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Poemas de Memorias del asedio, de José Gregorio Correa

domingo 19 de mayo de 2019
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“Memorias del asedio”, de José Gregorio Correa

Memorias del asedio
José Gregorio Correa
Poesía
Tarasca Ediciones Digitales
San Sebastián de los Reyes, Aragua (Venezuela), 2018
30 páginas

En mi pueblo como nadie
se ocupa de edificar el reino de la alegría,
tampoco manan en sus barrios
bibliotecas, piscinas inflables,
campos de béisbol, paredes con películas,
teatrinos, abuelas que cantan
cuentos, sitios de la ternura.

En mi pueblo como alguien
tiró al olvido las normas de familia
y tampoco un río dulce
con remansos de cantos rodados
ofrece oasis ante lo artificial.

En mi pueblo ahora
los muchachos se matan entre ellos,
apenas no han soñado con ser
grandes y ya se acribillan
más con balas del desamor
que con balas de plomo y pólvora.

En mi pueblo los alcaldes,
los concejales, sus eunucos
y sus áulicos sólo se ocupan
de su dinero, de construir ranchos
al estilo Texas, pero más iguales
a los ranchos de los carteles
de la droga mexicanos,
Texas es mexicana, ellos
son tristes figuras, ludópatas,
cánceres más podridos
que la gangrena.

En mi pueblo ahora
algunos muchachos profanan ataúdes
y vacían sus plomos contra carnes
recién agusanadas.

No hay una oración que valga,
un pasaje al edén,
cada nueva franquicia religiosa
es un ay, un quejido,
lamento sin fortuna.

Cada semana hay un suceso
donde algún muchacho deja de ser
esperanza, posibilidad, canción.
Acaso sólo los ancianos sobreviviremos
entre disparos idiotizados.

Sólo la muerte limpia
el abandono.


 

Venimos al mundo
y nos llevamos de todo lo que hay en él
y también de su vacío.

De pronto, un día, como siempre
el día menos pensado,
porque ese día no se piensa,
adviene lo que nos devasta
y de una memoria ancestral
oímos una canción casi triste:

nos vamos quedando solos.

Nos percatamos del destierro.
La abuela, los tíos, el sobrino,
la madre, algún hermano, el amigo,
la señora de la amorosa casa,
el señor que nos veía saltar
entre juegos de niños, el extraño
a quien siempre vimos
y nunca saludamos, todos,
todos desaparecen de las fotografías
atesoradas en el álbum
de los afectos y las costumbres.

Nos vamos quedando solos.

Somos menos, y los más venidos
nunca serán protagonistas
en la historia que somos.

Nos vamos quedando solos.

Somos menos, y vamos abandonando
las fotografías de los quedados
y al doblar en una esquina
no volveremos a aparecer.

Nos vamos quedando solos.

Alguien vislumbrará que ya no estamos
y cada flor será un olvido
y nada ni nadie podrá silenciar
la canción amarga
que nunca quisimos cantar:

nos vamos quedando solos.

 


 

Nos vamos haciendo
de terribles ausencias.

Donde antes había una bisabuela
sólo queda la mecedora
y una galería de fotos retocadas
por la memoria
y un árbol de cirgüelas
y una casa donde llegaba el arcoíris.

Donde antes había una abuela
sólo quedan anécdotas
de decencia y aquellas carencias
compartidas, unas matas de topochos
regadas con más afecto
que con agua de lluvias
y una casa donde anidaba
el zodíaco y el porvenir.

Donde antes había una madre
sólo queda la vieja cama,
alguna receta de la pobreza
cocinada con fe
y una casa donde la tristeza
se camuflajeaba de alegría
y entonces era alegre todo lo triste.

He aquí, entonces,
el relato de las grandes
ausencias, contadas
por la distancia y la oquedad.

 


 

Cumplir años es una buena desdicha,
y más si va acompañada de pastel,
unos amigos que te celebran y cantan
cumpleaños feliz,
si los amigos están ebrios, mejor,
si dicen palabras para enaltecerte, salud,
si se toman el acto como si fueran
ellos los cumpleañeros, excelente,
si te obsequian cosas inútiles, bien,
ay, y si te firman una tarjeta
donde subrayan que cumplas muchos más,
ajá, y si te piden que digas unas palabras,
nada mejor, dilas, tórnate elocuente, casi cursi,
pon el dedo en la llaga, di algo así,

la vida es una maravilla
no todos los días se cumplen años y etc.

ah, y si les da por untar con crema de pastel
tu rostro, vive el éxtasis,
y si de colofón les da por trasnocharse
contigo, bueno, qué más pedir.

Al despertar te habrás dado cuenta
de que cada día transcurrido es sólo eso,
un paso hacia la tumba,
y nada más vano
que festejar el acecho de la muerte.

 


 

Se ha hecho el mundo
de afanes, memoria, monumentos,
también de ocio, olvido y nada.

Entre envanecernos
hemos pasado gran parte de la historia,
así nos hemos ido haciendo
mientras los animales desfilan
hacia la extinción.

Un reptil sale a asolearse
sobre las altas paredes de un palacio,
respira, mira, y el mundo
sigue haciéndose.

El borracho de los días
domingos baja a la fiesta
de la tarde como una ceremonia.

Algunos se recogen en torno
al hervor de las raíces de la tierra,
alguien lee un libro y se duele,
alguien liquida su epitafio
y cree que el mundo
seguirá revelándose
como la imagen
del viento dando vueltas
tras la cola del tiempo.

Se ha hecho el mundo
de maravillas y miserias
de vanidades y precarias cosas.

Entonces el reptil, el borracho,
el primitivo y el griego
siguen soñando
que el mundo no sólo pertenece
a los dueños del mundo.

Se hará el mundo.

José Gregorio Correa
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