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Dos poemas de José Gregorio Correa

viernes 3 de agosto de 2018
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En cualquier parte del mundo
se está la palabra volviéndose
mudez y al mismo tiempo
estremeciendo, como si relámpago.
todas las sombras.             

Reposa de ataúdes y como oro
brota de la tierra y es un oro
no mineral, sino de aire, de río,
y entonces aunque descansa en paz.
vive en la ancha tristeza
de los escarabajos y los pájaros.

En cualquier parte del mundo
se va haciendo silencio,
pero es un silencio que despierta
y suena como árboles quebrándose
y soltando el fuerte olor de sus troncos
invadiendo el aire
para que respire
su golpe vegetal.

Alguien al saber de su silencio,
como de cantos rodados
en hondos pozos, irá a mover
el orden de la risa
y el temblor que canta.

En cualquier parte del mundo
se reparte el dolor y respiro,
y aunque ciega, mira con ojos
de hojas y de sombras
toda la luz que emana de su silencio.

Alguien, en cualquier mediodía,
sabrá que mientras mayor su mudez
y atadura a la tierra,
mayor su desandar y el sonoro cascabel
que abraza a los solos del mundo.

 


 

Ese día vestiremos de canción
conocida por todos.

No llevaremos corbata para no
desencajar en las calles
que andaremos.

Ese día nos detendremos
en la acera de los días perdidos,
en los días que no estuvimos,
juntos, cuando cada cual
andaba por su cuenta.

Si será Enero nos haremos
reptiles, no habrá resquicio
que no habitemos, el quiosco,
la ventana dormida, el bulevar
nos llamará.

Si acaso puede ser cuando
la canícula, ese día iremos al río
que nos vistió de pieles turbias,
claras, raudales, tristezas, reflejos,
aguas mansas.

Allí beberemos como si perdidos,
como si estuviésemos a punto
de saber de amores.

Si Agosto fuera, sería impredecible,
como si no fuéramos a morir
nunca. Iríamos a las casas
de los amigos, al anochecer, al
instante del alba, al tiempo de
sus siestas, al minuto de no
envejecer.

En ratos de equinoccios nos
verán como si ebrios, de ojos
brillantes, llenos de habernos
conocido cuando aún aprendíamos
la costumbre de soñar.

Y volvemos a ser cantos
rodados por un mismo río.

A aquellos que siempre
nos importunó el tedio,
la misma corriente corriendo…
José Gregorio Correa
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