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Alazebú, de Oscar Battaglini Suniaga
(fragmento)

viernes 10 de octubre de 2025
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“Alazebú”, de Oscar Battaglini Suniaga

—¿Qué? ¿Esperabas una limusina? —dijo el elemento sentado en el asiento derecho posterior del vehículo, como hacen todos los dignatarios—. Las camionetas blindadas son más seguras en esta Sodoma del sur, en que capea un tipo de delincuencia donde los malandros a menudo portan placa policial. No estamos de ánimo para dárnoslas de justicieros, si algún jaque por malaventura toca la puerta de nuestro carruaje para cogernos la bolsa. Nada de grabadoras, Wilde. Confío en vuestra memoria y en tu notae tironianae para la entrevista, la cual seguramente hará cisco y remesón en el rotativo donde trabajáis.

Wilde pensó de inmediato que aquello era una sofisticada broma de su jefe en el periódico, pues el individuo que tenía ante sí era la copia disfrazada de Wolfgang Spindler, el pintoresco periodista de la fuente cultural de Euronews, envuelto en un hoodie, conjunto que le hacía extraño juego a su estrafalaria barba; ecléctica y desacostumbrada mezcla de Fu Manchú con Buffalo Bill.

La duda se disipó poco después, al recordar Wilde que el tudesco Spindler no hablaba español y menos el anticuado y castizo del interfecto, en el que se intercalaban, aleatoriamente, voseo con tuteo y plural mayestático con primera persona del singular. Además, el presente clon tenía unos ojos extremadamente extraños, con cuatro pupilas: dos en cada iris, cuyo color Wilde no supo discernir.

En el amplio apoyabrazos central del asiento, que servía de bandeja con bordes laterales altos, se encontraba en hielera una botella de ron destapada, sin etiquetas. Al lado, en portavasos individuales, dos cubiletes cortos de vidrio, con la bebida servida on the rocks. El anfitrión le dio uno a Wilde, mientras sonriendo libaba un sorbo del suyo, para darle confianza.

—Usted es... —apenas pudo decir el recién llegado al sacar la libreta del bolsillo, antes de que le interrumpieran.

—Sí —exclamó—. ¿Sorprendido? Despreocúpate por mi apariencia, la cual fue diseñada expresamente para tu confort. No os dejéis llevar por las imágenes estereotipadas de la literatura y el cine; baratas proyecciones de sus atolondrados copistas, producto de desacertadas simbologías y erradas configuraciones semióticas. Anda, Wilde, bebed. Es añejo, carupanero, el mejor de la fértil franja a diez grados de latitud norte. ¿Sabes por qué me resultas tan simpático? ¿Por qué, entre tantos genios y pareceres, te he elegido, mi muchacho? Porque no quieres algo que pueda ofrecerte; no buscas tesoros ni placeres a cambio de vuestra alma irredenta. Ni inmortalidad, ni favores, ni mujeres, ni validación externa o deseos por cumplir. Buscáis con fervor un diálogo sincero, discreto y directo conmigo. Sin condiciones. Tranquilo... No me llevaré vuestra ánima. No nos interesa. No eres como Irene, la hija del rey Polemón, ni como aquel insensato materialista y pedante: hablo de ese engendro mal mentado Doctor Fausto. Os parecéis más a tu poeta homónimo —católico como tú—, el cual se enamoró de su retrato, aunque no seáis tan trágico ni prosopopéyico.

Ello te lo coloco como preámbulo para mencionar, ahora sin anestesia, a ese par de personajillos alucinados, los padres Gabriele Amorth y Domenico Mondrone. ¿Has leído las supuestas entrevistas que me hicieron? Yo fui el primer sorprendido, así que escudriñé con cortés y humilde solicitud para dar con los impostores, si los había, con el objeto de castigarlos ejemplarmente, al birlar sin permiso mi identidad. Pero no los conseguí; no eran las típicas invenciones de alguno de los nuestros, sino una burda hechura humana delirante. Entonces, en vez de recluirlos juiciosamente en algún psiquiátrico fuera de la vista pública, el Vaticano le dio cancha y crédito a ese chistoso par, como si sus redacciones, indignas hasta para un escolar, proviniesen de mí. Basta una somera mirada para verificar que, contrario a la vomitiva mala prensa en mi contra, digo la indubitable y siempre irritante verdad.

“Alazebú”, de Oscar Battaglini Suniaga
Alazebú, de Oscar Battaglini Suniaga (2025). Disponible en Amazon

Alazebú
Oscar Battaglini Suniaga
Novela
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 978-9801854616
112 páginas

El primero, incluso con la arrogante petulancia propia de los locos, llegó a adjudicarse durante su vida unos cien mil exorcismos. Para que esa cuenta cuadre, debió haber realizado unos tres diarios desde el mismo primer instante de su ser natural hasta el último de su vida sin dormir, ni comer, ni orinar, ni defecar. Vaya dedicación exclusiva, pues comenzó su carrera a los 61 años. Un mito moderno pésimamente elaborado. Hasta llegó a confesar que era gran admirador de la película El exorcista, de 1973. Ya por ahí puedes darte idea de por dónde vamos derecho al anodino camino de la insuficiencia mental. Si quieres saber la diferencia entre lo real y el afán de pantallerismo, busca a los padres Dan Reehil, Andrés Tirado y Chad Ripperger.

—Sí, he leído y visto algo al respecto —declaró sobreponiéndose Wilde, haciendo grandes esfuerzos por parecer normal y distendido, luego de beber un largo trago de ron—. Para serle sincero, no pude leer los escritos a que alude en su totalidad, y menos verme la película del padre Amorth protagonizada por Russell Crowe, que me han dicho es malísima e impropia de un actor como él. De entrada, los textos y declaraciones de ambos sacerdotes me parecieron ingenuos y mediocres. Usted no puede ser tan simple... Señor...

