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Tres impresiones

viernes 23 de octubre de 2026
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En viaje

Estar donde no estoy más que de paso...

Eunice Odio

Por la vía arcillosa, hacia un remoto establecimiento, hasta agotarse. Hasta llegar o no llegar, envuelto en telas o, acaso, desnudo. A través de razas que conocen los astros y desconocen la rueda, especies pródigas en oro que una vez al año celebran sacrificios y recogen la sangre en vasos. A través de selvas de enredaderas y huesos, entre muchedumbres que huyen o marchan al exilio, por delante de hangares que ocultan los restos disecados del que fuera el último animal capaz de entender la belleza. Olores de mujeres que se lanzan a las aguas en busca de un pez o una perla. Olores de hombres que se pintan el rostro y entran al desierto del que tal vez no salgan y todo para no ser presa de una vana espera, del tedio. Y de vez en vez besar la mica, escapar de los enjambres, secarse las lágrimas con una esponja, temer a los rayos, a que la brújula se descomponga, a desconfiar de lo que se planta adelante y se presenta como la única verdad, la única evidencia.

 

Arenas

Ocluida la vía de escape hacia la estrella, queda el grito contenido, el contenido repudio a los delgados tallos que se inclinan. El mundo no tiene centro y es mero confín, por allí la lengua pierde sus alas y al sacrificio llevan a un animal impuro. En el papel como en la piedra y la madera, a punzón: ¿por qué no deja de humear el pasado y el presente es premisa que enseguida el aire torna fósil? Sobre el pez se derrama la pez; por la grieta en la puerta espía el recién llegado el engañoso encaje de la ley y, siglo tras siglo, la mañana del cometa que atraviesa el cielo tantas veces anunciada no se cumple. Es hora de la locura en tinta azul y la tiza azul que escribe como pierde el tronco la corteza y el relámpago al caer a tierra desordena las figuras no tan disímiles de la lujuria y la castidad. A la venta, en sumergidos mercados, las arterias, los umbrales, la arcilla, la retórica, las antenas del escarabajo, el crimen y el destello en el agua dura. ¿Por qué no alcanzo siquiera a rozar lo que es mío, o creo que es mío, allí donde tienen lugar las curaciones y los regocijos?

 

Alabanza

De su piel que las horas vividas tornaron purpúrea —de eso hablo. Se une a lo que en cada lado abunda: hojas verdes jubilosas, lluvia de verano, patios interiores cargados de frutos, sésamo y avena. Acudo desde mi silla siempre en deuda y la tomo de los muslos, la sostengo, no creo hacerlo porque es ella la que me sostiene. Ella: párpados pintados, telas suaves teñidas, una religión aérea y fluvial, un regreso del exilio, una escritura arcangélica en el dorso de una esponja. Desvestida, ahora, desvestido; la muerte desfallece por un momento mientras, entre espasmos, morimos. Ahora, comercio de riquezas, desfile de cometas, puertas abiertas de asilos y hospicios, paisaje extendido y arborescente. Orilla que se ofrece sin impedimento alguno y, a unos pasos, mar secreto y virgen.

Carlos Barbarito
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