Como sabemos, todo ser vivo necesita dormir para poder vivir y, para ello, debe tener lo que llamamos sueño. Para el humano, esta palabra, sueño, designa tanto el acto de dormir como la actividad de la mente durante ese período de descanso.
El sueño es, entonces, un período de inconsciencia durante el cual el cerebro permanece sumamente activo. Es, en sí, un proceso biológico complejo que ayuda a las personas a procesar nueva información, mantenerse saludables y rejuvenecer.
Por otra parte, en el mundo onírico se construyen situaciones irreales, fantásticas y sin fundamento, que encierran proyectos, deseos o esperanzas que no tienen ninguna probabilidad de realizarse. Es decir que mientras descansamos, nuestra mente nos puede llevar por derroteros increíbles, convirtiendo el sueño en una actividad virtual, prácticamente imposible de hacerla realidad.
Lo onírico trata del contenido de los sueños, las vivencias o estudios relacionados con ellos. Son situaciones de carácter paranormal, manifestadas durante el sueño, que algunos, como Betsabé Boden —Bebo—, las ven como lo real de su existencia.
Conocí a Bebo un día soleado de verano, en el parque central del pequeño pueblo ubicado en el altiplano de mi país. Era como cualquier indígena, moreno, de pelo liso y hablar casi ininteligible.
Ese día, recuerdo, me dijo:
—Ayer, durante la tormenta, me costó llegar a la costa porque mi frágil embarcación estuvo a punto de zozobrar.
Lo vi directo a los ojos y pensé, este pobre anda más perdido que el hijo de la llorona. En primer lugar, el pueblo de que les hablo no tiene costa, pues está ubicado, como ya dije, en el altiplano del país. En segundo lugar, hizo un día esplendoroso con un sol refulgente a más no poder.
—¿Cómo así? ¿Soñaste o qué?
—¿Cuál soñaste? ¿Me vas a decir que no recuerdas la tormenta? Si pensé que el pueblo iba a desaparecer por los embates del mar.
—Pero Bebo, el mar está a muchos kilómetros de aquí y ayer hubo un día soleado.
Me vio como diciendo “este está loco” y luego de hacer un mohín que no le conocía se sentó en una de las bancas del parque por el que caminábamos.
Viéndolo con asombro y preocupación, me senté a su lado.
—¿Desde dónde venías navegando?
—Desde el puerto “No me olvides”, respondió con la sonrisa a flor de labios.
—¿Dónde queda ese puerto?
—Pues en Irlanda. Es un puerto muy bonito, pero a veces el mar es inaguantable. Cuando partí estaba en perfecta calma y a unas cuantas millas para llegar se embraveció y elevaba las olas a alturas insospechadas, no tenés ni idea.
En ese momento comprendí que estaba desquiciado. No podía ser que alucinara así y comencé a pensar de qué manera sería más fácil ayudarlo.
—¿Querés tomar algo? —le dije, e insinué, con un movimiento de mi mano, un trago de licor.
—Me caería bien, para el susto por la tormenta que me eché. La verdad, pensé que no llegaba a puerto.
—Vamos donde doña Licha, ahí podemos echarnos un buen trago acompañado de las boquitas tan sabrosas que ella prepara. ¿Te parece?
Ni lerdo ni perezoso, se levantó y echó a andar rumbo al bar de doña Licha. Le puse el brazo en el hombro en un abrazo fraternal mientras pensaba cuál era la mejor manera de hacerlo volver a la realidad.
Cómodamente sentados a una de las mesas del famoso bar, comencé a explicarle la situación de nuestro pueblo, recordarle los partidos de fútbol que teníamos de niños, la escuela, las vueltas al parque ya mayores en busca de alguna compañera que satisficiera nuestros instintos juveniles.
