“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Luis Fernando Álvarez: el poeta de la muerte y de la soledad

viernes 23 de junio de 2017

Luis Fernando Álvarez

¡Yo soy la herida y el cuchillo!
¡La bofetada y la mejilla!
Charles Baudelaire

Soy cada instante de mi largo tiempo
Jorge Luis Borges

Yo no sé cómo saltar
desde la orilla de hoy
a la orilla de mañana.
Miguel de Unamuno

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel al alma.
Pablo Neruda

Luis Fernando Álvarez nace de padres caraqueños de un nivel económico muy modesto, en Caracas, Venezuela, el 28 de diciembre de 1902, y muere en la misma ciudad el 24 de octubre de 1952. Poeta, cuentista, dramaturgo y diplomático venezolano.

Fue el primero de siete hermanos, y sólo llegó a culminar los estudios de primaria; desempeñó diversos oficios, mecánico de telares, tintorero, recaudador de impuestos, oficinista y trabajos en el medio de la textilería como gerente.

Álvarez ejerció como miembro del Parlamento Agrario Nacional y jefe de Servicios del Ministerio del Trabajo, y se desempeñó en cargos diplomáticos como cónsul en Filipinas, encargado de negocios en Honduras y primer secretario de la embajada de Venezuela en Costa Rica.

A Luis Fernando Álvarez le tocará vivir en un mundo sanguinariamente convulsionado por la segunda guerra mundial, la guerra civil española y los tres golpes de Estado en Venezuela.

Considerado uno de los grandes poetas surrealistas hispanoamericanos del siglo XX, con una obra poética enraizada en la angustia existencial.

A los 18 años comienza a publicar en la prensa de la capital; es redactor del rotativo Crítica de Caracas en 1937 y director de la revista Fomento en 1941.

Cuando en 1941 funge como presidente de la República de Venezuela el general Isaías Medina Angarita, Luis Fernando Álvarez llegó a ser miembro del Parlamento Agrario Nacional y después en el Ministerio de Trabajo se desempeñó como jefe de Servicios. Al caer Angarita y ascender Rómulo Betancourt, es vilmente engañado y despedido de sus cargos por el que era en el momento el presidente de la República de Venezuela después de que él mismo lo había ratificado en su cargo. Por intervención del poeta Andrés Eloy Blanco, que en ese momento es ministro de Relaciones Exteriores, es rescatado y Luis Fernando Álvarez llega a ocupar el cargo de director de la revista Fomento. Para esos tiempos culminaba la segunda guerra mundial, y aún permanecían los desgarros de la primera.

Ejerció labores como diplomático: cónsul general en Manila (Filipinas) durante tres años, después en Costa Rica, hasta su traslado a Honduras, donde empieza a afectarse gravemente su salud. Lo llevan a Estados Unidos, donde le detectan la enfermedad de Hodgkin, una forma de cáncer que destruye el sistema linfático sin cura alguna, por lo que regresa a su país, donde morirá a los 49 años.

A Luis Fernando Álvarez le tocará vivir en un mundo sanguinariamente convulsionado por la segunda guerra mundial, la guerra civil española y los tres golpes de Estado en Venezuela que azotaron el país durante la vida del poeta: en 1908, cuando apenas contaba seis años, el llevado a cabo por Juan Vicente Gómez, quien se constituyó en un brutal dictador hasta su muerte en 1935; en 1945 la rebelión de octubre, que destituye a Isaías Medina Angarita y sube al poder Rómulo Betancourt; el 24 de noviembre de 1948, cuando es derrocado el ilustre venezolano Rómulo Gallegos, quien había sido el primer presidente del siglo XX en Venezuela elegido por voto directo, secreto y universal; todo ello llena de angustia y preguntas que conmueven al poeta y lo impelen a refugiarse en su poesía, desde la perspectiva de que no se escapa nada de la fatalidad del hecho de morir, inquietante para algunos lectores.

“En cualquier caso, desde el ángulo que se le mire, morir es el hecho central de la vida, así como nacer es el hecho central de la muerte”. Rafael Arráiz Lucca.

