Irreversible
Alexandra De Castro
Cuentos
Editorial Lector Cómplice
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 978-9804290664
200 páginas
Le confieso que a quienes han visto esta pequeña cicatriz les he inventado una historia. Pero a usted, sé que a usted, le debo contar la verdad. Corría el año 1737, si lo recuerdo bien. En todo caso, fue en el verano de mi estancia en el Castillo de Cirey. Eso sí, a pesar de que escapé por muy poco de las llamas, valió la pena. Tuve la fortuna de servir a la matemática y filósofa Émilie Le Tonnelier de Breteuil, marquesa De Châtelet. Usted no habrá escuchado su nombre y dirá que soy mentiroso y es que, claro, mujer matemática y filósofa suena a un exabrupto, pero déjeme que le muestre estos libros que tengo acá. Este es su ensayo Fundamentos de la Física, donde puede dar cuenta de la profundidad de sus ideas metafísicas. Le aseguro que nadie en Francia entendía, en aquellos años 30, los trabajos de Leibniz y Newton mejor que ella. Este otro ejemplar que ve aquí es su traducción al francés del Principia Mathematica de Newton, publicado hace apenas un par de años, en 1756, donde diserta sobre la naturaleza de los efectos destructivos de los objetos en movimiento y sobre novedosos principios de conservación no incluidos en la obra original.
Cuando recibí la carta de invitación de la marquesa, donde comprobé su rara agudeza y gracia para la retórica, no sabía precisamente quién era. Entre los eruditos de la República de las Cartas se rumoraba que dominaba al menos cinco idiomas y se desenvolvía con propiedad en conversaciones sobre astronomía y geometría. Intereses heterodoxos, perturbadores —pensarían algunos—, al tratarse de una dama, no se lo niego. De no haberla conocido de cerca, quizás no hubiese adquirido sus libros. Sé que es difícil de imaginar, pero no le miento: su inteligencia iluminaba cualquier salón. Me bastaron unos minutos de conversación con ella para comprobarlo.
Volviendo al incendio, necesito contarle el episodio completo, desde que conocí a la marquesa. El viaje agotador hasta el pequeño castillo de Cirey no me abatió lo suficiente como para olvidar la noche de mi llegada. Ella me recibió en persona y enseguida bajamos al laboratorio. Era un recinto enorme donde había toda clase de instrumentos; algunos (supe después) traídos de Inglaterra y Holanda. Lentes pulidos hasta la castidad, prismas de diferentes materiales, recipientes de porcelana con sustancias olorosas y una bomba de vacío. Pero lo que más resaltaba era un coqueto microscopio de tres lentes, grabado con la cota de armas de los De Châtelet.
El silencio de la inspección fue más corto que mi capacidad de asimilar mi fascinación por aquellos artefactos dispuestos en total anarquía. Nos sentamos frente a un mesón mientras ella encendía una vela que apenas le iluminaba su anguloso rostro. “El fuego. Mírelo, M. Clement”, me dijo, señalando la punta de la llama con su dedo oscurecido de tinta. “No puede atraparlo en su puño, pero deslice sus manos en su brillo y no le perdonará, le producirá un dolor desgarrador, convertirá piel y carne en un amasijo irreconocible. ¡Oh, naturaleza esquiva! ¿Constituyen calor y luz la esencia del fuego? Los rayos de luz de la luna son fríos y a la vez luminosos. En cambio, el hierro que ha tocado las llamas, aún oscuro, deja una quemadura en la piel. Si el fuego no es luz, si no es calor, si no tiene materia, entonces, ¿qué es? ¿Por qué se eleva contradiciendo la gravedad de la Tierra, huyendo de ella?”. Un poco lerdo todavía ante aquella inesperada ráfaga de observaciones, alcancé a balbucear: “Pero, Madame, si me permite, pienso que todo debe tener materia: los cuerpos, la luz, el calor. El fuego también debe tenerla. Si el Sol es un gran globo de fuego, además atrae a la Tierra y los planetas, el fuego debe estar asimismo hecho de materia, Madame”. “Sin duda, el Sol debe tener materia, como lo indica la atracción newtoniana, pero si el fuego tuviese materia, ¿no tenderían las llamas, entonces, a dirigirse hacia el centro y no hacia afuera de la Tierra o del Sol? Ahora, la idea de que los rayos luminosos tienen materia es insostenible: a la velocidad inconmensurable con la que viajan los rayos de luz llevarían tal fuerza viva que destruirían el Universo, ¿no lo ve, M. Clement?”. “Tal vez Virgilio tenga razón, Madame. No depende de nosotros, los hombres, resolver tales disputas”.
