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Poesía y hecatombe: una lectura del poema ¡Boom!, de Ludovico Silva

lunes 26 de marzo de 2018
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Ludovico Silva
Si el poema ¡Boom!, de Ludovico Silva, transmite una verdad, dicha verdad no será más que nuestra verdad construida y resituada por nosotros mismos desde nuestra experiencia histórica y vital.

Platón, en su obra La República, argumenta que los poetas deben ser expulsados de ella, ya que el conocimiento que transmiten es perjudicial para la conformación ideal de la sociedad. En este sentido, creemos pertinente realizarnos unas preguntas fundamentales: ¿cuál es el conocimiento que transmite la poesía y por qué se considera que dicho conocimiento es un peligro? ¿Cuál es su telúrica e incómoda verdad?

Siendo la poesía un acto de revelación, puede ser experimentada y entendida también como un acto de rebelión y sublevación a través del cual se despliega una reflexión profunda en torno al destino del ser humano.  

La poesía, en su sentido más amplio y complejo, es dueña de la trascendente capacidad de ser un reloj que se adelanta y por lo tanto tiene la inmensa virtud, a través de la palabra, de partir desde un mundo concreto hacia otras posibilidades de mundo, es decir, todo poema es fruto de una conciencia que se proyecta hacia al futuro y que en consecuencia tiene la posibilidad de imaginarlo y hacerlo real desde una experiencia límite con el lenguaje y la vida, partiendo de la idea esencial de que todo lenguaje, en su configuración más enigmática, es generador de realidades.

En el caso concreto de la poesía podríamos inferir que dicho lenguaje no solamente es generador de realidades posibles, sino también que actúa como elemento revelador de los signos ocultos que nos acontecen y que al mismo tiempo nos determinan. En este sentido, asumimos que la acción reveladora de la poesía se hace manifiesta en su pulsión desmitificadora de lo real, ya que a través de “un lenguaje nuevo” (Gadamer, 1995: 33) suele muchas veces quebrar las ideas preestablecidas por una civilización enferma y decadente.

Por lo tanto, siendo la poesía un acto de revelación, puede ser experimentada y entendida también como un acto de rebelión y sublevación a través del cual se despliega una reflexión profunda en torno al destino del ser humano y su relación con la existencia, ya que es por medio de ella que “nos amanece el mundo, que el mundo se hace claro y distinto en toda su diferencia y diferenciación” (Gadamer, 1995: 33).

Es entonces, en este amanecer del lenguaje, donde subyacen el peligro y la verdad de la poesía. Dicho amanecer nos invita al despertar de una nueva conciencia, que es al mismo tiempo conciencia de la existencia y conciencia de lo humano, conciencia de la maravilla y conciencia del horror; por consiguiente, es el poeta, ser visionario y acechado por imágenes terribles, quien tiene la titánica tarea de traducir a un lenguaje único ese mensaje que le es dado de otros tiempos y que muchas veces nos asombra y estremece.

Ahora bien, en el poema ¡Boom! (1965), de Ludovico Silva, las ideas planteadas anteriormente encuentran una justificación taxativa, ya que es un texto donde la conciencia existencial del poeta plasma, desde la experiencia terrible de la hecatombe y la desintegración, la imagen futura de la humanidad; es decir, el poema prefigura un universo signado por la destrucción y el caos de una civilización que fundó las bases de su porvenir en la fuerza amoral del dinero y el poder y por lo tanto, ahora, no le ha quedado otra salida que ver con asombro, desesperación y resignación, cómo esos mismos poderes que dominaron su voluntad a través de la razón científica, económica y el dogma cristiano, la destruyen con sus propios inventos:

VEO montes que avanzan enloquecidos
ciudades que se descuelgan de su propia historia
y caen como ollas
atarantadas contra el piso de la humanidad,
(…)
y
BOOM!!!
revienta Cabo Kennedy
y
BOOM!!!
revienta el Asia.
VEO también los mares
envenenados
subiendo hasta los ojos de los hombres
EL MAR
el mar que rompe en dólares
llegando al cuello de la humanidad
moviéndola en arrozales de tedio
estrujándole cancillerías en los ojos
doliendo, qué sé yo,
COMO UNA MUERTE INTERMINABLE (Ludovico Silva, 2017: 175, 176).

