Marietta veía pasar los días con la misma cadencia del arroyo de la huerta. Esa monotonía no encajaba con su ánimo vivaz y contenido, deseoso de expandirse para vivir situaciones diferentes. Por esto, de manera natural estableció una nueva relación con el entorno, guiada por su desbordada imaginación. Amaba estar entre los árboles, las flores y los animalitos cercanos. Esperaba que las mariposas llegaran al jardín para hablarles suavemente, segura de que la comprendían, pues allí permanecían inmóviles, posadas sobre las hojas con sus alas multicolores, mientras ella les decía que admiraba su fragilidad y gran conformidad, ya que, a pesar de su efímera existencia, siempre estaban volando alegres, o libando el néctar de las flores. Y a éstas, no cesaba de alabarles su esplendor. Consideraba que las flores eran la espontánea sonrisa de la naturaleza. Observaba cómo los botones se llenaban de energía, aferrados a sus pedúnculos, prontos a desplegar en cualquier momento sus risueños pétalos, esparciendo libremente su fragancia. Particularmente, admiraba el candor del lirio blanco. Parecíale ver en él el asombro por el misterio de la vida, y un deseo por hermanarse con el tiempo para no perecer, pero al comprender que era un sueño inalcanzable, le subentraba una conformidad casi divina, y allí permanecía erguido en su tallo, sonreído y ofreciendo al que lo contemplara un momento de embelesamiento y paz. Sin embargo, la impresión que recibía de la rosa escarlata era diferente. En la espiral concéntrica de sus pétalos creía advertir un llamado a seguirla para encontrarse al final con un anhelado sueño de amor. La rosa roja era para ella el connubio perfecto entre la belleza y la pasión. Así, cada flor le producía un efecto particular. Afirmaba que el girasol era el que ostentaba abiertamente el vínculo con su Hacedor, al sonreírle agradecido cara a cara en su diaria aparición.
Había en el patio de su casa gran variedad de árboles frutales, pero entre tal profusión uno era el de su preferencia: el mango. Para ella, tener un reluciente mango maduro entre las manos, acariciando la tersura de su piel, para luego perderse en la exquisitez de su pulpa dorada, era estar en el Edén; el Edén original, sinfonía de aromas y colores donde, a no dudar, el mango había ocupado sitial de honor al contener en sí la pujanza de la vida y el contentamiento para todo ser. Al saborear la dulzura del mango, se degustaba el íntegro sabor de la naturaleza. Además, Marietta sabía que en los altos ramos de su árbol los niños más desposeídos del trópico saciaban su necesidad de alimentación, y esto la colmaba de alegría, y de gratitud hacia ese excelso fruto.
Marietta también compartía emocionantes momentos con Reto, su cachorro gran danés, y con Gertrudis, la esponjosa gata blanca de la casa, y con ellos se tendía en el suelo entre risas y arrumacos impregnados de amor; todo esto, sin desatender su formación académica y cultural. Hacía poco había iniciado los estudios de física cuántica en la universidad, por ser una carrera con innumerables posibilidades de exploración, y porque las carreras tradicionales no le suscitaban ningún interés. Un día asistió a una interesante disertación sobre robótica cuántica, que acaparó toda su atención, sin sospechar cuán cerca estaba de tener una experiencia directa. Al término de la conferencia, junto con algunos compañeros, se dirigió a una elegante cafetería del lugar para tomar un refrigerio y comentar sobre la información recibida. El camarero se acercó a la mesa para atenderlos, pero no era una persona, sino el androide más completo y hermoso que hubieran podido imaginar. Los movimientos, muy bien coordinados, replicaban los del ser humano, y la voz no tenía el típico timbre metálico y desagradable de los demás robots. Mientras se aproximaba miraba siempre hacia abajo, pero al llegar levantó los ojos y los fijó en Marietta. Luego del asombro inicial, todos se dedicaron a comentar los puntos impactantes de la ponencia, todos menos Marietta, quien no dejaba de observar al robot desde lejos. Llegada la hora de partir, el robot vino por la cancelación, sin dejar de mirar intensamente a Marietta. Ésta se sintió anonadada, incapaz de manejar el aturdimiento que la acosaba. Un sinfín de interrogantes se arrebujó en su