Pensaba yo en los sueños que habría tenido Bebo, pero los sueños que no son los tradicionales del descanso humano, sino los oníricos que lo llevaron a divagar y a meterse de lleno en la creencia de que era un marinero y nuestro pueblo estaba situado a la orilla del mar, en una situación de carácter paranormal, que ahora creía real.
—¡Salud! —me dijo—, por este pueblo próspero al que el mar da vida a través de la pesca y prosperidad por las exportaciones e importaciones que se mueven en furgones cargados por los barcos.
—¡Salud, Bebo!
Para mis adentros trataba de encontrar la ruta que lo sacara de sus ilusiones, ignorancia, locura... no sabía ya cómo definir su estado.
—La vi fea. No tenés idea de la magnitud de las olas que tuve que enfrentar. Y no sólo enfrentar, sino sortear como sólo un buen marinero sabe hacerlo.
—Pero, Bebo, ¿no será que lo soñaste, que estás imaginando cosas? Mirá a tu alrededor. Este es un pueblo característico del altiplano. Nada que ver con un puerto marino...
Se me quedó viendo con cara de estupefacción, como si el loco fuera yo y no él. Meneó la cabeza de lado a lado y suspiró profundamente, manifestando de esa manera su compasión hacia mí que no me daba cuenta de la realidad.
—Está bien que imaginemos este pueblo situado en el altiplano, lleno de parajes verdes, parque, iglesia, edificios al estilo español y todas esas cosas. Pero debemos ver la realidad y no ilusionarnos con lo que queremos, con lo que anhelamos de un pueblo como el nuestro.
Su mirada fue de compasión. Como la de un hermano mayor que ama al pequeño y no concibe el desconcierto de éste, su distorsión de la realidad, su pensamiento atrofiado por ideas salidas de su subconsciente.
—Mirá, yo no estoy imaginando nada. Te hablo con la verdad en las manos y vos sabés que de niños correteábamos por este pueblo y lo disfrutamos en toda su plenitud. No sé de dónde sacás la idea de que estamos en un pueblo marítimo. Vos sabés, y si no lo sabés te lo cuento ahora: el hombre tiene necesidad de dormir y de dormir bien, para recuperar energías. De otra manera la existencia se echaría por la borda. Ese dormir, ese sueño reparador, puede dar lugar o facilitar la aparición del mundo onírico. Es cuando vos soñás con situaciones irreales, fantásticas y sin fundamento, que no tienen ninguna probabilidad de realizarse. Es decir, que mientras descansamos nuestra mente nos puede llevar por derroteros increíbles, convirtiendo el sueño en una actividad virtual, prácticamente imposible de hacerla realidad.
—Está bien. Tu teoría es real y sustentable, pero yo sé positivamente que este pueblo es marítimo y que yo he tenido la suerte de nacer en él. O hemos tenido la suerte de nacer en él. Preguntaría yo, al contrario, si vos no soñaste con que este pueblo está ubicado en el altiplano, que nos dedicamos a la agricultura, paseamos por el parque, jugamos al fútbol y todas esas actividades que me cuentas.
—Pidamos otro trago y dejémonos de babosadas. Vos tenés claro que tengo razón en lo que digo y que el mar está como a dos horas de camino de aquí.
El tono de mi voz fue tornándose seco e intransigente, porque no podía concebir tal locura de Bebo.
—Bueno, pidamos el trago mientras meditamos quién de los dos tiene la razón. Cuál es la realidad que nos envuelve. ¿Soy yo el que soñó con el mar y todas las aventuras que te cuento? ¿O sos vos quien cree que sus sueños oníricos están sobre la realidad?
Después de sorber un trago del exquisito licor que teníamos enfrente, de degustar varias de las tapas que nos brindó doña Lidia, me puse a meditar en las palabras de Bebo que, la verdad, me dejaron confundido: ¿cuál es, entonces, la realidad que vivimos? ¿Los sueños oníricos o lo que nos han hecho creer que es la realidad?
¿O la realidad es consecuencia de un sueño onírico?
No lo sé.
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