Me llamo José Perico y estoy aquí, frente a la computadora, tratando de escribir un cuento cuyo concepto aún no defino con certeza, porque algunos dicen que es una historia corta con final feliz, otros se inclinan por que la historia tenga un final inesperado o sorpresivo y que, además, sea indiscreto.
Hay tantas opiniones que no sé, en verdad, cómo escribir un cuento. Se me ocurre que, a lo mejor, debe ser el relato de un suceso falso o de pura invención, o una narración breve de la vida real, cuya trama es protagonizada por un reducido número de personajes, con un argumento sencillo.
Total que sólo la definición es un verdadero desbarajuste, y a veces me inclino por contar cualquier pendejada de mi vida ya sea sentimental, laboral, de estudiante y todas esas cosas que se viven en este mundo, pero otras creo que debo inventar una historia, aunque sea romántica, con una trama que indique todos mis anhelos frustrados.
También sé que existen otros géneros literarios como la poesía, que describe de manera bonita y elegante sucesos ocurridos o sentimientos deseados o anhelados y todos esos acontecimientos románticos que tanto llenan a las almas desesperadas o incomprendidas de este mundo, y la novela que narra en prosa mundos y personajes recalcando en ellos su psicología y sus caracteres.
Así que, en el caso que me ocupa, aún no sé si elaborar un cuento de la vida real en el que diga dónde nací, estudié, jodí mi libertad al casarme, trabajé, enfermé y hasta que me morí o casi me muero de alguna enfermedad física o sentimental, o inventarme una historia en la que el personaje central sea alguien guapo, bien formado, que busca su destino, o una mujer que, dadas sus cualidades intrínsecas, busca un “buen partido” para casarse.
Entonces, después de meditarlo un poco, he decidido comenzar esta historia con un relato autobiográfico diciendo que soy originario de un país del tercer mundo, pero que, gracias al esfuerzo continuado de mis padres, pude tener estudios hasta el grado superior, que me permitieron trabajar en empresas medianas y obtener por ello un emolumento aceptable para vivir, parrandear, mujerear, viajar y no sé cuántos verbos más que aquí no quiero enumerar.
Eso me supuso desenvolverme en un círculo social tolerable. Es decir, un ambiente en el que se celebraban cumpleaños, arrumacos de los novios con las novias, bodas y todas esas pendejadas de la vida social que puede tener un país como el mío que ha ido ascendiendo, decía mi abuelita, del primero al tercer mundo en esta existencia, porque no podía concebir que el tercer mundo fuera peor que el primero. “En qué cabeza cabe —decía— que el tercer mundo sea peor que el primero...”.
Todavía recuerdo las carreras que tuve, o tuvimos, cuando nos casamos mi mujer y yo, y las argucias que hube de desarrollar para no confesarme, porque qué derecho tiene un “representante de la iglesia” de conocer mi vida ejemplar o llena de pecados; no lo sé: ninguno.
Pero como dicen, la venganza es dulce y la encontré después de sacrificarme casi un mes en un cursito prematrimonial, ir y venir a la iglesia cada vez que al cura se le antojaba: no le pagué la misa del casamiento.
Sí, cincuenta años después todavía lo recuerdo y es uno de los logros más importantes de mi vida. Espero sinceramente que el padre Juan descanse en paz, porque supongo que ya habrá ido a rendir cuentas ante su superior.
Luego vino la vida matrimonial con sus altibajos normales, la llegada de los hijos por montón, porque en ese tiempo los preservativos eran muy caros y no se conocían otros métodos anticonceptivos más que el del ritmo, pero el ritmo que seguíamos mi esposa y yo más nos complicaba la vida. No acercarme a mi esposa era un verdadero sacrificio.
Más me hubiera valido hacer el consabido sacrificio, porque aquí la vida fue la que se vengó de mí. Todo era carísimo para mantener no sólo a mi esposa, sino a tanto hijo que se coló por ahí “por donde yo”, como dicen en mi pueblo.
Pese a todo, pude estudiar, salir de la universidad y mejorar bastante mis ingresos para subsanar o lidiar con tantos errores cometidos durante mi juventud. Además, el hecho de que te digan “licenciado” o “Lic.”, como suelen expresar los habitantes de este paisito con la condescendencia de un esclavo, le sube el ego a uno, aunque no tenga la menor importancia, pero te da un estatus diferente.
Luego vinieron becas, viajes al extranjero, aumentos de sueldo y, como consecuencia de esto, admiradoras, además de altibajos en el trabajo, la convivencia con los compañeros por tantos años, parrandas, tragos, buena comida, en fin, me fui volviendo de la high life, como solemos decir los analfabetos de esta nación.
Tal como sucede en cualquier acontecimiento, después de la tempestad viene la calma. Dejé de tener hijos, trabajé menos, con mi experiencia aprendí a usar para mi beneficio el trabajo de otros, aumentaron inexorablemente los años de mi edad, dejé de producir lo que producía y me jubilé.
Realmente jubilarse es como nacer de nuevo. No sabe uno cómo entrarle al asunto, pues al principio hacen falta la oficina, los compañeros y las compañeras, como suele decirse en estos tiempos, porque ya no les es suficiente el término “compañeros” que incluye ambos sexos, los originales, los de la creación del mundo. Es increíble la distorsión del lenguaje provocado por la lucha de las llamadas feministas y los ni masculinos ni femeninos, que se salen de la creación original.
Con el tiempo me fui acostumbrando al cambio. Empecé a levantarme más tarde, ver películas en la televisión usando el famoso Netflix, tener almuerzos tardíos, echarme los tragos a tiempo, leer buenos libros y, sobre todo, la que yo considero la mayor ventaja del retiro laboral: la satisfacción que da no meterse al tráfico de esta ciudad en la que no hay para comer, pero en cada hogar hay dos o tres automóviles y, aunque los dueños vivan en la misma residencia y vayan al mismo lugar, utilizan los tres vehículos.
Además, al no haber transporte público en este país, único caso en el mundo, si no estoy mal, la mayoría de los habitantes compran vehículos de dos ruedas, es decir motos, que se desplazan por todos lados, aunque los pilotos no tengan licencia. Por todos lados me refiero a por la izquierda, la derecha, entre los carros, provocando un desbarajuste total.
En fin, el tráfico es un verdadero desastre y de eso, como jubilado, me he librado. Esta es la principal causa, como he dicho, que me ha hecho aceptar, poco a poco, mi retiro laboral, pues al no tener que desplazarme al trabajo me ahorro cuatro horas de ese maldito tráfico: dos de ida y dos de regreso a mi residencia, aunque la oficina a la que fui por tanto tiempo queda a trece kilómetros de mi casa.
En fin, toda esta narración comenzó con la idea de escribir un cuento autobiográfico, ya que mi mente no da para narrar sucesos o acontecimientos que sólo existen en mi mente. Es decir, en la mente del autor, porque quiérase o no, mis dotes de escritor dejan mucho que desear.
Eso sí, el hecho de encontrarme ahora aquí, frente a la computadora, como un vulgar desocupado, y después de narrar lo que he narrado o pretendido narrar, me he dado cuenta de algo.
Mi vida no es un cuento.
Dado que, en este relato autobiográfico, o casi autobiográfico, se narran en prosa mundos y personajes diferentes, recalcando en cada uno de ellos su psicología y sus caracteres, concluyo en que definitivamente mi vida no es un cuento como tal.
Es una novela.
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