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Del libro inédito Los bolsillos de Rimbaud, de Adolfo Marchena

domingo 17 de mayo de 2020
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Abriré la ventana y contemplaré sus rostros, los rostros de los músicos. Y tú te habrás alejado con un vestido de flores y la música de Miles Davis subiendo el ascensor donde todos duermen, en un París alimentado de sepia por el fotógrafo Brassaï y sus costumbres. Será de noche cuando todo suceda. El olvido del saxo en una silla, para ir al servicio, y Art Pepper de regreso descubriendo que se lo han robado. Todo se manipula en la noche, como un sentimiento dormido. Me duele el hambre y la duda, cuando viajo en ciertas quimeras, que se entiende, son alambradas que uno dispone sobre el terreno para protegerse del miedo y del frío. Cuando quema el algoritmo que de nada sirve en un pentagrama donde las corcheas y las difusas bailan en un baile travieso, a veces, porque también hubo sangre en todo comienzo, en la duda y el ruedo. Y poco a poco irá llegando el día, clareando, las primeras luces, los primeros “buenos días” que ignoran cuánto esconde la armonía, el ritmo, el estribillo del músico, también de regreso. Y pasarán los primeros coches, que aminorarán su marcha a tu paso. Y yo me fijaré en tu vestido de flores, a la altura de la librería Jakintza, y recordaré los buenos tiempos. Pudiera ser que fueran los mejores tiempos. Más de treinta años y luego la inutilidad arrastrando el fango y la inutilidad de los otros. Será también el homenaje a una librería, a una librera, cuando todos los músicos desemboquen en su escaparate. Y allí cada uno desempeñe su oficio, sin más carga que la del instrumento. Porque hay cosas que sobreviven a la muerte, al cierre, a la pérdida. Hay cosas. Te seguiré a lo lejos con la mirada, una vez restablecido el orden de las cosas, hasta que ya no distinga las flores de tu vestido. Pero no será tarde, en absoluto. Tan sólo será el comienzo.

 

Do

Entrábamos a hurtadillas,
tú me cogías de la mano,
un bizcocho recién moldeado,
tu ignorancia y los miedos,
la sensación de haberse equivocado.
El manto de tela era otro,
como el de una virgen cortejada
por los hombros de los costaleros.
Luego nos fuimos alejando
de aquellos monopolios,
de aquellas tascas.
Bastaba con mirar atrás,
cercenados los años ya
por la batalla de la vida,
darse cuenta o percatarse
de que tú y yo habíamos
crecido lo suficiente como
para distinguir el agravio
del beso en armonía y su diferencia
con la música de Art Pepper
cuando Patricia nos decía
que no fue tan exigente la ausencia,
como no saber de la letra impresa
en la correspondencia desde Europa.

 

Re

El dolor del infinito que se cuela
entre las grietas, algunos años
en Europa en la Segunda Guerra,
con el saxo intacto después de haberlo
perdido, la madera y el sustento,
el dolor infinito en la cabaña río abajo,
donde duermo y derroto al cansancio.
Art Pepper regresa del continente y conoce
a su hija que habla y anda, el pasillo
como fundamento de toda una vida,
la garganta astillada y sin embargo
el sonido de Patricia envolviendo toda
la sala, para que yo lo escuche y luego
vengan muchos otros y no sea tormento.
Como si hablase, o en un susurro, nunca
mintiendo, advirtiendo que cada quien lleva
San Quintín en las venas, como vieja
profecía donde uno improvisa Cherokee
frente a un Sonny Stitt que después de todo
te dice: insuperable, muchacho, estupendo.

 

Mi

También el dolor soporta
sus grilletes y el verdugo.
No soy nada,
………..me dijiste.
Y el temblor recorrió como
un hachazo todo mi cuerpo.
No te habían
enseñado nada
o acaso
no habías aprendido
lo básico para
amar, para vivir.
Porque también el vacío
compone su música, melodía,
sensación de violín eterno,
la brisa que aguarda
cada mañana el sabor
tibio del café, o su amargura,
como en la vida cargan
los estibadores alambiques
vacíos que sólo cambian
de puerto, de dársena, de líquido
elemento, estibadores que luego
se camuflan en las tabernas portuarias
para beber del mismo ron y escuchar
la misma música que el viejo acordeonista
se empeña en sacudir como del polvo
su guadaña y las notas en la noche.

 

Fa

Borrachera de un tiempo
disconforme, cuando las piezas
del ajedrez se miran al espejo
y ya son otras: Bach, Mozart,
Vivaldi, Elvis Presley, los Beatles,
Peter Gene Hernández, John
Lennon, Otis Reding, Stevland
Hardaway, Lou Reed, Beethoven.
Ensoñación bajo los avellanos,
tiempo de espera en el recorrido
de la balanza, su cómputo real
en lo que tarda la resaca de la noche
en arrastrar todo el alcohol bebido
hacia los mares del sosiego.

 

Sol

El poema era un pedazo
de cartón
y nos protegíamos, entonces,
de la lluvia
de todos los países y recuerdos.

 

La

¿De dónde nos llegaba
aquella música como
de pinos meciéndose
que nunca mueren?
No fue tanta la tragedia
cuando el músico perdió
parte de la mano.
Aprendió otras maneras
de interpretar las viejas
partituras de algunos compositores
tristes, alegres, burgueses,
compositores en el exilio.
Nos llegó, me dijiste,
el último acorde de violín,
cuando trajeron la cuchilla
nueva al aserradero.

 

Si

Me parece muy bien,
nos salvaremos,
para regresar después
porque habremos de morir
cerca del aserradero.
Tal vez alguna tormenta,
la sinfonía de las chimeneas,
las extensiones del alma
persignando los cielos.
Me parece muy bien
que seamos tú y yo,
tú Édith Piaf,
Je ne regrette rien.

Adolfo Marchena
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