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Los chismes de doña Lubia

martes 15 de abril de 2025
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Desde la antigüedad ha existido el chismorreo, especialmente entre las mujeres que encuentran en él la manera de pasar el tiempo y, especialmente, poner en ridículo a sus coetáneas llevando sus andanzas, reales o inventadas, a las bocas de tantas féminas que gozan con estos menesteres, convirtiéndolos en un don que el Creador les ha dado para darle sentido a sus vidas.

En sentido estricto, chismorreo es una palabra castiza que significa hablar con indiscreción o malicia de alguien o de sus asuntos y, como el español es tan rico, como diría mi abuelita, también pueden usarse palabras como cotillear, chismear, comadrear, murmurar, criticar, chinchorrear o chismosear, que, para los efectos consiguientes, es lo mismo: poner en evidencia a otra persona, especialmente del sexo femenino, para tener de qué hablar las unas con las otras.

Entonces, dicho de otra manera, el chisme es propagar cualquier reproche o cosa dañina acerca de una persona, ya sea falsa o verdadera, cuando no hay razón para que los demás se enteren.

A juzgar por lo común de su práctica, aun entre personas que profesan ser cristianas, parece que muchas están confundidas con respecto a la naturaleza y malignidad del chisme.

Numerosas personas confunden el chisme con la calumnia que, en términos prácticos, es un reporte dañino y falso acerca de una persona, mientras que el chisme es propagar cualquier reproche dañino acerca de una persona, ya sea éste falso o verdadero, cuando no hay razón para que los demás se enteren. O sea, un chisme es contar secretos ajenos, por lo que a la larga es revelar secretos o información innecesaria que puede dañar la reputación de quien se chismea.

Cuando conocí a doña Lubia, me enfrenté a una mujer chaparra, negra, de cachetes hinchados, ojos chiquitos, pasada de libras. Es decir, ni más ni menos que el prototipo del chisme, de quien se podían decir tantas cosas: que parecía albóndiga con patas, la reencarnación de una bola de carne gorda y negra, en fin, un dechado de virtudes para quien, además, sabía mover la lengua como víbora cuando se trataba de menospreciar o malinformar a otras personas, pero en especial mujeres a quienes a todas luces envidiaba.

Era una mujer de mediana edad, que frisaba ya los cincuenta años no tan bien dotados como lo son los de una diva, pero mujer al fin, cuya principal dote era su habilidad para el chisme.

Siempre encontraba algo de qué hablar, no sólo de sus conocidas, a las que ella llamaba “amigas”, sino de los hombres que se cruzaban en su camino. Era famosa no sólo por chismear, sino por la calidad del chismorreo de que hacía gala. Por ejemplo, el otro día, cuando habló de la María, ya siendo yo su allegado, dijo:

—Tan creída la desgraciada y el novio le pega. Se la agarra en cualquier lado, tiene la cara ensangrentada desde la última vez que él le lanzó sus caricias en el cine, moretes por todos lados, hasta en la espalda a la altura de la mancha mongólica. Bueno..., ella dice que son moretes, pero ha de ser la seña de su raza.

—Decime, Lubia, ¿tú ya la viste desnuda?

—¡Ja! Eso quisiera ella, pero yo no me meto con mamarrachos.

—Entonces, ¿cómo puedes decir dónde tiene moretes en su cuerpo?

—Basta con verle la cara. ¡Si es una cualquiera!

—¡No hombre! No hay que hablar así de la gente. Todos merecemos respeto.

Así cada cosa del repertorio de Lubia. El otro día, cuando María vino a visitarnos, Lubia le sacó en cara los veinte días de menstruación que padece y lo sucia que se mantiene por falta de baño, y le dijo que “de buena fuente” sabía que Jorge, su novio, estaba a punto de dejarla por todas esas suciedades.

No sabe la bola de carne esa, pensé yo, que Jorge es más sucio que ella y que la cara que se manda es consecuencia de los besos que le da a María sin importarle su aseo personal. En fin, María ahora anda en boca de todo el mundo, gracias a su buena amiga Lubia.

Pero eso no es todo. La lengua de Lubia mató de una vez a María, quien ahora anda trotando por los más sucios recovecos del mundo.

Cuando me lo contó, no lo podía creer.

—No, no es posible, vos siempre hablando de la gente.

—Es verdad. Por eso Jorge ya no puede ni verla.

—Mañana es tu cumpleaños —le dije a Lubia—, veremos cómo viene.

—Vas a ver. Tus ojos te van a convencer.

Efectivamente, cuando llegó María le vi un aspecto lamentable. Parecía mujer de ultratumba, y entonces le dije a Lubia:

—Tenemos que ayudarla.

—Sí, pero cómo si no se deja ayudar.

—Voy a hablarle a Jorge para que no la trate mal.

—Si el pobre Jorge la aguanta todo el tiempo. Es él quien debe cambiar de mujer, porque ella toda la vida será una chaparrastrosa.

—No hombre —atiné a decir—. Son las circunstancias de la vida. Debemos hablarle para que se bañe, se arregle, se perfume. Si sigue así, no sé qué pasará con ella.

—Vamos a invitarla a almorzar mañana y ya verás. Vendrá igual.

Cuando al día siguiente alguien tocó a la puerta, Lubia dijo:

—Espera, voy a abrir —dijo, y salió con la cara ya conocida, los ojitos brillantes y alimentada por el chisme.

No profeso ninguna religión, pero ese día le pedí a todos los santos, y a cuanto dios se me ocurrió, que María llegara bien bañada, con ropa decente, peinada como corresponde, hasta que oí a Lubia gritar.

—¡Por favor, ven a quitarle el cerrojo a la puerta! No puedo abrir.

Suspendí mis oraciones y muy dentro de mí sospeché que mis ruegos habían sido oídos. Seguro de que María era otra, respondí lleno de esperanza:

—Voy...

Pero era tal la prisa de Lubia por ver cómo llegaba María para criticarla, que jaló una silla, la apoyó contra la puerta y descorrió el cerrojo que estaba arriba de ella. Yo corrí para ver a la invitada entrar, pero al abrir la puerta sólo oí el lamento de Lubia cuando dijo:

—¡No vino la desgraciada!

Caminamos juntos con Lubia hasta la verja del jardín y entonces vi el camino desierto y los árboles que bordeaban la carretera, a la espera de una María reluciente.

—Ya viste —me dijo Lubia—, ¡prefirió no venir antes que enfrentar su triste realidad!

Antonio Cerezo Sisniega
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