La marquesa se levantó sonriendo y, sin un atisbo de cansancio, fue a buscar papel y tinta y se sentó distraída en el mesón. Como si yo hubiese desaparecido, comenzó a escribir. Cuando se dio cuenta de que yo aún estaba allí, me miró con cierta ternura y me despachó a mi apartamento. Ella se quedó en el laboratorio con Julie, su femme de chambre. “Mi Madame no duerme, solo hace experimentos, lee y escribe”, me susurró Julie ya en la puerta del laboratorio.
Agradecí al cielo que la marquesa por fin me dejara descansar. Al día siguiente me esperaba una jornada larga con su hijo Louis Marie. Era bien conocido, por lo poco que le duraban los tutores. Para mí estaba claro que mi estancia en Cirey no sería, digamos, corriente. Sabía que serviría a una familia muy peculiar, objeto de rumores cáusticos, entre otros, acerca del chiquillo insolente, pero sobre todo acerca de la curiosa relación entre la marquesa y M. de Voltaire.

Lo que supe después de unas semanas en Cirey es que Madame De Châtelet refugió a M. de Voltaire en aquel castillo para protegerlo de las consecuencias de su pluma punzante. Después de que M. de Voltaire publicó las Cartas inglesas, sus enemigos lo amenazaron con llevarlo de nuevo a la Bastilla. El plan era perfecto: el sosiego de la campiña en Cirey significaba paz y libertad para que la marquesa y M. de Voltaire pudieran dedicarse al cultivo de la mente. Además, allí estarían alejados del escándalo que producía su idilio. Pese a que el amor entre la marquesa y M. de Voltaire se consumaba abiertamente y con la venia y protección del esposo de Madame De Châtelet, el marqués Florent-Claude De Châtelet —según me contaron, él mismo había financiado parte de la recuperación y nueva decoración del castillo para los tres— las habladurías en la corte en París eran incesantes. Y es que, más allá de la inmoralidad de aquel amor adúltero, era imperdonable e incomprensible que la marquesa se hubiese enamorado de ese sujeto innoble, hijo de un simple notario, exconvicto irreverente y encima de todo ateo.
La verdad es que los cotilleos sobre el pequeño Louis Marie tenían fundamento. Mi estancia en Cirey hubiese sido mucho más corta de no haber sido por las sesiones de trabajo en aquel magnífico laboratorio, enriquecidas con la lucidez de la marquesa.
Claro, entiendo su confusión, le urge saber cómo es que a una cortesana le era permitido hacer experimentos sin compañía en un laboratorio. Pues, muy simple, ella aprovechó la ausencia de M. de Voltaire, quien se había ido a Holanda a visitar a sus amigos científicos Herman Boerhaave y Willem’s Gravesande y a publicar sus obras recientes. Y el marqués siempre estaba ausente, ocupándose de asuntos de alguna guerra. Así que, aparte de Julie, los lacayos y yo, nadie sabía sobre las actividades de la marquesa.