—En cuanto a nuestro nombre muchos son, en efecto, los títulos que nos han tachonado a lo largo de los siglos y del devenir de heterogéneos cultos religiosos, no pocos desaparecidos —dijo reposadamente el interlocutor de Wilde—. Unos con mayor corrección que otros: Satanás, Diablo, Demonio, Lucifer, Iblís, Mefistófeles, Angra Mainyu, Luzbel, Helel, Arimán, Enki, Loki, Pan, Baalzebú. En consecuencia, no soy una simple unidad tripartita; una troika de tres atributos, como mi Padre. Pero contigo, haciendo excepción de la regla, prefiero usar el que te comunicó vuestro Juan Diego —en hebreo Yôḥānnān Ya’akov, “protegido y lleno de la gracia de Dios”—, el cual es inédito y no conseguirás en ninguna parte, tan cierto y antiguo es. Me refiero a Alazebú. Similar pero más refinado lingüísticamente al vulgar Baalzebú filisteo-arameo, es el resultante siríaco de conjugar dos tradiciones primas: la árabe y la judía, y vuestro hijo terrestre la captó de inmediato cuando se la transmití con mi sola presencia y sin siquiera hablarle (بوببزعلا / בובזאלא).

Esto lo pongo como prueba indebatible ante los que seguramente dudarán de la credibilidad y calidad de tu comunicación: no existe ningún tipo de trastorno psicológico o neurológico que explique cómo una persona de apenas seis años, la cual no sólo no tiene formación académica sino que es autista y en ese momento casi ni hablaba, lo haga de repente y con insólita claridad xenoglósica en una lengua muerta, a no ser que tenga conocimiento preternatural, más aún porque en este caso no se trató de una posesión; imposible de realizar en alguien de su naturaleza. Bravo por él. Lo identifiqué de inmediato como uno de los nostris; posee una inteligencia inconsciente nada común y por ello no te pertenece del todo.

Alazebú es la designación ecuménica que me enseñorea sobre los insectos. Esas criaturas invertebradas cuya invención inspiré al Padre y tan benéficos réditos dan al mantenimiento de la vida en la tierra, siendo tan injustamente maltratadas por la ingrata humanidad —Wilde recordó súbitamente los mosquitos de aquella noche. ¿Ya os percatasteis? Yo, aun en rebelión y en desacato, no puedo dejar de referirme a mi Padre con el debido respeto. YO SOY del orden de los querubines, el SEGUNDO NACIDO, el TETRAPTERIGA que camina sobre PIEDRAS DE FUEGO. Si queréis saber mi descripción y parte de nuestra historia, lastimosamente desfigurada por los prejuicios del que la redactó, léete la profecía del rey de Tiro, en el capítulo XXVIII del desterrado Ezequiel.

Volviendo a tu genial vástago, merece una sentida satisfacción de mi parte por ese episodio. Disculpadme con él, Wilde, pero estabais borracho esa madrugada, no te despertabas, así que me vi obligado a transmitiros imperiosamente mi interés por medio de alguien que sí me conoce. Los autistas encarnados son grandes incomprendidos y por eso me identifico plenamente con ellos. Sí, son discapacitados pero únicamente en este asteroide y aun eso es relativo, como acabamos de observar, lo cual se explica parcialmente en la paradoja de Moravec. El tema es que su sofisticado software no se adapta a las redes neuronales; no fue diseñado para el mundo vulgar en el que la mayoría de vosotros, la gente “normal”, se desenvuelve de manera pueril con sus tosquedades, y eso le genera mucha ansiedad e irritabilidad, por vivir en un estado sensoriomotor liminal permanente. En tal sentido, es incapaz de amarrarse las trenzas de los zapatos, pero sí anticipar las cosas antes de suceder (precognición); limitada bilocación donde vislumbra sucesos distantes en tiempo y espacio; sinestesia en donde asocia imágenes con olores, y gran capacidad para resolver un rompecabezas de cien y más piezas pequeñas al revés sin referencia visual. Nació en este plano material con nuestra naturaleza espiritual intacta, más antica, porque ve lo que ustedes no podéis ver, ni percibir, al provenir de un tiempo en donde todavía no existía el lenguaje articulado (por eso tampoco puede mentir).

JD incluso es especial entre los suyos, Wilde. Soporta los ruidos altos, e incluso los necesita, por su alta frecuencia vibratoria. Tu gran pesadilla como músico y escritor. Y te digo más con respecto a esta especie alienígena: cuando me llevaba bien con el Padre; es decir, en esos viejos buenos tiempos donde nos divertíamos creando galaxias y otros cuerpos estelares en la infinitud del espacio —como Dios y Demiurgo—, los de tu hijo se encargaban de notificarnos los fallos entrópicos presentes en la energía de las partículas provenientes del nivel fundamental de la realidad independiente recién causada. Así de obsesivos son con la perfección, que adquirieron por ello el título de iLhm o Elohim, los más conectados al Padre; el único infinito consciente sin inicio. Esto es: ni nacido, ni creado. Eterno pero causado bajo una condición especial tu Juan Diego, efectivamente, es del séquito de mi principal enemigo: Gabriel, el heraldo de las malas noticias para mí. Por eso se asustó tanto cuando nos vio, pero estaba en buena compañía. Si le hubiese ocurrido solo, su corazón no lo habría soportado. Confía totalmente en ti.

Oscar Battaglini Suniaga
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