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Yambos de inicio

lunes 6 de marzo de 2023
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Estado de inmanencia: así los griegos de las comarcas milesias pensaron la pregunta por el origen. Ya fuera el agua, el aire o la substancia sin límite de Anaximandro, lo cierto es que esos hombres buscaron en la misma naturaleza el principio vector del cosmos.

Heráclito y Lao Tsé (el Logos y el Tao) fueron otras formas de entender la íntima forma del ser del mundo. Un orden interno, fluctuante pero a la vez regulador de los astros, de la corriente de los ríos, del cíclico camino de la hojarasca y la vendimia.

Como un ejercicio de la inmanencia perdida, me he permitido crear el nombre de un dios, no para forjar otra lamentable religión. El mundo está colmado de ellas y todas tienen un cierto gusto cadavérico.

He pensado en un dios vacío. El dios que deviene sin preguntarse las causas. El dios que no crea ni es creado. Un dios sin mandamientos, sin historia ni colaboradores. El dios de las cosas pequeñas. Un dios que no existe ni es necesario.

Lo he llamado Éngignos. “Én”, voz griega que puede traducirse como “uno”, y “gignos”, cuya raíz tiene que ver con “guné”, que significa “mujer” y a la vez se une con el verbo “gígnomai” en su acepción de “devenir”. Una especie de devenir femenino de las cosas es ese dios oquedad que he inventado. Si hubiera existido, la palabra griega habría sido εγγιγνος.

Basta. Demasiadas aclaraciones. Hecho el marco, que los poemas intenten decirse.

I

Un dios que es oquedad rumbo al vacío;
dios que se abre a la tibieza del mundo,
ajeno a la gramática del hombre.
Un dios indiferente a los profetas
y que ignora la fe de los feroces.
Dios sin mármol ni tablas, peregrino
infinito de música porosa.
No escribo sobre un dios. Sobre mí lo hago.
Aún falta. No es fácil devenir.
Salir del templo es dar con este mundo
y saberse absoluto como barca
que ríe de tormentas y que anhela
hundirse en el océano del tiempo.

 

II

Un dios para la muerte tan callada.
Un dios indiferente a nuestra pobre
disolución de tiempo y de materia.
Flecha que peregrina mutaciones
ajena al misticismo del desierto.
La noche: viva danza de unas piernas
que dibujan las formas del azar.
Quién pudiera sorber los propios huesos
y quitar sus durezas-catedrales
como lluvia sin prisa ni memoria
o insectos ante el fuego del pabilo.

 

III

Todo es una metáfora incompleta
que no quiere colmarse de sentido.
Metáfora de sí misma es la plena
penumbra que medita entre los juncos.
Cuidarse de parábolas que buscan
el sentido detrás de las palabras.
Huir de alegorías seductoras:
cavernas y caballos de la luz.
Abrir la clara vulva del lenguaje
y al fin rozar el agua que es al agua
la líquida metáfora del agua.

 

IV

Miríadas de océanos separan
a cualquiera del rostro más cercano.
Pero del propio rostro la distancia
es mayor. Son desiertos; son rotas geografías
de templos y de selvas, de equinoccios
y declives, de luna y de muros
que se expanden herméticos en sombra.
(En los restos callados de la espuma
se esconde la memoria de las algas.)
Viajero de uno mismo sin estrellas;
rotación de una brújula sin norte.

 

V

El mar que sobre el pez cierra su cuerpo
y es uno y es el mismo que se abisma
hasta la densa noche del sargazo.
El viento que da forma a la llegada
del ave que bordea los torreones.
Hundirse en el fermento de la sombra
como el vino arqueado en los toneles.
Es un faro que gira en la tormenta
lo que busca mostrarse siempre oculto.
Ver el cuerpo del dios en la perfecta
esfinge de los gatos en el techo.

 

VI

Fluctuación de la tarde en los tejados
(rojizo yambo criba las miradas).
La ciudad es un fermento sin cadencia
de cuerpos disecados que coagulan
el tiempo como isócrono latido.
No puede ser así. Pensarlo duele:
la moneda gastada entre botellas
o algún rostro que va por los andenes
aguardando que llegue el tren-mortaja.
Mejor es convertirse en la vendimia
y ser azules uvas en tus manos.

 

VII

Un dios que no es. Un dios que no está. Se abre
a la fractal cadencia de las cuevas-
caracoles y teje sus guirnaldas.
Más tarde se derrumba estremecido
como quien ve su rostro en las columnas
de aire que son un templo que se abisma.
No busques un sentido en estas líneas;
no busques una línea de sentido.
Quiebra las ilusiones de los entes
(así el cristal estalla ante la música).
Dios vacío que gira en el vacío.

 

VIII

Oscuro como un cuervo en la carroña
es el dios que yo busco tenebroso.
Murmullo de las cuevas que se expanden
hasta la densa casa del murciélago.
Sin dones es el ser-dios que está allí;
luego se lanza al mundo y es el mundo.
Allí, dios-mundo, danza, danza, danza;
ni alfa ni omega, sólo eutonía.
Honda noche de tierra nos busca
con vegetal tibieza y nuevos brazos.
Danza, cuervo. Sagrada es tu distancia.

 

IX

Donde fijo mi vista instauro al dios.
Donde instauro la vista yo me instauro
y abro puertas no abiertas de la vida.
¡Crear todos los días nuevos mundos
como aquel peregrino que decide
ir por antiguas sendas recubiertas
de hiedras enlazadas a columnas
y a lo muerto confiere pasos vivos!
Dos flechas son mis ojos que abren piedras.
El arco tenso crea lo que busca
porque su hierro no mata. Desnuda.

 

X

Yo creo a los que quiero que aparezcan.
El resto son apenas circunstancias,
restos que se desprenden de mis ojos.
Forjar todos los días un planeta
con sus propias cavernas y metales,
con sus aguas y vientos del estío.
Forjar los pedernales y la luz,
pailas de fuego, yambos de sombra.
Y en ese mundo hallar lo que me aguarda
para que al fin seamos lo que siempre.
Hice al mundo esperando que me crees.

Cristian Esteban Mitelman
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