Casi todas las tardes, excepto los viernes, hacíamos experimentos en los que quemábamos diferentes materiales, algunos de ellos exóticos traídos de Asia y de África. La marquesa era una máquina de producir ideas, su cerebro no descansaba. Un concepto nuevo florecía en cada experimento. Recuerdo cuando me presentó a sus partículas de fuego: “Así se expresa el fuego, M. Clement, en ese baile frenético. No aparte la mirada, presenciamos el combate entre fuego y materia. Observe el esfuerzo que hacen las partículas del fuego cargadas de violencia, evitándose unas a otras. Mientras los átomos de materia luchan por mantenerse juntos, los del fuego luchan por apartarlos. Es un combate de poderes antagónicos”. “¿Madame, esas partículas de fuego que menciona, son las mónadas de Leibniz? Me extraña que los mencione, es conocido lo que opina M. de Voltaire sobre esas teorías”. “Las hipótesis de M. de Voltaire no son las mías. Dicho esto, las mónadas son interesantes, en particular respeto y atesoro el principio de la razón suficiente de Leibniz, pero definitivamente mi metafísica encuentra inspiración en el newtonianismo”.
Ahora bien, le cuento que no todo era geometría y experimentos en la vida de la marquesa; una cara mucho más aberrante estaba por revelarse. Durante las primeras semanas, aparte del trabajo de lunes a jueves, el clima del castillo era tranquilo, casi un claustro. Cosa rara, siendo Madame De Châtelet cortesana, evitaba organizar grandes fiestas de salón. Recuerdo a un solo invitado: M. Maupertuis, de la Academia de Ciencias, quien venía a enseñar matemáticas cartesianas a la marquesa. Pero los viernes, los viernes era otra cosa. Después del café y panecillos de la jeunesse de la journée, la marquesa desaparecía y no la volvía a ver hasta la cena. En parte, me sentía cómodo. Los viernes por las mañanas le dictaba clases a Louis Marie y por la tarde me dedicaba a la lectura. Madame había puesto a mi disposición la enorme biblioteca del castillo. Era fácil perderse en tiempo y espacio en la estantería de aquel enorme recinto. Sin embargo, la intriga me enfermó de insomnio. Desearía no haber sido tan curioso y no haber abierto nunca esa puerta.
Una tarde, durante el café, le indiqué que notaba su ausencia. Ella, sin pensarlo mucho, pidió a Julie cerrar las cortinas y las puertas y se me acercó al oído. “Cuento con su discreción, lo sé, M. Clement. Le confieso: a veces necesito ayuda de alguien con su preparación y confianza en mis salidas de negocios. Lo he sopesado, prepárese y venga conmigo este viernes”. Juré discreción a la marquesa y la he cumplido hasta hoy. Nunca he hablado sobre esto con nadie, pero lo llevo en el pecho y, por supuesto, confío en que usted me guardará este secreto, como toda esta confesión.
Antes de salir, subimos al último piso donde funcionaba el teatro. Era una pequeñísima sala, quizás la habitación más decorada e iluminada del castillo. Durante quince años, los visitantes más apreciados de la marquesa disfrutaron de la puesta en escena de obras inéditas compuestas por M. de Voltaire y la marquesa, algunas cuyo contenido, digamos que agitador, nunca salió de aquellas paredes. Allí, Julie la vistió con un disfraz: pantalones de color café, chaqueta multicolor, medias blancas de seda y peluca gris trenzada. Antes de salir, me dijo: “Tráteme con respeto, M. Clement, imagine que soy un hombre”, y me vendó los ojos.
Cuando el lacayo me quitó la venda, nos hallábamos ya en medio de un bosque oscuro, lejos de todo lo conocido por mí. Allí, la marquesa sacó dos máscaras doradas, una para mí y otra para ella. De esa máscara, le digo, de esa máscara inocente afloró una cara aún más inverosímil de la marquesa. Después de ese día le aseguro que no volví a ser el mismo. Por muchos años me pregunté si durante aquel verano del 37 había estado sirviendo a la misma mujer o si el castillo de Cirey estaba encantado. Caminamos por un sendero limpio y rápidamente desembocamos en una fortaleza de piedra, a todas luces, una propiedad abandonada. Bastaba con ver el increíble descuido de su jardín.
