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La importancia de la educación artística en la construcción de un nuevo mundo

lunes 4 de mayo de 2020
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La importancia de la educación artística en la construcción de un nuevo mundo, por Adriano de San Martín
La educación es fundamental, especialmente la artística por su capacidad de sensibilizar y abrir los sentidos y la mente a procesos de creatividad, vivencia y disfrute, tanto de lo natural como de lo humano.

Investigadores, especialistas, políticos, pensadores, funcionarios y analistas de todas las tendencias y procedencias intentan, con su propuestas, dar respuesta a la crisis global que enfrentamos dadas las circunstancias de la pandemia, crisis que sin duda se nos presenta como crisis civilizatoria del actual sistema capitalista. También apuestan a imaginar y diseñar múltiples escenarios pospandemia. Algunos de ellos son dantescos, otros más o menos paradisiacos; es la clásica tensión entre utopía y distopía.

La mayor pandemia que hemos venido padeciendo históricamente es el hambre masiva.

Dentro de los escenarios y propuestas más sensatas están las que apuntan hacia un rescate y fortalecimiento del estado social de derecho y de la democracia como una construcción más colectiva y participativa, con altos índices de equidad y justicia social y con instituciones públicas robustas y sostenibles en las áreas de la salud, la seguridad social, la educación y la cultura; todo ello dentro de un espacio internacional más colaborativo con una activa diplomacia de cooperación y solidaridad mancomunada en un mundo diverso, multi y pluricultural.

Lo dicho: a todas luces es lo sensato, lo cual no quiere decir que será fácil y que todos estemos en la misma sintonía. Las élites empresariales, financieras y militares que se han enriquecido con el modelo neoliberal, ciertamente no estarían muy de acuerdo. Lo mismo que muchas de las potencias económicas que se han rendido al gran dios del mercado y de la especulación global a partir del control de la ciencia y el conocimiento, así como de las materias primas y el crédito del planeta. Igual sucede con estados periféricos cuyas élites ejercen el narconegocio y la violencia como empresa, cuyos réditos son indispensables para sus ominosos estilos de vida y para el mantenimiento del poder local, las más de las veces impuesto por las mismas potencias, por tanto ilegal, despótico, criminal.

A lo anterior debe sumársele la masiva enajenación de las multitudes que han sido intoxicadas a través de sofisticados aparatos de control político e ideológico, los cuales se expresan a través de instituciones cooptadas y corruptas, los grandes consorcios comerciales de la noticia, el entretenimiento liviano (industrias culturales) y la religión como descarado negocio, muy de la mano con los narcoestados y sus oprobiosas redes de distribución y legitimación de capitales. Ello propicia profundas inequidades y un mundo polarizado donde una minoría disfruta de todas las riquezas y una gran mayoría se debate entre la desposesión, la neoesclavitud, la pobreza y la miseria, además de la manipulación cínica en términos electorales y de apaciguamiento social, cuando no de la represión directa. De tal modo que la mayor pandemia que hemos venido padeciendo históricamente sea el hambre masiva, acompañada de la violencia estructural y de la guerra en todas sus perversas formas y gradaciones. Así, es claro que las epidemias y enfermedades quienes las sufren siempre son los pobres, los “desheredados de la tierra”. La pandemia, tal y como lo señaló, con franca lucidez, el filósofo costarricense de origen argentino Roberto Fragomeno, es política.

Como se observa, un cambio radical en el actual modo de producción y en su intrincada estructura de poderes fácticos es todo un reto a nivel mundial. Sin embargo, a partir de la crisis y de las macabras escenas que nos ha tocado presenciar por las redes sociales y la televisión, además del trabajo sostenido por miles de personas, organizaciones e instituciones, la conciencia de un cambio hacia una sociedad superior y más humana es perceptible. Hay una atmósfera de época donde el leitmotiv parece ser: o cambiamos o perecemos. Hay plena conciencia de que, sin una transformación en todos los niveles, la salvación de la humanidad será imposible. Es el resultado no sólo del golpe emocional y mental que nos ha tocado encajar, sino de una tradición milenaria y silenciosa de saberes y quehaceres subalternos y nómadas, los cuales buscan el desarrollo espiritual de la especie para poder acceder a niveles superiores de convivencia.

Para apuntalar esa conciencia universal la educación es fundamental, especialmente la artística por su capacidad de sensibilizar y abrir los sentidos y la mente a procesos de creatividad, vivencia y disfrute, tanto de lo natural como de lo humano (que están intrínsecamente unidos), para alcanzar mayores niveles espirituales y cósmicos. Se precisa, claro está, de un giro epistemológico y de una renovación radical de contenidos y metodologías en el sistema educativo en todos sus niveles, especialmente en el pre y el escolar donde el énfasis debe ser sustancial, que pondere y cualifique el mismo proceso desde la creatividad, la sensibilidad y la búsqueda de la armonía a través de la meditación, la reflexión y la práctica de diversos quehaceres artísticos. Será fundamental, por supuesto, el rescate y potenciación de la educación pública como una responsabilidad social y estratégica del Estado para diseñar un modelo mucho más humanista, decolonial, espiritual, sensible y cósmico desde diversas tradiciones artísticas y filosóficas que coloquen la creatividad y la sensibilidad del ser humano como elementos sine qua non.

El reto está planteado y es proteico sin duda. Debemos enfocarnos hacia su consecución.

Una educación de ese tipo no sólo propiciará un ser humano más sensible, armónico y solidario, sino mucho más proclive a la vida interior y a la salud integral en todos sus planos y estilos de vida, por tanto, con una conciencia más elevada, tanto acerca de sus derechos como de sus deberes consigo mismo y con los demás. Se aprovecharían de manera mucho más orgánica todas las potencialidades del ser humano en su expresión diversa, multi y pluricultural, de tal modo que muchas de las posibilidades, fortalezas y destrezas que poseemos y que han sido reprimidas por sistemas educativos jerárquicos, autoritarios, represivos, memoristas, tecnocráticos y competitivos, se desarrollen en un marco idóneo de formación integral y estética con una visión plena y auténticamente espiritual, es decir, más humana en tanto se conecte con las ondas y vibraciones de la gran conciencia pluriversal.

El reto está planteado y es proteico sin duda. Debemos enfocarnos hacia su consecución para que la gran mentalidad planetaria y cósmica pueda realizar el giro que tanto precisamos, de forma tal que logremos dar el salto cualitativo, como especie en conjunto con las que nos permiten la convivencia, hacia formas superiores y más elaboradas de creación individual y colectiva, de construcción de sociedades justas, armoniosas, fraternas, equitativas.

Adriano de San Martín

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