Antes de salir cada mañana, K solía sentarse en la mullida grama y observar las luminosas flores del jardín. Se alegraba, sentía que lo invadía una oleada de insospechada energía. También contemplaba las mariposas de abigarrados colores que revoloteaban a su alrededor. Pero, a partir de cierto día, una mariposa particularmente hermosa y llamativa empezó a posarse en su frente, deslizándose luego suavemente sobre sus mejillas, sobre sus labios, para finalmente colocarse sobre su pecho, y allí permanecía hasta que él se retiraba. La primera vez K quedó totalmente desconcertado, pues no se explicaba la actitud de la mariposa, pero viendo que eso se repetía exactamente igual cada día, terminó por aceptarlo; hasta se impacientaba cuando la mariposa tardaba en llegar. Esas delicadas caricias le agradaron tanto que comenzaron a estimularlo, pero se sentía con las manos atadas. ¿Qué hacer para corresponderle a la radiante mariposa? ¿Cómo franquear su gran fragilidad? Con extremo cuidado le acariciaba sus vaporosas alas, quedando sorprendido de que no intentaba escapar, sino que permanecía sumisa entre sus dedos.
K tuvo que efectuar un breve viaje de tres días por motivos de trabajo, pero no dejaba de pensar en la mariposa. De continuo recordaba las caricias que a diario le prodigaba con sus sedosas alas, y también pensó en la desilusión que habrá probado al no hallarlo más en el jardín. La noche del regreso estaba entusiasmado, porque sólo en pocas horas volvería a ver a su enigmática visitante. Llegado el momento, se tendió en el fresco césped a esperarla, pero fue una vana espera. Ni ese, ni los días venideros, ella regresó al jardín. K se sintió afligido, incluso porque no podía definir el vínculo que se había establecido entre los dos, aunque no dudaba que había sido tan real como las flores que tenía ante su mirada. Anhelaba su presencia, los excitantes deslices sobre su cara y sus labios, así como cuando permanecía todo el tiempo sobre su pecho. Entristecido, pensó que quizás la efímera existencia de la mariposa había llegado a su final, o que un zagalete aventurero la había atrapado en su pérfida malla. Su abatimiento aumentaba al saber que esa mágica relación nunca más se produciría en su vida. Había sido tan extraña, inesperada y fantástica, que siempre permanecería en un doblez de sus recuerdos.
K tenía una amiga de confianza en su sitio de trabajo, y no vaciló en referirle el insólito y malogrado nexo con la mariposa. Ella convino en que ciertamente era una historia excepcional, y sólo pudo comentarle que en esta vida colmada de misterio y de contradicciones cualquier cosa podía suceder. Sin embargo, como siempre había sentido una atracción particular por él, le dijo que, si lo deseaba, ella estaba dispuesta a sacarlo de su incómodo malestar. K estuvo de acuerdo en intentarlo, y le pidió que viniera por las mañanas a su casa para compartir algunos momentos en el jardín. Así tuvo inicio una tímida y cautelosa relación. Ella se esmeraba en replicar los delicados contactos de la mariposa en el rostro de K, a sabiendas de que era una competencia desigual, pues nada podía rivalizar con la tersura de un ala de mariposa. Había transcurrido una escasa semana, y ese día, tendidos en la grama, K con los ojos cerrados, y ella observando el entorno, apareció de pronto en el jardín una mariposa de exuberantes colores que de inmediato fue a posarse en la frente de K. La joven comprendió todo al instante, y poco a poco se fue incorporando para retirarse sin hacerse notar. Era consciente de que no debía interferir en ese significativo momento de K, el cual, advirtiendo la enorme levedad de esa nueva caricia, abrió los ojos y, para su inesperada sorpresa, allí estaba de nuevo su inasible querencia deslizándose por su rostro, deteniéndose un instante en sus labios trepidantes de deseo, para luego apoyarse en su pecho, y allí permanecer tranquila. Fue tal el regocijo de K que ni siquiera se percató de la ausencia de la amiga, y allí se dispuso a continuar todo el tiempo que la mariposa estuviera a su lado. K estaba ahora convencido de que cualquier suceso que aconteciera en la vida, por más insignificante e inexplicable que fuera, podía ser la causa de algún efecto impredecible... al que luego se llamaba azar.
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