mente, carcomiéndole sensatez y tranquilidad. Llegó a su casa asediada por la duda y, como era de prever, se puso en marcha su férvida imaginación. ¿Y si detrás del software del robot había algo más? ¿No sería que su aguda sensibilidad logró alterar las rígidas órdenes subyacentes del androide originándole un nuevo rasgo humano?, se preguntaba. Tales cavilaciones revoloteaban incesantes en su mente, así que quiso salir de dudas sin más pérdida de tiempo. Al día siguiente, al salir de clases, convidó a dos compañeras a la cafetería y, una vez instaladas, el robot se acercó con su andar pausado. Miraba hacia abajo, pero al llegar junto a Marietta levantó la mirada y ya no la desvió mas de sus ojos. Aquí ya no tuvo dudas y se propuso llegar hasta el fin. Esperó dos días para regresar, pero esta vez se presentó sola. Enseguida el robot se acercó a su mesa mirándola a los ojos, pero antes de que Marietta pronunciara una palabra, se ausentó y no volvió más. Marietta no lograba comprender qué había pasado, así que se dirigió al bar para averiguarlo, pero en ese momento no había nadie allí, y entró resuelta a la dependencia. El robot estaba algo retirado, con los ojos entreabiertos y recostado a la pared. Marietta se le fue acercando y, al llegar junto a él, le apoyó la cabeza en el pecho, y con mucha delicadeza le acarició su hermoso rostro. Segundos después el androide respondía levantando lentamente los brazos, acariciándole también él la cara con suavidad, pero enseguida Marietta sintió cómo deslizaba sus alargados dedos en torno a su cuello, estrechándolos cada vez más con la intención de estrangularla. De inmediato Marietta reaccionó propinándole un descomunal empujón, y el robot cayó al suelo en pedazos. Horrorizada, corrió a refugiarse en su hogar.
Ese extraño acontecimiento le sirvió a Marietta para apaciguar su fantasía y aceptar el natural ritmo de la vida en su diario discurrir. Efectuaba frecuentes caminatas por los senderos adyacentes, con Reto y Gertrudis a su lado, admirando la pulcritud del entorno como si lo viera por vez primera. Sintió un imperioso llamado interior invitándola a penetrar en las sinuosidades de su conciencia, donde intuía yacían invalorables tesoros que le enriquecerían la propia vida. Ahora, aquietados sus pensamientos, notaba que su espíritu se había ensanchado tanto que no necesitaba de las vivencias excitantes que antes pretendió obtener del mundo exterior. Si ya la vida era un continuo devenir, ¿por qué había intentado acelerarle el ritmo para probar sensaciones fuera de lo común?, se interrogaba desconcertada. Entonces, aceptó con tolerancia su desviación y optó por seguir este nuevo sendero de paz y de verdad.
Sin embargo, pronto Marietta sería arrancada de ese venturoso estado de quietud. Estaba por iniciarse el segundo año de universidad, y el primer día de clases un incidente casi la hizo desfallecer. Un nuevo alumno se había incorporado al curso, y cuando se lo presentaron, ni siquiera pudo tenderle la mano, sino que abandonó deprisa el salón en gran estado de pánico y excitación. El joven era la copia exacta del robot que estuvo a punto de quitarle la vida. Permaneció afuera tratando de recuperar la calma, pero el recién llegado fue tras ella para saber lo ocurrido. Marietta, sin mirarlo a la cara, le fue narrando el terrible episodio vivido en la cafetería, sin aludir en ningún momento a su exuberante fantasía personal. Sin inmutarse, y con una imperceptible sonrisa, el joven le confió que ya conocía esa historia, y se alegraba de tenerla al frente para pedirle disculpas, pues ese robot procedía de la fábrica de su padre, quien había tomado su rostro como modelo para imprimirlo en todos sus androides. Escéptica, Marietta lo observó, y él, ante su manifiesta incredulidad, le pidió que fueran a la cafetería, donde hallarían otro robot igual a él, pues cuando el anterior quedó inutilizado, enseguida solicitaron otro de reemplazo. Marietta aceptó en medio de gran incertidumbre, pero al entrar a la cafetería, en efecto, había allí otro robot réplica del anterior. Ahora fue cuando Marietta sintió algo de tranquilidad, aunque estaba segura de que una cosa no dilucidaría jamás: por qué aquel robot había tenido una doble intención hacia ella, primero, de desmedido interés; luego, haber querido asesinarla.
