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Poemas de M. Tomás Awada

miércoles 4 de noviembre de 2026
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Zest

Arranco uno del árbol
jalo levemente para que esta ramita ceda su fruta,
fruta que estas manos han agarrado miles de veces,
es un poquito más grande que las que tiendo a comprar,
verde como todos los otros,
igual de redondo,
pero un poquito más áspero.

Pero al arrancarlo,
lo acerco a mi nariz,
siempre me ha gustado el olor de los limones
me recuerda la limonada de mi madre
que devorábamos los sábados con el hambre
de quien no había visto comida en meses,
bañando el kaek en esa limonada,
receta e idea de mi abuela.

Me gusta el olor de los limones,
pero al oler este limón
me doy cuenta
de que nunca he olido ningún limón,
de que todos los limones antes de hoy
han sido un simulacro
un acto de conveniencia
para poder vivir el ritmo de la metrópolis
para poder tomar una caipirinha
a las 3:17 en punto,
para no perder el encuentro marcado
justamente 28 minutos después.

Nunca había olido un limón tan real,
involucrando mis cinco sentidos a través del olfato,
haciéndome dudar del valor
de la vida de ciudad,
mostrándome que la vida es aquí y ahora,
llenándome de un deseo
de abrir ese limón ahorita
y exprimirlo
y más nunca comprar un limón.

 


 

El zamuro ha aprendido, a fuerza de errores,
que la carne se busca
con la paciencia de quien sabe
que la muerte le llega a todos,
que no deja ningún sobreviviente,
mientras no tenga apuro,
que ya sea grande o pequeño
se rinde a su hora,
que la muerte siempre está presente,
que no hace falta esperar,
como hacían sus ancestros,
se encuentra en los basureros de los humanos
junto con las cuentas que no cuadran,
con la foto que han dejado en la esquina del espejo
y la esperanza de que no se hayan desaparecido para siempre,
junto con los trozos de verduras podridas,
el zamuro ha comprendido que esperar ya no tiene sentido,
que en esos cestos
encuentra carne de la buena,
que no hace falta esperar
hasta el último aliento,
que los humanos se encargan de la muerte,
que él puede comer sin formalidades.

 


 

Vuelvo

Aún no había aterrizado en esta ciudad
por primera vez
y sabía tan poco sobre esta tierra tan al sur
que hasta los otros sureños le dicen el sur,
era otro yo, aunque haya tanto que lo una conmigo,
era otro yo,
que sin saberlo, estaba comenzando a salir de mi nido.
Aleteaba sin rumbo,
primero en dirección del único camino que aprenden los niños,
pero aleteaba sin parar.

Buenos Aires,
vuelvo, siempre vuelvo,
a esta ciudad que vio tantas de mis facetas
a esta ciudad que me ha dado más de un recomienzo,
hoy me doy cuenta de que mi primer viaje solo
fue a esta ciudad
donde aprendí que la hermandad
es un lazo tan grandioso,
que no depende de compartir la niñez,
que hay una extensión del “yo” en el hermano,
que hay nexos que son regalos del universo.
Vuelvo, vuelvo a una ciudad que siempre fue mía
y ese lazo se multiplicó
y resulta que esa extensión
se puede extender aún más
y puede haber extensiones que no han nacido
y por aprender que todas son más que bienvenidas,
le agradezco a la vida
haberme dado familia en Buenos Aires.

Vuelvo, siempre vuelvo,
una de esas vueltas resultó ser un intento
de construir hogar en esta ciudad,
pero al vivir un otoño personal
donde todo se puso gris de repente
con ninguna hoja verde a salvo,
donde el sol salía, pero no calentaba mi alma,
teñía la ciudad de mis angustias
y aunque no pude adaptarme en ese momento,
fue aquí donde aproveché que nada tenía sentido
y comencé a darle ritmo a mi nuevo rumbo
y aunque hoy no tengo casa en Buenos Aires,
fue allí que comencé a salir de mi laberinto.

 


 

Cordura

La humanidad marcha sin parar,
y según su marcha, va comprendiendo.
El zeitgeist dicta lo que es cordura,
y en su ausencia,
qué es la locura.

Retrógrado es el que cree en las creencias de los ancestros,
curanderos disfrazados de profetas,
conquistadores disfrazados de lo mejor de la humanidad.
Cuerdo es el que acepta las reglas de hoy en día,
todo es explicable a través del cerebro,
nada que no conocemos queda más allá de la posibilidad de saberlo,
aunque nuestro conocimiento haya cambiado tanto,
y, sin duda, aún cambiará.

Pero que la misericordia cubra a aquel
que tuvo la (des)dicha de ver los próximos pasos
sin poder explicar su conocimiento,
como Nietzsche soltando su locura
al saber que matar a los dioses
iba a desencadenarse en tragedias.

Sufrimos aquellos que sabemos
que las tragedias de hoy son inevitables,
pero hace falta un salto que debe llegar solo,
mientras tanto,
tenemos que resistir las maquinaciones del cerebro
y luchar
para mantener la cordura
a pesar de todo.

 


 

Cambio un mar por otro

Cambio un mar por otro
una playa sin onda
por una donde las olas quiebran con la fuerza de Hércules,
una vacía
y una llena de todo tipo de personas,
ambos increíbles en sí,
no quiero estar en otro lugar
que no sea donde esté hoy
y si toca meditar en mi sala
y leer en un café sin vista
o si toca llevar mi silla
a donde el río encuentra el mar,
siempre querré estar donde toca en cada momento.

Cambio un día soleado por uno nublado,
donde la lluvia cae con el susurro de las ninfas,
donde el olor a tierra mojada
me envuelve en un abrazo tierno y fresco.
O un día cuando el sol abrasa,
dándome un calor que sólo el verano sabe dar,
y yo, siempre agradecido de cada gota de sudor,
cada rayo de sol que toca mi piel.

Cambio el bullicio de la ciudad,
con sus luces, sus historias y sus encuentros,
por el silencio de la montaña,
donde los árboles cuentan sus leyendas
y el viento sus secretos.
¿Acaso no son ambos escenarios llenos de magia y vida?
Ambos, con sus encantos distintos, abrazan mi alma.

No anhelo mañana, no lamento ayer,
cada instante es una pincelada en el cuadro de la existencia.
Y en este baile incesante de lugares y momentos,
donde el universo susurra y canta,
en la inmensidad de lo que me rodea,
donde cada ola, cada grano de arena, cada sonrisa,
teje la sinfonía de lo que soy y seré,
simplemente quiero estar,
donde toca,
en cada latido del ahora.

 


 

Praia Espada Velha

El paraíso existe,
nunca fue ficción,
existe en cada uno de nosotros,
existe en la belleza que se encuentra,
existe en las playas tranquilas
rodeadas de montañas y árboles,
existe en la paz
que hemos construido para nosotros mismos,
existe en el cariño que damos y recibimos,
existe, es real.
Pero no existe después de la muerte:
el paraíso es el aquí y el ahora,
para quien sabe encontrarlo.

M. Tomás Awada
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