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Vigilia, de Adriano de San Martín
(selección)

viernes 21 de julio de 2023
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Rebautismo

Me llamaré locura.

Descarrilaré los trenes
que raudos cruzan
repletos de cadáveres.

Me daré
con esta piedra
por el hígado.

Mis pulmones
serán olas tumultuosas
que alcancen la luz de tus ojos,
la voracidad de tu cuerpo.

Me llenaré de amor.

Portaré todos los dolores
acumulados
y esparcidos por el mundo.

 

“Vigilia”, de Adriano de San Martín
Vigilia, de Adriano de San Martín (Arlekín, 2021). Disponible en la web de la editorial

Vigilia
Adriano de San Martín
Poesía
Editorial Arlekín
San José (Costa Rica), 2021
ISBN: 978-9968-681-90-2
71 páginas

Los pollitos

A Manrique

Recuerdo aquella silla de ruedas, mejor dicho, aquel carretón celeste de madera artesanal. Así le llamaste, o le llamamos: Los pollitos. Tal vez porque sus ruedas, a falta de aceite, chirriaban como polluelos recién nacidos. Recuerdo bien cómo te paseábamos, corríamos y saltábamos por el amplio patio de la casa en Marsella. O por los polvazales de su única calle.

Abuelo en especial porque te consentía. Nos cortaba el cabello. Y alertaba a padre y madre sobre las huellas frescas de jaguares o pumas. Cuando murió te visitaba por las noches. No asustaba. Platicaban ustedes. Se lo contaste a mamá. Y mamá te creía. Yo también pues soñaba con el abuelo Chofo de brazos cruzados tendido sobre el amplio mostrador de la pulpería. Allí murió mientras padre andaba de compras en la capital.

Descansábamos de juegos y correrías cuando llovía y llovía. Desde la ventana contemplábamos los largos aguaceros y los relámpagos. Las bestias empapadas, tristes, cabizbajas. Madre encorvada en la singer, o alrededor de velas, canfineras, lámparas de gas, o del fogón y cocina de leña, nos aleccionaba con cuentos de sombras y aparecidos.

Más tarde llegaron el metal y el caucho. ¿En Venecia? No, ya en Villa Quesada. Donación de la Caja del Seguro, mejor dicho, derecho aplicado por el nuevo estado solidario. Y entonces la movilidad era mayor. En el barrio San Roque. O en el centro de la ciudad. En aquella casa donde sí asustaban. En el segundo piso aparecían los fantasmas. Quizás ex combatientes del cuarenta y ocho. Tal vez ánimas del barrio perdidas en sus aniversarios. O en la amplia casa de madera verde. Y luego en el barrio San Antonio, o por el acantilado hacia el río que bordeaba el plantel municipal. Y en el barrio Baltazar Quesada. Allí las glorias de las orquídeas de madre.

Y siempre el olor a pan recién horneado. El cloquear de las gallinas. El galope lejano y los mugidos. Los árboles de toronja y naranja agria. Los perros collie, pekinés y Barón, el pastor alemán jugueteando con tu silla, halándola y ladrándole. Igual Daga allá en Marsella con la pandilla de hermanos y vecinos cuando se jugaba la puntual mejenga con toronjas o vejigas de chancho. Abuela despotricando y colocándonos apodos. O insultando a los vecinos. Practicando apuestas con nuestros puños. O haciendo de celestina con algunas primas. Y más sustos: llovía ropa blanca de los techos o del cielo.

Luego mi partida. Los estudios. La guerra. Los llantos. La sangrante selva de la guerrilla. Los países lejanos. Y seguir la ruta cuando los años nos sobrepasen. Porque no hay nada mejor que gastar los días en abrazos, despedidas y reencuentros.

Las naranjas ya están maduras. Las toronjas caen cual enormes manzanas de agua o mangos. Nos envuelve la niebla por la ciudad cuajada de silencios, nave extraña donde el espanto es de otro tipo pues escuchamos, allá lejos, muy lejos, por lodazales y polvaredas, el chirrido perenne de unas ruedas de madera sin aceite como garúa, pelo de gato, triste melodía en tocadiscos o fantasmal carreta sin bueyes.

 

Vale

Que nos conocimos una tarde
y probamos el café, el vino, el insomnio.

Que contemplamos la luna, las estrellas, el lago.
Y nos traspasaron el viento, el invierno, el mar

que nos acarició, el sol, la sombra del árbol.
Y tuvimos miedo, pero reímos frente a frente.

Que nos dimos la mano, nos abrazamos,
caminamos, volamos y nos fuimos al sueño,

despertamos juntos, nos desayunamos y partimos.

Vale que nos amamos.

 

Poedesamor

He perdido un amor que me recuerda
el poema que extravié en alguna parte
de Europa o de América, no lo recuerdo bien
si fue en un avión o fue en un tren.

Lo cierto es que este amor se perdió de golpe
con una llamada telefónica, mejor dicho
del messenger, para, sin agua va, decirme
que no aceptaba mi proposición de regresar

a la relación que habíamos roto recién;
en mejor castellano, que ella había roto.
Y es una verdadera lástima porque el poema
perdido hablaba un poco de esto y de aquello,

es decir, de esos amores rotos en poemas sueltos
o perdidos debido a otros amores. En todo caso
ahora hay una suerte de niebla en la ciudad
y no estoy tan seguro de haberlo perdido,

el amor en un tren, o el poema en un avión.