Marietta continuó asistiendo al curso regularmente, manteniéndose alejada del nuevo compañero, pues sólo de verle la cara se alteraba, aunque él sí la observaba con frecuencia. En una ocasión, luego de una clase algo farragosa, su mejor amiga la invitó a la cafetería. Aceptó porque la última vez constató que allí todo había vuelto a la normalidad. El robot se fue acercando con su sólito paso entrecortado y mirando hacia el suelo, pero al llegar junto a Marietta levantó la mirada y la fijó intensamente en sus ojos. Esa mirada cambió al instante la escena del presente por una angustiante escena del pasado; sintió un íntimo estremecimiento, pero la apertura espiritual alcanzada la indujo a permanecer tranquila y a no recurrir a su anterior alebrestada imaginación.
Apenas el estudio se lo permitía, Marietta se perdía entre los árboles y las flores del jardín, o paseaba por el parque. Así fue pasando el tiempo, y llegó el día de la graduación. Un sencillo acto académico refrendó el término de tanto estudio y dedicación. Ahora Marietta estaba pronta para iniciar una nueva etapa en su vida, de compromiso y responsabilidad laboral.
Quizás por su traumática experiencia pasada, quiso incursionar en el campo de la robótica para conocer a fondo la elaboración de esos cuerpos inanimados dotados de inteligencia artificial agregada. Para ello, debía trasladarse a una metrópolis cercana y efectuar un curso de dos años, al cabo de los cuales automáticamente quedaría enganchada al respectivo mercado de trabajo. Así que viajó a su nuevo destino, y con gran entusiasmo emprendió los estudios. Pero a medida que avanzaba en el conocimiento, fue advirtiendo la indetenible injerencia de la IA confiriéndoles tanto poder a los androides que casi los llevaba a nivel humano, y sin duda, en un próximo futuro, hasta a superarlo. Pues hasta allí llegó el interés inicial de Marietta. Abandonó el estudio al considerar que ese proceder era retador, injurioso y aberrante para el ser humano.
Por sus excelentes calificaciones, obtuvo una cátedra de física en un instituto superior de ciencias y muy pronto inició la actividad docente, pero un día un inesperado incidente alteró la estabilidad de la clase. Un extraño alumno se levantó del fondo y se ausentó del salón. Caminaba con pasos entrecortados y miraba siempre hacia abajo. Marietta realizaba algunos cálculos en la pizarra y, al voltearse, apenas pudo verle el empaque, pero fue suficiente para vincularlo con el escalofriante androide del pasado. Marietta, confundida, se preguntó al instante por qué había venido tras ella después de tanto tiempo. Dedujo que era el mismo robot que ella había inutilizado aquella vez, y que habían reconstruido totalmente, ordenándole perseguirla adondequiera en busca de venganza, y sólo ahora había dado con ella. No le hallaba otra explicación, y de ser así, su vida pendía de un hilo, es decir, de los afinados dedos del robot. Sabía que ahora necesitaría protección especial, pero quiso reflexionar con calma antes de acudir a las autoridades. Mas no fue necesario. Momentos después llegaba al instituto una patrulla policial preguntando si habían visto una especie de androide por los alrededores, el cual era muy peligroso porque ya había asesinado a dos personas, y porque tenía, además, una extraña habilidad para no dejarse aprehender. Marietta les confió a los agentes que, en efecto, hacía pocos momentos un ser con esas características había estado en el salón de clases, pero que improvisamente se había ausentado para no regresar más. Marietta prosiguió, entonces, narrándoles exhaustivamente su historial pasado, y unánimemente todos concluyeron que se trataba del mismo robot, y que había que proceder de inmediato a descubrir quién le impartía las órdenes criminales. Empero, la policía, previendo el inminente peligro que corría, no quiso dejar a Marietta ni un momento sola, más ahora que el androide sabía dónde localizarla, así que le asignaron dos guardaespaldas entrenados para estos casos y, antes de retirarse, la tranquilizaron asegurándole que la incesante búsqueda continuaría.