Fundador del Grupo Viernes en 1935. Este grupo se fundó en una peña literaria que se reunía para esa fecha en una cervecería, los días viernes, en el número 21 de la calle Oeste 4, entre las esquinas de La Bolsa y La Pedrera. Allí se encontrarían Vicente Gerbasi, Pablo Rojas Guardia, Ángel Miguel Queremel, Rafael Olivares Figueroa, Oscar Rojas Jiménez, Pascual Venegas Filardo, José Ramón Heredia, Otto de Sola y nuestro poeta Luis Fernando Álvarez. Se agregaron después Fernando Cabrices, Ramón Díaz Sánchez, Pedro Grases, Alberto Junyent, Leo Ulrich, Julián Padrón, Pedro Sotillo y Abel Vallmitjana.

El manifiesto de Viernes, que internaliza el discurso sin evadir circunstancias, es redactado por Pablo Rojas Guardia, quien nos afirma:

Viernes es un grupo sin limitaciones. Y es esta —Viernes— una revista que expone poesía y que se expone. Aquí se encuentran y se reencuentran las excelencias de dos generaciones. Porque cuando otros países insisten, todavía, en plantear el pleito de las generaciones, nosotros, que tenemos prisa por salir del atolladero, resolvemos el problema así: de una “peña” —Viernes— cordial pero intrascendente, hicimos un “grupo” —Viernes— interventor de la cultura. Que se identifica con la rosa-de-los-vientos. Todas las direcciones. Todos los vuelos. Todas las formas.

Este grupo estuvo permanentemente en contacto con Mandrágora, en Chile, y Piedra y Cielo, de Colombia, y con numerosas revistas literarias mexicanas como Contemporáneos, El Hijo Pródigo Taller Poético y Letras de México, así como colaboraciones con España, Argentina y Ecuador, desde mayo de 1939 hasta diciembre de 1940, para reaparecer en mayo de 1941 dirigida por Pascual Venegas Filardo, a excepción de las tres primeras ediciones a cargo de Vicente Gerbasi.

La angustia, la muerte y la soledad son los argumentos centrales en los poemas de Álvarez.

Fundador del Grupo Viernes, cuando éste se encuentra en un primer e importante punto de inflexión, una poesía donde la huella surrealista comienza a trazarse en el sendero de la poética venezolana; cuando empieza a tomar cuerpo con personajes como Ángel Miguel Queremel, José Ramón Medina y el propio Álvarez. En un surrealismo como licencia, como propicio para investigar en lo onírico, lo subconsciente, buscando siempre la articulación de las voces interiores, dentro de un sentir romántico que le da plena libertad de expresar la subjetividad.

Álvarez es un viernista literalmente hablando. Se inicia con Va y ven en 1936 y cuatro años después aparece Soledad contigo en 1940. No trabaja este grupo literario con imágenes imposibles resultado de alucinaciones oníricas, la convocatoria viernista es una gigantesca avanzada hacia lo subjetivo, excluyendo en su totalidad cualquier variante del criollismo en su versión colectivista, dando libertad total a lo subjetivo con una voz propia y americana. Fue exclusivamente poético y hasta puede considerarse como el primer grupo poético estrictamente consolidado con que contó la literatura venezolana del siglo XX, en un momento en que la poesía de Venezuela entra de lleno en la estructura gramatical del romanticismo, con licencias propias del modernismo y algunas ataduras de la retórica clásica. Álvarez mantiene cierta atadura con el clasicismo, pero suavizando el problema fonosemántico con la puntuación y utilizando grupos sintácticos, la coordinación con las conjunciones, y el uso de oraciones subordinadas.

También llegaron a publicar en las páginas de Viernes escritores extranjeros como Rilke, Rimbaud, Novalis, Valery, Hölderlin, Elliot, Blake, Lautréamont, Breton, Reverdy, varios poetas españoles, los chilenos de Mandrágora, los mexicanos de Taller, etc. en un valioso aporte universalista. Llegó a contar entre sus miembros con narradores y críticos venezolanos a partir del número 5 de la revista del grupo.