Los fragmentos anteriores obedecen al inicio del poema. En una primera instancia, específicamente en la primera estrofa, el texto, a través de la voz poética, la cual actúa como testigo atónito del caos que se inicia, nos sumerge de un solo golpe en un universo poético marcado por la violencia, la desintegración, el estruendo ensordecedor y el dolor. Dichos elementos, que constituyen esta atmósfera desintegradora, se configuran desde la humanización de la naturaleza, la cual cobra vida a través del lenguaje para arrasar todo lo que encuentra a su paso, marcando un ritmo donde las palabras recrean una angustiosa sensación de descenso y toda la historia de la humanidad empieza a convertirse en ruinas.

En nombre de la fe cristiana se han levantado y caído imperios, se han cometido los crímenes más atroces y se han llevado a cabo los actos de dominación más crueles.  

Así mismo, en la secuencia de los acontecimientos del poema, somos testigos, a través del testimonio apocalíptico que nos traduce el poeta, de cómo la explosión nuclear comienza su estrago desaforado y destruye símbolos de la geografía de la Tierra que hasta ese instante, cuando todo empieza a reventar, se creían indestructibles. Por otro lado, la imagen del mar embravecido e infecto, que se despliega monstruosamente en toda su inmensidad, nos remite, desde nuestra perspectiva, a la idea bíblica de aquellas civilizaciones que fueron destruidas por Dios gracias al pecado y la abyección. La destrucción, entonces, es la partitura que sostiene al poema desde la idea de cómo la humanidad es víctima de sí misma y al mismo tiempo se encuentra indefensa y desesperanzada ante los poderes desconocidos que rigen su destino.

Cuando se cae un muro de Dios
cuando revienta un Empire State Building
todos los hombres se paralizan
y quedan moviendo tan sólo la cabeza
alocadamente
en una movilidad total de tiempo;
cuando se cae Dios
los muros cantan
se lanzan al vacío
matan hombres
rompen la historia
(…)
los dólares persiguen a Dios
aterrizan bombarderos
sobre su inmenso pecho de tierra
(…)
cruzan como cazas veloces
por la oscuridad de la historia
 tumbando catedrales, ahorcando estatuas
¡y metralla en la boca de las centurias!
¡y cañones mirando a las estrellas! (Ludovico Silva, 2017: 176, 177).

Dos símbolos fundamentales de la civilización occidental constituyen la esencia de los fragmentos citados. Por un lado Dios como símbolo del dogma cristiano y por otro el Empire State Building, ícono del mundo financiero. Dichos símbolos condensan la historia de la humanidad, porque desde que el ser humano habita la tierra su existencia ha estado sujeta a los designios de dichos poderes. En nombre de la fe cristiana se han levantado y caído imperios, se han cometido los crímenes más atroces y se han llevado a cabo los actos de dominación más crueles que podamos imaginar, en otras palabras, la fe cristiana ha actuado a lo largo de la historia como verdugo de la humanidad y por otra parte, la mano invisible del mercado, prefigurada en su seductora imagen de confort y bienestar, ha creado las condiciones claves para que el ser humano se desublimice y reduzca su experiencia vital a ser sólo una máquina de producción y consumo.

Ahora bien, dichos símbolos dentro del poema caen y revientan uno detrás del otro, son parte de una historia imperial que ha llegado a su catastrófico fin. Ambos se persiguen buscando una respuesta ante el asombro de ver sus dominios en ruinas. Es decir, Dios ha caído con todas sus instituciones dominantes y la fe ya no es más que escombros en un mundo donde reina la desolación, así mismo los símbolos del imperio económico, sus instituciones y sus monedas, corren enloquecidos destruyendo lo poco que aún permanece de pie y ante esta imagen caótica persiste la mirada enloquecida y estupefacta de los hombres, quienes entre perplejos y resignados pasan a formar parte de un tiempo estático e indefinido.

En mi Refugio Atómico
humanista yo, vertebrado
compuesto no de huesos, de ciclámenes
jamás inscrito
Exploto:
hoy es cosa de voltios
razón amperimétrica
el universo esférico
no es más que un ojo colgando de un cable,
atravesado por la vida
y la vida atravesada de amperios
(…)
Y todo lo que fue seguirá siendo
mientras una célula viva (Ludovico Silva, 2017: 178).

El fragmento anterior, percibimos, metaforiza la teoría del Big Bang y la idea de que todo lo que existe sobre la tierra es energía, y al mismo tiempo devela una idea implícita dentro del poema: no son las bombas nucleares o atómicas lo que destruirá al mundo, es el mismo universo que ha de explotar y acabará con todo.

Cuando de arte se trata, la verdad es un territorio minado por la incertidumbre; de ahí que buscar la verdad desde la razón objetiva, en una obra de arte, sea casi una tarea signada por la imposibilidad.  

