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Sueños lúcidos

sábado 14 de junio de 2025
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La vida es sueño...
Pedro Calderón de la Barca

Pedro siempre insiste en lo mismo. Una y otra vez, lo mismo. Que de dónde venimos, que para dónde vamos, qué hacemos aquí en la tierra, cómo se originó el planeta y no sé cuántas ideas más.

Esta vez, como tantas otras, su conversación gira en torno al mundo de los sueños. El mundo onírico. Repite, como siempre.

—Existen sueños lúcidos, cuyas características son que la persona que está soñando tiene sus capacidades normales de raciocinio y su percepción de los cinco sentidos es comparable a la de la vigilia, ya que en el sueño puede acceder a los recuerdos de los que dispone como si estuviera despierto, a su libre albedrío.

El escepticismo que me embarga siempre sale a luz:

—Los sueños son como alucinaciones que tenés al dormir, pero de ninguna manera podés discernir sobre lo que querés soñar o no. Eso de los tales sueños lúcidos son pamplinas que nos cuentan los psiquiatras, psicólogos o filósofos.

Se me queda viendo con la cara de siempre. Como pensando en cuándo comprenderé al fin que ese mundo en el que él se siente a gusto es real y puede manejarse con la mente. Después de un largo silencio que me hace pensar que el tema está concluido, dice:

—He vagado por praderas, valles, montañas y volado por el cielo infinito. Me he cruzado con los pájaros cuando planeo en busca de la felicidad sobre los mares, esa agua inagotable que nos acaricia desde el inicio de la vida. Es decir, de la existencia. Tuerzo los viajes a mi placer y antojo. Si quiero voy a la Antártida o al Sahara y me solazo con la extensa selva de la Amazonía de acuerdo a mis intereses del momento. Decido en mis sueños lo que quiero hacer. Por eso te digo que, a través de la mente, en los sueños, vivís como te place y hacés lo que te viene en gana. Son los sueños lúcidos.

Lo veo plenamente convencido de su teoría, mas no estoy de acuerdo. Por lo menos yo, no puedo hacer lo que me cuenta que hace cuando está dormido. De que existen los sueños, existen. Pero de ahí a manejarlos a nuestro sabor y antojo, parece una película de ciencia ficción.

Esta discusión la hemos tenido en varias oportunidades y mi planteamiento siempre ha sido que la vida que vivimos es la realidad y que lo que soñamos es un rescoldo de lo que somos.

—Pedro, cada vez estás más zafado. Si no podés manejar siquiera tu vida, menos podés hacerlo con los sueños. Todo lo que hablás es pura quimera.

De nuevo se queda mudo, inerte, pensando a saber qué. Sus ojos parecen perdidos. Su boca se tuerce en un gesto inenarrable. Mueve la cabeza de arriba para abajo no sé si afirmando algo o tratando de convencerse de que su teoría es cierta. O a lo mejor trata de dilucidar de qué manera convencerme.

—Lo creás o no, el mundo onírico existe.

—De acuerdo. Pero de ahí a poder manejarlo a voluntad hay mucha diferencia.

—Entiendo tu punto, porque hay quienes ni siquiera su propia vida pueden manejar a voluntad. Hay tantos vericuetos, tantas vicisitudes buenas o malas, que la mente humana se tupe y, cuando quiere hacer algo positivo, resulta haciendo lo negativo. O viceversa.

Pienso en la vida. En la existencia pura, y no le quito la razón. A veces es difícil tomar las decisiones más acertadas, como si algo o alguien nos guiara por derroteros diferentes a los deseados por el ser humano.

—Bueno, en eso tenés razón. El destino juega un papel importante en nuestras vidas. A veces nos proponemos algo y por una u otra razón no logramos el cometido que nos planteamos.

—Pero volviendo al tema. Así como en la vida real nos planteamos tomar este o aquel camino, así podemos hacerlo en el sueño. Pero no en cualquier sueño onírico, sino sólo en aquellos que son lúcidos. No sé, pero uno comienza a ver la realidad y sus problemas cuando está dormido. Mas no sólo los problemas, sino los goces, las enfermedades, el aprendizaje, las ilusiones y todo lo que la vida encierra. Se vive a través de los sueños.

—La vida es una cosa y los sueños son otra. Si no podemos manejar la vida a nuestro antojo, menos podemos hacerlo cuando estamos dormidos, a través de los sueños. Esas son puras ilusiones.

De nuevo en su cara aparece una expresión indescifrable. Se entiende que no está presente, sino que vaga por algún lado, pensando en la similitud de la vida y los sueños lúcidos. Lo veo gesticular, como si quisiera trasladar a sus labios el curso de sus pensamientos. Me quedo callado, observándolo. Transcurren un par de minutos y no sé qué hacer. Cuando me decido a seguir la conversación, él habla.

—La vida y los sueños son la misma cosa. Es una existencia que transcurre a través del tiempo. La única diferencia es que en el devenir de la vida estás despierto y a través de tus sueños, dormido, se presenta la misma vida, de la que podés disponer a tu libre albedrío.

—Sí, pero la vida es real y los sueños son etéreos.

—No, los sueños son la vida misma.

No puede ser, pienso, que Pedro crea realmente lo que dice. No hay comparación entre algo que es real y lo que se produce dentro del cerebro del humano cuando está dormido. Menos que el hombre pueda manejar estos sueños —aunque se llamen lúcidos— a su sabor y antojo.

—Los sueños no son la vida misma. Son parte de la vida, una alteración del subconsciente que refleja algunas circunstancias de lo que vivimos, pero la verdad, no son vida sino alucinaciones, o no sé cómo llamarlos.

—Nada qué ver. Los sueños y la vida son lo mismo, aunque la existencia la vivamos despiertos y la actividad del sueño se dé durante la vigilia.

Como siempre, pienso que no voy a convencerlo. Sus ideas en cuanto a la existencia y la vida en los sueños, son parte de su ser. De ese ser testarudo que conozco desde hace mucho tiempo. Él recalca:

—Si los sueños son parte de la vida, son la vida misma.

—No estoy de acuerdo. Son dos cosas diferentes. Una es real y los otros son etéreos.

Se queda pensando. Sus ojos se mueven de un lado a otro como buscando en su mente la respuesta justa que debe dar a una mente como la mía. De repente me mira fijamente, con ojos que parecen carbones, como si quisiera traspasarme con la mirada. Después de unos segundos, que me parecen eternos, dice:

—¿Y si la vida real, esta que tenemos desde el momento de nuestro nacimiento, fuera un sueño del que despertaremos cuando llegue la muerte?

Confieso que me impacta su pregunta. Es algo en lo que no he pensado. La duda me corroe.

—¿Cómo va ser un sueño la vida? No tiene sentido.

Se pone serio. Se yergue sobre la silla y coloca sus manos cruzadas sobre la prominente barriga. Carraspea un poco antes que las palabras vayan brotando de su boca.

—No hay manera de comprobar la realidad de la vida. Es posible que sea una quimera tan real que no la consideramos un sueño, pero la muerte, que ha de llegar algún día, nos sacará de esa alucinación y abrirá las puertas de la verdadera existencia.

Antonio Cerezo Sisniega
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