A mi abuelo Jesús.
El oftalmólogo le dijo que la catarata había llegado a su grado máximo, el número 5. Por ende, aunque debía operarse lo más pronto posible para no perder la visión, le recomendó que esperara al menos unos seis meses más, ya que luego de una operación de próstata no era muy recomendable someterse a otra de cualquier estilo. Esperó pacientemente con los ojos cerrados luego de haber experimentado una dilatación de pupila, escuchando las conversaciones de los clientes que llegaban y salían del consultorio. Algunos no paraban de parlotear acerca de lo hecho en la semana, los sucesos políticos y las tonterías del espectáculo que, sin importar las edades, siempre buscan la manera de enredarse en la mente de las personas. Muchos clientes entraron preguntando sobre las consultas, los precios y demás, a los cuales las amables recepcionistas de pelo castaño y piel dorada respondían con la misma entonación, y casi las mismas palabras. Ya veía por qué consideraban aquel sitio de los mejores de la ciudad. El doctor le volvió a llamar, ayudándole a entrar nuevamente a la habitación del consultorio.
—Puede abrir los ojos, señor Jesús —le dijo el doctor al entrar—. Quizás siga viendo algo borroso en el transcurso de un par de horas, pero no le afectará demasiado.
El señor Jesús asintió.
Minutos después, salió con un par de hojas en la mano derecha. Una de ellas incluía el diagnóstico y las recomendaciones, la otra el monto total a pagar. Luego de todo el proceso final, se despidió amablemente de las recepcionistas, y se marchó lentamente. Le costó adaptarse un poco a la luz y el calor que emanaba el sol del mediodía allá afuera, pero se acostumbró conforme fueron pasando los minutos y los pasos. Sintió que una comezón le increpaba la garganta, y supo que era el momento de tomar un taxi y volver a casa para lograr saciar su sed con una buena limonada.
—El doctor me dijo que tomara bastante cítrico —murmuró.
Hace nueve años adoptó con más seriedad el hábito de hablar solo. Diez años atrás había perdido a su esposa, su querida piojo. El impacto de la pérdida fue tan grande que durante un año entero el silencio le ganó la partida. Quizás no había perdido el apetito, ni las ganas de probar una cerveza o diez, pero en ese tiempo si lograba juntar un par de oraciones se podía sentir como Luther King. La habitación oscura, vacía y fría le recordaba la vida que dejaba atrás casi sin querer. La casa le hablaba sin emitir algún ruido. La comida también se encargaba de marcar su parte sin aplacar su temperatura. Todo su mundo se había convertido en una sucesión de imágenes que otrora habían sido encantadoras. Ahora no eran más que una tortura, y por lo que pareció una larga época no lograba escapar. Hasta la tarde de un miércoles en que la última cosecha de su mata de guayabas cayó a sus pies. Ninguno de los frutos resultaba apetecible; más bien, estaban al borde de la desolación.
—Algo tengo que hacer —dijo.
Y algo hizo.
Intentó recuperar el rumbo de su vida, saliendo con los amigos que aún vivían, visitando a las familias de sus hijas en diferentes ciudades, experimentando con nuevos negocios sin importar que pudieran ser funcionales, y al final, tratando de encontrar una nueva mujer que pudiera llenar ese vacío. Pero esto último no lo encontró. Era imposible hallar una réplica, ni siquiera una mínima, de la sonrisa de la piojo. Su temple no lo tenía cualquiera, ni la capacidad de sobreponerse a casi cualquier cosa que se le cruzara por el frente. Pero, sobre todo, no encontraría su poder: un amor inagotable. Su difunta esposa era capaz de darlo todo por cualquier persona, ya que ella creía ciegamente que todos merecían una oportunidad de ser amados y de sentirse importantes. Por ello, a él le perdonó hasta la más terrible ofensa, amándolo con más intensidad en cada amanecer.
—Eso nadie lo tiene —susurró, dejando un ramo de flores al lado de su lápida.