Un agente se introducía en el salón de clases como un alumno normal, y cuando Marietta finalizaba la actividad docente del día la acompañaba a su casa, donde ya estaba el otro guardia esperando para hacerle el relevo y protegerla durante la noche. Así se estuvieron turnando cierto tiempo, sin que se observara ningún episodio irregular. Pero una tarde de vuelta a casa, Marietta necesitó entrar a un negocio para efectuar algunas compras, y el vigilante aprovechó para tomar un café en el bar de al lado. Bastó esta breve interrupción para que alguien entrara desapercibido donde estaba Marietta, mas al poco tiempo se oyeron unos estrepitosos gritos pidiendo ayuda. El vigilante corrió al local, y en la puerta recibió el fuerte impacto del intruso que escapaba. Tendida en el piso estaba la cajera medio estrangulada, luchando por sobrevivir, y a su lado Marietta reanimándola. La infeliz mujer estaba viva gracias a los gritos de Marietta que obligaron al criminal a emprender la huida. De sobra sabía que era ella el objeto de la persecución, pero como la cajera le interceptaba el paso al malhechor, éste procedió a eliminarla para poder tener libre acceso al interior del local, sólo que no contó con los ensordecedores alaridos de Marietta cuando retornaba del probador. Ella pudo ver la figura del asesino que escapaba, y era igual al robot buscado, aunque no comprendía cómo podía desplazarse tan deprisa. La policía intensificó el rastreo, sabiendo el peligro en que se hallaban los habitantes, sobre todo las mujeres. Por su parte, los guardaespaldas de Marietta perfeccionaron nuevas estrategias para protegerla con mayor contundencia. Estaban convencidos de que ahora el androide iría tras ella con más urgencia y precisión para eliminarla cuanto antes. Algunos días después de este incidente, Marietta se dirigía a la universidad y, al pasar delante de la librería, se detuvo para ver los nuevos títulos que exhibía. Entró y, una vez en el estante principal, a punto de retirar el libro de su elección, alguien se colocó silenciosamente a sus espaldas y con gran delicadeza comenzó a acariciarle el cuello. No tuvo tiempo de reaccionar, cuando ya el guardaespaldas, como salido de alguna parte invisible, había atrapado al agresor con sus enormes y potentes manos. Marietta, lívida, a mala pena podía sostenerse en pie, pero el horror la sobrepasó al ver de cerca la cara del criminal: era el mismo compañero de la universidad haciéndose pasar por robot. Comprendió que era él quien había programado como asesino al robot de la cafetería. El hombre fue encarcelado y, por ser un asesino contumaz, no dispondría de libertad en muchos años; eso, si no le aplicaban la pena capital.
Esta sucesión de eventos tan traumáticos propició que Marietta decidiera regresar a la sencillez y calidez de su vida familiar. Comenzó a impartir clases de física cuántica en su querida universidad, y retomó los paseos con sus encantadoras mascotas, que tanto había extrañado. También prosiguió el sentido contacto con la vegetación del entorno. Ahora Marietta estaba preparada para enfrentar los ineludibles retos que la dinámica de la vida le iría presentando, confiada en que los superaría con la experiencia y el gran aplomo adquiridos en su corta existencia.
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