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Alazebú, de Oscar Battaglini Suniaga

viernes 3 de octubre de 2025
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Oscar Battaglini Suniaga
Battaglini Suniaga ha escrito con maestría verbal y una enjundia de citas esta novela/ensayo/entrevista periodística que demuestra que nuestro temido Diablo es tan sabio como lo puede ser su padre Dios, aunque no sea superior a Él.

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En sus Meditaciones, Franz Kafka afirma: “La explicación correcta es que un gran demonio ha tomado sitio en él y que el sinnúmero de pequeños acude para servir al grande”. En efecto, ese demonio sabio y pleno de conocimientos se pasea por el mundo como una designación ecuménica que revela su poder sobre el universo conocido y precisa que él es quien decide sobre los pequeños que constituyen su ejército.

Alazebú es ese demonio que se le aparece al niño autista Juan Diego, hijo del personaje Oscar Wilde, suerte de heterónimo que, gracias a la comunicación con JD, pudo establecer una cita para entrevistarse con él, con un actante cuya presencia impresiona a Oscar Wilde al abordar el lujoso vehículo conducido por uno de sus pequeños, Belial, de ascendencia negra, según dio a conocer el propio Alazebú. Entre tragos y tragos de ron se desarrolla el encuentro, se construye Alazebú, este libro que Oscar Battaglini Suniaga (Caracas, 1974) ha escrito con maestría verbal y una enjundia de citas, nombres de prestigio de todas las ciencias y humanidades que hacen de esta novela/ensayo/entrevista periodística un tejido de información rico en detalles, lo que demuestra que nuestro temido Diablo es tan sabio como lo puede ser su padre Dios, aunque no sea superior a Él.

Oscar Wilde es un invitado de Oscar Battaglini Suniaga, el tocayo que recorre una ciudad durante toda una noche mientras el personaje Alazebú se muestra como un conocedor del mundo y del espíritu humano, hijo del Padre, de aquel Yahvé que también es padre de Jesús, razón por la cual lo llama hermano bastardo.

“Alazebú”, de Oscar Battaglini Suniaga
Alazebú, de Oscar Battaglini Suniaga (2025). Disponible en Amazon

Alazebú
Oscar Battaglini Suniaga
Novela
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 978-9801854616
112 páginas

Este recorrido que hace Alazebú mientras corre el tiempo en el interior del vehículo, le permite al periodista formular preguntas atinentes a cuestiones que siempre han preocupado a los seres humanos. Este protagonista, quien se adueña del espacio narrativo a través de un monólogo profuso, denso e intelectual, destaca el carácter académico y enciclopédico de este personaje que desborda la imaginación, que se arma como un erudito que puede tutear a Dios y poner en duda muchas de las enseñanzas que las religiones han regado por el mundo todo.

El lector se preguntará quién es este Oscar Wilde. Por supuesto, se trata de un reflejo del autor de El retrato de Dorian Gray, pero también es una especie de homenaje que le hace Battaglini y lo aproxima a él mismo a través de su nombre de pila. ¿Estuvo alguna vez Wilde cerca de los demonios? El retrato podría figurar el rostro de otro que está más allá del mismo Dorian Gray. Y ese otro, ese fantasma, ese pequeño demonio, el que no envejece, podría ser un enviado de ese Alazebú que ahora es protagonista de este magnífico libro de Oscar Battaglini Suniaga.

 

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De la boca sedienta de Alazebú emergen nombres de filósofos antiguos y recientes. Su docta pronunciación destaca al mal mentado Doctor Fausto, para iniciar su prédica crítica contra los tantos personajes que le vienen a su poderosa memoria. Así mismo, describe a Wilde a través de su famoso retrato y se queja de la mala prensa en su contra.

Hace un recorrido por los nombres de Satanás, Diablo, Demonio, Lucifer, Iblís, Mefistófeles, Angra Mainyu, Luzbel, Helel, Arimán, Enki, Loki, Pan, Baalzabú, todos ellos sintetizados en el hablante protagónico de esta obra, a quienes menciona con cierto disgusto.

Llega a expresar: “Y vuestro hijo terrestre la captó de inmediato cuando se la transmití con mi sola presencia y sin siquiera hablarle...”, al referirse a Juan Diego, de seis años, quien fue el gancho para que se estableciera esta conversación. Y añade: “Los autistas encarnados son grandes incomprendidos y por eso me identifico plenamente con ellos”. El niño es un protegido de Alazebú.