Solía pensar mucho en todo esto, y más aún después de su operación de la próstata. Llevaba un par de años con dicho problema desarrollándose, pero su miedo a la intervención quirúrgica siempre le ganaba la partida. Hasta que una noche se levantó de la cama con unas intensas ganas de orinar, y al dirigirse hacia el baño simplemente el dolor explotó. No podía orinar, y un fuerte dolor en su zona pélvica lo tiró al suelo. Su respiración era agitada, no paraba de sudar, y conforme pasaba el tiempo parecía empeorar. El dolor era insoportable y las opciones comenzaban a agotarse.
—Dios... si... si me ayudas... a sanar esto... te... te hago una promesa. Volveré... te prometo que volveré a servirte.
A partir de allí, juró perder la noción del tiempo, hasta sentirse nuevamente lleno de fuerza para levantarse y volverlo a intentar. En el agua del inodoro empezó a caer una cascada. Aunque ciertamente Dios obró, él necesitaba dar un cambio y completar el milagro. El tiempo pasó, y después de idas y venidas logró completar la operación, sabiendo que a partir de ese momento Dios le deparaba un mejor destino. Pero a pesar de ello, en los momentos de soledad en los que ya no quedaba algo más en que pensar, su amada tocaba la puerta. Como en esa mañana en que la imaginó junto a él en el consultorio, esperando con infinita paciencia los resultados del examen. Imaginó que, al llegar a casa, sólo sería cuestión de tiempo para poder tener la mesa servida y disfrutar junto a ella de un delicioso almuerzo, para luego dormir una siesta juntos y despertar en el medio de la tarde a degustar un café junto a numerosas páginas de la Biblia. Pero en el fondo sabía que no sería real.
—Señor, ya llegamos —dijo el chofer del taxi, aparcando frente a su casa.
Pagó y se despidió con cortesía. Al estar frente a su puerta, admiró por un momento la naturaleza que lo cubría. Aspiró su aire fresco, y luego dejó escapar un lento suspiro. Entró a la casa, y rápidamente se deshizo de sus ropas para darse un baño relajante. Al salir, su reloj le anunció con un leve pitido que se acercaba la hora del almuerzo, su comida preferida. Preparó con pulcritud una porción de ensalada y recalentó los trozos de carne que aún quedaban de su primera comida, y los acompañó con esa limonada que tanto anhelaba. Después de su ritual, se fue a su habitación a recostarse en la hamaca. Casi sin pensarlo, sacó la cartera del bolsillo trasero de su pantalón y extrajo una pequeña foto que descansaba junto a los billetes. Era la piojo en su juventud. Sonrió levemente al ver cómo a pesar del material desgastado podía apreciar el color de sus ojos con cierta intensidad. Su cabello, aunque corto, le dotaba de una apariencia elegante que iba a juego con su pícara sonrisa. Tenía un balance perfecto. Trató de acariciar con un dedo su rostro, y sin querer, sintió que un enorme peso le sujetaba el cuerpo y le amargaba el corazón. No pudo evitar empezar a llorar como un niño. Ciertamente, Dios le había brindado una nueva oportunidad de vivir a pesar de las dificultades que aún seguía atravesando, y él no podría estar más agradecido por ello. Pero no era lo mismo. En los últimos años de su esposa, él era un hombre que se había dejado amargar el alma y parecía que no lograba mejorar. Aunque la tenía a su lado, no lograba ser feliz del todo. Y después de haberse despojado de las escamas y limpiado su vida, su cuerpo y su nombre, solamente era un niño al cual le gustaba compartir y hacer sonreír a los demás. Pero con ella, esa que con una mirada le desarmaba el alma y a su vez le reconstruía su destino, no podía hacer nada. Ya no estaba aquí.
—Aunque sé que estás en una mejor vida —dijo, entre sollozos—, cómo me gustaría que estuvieras a mi lado.
- Dos relatos de Jesús Jaramillo - jueves 2 de octubre de 2025
- ¿Dónde se guarda el corazón? - sábado 23 de agosto de 2025
- Cataratas - sábado 26 de abril de 2025