Entramos en la fortaleza hacia el ala norte y después caminamos por unas catacumbas frías y estrechas. El bullicio penetró los pasillos hasta revelar un salón de juegos clandestino. Había ruletas, mesas de Vingt-et-un y rodaban los vinos más finos; sin duda, el decorador de ese salón no reparó en gastos, era casi del gusto de Versalles. Después de intentar calcular el ancho y alto de la inesperada escena, me encontré con los ojos fulgurantes de mi Madame. En aquel ambiente, de pronto, la marquesa De Châtelet que había conocido hasta el momento, erudita y brillante, se convirtió en una bestia ávida de juego.
Sí, sí, claro, imagina bien: todos los jugadores llevaban máscara y usaban pseudónimo. Madame era conocida como barón de Alzira. Nunca me reveló los verdaderos nombres de sus amistades en ese salón de apuestas clandestino. Aquí entre nos, olían a cortesanas. La seguí acompañando —no podía dejarla sola, faltaba más— precisamente hasta el día del incendio.
Al principio me sentí incómodo, confundido, pero pronto me integré en esa atmósfera misteriosa y feliz. Le confieso que las semanas se me hicieron largas esperando los viernes. La marquesa jugaba con maestría, su memoria y rapidez aritmética eran absurdas. Las cartas parecían embrujadas a su favor, ganaba con una frecuencia inusual. ¡Qué delicia era para mí verla jugar y apostar junto a ella! Volví a la tierra un día en que se acercaron unos hombres ataviados con toga negra y sombrero negro y máscara roja. Si me lo pregunta, parecían más bien unos demonios. Se nos acercaron a investigar si hacíamos trampa. Imagínese, en ese lugar alejado de toda ley, un salón de juegos que ni siquiera pagaba impuestos.
Ahora, usted se preguntará si la marquesa apostaba solo por gusto, y sí, le puedo asegurar que para ella era un disfrute incluso más atractivo que ir al teatro o a una fiesta de la corte. Sin embargo, apostar le daba la posibilidad de ganar su propio dinero. Pues, así como lo oye, una barbaridad, fin de mundo: una dama hablando de dinero propio. Con el dinero de sus apuestas, la marquesa compraba lentes pulidas de Holanda y libros en inglés, italiano y alemán. Así logró obtener una buena cantidad de ejemplares para su ya vasta biblioteca. Entre muchos otros, recuerdo una hermosa versión de La Biblia en alemán que luego ella estudió por comparación con una que tenía en latín; La Fábula de las Abejas de Bernard Mandeville, que luego tradujo al francés, y Orlando Furioso de Ariosto, obra que luego montó en el teatro del castillo de Cirey.
Y claro, intenté persuadirla de no ir más a ese lugar. “Madame, ¿por qué venir a este lugar ilegal? Con ese vicio puede perderlo todo. Usted puede jugar a las cartas con sus amigos en su castillo y M. de Voltaire y el marqués no están precisamente cortos de dinero, ambos pueden comprarle los libros y los instrumentos que desee”. “No es de extrañar que no me entiendas, parece que nadie lo hace. Estos libros son míos de verdad, M. Clement, me los he ganado”.
Por aquellos días me angustiaba que, al llegar mi momento de partir, la marquesa luego se iría sola de nuevo al castillo de apuestas, pero la fortuna con frecuencia nos prepara un tercer destino. Un viernes de juego a sala llena, mientras la marquesa y yo tratábamos de domar la ruleta, el castillo de apuestas se encontró en llamas. Nunca supimos cómo comenzó el incendio, aunque Madame sospecha que, por su evolución, se originó en una pequeña capilla improvisada cerca del salón. Supongo que estaba allí para que los tahúres rezaran por la buena suerte.
El pánico cundió, excepto por Madame, quien conocía bien el fuego. Me dijo al oído, sin abandonar su flema: “Vámonos, M. Clement, cuando el fuego alcance el techo, será tarde para nosotros”. La marquesa dedujo por dónde se propagaría el fuego con más rapidez. “El fuego es una fuerza viva, M. Clement, lo importante es entender su plan”. Ella me explicó que los objetos más reflectivos eran los menos inflamables y que, si pudiéramos hacer desaparecer el aire, se apagaría el incendio de inmediato. Mientras salíamos del salón, mi peluca se incendió y, al quitármela con violencia, un pedazo derretido, aún caliente, de ella me quemó la mano y por eso me quedó esta cicatriz que oculto tras mis guantes.