La angustia, la muerte y la soledad son los argumentos centrales en los poemas de Álvarez. Puede afirmarse que estos tres temas determinan toda su obra.

Vicente Gerbasi, en 1942, escribe el ensayo “Luis Fernando Álvarez y la muerte terrenal”. A Gerbasi le llama poderosamente la atención que el poeta no vislumbra para nada en la muerte una puerta abierta hacia otra vida, donde la esperanza no figura en un “más allá”.

“El más logrado poeta surrealista de Venezuela”. Díaz Seijas.

El poeta y dramaturgo inglés Thomas Lovell Beddoes, el escritor y filósofo alemán Novalis del romanticismo y los poetas malditos franceses Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, son los autores que más influyeron en su escritura.

Sensación de blandura ilimitada,
espuma de los sueños de su alma;
humo de su espíritu, que en espirales lentas
subía hasta mi frente de la hoguera de todas sus entrañas.

Nadie en la poesía venezolana hasta ese momento había rondado la muerte con la obsesión con que lo hizo Álvarez; para el poeta, la muerte es un tema de indagación muy personal y, visto desde una realista lucidez, ve en ella su horror, sin eludirla, y se atreve a interpelarla.

Posteriormente, siguiéndole los pasos a José Antonio Ramos Sucre, escribe poesía en prosa:

Me adhiero a las paredes buscando mi soledad, rencoroso contra mí mismo, odiando a los hombres; cubriéndome, para ocultarme, con todas las puertas, con todos esos periódicos llenos de cáscaras de palabras; con todas las salsas mayonesas con que recubren los fugitivos; debajo de las mesas, entre las patas de las sillas y de los ciempiés; bajo el babero de aquel sacerdote, o de este niño que sueña con los colmillos de grandes elefantes. Huir, huir. Arrancarme de mi pote de tierra. Aventarme en ese viento que acumula cosas dispersas a mis pies; meterme de polizón en la valija diplomática de algún insecto ilustre; sentirme perdido como el paraguas del joven derechista, o como los sesos del moralista estupendo.

Huir. Perderme. He aquí mi vencido pagaré que puedo cancelar.

No debe extrañarnos la reacción y el gran estupor de Vicente Gerbasi ante el asombro que intuía lo nuevo que se gestaba en los poemas de Álvarez; sabía con certeza que eran brillantes sus poemas. Visiones caóticas, acuosas, oníricas, alucinantes, de una deslumbrante capacidad imaginativa, encerrado en su hermético universo poético, sin fisuras ni altibajos:

Su imaginación necrofílica revela un espíritu preocupado por los sucesos de la carne, y su voz, que tiene sonido de huesos, vaga entre los más feos residuos de la muerte, que ella, en su altura, desconoce. Esta terrible enfermedad narcotiza su mundo sensorial. Para él, toda belleza ha desaparecido y sus ojos sólo ven un removido y oscuro panorama de elementos en descomposición dejados por la muerte como es en efecto.

Refleja con dolorosa claridad nuestra terrible experiencia venezolana. La atmósfera de sacrificios y posturas que se respira en su poesía es un espejo preciso de la realidad nacional. Este poeta surge doliente, doliéndose y doliéndonos, de la edad media que fue el régimen de Juan Vicente Gómez.

Vicente Gerbasi

Detrás de todas las puertas y columnas;
a través de los párpados donde el espacio
entrecierra los sueños de los mundos.

“Mucho más que Ramos Sucre, Luis Fernando Álvarez merecía haber sido rescatado del pasado, a la hora de las valoraciones y ejecuciones”. Juan Liscano.

Yo reposé mi noche en el vientre de la muerte,
y mi llama ardiendo en mi costado, crece la espiga del dolor

Poeta impopular y huraño de minoría selecta, Luis Fernando Álvarez es en Venezuela uno de los afortunados cultivadores de esa poesía desesperada e individualista de grupos que nos dejó como herencia la guerra del 14, acontecimiento que según críticos y ensayistas de Europa y América fue el factor determinante de este “nuevo estado de inteligencia”, de esta actitud literaria desconcertante y extraña.