 

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La docta elocuencia de este Diablo atrapa al lector ansioso por saber más acerca de su existencia como el hijo expulsado de Dios, como el expatriado, el desarraigado del trono divino. El personaje se pasea, a veces sentido, otras veces satisfecho, por las diferentes temporadas de su existencia desde la aparición del Edén. Su larga travesía por el espíritu humano le ha permitido ser un maestro de la palabra. Sabe que la vejez, la muerte, la incertidumbre ante la soledad del hijo de Wilde puede afectar al periodista. Entonces afirma: “La angustia carece de referencia concreta, a diferencia del miedo”.

Filosofa: “Tú eres un accidente sin importancia; un insignificante mestizo de origen corso al que sólo comenzaron a respetar e incluso a querer de verdad al ver tu comportamiento como padre, aunque como esposo seas un desastre”. ¿Quién es el corso? ¿Se refiere a Battaglini, a su doble Wilde? En todo caso, la crítica podría ser adjudicada a cualquier sujeto que configure esas características.

Su crítica al Padre se resume con la expresión “despótico opresor”, que emplea, y llega a decir: “Soy el verdadero artífice del libre albedrío y jamás he sido tiránico...”.

Entre citas bíblicas, legados verbales científicos y humanísticos, este Diablo, que podría allegarse al de Giovanni Papini, destaja la palabra santidad: “Palabreja que nada les dice a los profanos pero sí a los creyentes...”.

En este diálogo, en el que prevalecen las palabras de Alazebú: voz cantante y relatora de la historia que contiene esta novela, este tratado de filosofía, de teología, de herejía, de ciencia, de literatura... de un conocimiento donde conocidos autores juegan un papel relevante:

A veces las palabras son insuficientes para explicar la realidad, como acertaron Ludwig Wittgenstein y Jorge Luis Borges, cada uno por su lado: “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”. “No hables a menos que puedas mejorar el silencio”.

Cada pregunta del reportero constituye una clase magistral como respuesta. Alazebú despliega todo su conocimiento, sin dejar pasar secreto alguno, sólo los que no puede descubrir en el Padre, quien con todo su poder lo mantiene al margen de su casa, de su paraíso, de su cielo.

 

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Alazebú está convencido, y así lo declara, de que él es “una necesidad”, de que no es “una fuerza opcional, sino indispensable. Pura ontología modal. El caos es primordial para que reine el orden”. Por eso alaba a Goebbels, su más aventajado discípulo.

Insiste en hablar de su medio hermano Jesús, a quien califica de cobarde y llorón. Y no deja de decir que “existen demonios, ángeles, kamis, lamias, íncubos, súcubos, ifrits y genios de más difusa diversidad”.

Habla con dureza contra los comunistas y dice que Carlos Marx “nunca trabajó, siempre fue un mantenido y dejó morir de hambre, enfermedad y frío a tres de sus hijos...”. A Lenin lo llama “maníaco cardiovascular”, una neurosis definida como la tiranía de la idea fija.

Igual ataca a los musulmanes, a Israel, a los palestinos, a Hamas, a los santeros, llamados “la plebe de los ángeles desterrados”... A los satanistas los define como los que golpean su ego. Y los masones, ese “rebuscado clan”. Hace una larga exposición sobre el progreso tecnológico y contra Putin.

Odia a Lutero por traidor y admira a Freud.

Vuelve con Hitler, de quien dijo que, si llegó tan lejos, “fue por mi confiada culpa”.

Niega la existencia del infierno, que, asegura, es “parte de oscuras metáforas y parábolas de carácter moralizador sobre la necesidad de un control social traducido en recompensas y castigos”.

Pero confiesa no ser omnipotente: una vez más reconoce el poder de su Padre, quien creó la bomba atómica para iluminar el mundo.

Ese diablo se inclina por la película Casablanca, en lugar de Citizen Kane y El Padrino, de las que no obstante dice que son muy buenas.

Aclara: “Yo, en toda mi sabiduría y poder, no puedo prever el desenlace de la Guerra”, pero desdeña el apocalipsis bíblico.

Ya para terminar cerca del diario donde trabaja Oscar Wilde, Alazebú afirma nuevamente: “Una confrontación directa con nuestro Padre jamás la podría ganar”.

 

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En Conversaciones con el diablo, Leszek Kolakowski dice que hablar con el diablo no es cosa de otro mundo. Satán nos habita, inventa gobiernos, persigue, acosa... Reposa en cómoda cama, cuidado por cancerberos y mirones.

He allí una versión parecida. O la misma destinada a ser afirmada o desmentida. A Wilde no le costó nada hablar con este personaje lleno de secretos.

Alberto Hernández
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