Por consiguiente, el poeta se guarece en un ámbito atómico y al mismo tiempo se eleva sobre el caos que reina en el poema para dar testimonio futuro. Se declara así mismo como energía trascendente que se dispersa en el cosmos, pero que después de la destrucción ha de permanecer para continuar la vida, es decir, la conciencia del poeta y de la poesía se configuran dentro del poema como generadoras de un mundo nuevo, ya que poseen la capacidad de transformarse; en otras palabras, la poesía, y el poeta como su único hacedor, son energía infinita.

Este es el último vals
El bombardeo definitivo
La luz miserable que no alumbra
La última cuchara recogiendo hambre (Ludovico Silva, 2017: 182).

Esta última estrofa es la conclusión del poema. Percibimos en ella un elemento contradictorio, y es que la voz poética califica la explosión que extermina a la humanidad como una música, es decir, un elemento sublime es lo que destruye a la civilización. Sin embargo, cabe destacar que es en este tipo de construcciones metafóricas donde reside el enigma del lenguaje poético, ya que, en el transcurso del poema, toda la destrucción de la que hemos sido testigos no es más que una destrucción que se prefigura como una visión aterradora y no como un acontecimiento fáctico. Por lo tanto, cuando el poeta establece los vínculos entre el vals y la explosión lo que está tratando de condensar es la idea del poema como un canto futuro; en otras palabras, el poema como testimonio de un tiempo venidero en el que lo único que ha de quedar será piedra sobre piedra, y un tiempo infinitamente desolado ante una luz radioactiva que termina propagándose por toda la Tierra de forma ignominiosa y terrible.

Ahora bien, cuál es la telúrica verdad que estos fragmentos transmiten más allá de su evidente alusión a la hecatombe. Cuáles son sus sentidos ocultos. En primer lugar creemos que es pertinente, para responder dichas preguntas, partir de la siguiente idea planteada por Gadamer (2003): “La verdad de la obra muchas veces no es la verdad del autor y viceversa, y muchas veces la verdad del interpretante tampoco alcanza a la verdad de los dos primeros” (p. 476).

En este sentido, señalamos que, cuando de arte se trata, la verdad es un territorio minado por la incertidumbre; de ahí que buscar la verdad desde la razón objetiva, en una obra de arte, sea casi una tarea signada por la imposibilidad, ya que toda obra de arte es dueña de una voz, pero esta voz habla de forma distinta según la situación y el interpretante; por lo tanto, la verdad de la obra puede ser infinita aun cuando sus estructuras sígnicas se mantengan en el tiempo, debido a que dichas estructuras obedecen a un carácter diacrónico y suelen evolucionar, o como señala Gadamer (2004): “El lenguaje poético nos coloca ante dificilísimos problemas. No todas las dicciones son poéticamente posibles en todas las épocas” (p. 128).

Por consiguiente, si el poema ¡Boom! transmite una verdad, dicha verdad no será más que nuestra verdad construida y resituada por nosotros mismos desde nuestra experiencia histórica y vital. En este sentido, afirmamos que dicho poema condensa todas las obsesiones y preocupaciones que se generaron en la humanidad luego de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, y que encontraron su nivel máximo con el inicio de la Guerra Fría. Por otro lado, este poema revela una profunda y compleja crítica a la razón científica o al uso de la ciencia en detrimento de la humanidad. Dicha crítica se hace explícita en los símbolos que aluden dentro del poema a la carrera nuclear, a las instituciones financieras y por otro lado al papel del dogma cristiano.

En síntesis, el poema ¡Boom! es un canto desgarrado que explota en sí mismo y que emerge desde una conciencia poética en conflicto con su época; por otro lado, es un poema que se prefigura, como toda la gran literatura, como una visión hacia adelante respecto al destino incierto de la humanidad; en este sentido, su gran verdad, desde nuestra mirada, reside en su peligrosa virtud de mostrar ese otro lado monstruoso que se esconde en el supuesto progreso pregonado por los sistemas políticos e ideológicos que han regido toda la historia de la humanidad y que han encontrado su justificación en cada invasión y en cada bomba que en nombre de la paz y el bienestar ha explotado y desolado al mundo.

 

Referencias bibliográficas

  • Gadamer, Hans George (1995). El giro hermenéutico. Cátedra. España.
    (2011). El problema de la conciencia histórica. Editorial Tecnos. Madrid, España.
    (2004). Poema y diálogo. Gedisa Editorial. España.
    (2003). Verdad y Método I. Ediciones Sígueme. Salamanca. España.
  • Silva, Ludovico (2017). Ópera poética I. Fondo Editorial Fundarte. Caracas. Venezuela.
Eduardo Pepper
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