación, castigo por cualquier nimiedad, caras largas; pero en ningún momento un acercamiento afectivo, una expresión hilarante, un abrazo de cariño. Por tanto, concluyó Basilia, vivir en ese estado de eventual amenaza forzosamente tenía que producir un miedo que se anidaba en mente y corazón, junto con la culpa por haber creído que ella era la causante de cualquier alteración familiar.

El espantoso bulto, luego de escuchar la confesión de Basilia, intentó sonreír, pero sólo una horrible mueca apareció en su amorfo rostro.

El espantoso bulto, luego de escuchar la confesión de Basilia, intentó sonreír, pero sólo una horrible mueca apareció en su amorfo rostro, mientras le decía a Basilia que cerrara bien los ojos y se sintiera pulcra por dentro, sin la menor traza de culpa, temor o remordimiento por algo que no había cometido, y luego de unos instantes mirara de nuevo con total tranquilidad. Basilia siguió exactamente las indicaciones, y al abrir otra vez los ojos tenía ante sí a un ángel resplandeciente que le sonreía con infinita dulzura y la hacía sentir en paz. El ángel comenzó a desvanecerse lentamente hasta desaparecer del todo, y tampoco había quedado huella de la anterior figura infernal.

Basilia despertó de ese extraño sueño reconfortada y agradecida a la estrambótica figura por haberle librado la mente de tanta opresión pasada; constatando que de ciertas circunstancias penosas sólo se sale gracias a una intervención ajena, así ésta provenga de un sueño, como igualmente un sueño podía producir el efecto contrario: zambullir a la persona en una indeseable pesadilla, y allí dejarla anclada. Esto también le había sucedido a ella a los doce años. Soñó esa vez que estaba con sus padres y hermanos en el interior de su casa, cuando afuera una potente voz gritó que huyeran deprisa porque una víbora estaba por llegar.

Todos escaparon, menos ella, que no se pudo mover. Quedó sola al final del pasillo, mientras observaba cómo por debajo de la puerta principal entraba un inmenso reptil que se comprimía para poder pasar, y una vez adentro recobraba su grosor natural. De inmediato comenzó a reptar hacia ella, y al llegarle al lado, se le fue enroscando al cuerpo con una lentitud exasperante, hasta que al final le apoyó su enorme cabeza a su diminuto hombro y se dispuso a reposar. Basilia comprendió que de ahora en adelante ella sería el usual descansadero del gigantesco reptil, perdiendo así la capacidad de disponer de una vida independiente y proactiva.

Una vez en estado de vigilia, Basilia verificó que su existencia era la réplica del sueño, pero aún sabiéndolo, le era imposible reconfigurar su pensamiento para soslayar la actitud de sumisión de su vida que el sueño estaba vaticinando. Fue sólo esa última ensoñación nocturna, después de varios años, que el cambio se produjo en su mente casi de manera automática. Ahora se sentía liviana, distendida y segura de sí misma. Sin embargo, una pregunta la absorbió por entero: ¿por qué sólo ahora le había llegado esa ayuda salvadora, y no antes..., o no después? ¿Dependía del azar la irrupción en la vida humana de una contingencia susceptible de alterarle el rumbo, incluso proveniente de un sueño? Basilia comprobó que, en efecto, en el terreno de la ensoñación el azar también tenía cabida, y que, no obstante su enmarañamiento por la ausencia transitoria de un control consciente, allí persistía igualmente la imprevisibilidad del mundo fáctico, pues era un fenómeno inherente a la natural estructura de la vida. Lo importante era vislumbrar el sensato camino a seguir, en medio de la turbulencia e inesperadas eventualidades propias de la vida.

Thaís Badaracco Febres C.
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