Fernando Cabrices

Debería enterrarte en el aire,
en la hendidura de algún árbol…
O en alguna rendija del cielo

(Va y ven)

El mundo se detiene sobre el agua estancada, y los astros y mis pupilas se llenan de húmedos musgos, en un sumergimiento absoluto de quietismo.

¡La paz! No suena la brisa; ni hay pájaros; no los perros persiguen sus colas. ¡Paz! La nada arropa mi espíritu.

(Portafolio del navío desmantelado)

Y los algodoneros estallan en tu boca
Sus cápsulas de risa,
Con voz opaca y honda,
De ronquera de selva y grita
Mirando morir sus dioses de basalto

(Recital)

 

Obras

  • Retorno a la vida. Recopilación de relatos. 1933.
  • Va y ven. Caracas. Cooperativa de Artes Gráficas. 1936.
  • Vísperas de la muerte. 1937
  • Caracas. Publicación del grupo Viernes. 1939.
  • Portafolio del navío desmantelado. Caracas. Publicación del grupo Viernes. 1940.
  • Soledad contigo. Publicación del grupo Viernes. Escrita en prosa poética, sin verso alguno, ni rima, y riquísimo en imágenes cargadas de implicaciones sociales y políticas. 1940.
  • Negra de raza. Inédito.
  • Con las manos unidas. Inédito.
  • Poeta, nube e hijos. Editorial Elite. 1941.
  • Heredad destruida.

Escritos ensayísticos

  • América ante la guerra. Exhorta al pueblo de América a sacudir su sensibilidad ante las crueles guerras.
  • Conciencia pacífica ante la guerra.
  • Liminar.
  • Publicaciones en la Revista Nacional de Cultura, en los cuadernos literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos, y en la Revista Humanidades de la Universidad de los Andes.
  • Oscuridad de no tenerte. Antología poética. Compilado por el docente e investigador Pausides González. Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. 2015 (35 poemas, 15 textos publicados en prensa y 5 inéditos).

Sin embargo, Luis Fernando Álvarez no logra romper definitivamente la estructura romántica que tanto le atrae, pero sí suavizarla utilizando grupos sintácticos:

Sólo una nube coloca
sobre la punta de la torre su mortaja.

(Vísperas de la muerte)

El poeta Luis Fernando Álvarez crea dentro de una atmósfera existencialmente pesimista:

La ciudad apoya todo su horrible pie sobre mi espíritu.

(…)

Todo va entrando en la maleta de mi alma con prisa de última hora

(Soledad contigo)

En un yo poético violentamente agredido por lo urbano, busca continuamente un escape; a través de la soledad, la evasión de esa abrumadora realidad que lo consume, pero ello es imposible para el poeta; es como él mismo afirmó:

Huir. Perderme. He aquí mi vencido pagaré que no puedo cancelar.

(Soledad contigo)

Luis Fernando Álvarez, sin ninguna referencia contextual, utiliza un yo emisor que nos aparta del autor del poema, y nos conduce al poeta absoluto que objetiviza su poesía y él desaparece detrás del yo intemporal, y se acrecentará la ambigüedad temporal. Ya no habla de su época, de sus tiempos, de sí mismo, de los límites domésticos; su lenguaje se universaliza:

Flotaban sus secretos como rosas sobre su frente,
y yo me reflejaba en sus claridades
en el instante de inclinarse sobre su espejo.

(Va y ven)

Antes de tú nacer, ya eras bosque.
Ya estabas en el pensamiento de las cortezas.
Ya tu oído aprendía en la vibración de las hojas
la música del viento.
Por las raíces de los árboles
iban las fuentes a nutrirse con tus cantos.

(…)

Y se preguntaba el árbol
cómo pudo salir de su costado
ese chorro de resina musical.

(…)

Dos lágrimas de éter
adelgazó la brisa para tus vuelos.

(…)

Debiera enterrarte en el aire;
en la hendidura de algún árbol,
o en alguna rendija del cielo.

(Ceremonias ante la muerte de mi cigarra)

María Cristina Solaeche
Últimas entradas de María Cristina Solaeche (ver todo)