 

Estás

Cada mañana a mi lado
como la ventana que no se abre,
la puerta condenada.

Eres mi aire necesario,
la gota de luz que invita
a navegar el día.

Estás conmigo
a fuerza de este dolor
que me baña y me limpia

con su esplendente dominio.
Estás porque tu ausencia
es tan fuerte

que no te deja marchar.

 

Primavera Josefina

Es la floración de la ciudad.
El ámbar rosa de los robles de sabana,
el violeta ecuménico de los jacarandá,
el breve escarlata de los poró,
la explosión amarilla de los cortezas.

El viento alborota cabelleras, enaguas
y vestidos. La fragancia de los jardines,
el resplandor de un sol que por las tardes
acuarelea con óleos el amplio y azul lienzo del cielo.

Todos sonríen y pasan presurosos.
Las mujeres rebozan eros y esperanza.
Es la temporada del amor.

Yo observo. Deambulo. Disfruto.

 

Rasputín

Aquel campesino gigante de Siberia que dominaba
la corte, las cortesanas y a la esposa de Nicolás II,
la zarina de origen alemán, Alejandra. Fuerte.
Desquiciada. Chamánica. Depredadora erótica. Brutal.

Por ello siempre asistimos a la última cena de pastas y vinos
la madrugada de aquel 17 de diciembre de 1916 en el sótano
del palacio del canal Moika donde el príncipe Félix Yusupov
realizara el primero de los disparos. El Príncipe travesti

había colocado veneno tanto en las pastas como en la bebida
que ingirió el auténtico Chamán y, como al cabo de varias horas
continuaba sin surtir efecto, subió por la pistola que habían
preparado sus compañeros de conspiración. Luego de ser abatido

por Yusupov, el místico “resucitó”, subió las escaleras al galope
y tomó por la garganta al príncipe, pero fue disuadido por la Browning
de Purishkévich. Trató entonces de huir por el jardín cubierto de nieve
y recibió una bala en el hombro. Su matador, estando ya en el suelo,

lo remató en el centro de la cabeza. Murió por ahogamiento bajo
las gruesas láminas de hielo del Neva. Fue, ayer como siempre,
la lucha titánica contra un ser popular y místico, superdotado y,
por ello, considerado sobrenatural, con poderes endemoniados.

 

Poema de invierno

Si nunca has visto caer la nieve
en un bosque de abedules
no entenderás las palabras
enredándose en la sangre.

Aunque es seguro que has visto
caer la lluvia un día soleado
en un bosque de laureles o jaúles.

Así, la luz se transparenta
en tus huesos como lluvia
vibrante cuerpo adentro.

O la realidad te atraviesa
como una bala donde navegas
sobre un ancho río de nieblas.

 

Visitar los cementerios

Pasar mucho tiempo en ellos
fue el buen consejo de don Martín
para conversar con los difuntos
sobre nuestro ser hacia a la muerte.

Los camposantos, enormes museos,
antiguos campos de concentración,
fosas comunes, vertedores de basura,
ríos hasta donde llegó la sangre.

Y las academias, las fábricas,
las estaciones de policía, los bares,
las bases militares, los hospitales,
las morgues, los parlamentos, los tribunales.

Es bueno, Herr Martín, es bueno.
Pues no basta con la simple exposición
a las obras de arte para saber por qué
estamos vivos y no en los cementerios.

 

Paul

Se fuga desde su fuga
con el trajín del ferrocarril y la espuma.
Canta a una mujer en la sombra.
A dos mujeres canta.
Y llama la atención a dos filósofos
que no comprenden la muerte
en las estancias del ser sin tiempo.

Por eso rememora a su madre
como un abedul con un balazo en la nuca
y a su padre en los estertores del invierno.

Sabe que lo persiguen los clásicos alemanes
en cinco idiomas y el Maestro
que ha traicionado a la historia y sus semejantes.

El cielo queda muy lejos.
Por eso acude puntual al Mirabeau
para zambullirse con lentitud
por las corrientes oscuras de la poesía
en busca del barquero que no aparece.

Todavía bebemos la negra leche del alba cada atardecer.

Bebemos y bebemos…

 

Camilo

Cada año el mar enrojece
a orilla de los malecones.

Cientos de personas acuden
al florilegio de la memoria
para exorcizar el avión fantasma
que nos birlara tu alta figura:
agraciado muchacho de pueblo
con atuendo de hippie, trocado
por el desprolijo verde olivo
de la vanguardia, casi inapropiado
para un guerrillero heroico.

 

Contrarreforma metropolitana

San José es una ciudad de un millón
de cadáveres pudriéndose, según
las últimas estadísticas. Una ciudad
de cuatrocientos sesenta y cinco kilómetros
cuadrados de zona urbana continua,
lo que agrega un millón de cadáveres más.
Con un gobierno reaccionario, un búnker
parlamentario, turismo desvanecido
y las olas del pavimento en crecimiento.
Perdió huertos y rosaledas, su contento
de tacita de plata y la benevolencia sepultada
en cerros de casas desbocadas por tugurios de lata.

San José es un millón de ciudades pudriéndose
en el espejo de cada habitante, en la blasfemia
del viento por cantinas y hospitales todas las tardes.

Adriano de San Martín
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