Quiere saber lo que pasó después, desde luego. El fuego consumió todo y la sala quedó destruida y borrada para siempre. En el fondo, me alegré por la desaparición de ese lugar. En adelante, sepultamos la conversación sobre las apuestas y volvimos a la rutina del trabajo. Ella se encerró para terminar su tratado sobre la ciencia del fuego, que presentó, para sorpresa de todos, incluso de M. de Voltaire, al Grand Prix de la Academia de Ciencias en París. Aunque ella no ganó el primer premio, obtuvo mayor calificación que el manuscrito de M. de Voltaire, quien también compitió. La Academia honró a la marquesa publicando su Disertación sobre la naturaleza y propagación del fuego.
Iniciado el otoño, el pequeño Louis Marie estaba listo para el liceo y mis servicios ya no eran necesarios. Mi partida del castillo se sintió extraña, me invadía una mezcla de sensaciones que solo los años y la lectura me ayudaron a comprender.
Cada tarde rezaba por alejarme del pecado, por alejar ese sentimiento que se asomaba tímido, pero pesado: la envidia. Me sentía como la hormiga que lleva una hoja. Además, me avergonzaba sentir envidia del intelecto de una mujer. Usted me entiende: toda mi educación con buenos tutores, bachillerato en liceo jesuita, graduación con honores en la Universidad de Estrasburgo, nunca serían suficientes para desarrollar la brillantez de aquella criatura sin educación formal, de aquella mujer autodidacta que podía enseñarme mecánica, geometría y filosofía.
Sé que usted todavía duda sobre mis relatos y los considera exagerados o fantasiosos, pero le aseguro que cuento la más pura verdad. Le recomiendo de corazón revisar las traducciones de la marquesa. Claro, encontrará ideas un tanto agitadoras. De todas maneras, ahora pienso que debemos escuchar esas ideas.
Déjeme leerle, por ejemplo, este prefacio de la traducción de La Fábula de las Abejas; así comprenderá mejor lo que ardía en el corazón de aquella dama.
Me pesa mucho el prejuicio que nos excluye tan universalmente a las mujeres de las ciencias. Siempre me ha sorprendido que haya grandes naciones cuyas leyes nos permiten controlar su destino, pero no hay un solo lugar donde nos eduquen para pensar. Esta es una de las grandes contradicciones de nuestros tiempos. El teatro es la única profesión que requiere cierto estudio y cierto cultivo del ingenio en la que se permite participar a las mujeres. Al mismo tiempo, es una profesión declarada impropia para nosotras. Pensemos por un momento. ¿Por qué durante tantos siglos ni una sola buena tragedia, un buen poema, una historia valiosa, una hermosa pintura o un buen libro sobre física ha sido producido por la mano de una mujer? ¿Por qué estas criaturas, cuyo entendimiento parece ser en todos los aspectos similar al de los hombres, parecen estar retenidas por una fuerza insuperable? Que alguien me dé una razón, si puede. Dejo que los naturalistas encuentren una razón física para ello, pero hasta que encuentren una, las mujeres tienen derecho a defender su educación.
Aunque ella tuvo la fortuna de contar con el apoyo del marqués y de M. de Voltaire, quien la amó profundamente, para procurarse los libros y tutores que quisiera, en su cuerpo robusto de adulta aún habitaba la niña ingeniosa que nunca fue instruida como sus hermanos, quienes tuvieron tutores y fueron al liceo y la universidad.
Ahora ya conoce la verdad de esta cicatriz en mi mano, en ella viven los recuerdos del castillo de Cirey y de la marquesa De Châtelet y de los extraños episodios que me acercaron a su obra inmortal.
- La naturaleza del fuego
(del libro Irreversible, de Alexandra De Castro) - sábado 30 de agosto de 2025



