Es un dicho popular que “viajar es vivir”. Al menos es lo que dice la gente cuando te ven con ojos de envidia o de “qué cabrón es este”, sólo porque tu trabajo o tu suerte te llevó durante más de cincuenta años a recorrer buena parte del mundo. Todo comenzó a los veintitrés años de edad, cuando mi jefe, el director de la institución en que trabajaba, me dijo un buen día:
—Oscar, ¿se quiere ir a una beca?
Me le quedé viendo sin creer lo que oía, porque no me llevaba lo que se dice bien con él. Es más, hacía pocos días que discutimos fuertemente y casi llegamos a las manos. Pero respondí todavía incrédulo:
—¿Una beca? ¿A dónde? ¿Cuánto tiempo?
La sonrisa que iluminó su rostro adornaba una cara de cochito contento, sonrosada, rechoncha, que de plano pensaba “este no se la cree”.
—A España, por seis meses. Pero tiene que hacer todo el trámite ante nuestros superiores, presentar la solicitud, llenar un formulario, y yo le daría el visto bueno.
Ni lerdo ni perezoso dije:
—Sí, gracias; pero ¿cuál es el tema?
—Métodos y tiempos de trabajo. Muy útil para nosotros.
—Claro, estoy dispuesto. ¿Dónde consigo el formulario y cómo redacto la solicitud? ¿A quién se la dirijo?
Vi que el cielo se abría ante mis ojos e hice todos los trámites, ni modo, pero debía sortear un obstáculo que parecía insalvable: el viaje era una semana después de mi matrimonio. Afortunadamente mi esposa desde hace más de cincuenta años no opuso mayor objeción:
—Andate a la beca, yo te espero —fueron sus palabras—; esas oportunidades no se presentan todos los días.
Nos casamos, tuvimos una corta luna de miel, pero fabulosa, y emprendí el viaje.
Llegué al país que nos conquistara hace más de quinientos años, viajé en tren por catorce horas para llegar al pueblo en que se impartiría el curso, me recibieron bien, me instalaron, y esa fue de por sí la primera vez que pude gozar de una beca en el extranjero, sin imaginar que eso se convertiría en el punto de arranque de una costumbre en el transcurso de mi vida.
Después de ese primer curso fuera de mi país, vinieron otros. Más de doce para no hablar de más, en los que me tocó algunas veces compartir hotel con otros compañeros y otras vivir en uno de esos cuartos completamente solo, pero feliz de conocer nuevos países, diferentes culturas y, sobre todo, la vida nocturna de aquellos lares.
Dicen que cada hombre que viene al mundo trae consigo su propio destino y el mío parecía ser viajar por todos lados, conocer nuevas culturas, excelentes paisajes, personas increíbles... Mi trabajo de más de treinta años me obligó a viajar con frecuencia para asistir a reuniones de negociación sobre comercio, aduanas, tributos y no sé cuántas materias más que, supuestamente, contribuían al desarrollo del país. Ese trabajo —aparte de las becas de que les hablo— me llevó a conocer, como dije antes, gran parte del mundo.
Después de tantos estudios en el extranjero —becado por supuesto—, reuniones de trabajo en diversos países, me fue afectando un poco la soledad o el aburrimiento, la verdad no lo sé exactamente, pero ya no disfrutaba como antes de esos viajes que, al principio, deseaba que no se suspendieran por ningún motivo.
Un buen día, en la ciudad de Panamá, me pasó la primera vez. Sentía un sofoco tremendo en la habitación que no me dejaba dormir. Me tendí en la cama, daba vueltas para todos lados y el sueño me era esquivo.
—Puta, ¿qué me pasa?
Me levanté, corrí la cortina de la ventana y pude ver un autobús que subía y bajaba gente enfrente del hotel.
—No soy sólo yo el que no duerme —pensé.
Regresé al sillón a tratar de dormir y no pude. Me sentía asfixiar, salí al pasillo, me acerqué a una ventana a respirar el aire de la calle y entonces me sentí bien. Pero al regresar a la habitación, de nuevo surgió la inquietud, el desasosiego, que no me dejó dormir en toda la noche.
Este escenario se comenzó a repetir con bastante frecuencia, pero me sentía bien en mi casa. Eso me llevó a pensar en cambiar de trabajo, suspender los viajes o hacer algo para minimizar el sufrimiento que cada vez socavaba más mi espíritu.
Otra vez me sucedió en Tegucigalpa, Honduras, y creí morirme. El desvelo que me provocaba esa situación no me dejaba trabajar al cien por ciento y salía de las reuniones de trabajo a los servicios sanitarios con mayor frecuencia de la normal, para echarme agua en la cara, caminar por ahí, o dar una vuelta a la manzana en lo que se me quitaba la opresión en el pecho que no desistía por ningún motivo.
El agobio que sentía, causa de grave preocupación o gran sufrimiento, me acompañó en las últimas reuniones de trabajo realizadas en el extranjero, porque éstas me obligaban a hacer uso de hoteles que, en las noches, eran el motivo de mi sufrimiento.
Al llegar a mi domicilio, quizá por la compañía de mi esposa y mis hijos, dormía, como se dice en el argot popular, a pata tendida, sin ningún problema.
Este ciclo se repitió innumerables veces, aparte de los que he narrado, en El Salvador, Nicaragua, Costa Rica... y llegó un momento en que los viajes se convirtieron ya no en placer, sino en angustia, y sólo sentía paz las noches que pernoctaba en casa, en compañía de mi familia.
De repente todo cambió. Comencé a sentir en mi propia casa ese agobio de que les hablo. Me levantaba abruptamente sin poder respirar a satisfacción, iba a la ventana que da al patio a respirar y regresaba a la cama, para repetir de nuevo el maldito ciclo.
Las caminatas dentro de mi domicilio, el patio y a veces en la calle, se hicieron más frecuentes, y comencé a sentirme como loco al no poder dormir, no descansar como es debido. Sentía un ahogo permanente. Comencé a tomar un par de tragos para conciliar el sueño, pero de madrugada despertaba siempre con un sobresalto y volvía al sufrimiento.
Afortunadamente, no sé cómo, se me fue quitando. Mis viajes de trabajo menguaron, ya no fui a ninguna beca y mi existencia tomó el rumbo que toman todas las vidas al llegar a cierta edad en que todo se vuelve más tranquilo, pausado, esos cambios que sólo da la vejez.
Nunca hice caso de consultar al especialista que me recomendaron, porque soy un poco tozudo. Pero el tiempo que todo lo borra —como dice la canción— me curó de ese mal que, la verdad, no sé en qué momento ni de dónde salió.
Ahora estoy aquí, de madrugada, recordando no sé si los viajes con nostalgia o los insomnios con terror, ya curado —espero— de todos esos males del espíritu que, por una buena temporada, me agobiaron.
Cuando me levante de esta silla —que se ha convertido en refugio y lugar de mis reflexiones— y vaya a mi habitación a tenderme sobre la cama, espero conciliar el sueño con prontitud y dormir como Dios manda.
A pata tendida.
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