“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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David Cortés Cabán y la rosa silvestre de la racionalidad

viernes 11 de junio de 2021
David Cortés Cabán
David Cortés Cabán es uno de los creadores más entrañablemente líricos de Puerto Rico.

Márcase en este natural cultivador de la poesía un predominio de la imagen (lo estético) sobre el tejido semántico del poema y su carpintería. Esto quiere decir que, de surgir un momento de indecisión entre la búsqueda del sentido o la técnica mejor labrada, y el arte, el poeta se ha de decantar siempre por la soberanía de la expresión, aunque el lector quede aturdido.

Un mismo hilo marca la trayectoria de este importante poeta nuestro, desde su salida a escena en 1981 hasta el ahora que ya acaba de irse. La suya es una poética de la continuidad, ajena a las más escandalosas rupturas. No obstante, hay amagos y sesgos diferenciadores que se dejan escuchar aquí y allá.

Entre 1990 (Una hora antes) y 1999 (El libro de los regresos) pareciera producirse un leve cambio en la poética del arecibeño (Arecibo, Puerto Rico, 1952). A lo mejor se trató de un esguince que no tenía la pretensión de ser protagónico. Leyendo el sutil cambio al que hacemos alusión, observamos que la imagen (que es el fuerte del poeta) pierde su algo de intensidad lírica como si quisiera buscar, por primera vez, un reacomodo en el decir —un poquito más cercano a la prosa—, pero sin soltar del todo las amarras que le ofrecieron seguridad a sus primeros libros.

En la ya casi nueva poética cortesiana, la metáfora se abre a las entendederas del distraído lector mucho más que en sus libros anteriores.

La ilusión se desvanece al instante. Los de El libro de los regresos no son poemas en prosa, aunque un ademán clarísimo hacia ese norte se atestigua en una buena suma de ellos. ¿Prevalecerá esta sutil intención exploratoria en las próximas entregas del poeta, o regresará escarmentado a la caverna o vientre tutelar donde siente la generosa tibieza que le otorga seguridad?

En la ya casi nueva poética cortesiana, la metáfora se abre a las entendederas del distraído lector mucho más que en sus libros anteriores, aunque un algo del misterio del cuadro comience a resentirse de una pérdida. Pero así es la poesía, aunque cada poeta evolucione de distinto modo, siguiendo sin embargo (básicamente) dos coordenadas: su propio ritmo interno, y la presión que sobre su escritura van dictando las voces de los tiempos. Esto quiere decir que no todas las rupturas, ni todos los regresos, son iguales.

Alcanzado casi la mitad del cuaderno de los regresos, con los poemas XVI, XVII y, especialmente, el XVIII, la intensidad lírica vuelve por sus fueros para recuperar su antigua altura, sobrepasándola en claror existencial:

No vayas isla a casa de porfías ni a casa de envidias
no toques a la puerta de los que te venden cada día
Habita en mí corre conmigo por esta extraña ciudad
toma la sangre que te pertenece
no me dejes en este lugar.

De aquí en adelante, los de El libro de los regresos son poemas de una belleza dolorida y anónima, haciendo de Cortés Cabán uno de los creadores más entrañablemente líricos de nuestra historia. Con su giro imaginario hacia la prosa, o sin él, en este libro viven dos o tres de los poemas más antológicos de este autor. ¿Coincidencia o causalidad? Los mejores textos del volumen están dedicados a amigos de recia quemadura, como el ya citado (a Orlando José Hernández), o el XXVII, a la memoria de un alumno, condiscípulo suyo, cuya perversa imaginación no cabía en el pupitre: Armando Padín (“…y usted en la recámara a punto de ser sacrificado / como un padre que no quiere otro hijo”).

¿Qué viene después de los regresos?

Ritual de pájaros (2004) es una antología de los cuatro libros anteriores del autor, más una adenda inédita (que debería publicarse también como cuaderno independiente). Con sabiduría matemática, el propio autor va guardando las monedas en esta alcancía valiosa. Véase aquí la pirámide invertida. Del primer poemario de silencios, su hacedor rescata tres poemas. Del segundo (los silencios detrás de las palabras), salva seis. De la hora antes del silencio, que es el mejor de sus primeros tres libros, se queda con ocho. Y de El libro de los regresos, el autor selecciona diez trabajos.

Se verá en la escogencia referida la progresión aritmética (3-6-8-10), que corresponde bastante bien a un crecimiento cualitativo cada vez más sostenido de esa voz. El libro que le da título a la antología, aunque entra completito al baile, sale un tanto perjudicado en el conteo final. Como está allí sentado en bloque, el lector quizás no lo singularice y vea con el detenimiento que ve los poemas escogidos que lo preceden. Por eso insistimos en que Ritual de pájaros debería publicarse como entrega autónoma, a la vez que —con otro título— se avanza hacia una nueva antología que contenga varios textos de Ritual, así como de Islas y de Lugar sin fin, sus poemarios posteriores a Ritual.

Los de Ritual (como, en general, todas las creaciones de Cortés Cabán) no son ejercicios cogitantes de un saber poético. No son metapoesía. Son revelaciones escritas por una mano que está a punto de despertar a otra irrealidad, tan hermosa o perversa como la anterior:

fueron días de grandes fiestas y profundas melodías
más de una vez llegué sin decir palabras
y miré la terrible hermosura
cuerpos como estrellas fugaces y lunas silenciosas (121)

¿Es Cortés un poeta que sueña con los ojos abiertos? Las apuestas se abren. Hemos sospechado aquí que no, y con esta apuesta nos rifamos el esqueleto. (El ganador tiene la opción de rechazar el premio). Cortés es un niño-poeta que va descalzo detrás de una mariposa cuyo aleteo alumbra más que un sol. Malvada y subversiva mariposa que ha venido enhoramala a interrumpir el unánime reinado de la sombra.

Fusión de sentimiento y formas preacordadas (o de rebelión contra éstas), la poesía es una manera de soñar en la vigilia o hablar en el sueño con alguien que sospechamos o entrevemos, pero de cuya identidad cambiante tampoco estamos demasiado seguros. La poesía no es, en este hacedor, un producto premeditado de la voluntad. Su poesía emana y fluye, se siente acontecer como el murmullo de un arroyo de vidrio que huyera entre la azulina nochedumbre de las matas.

Cada poema de Cortés Cabán se sostiene por el tono y la fuerza de una cierta cosecha de imágenes libres que van apareciendo de improviso.

En Cortés Cabán el poema no es el resultado final de una deducción cartesiana demostrable. Un silogismo. Es un salto onírico, afectivo, ejecutado con poderes o facultades prelógicas, que se sirve con astucia del auxilio de la técnica (sin mucho alarde) para hacer sentir su diminuto asombro.

Pero ¿qué algo o qué nada es la poesía? El poema es un monumento de aire, muy anterior al tratado de filosofía. Por caminos de lógica y reflexión el animal humano llegó en el alba de la historia al discurrir más lúcido, tiempo después de haberse apropiado del alfabeto. Pero presintiendo la vibración intraducible del cosmos, milenios antes ya la parentela de nuestra especie sapiens había descubierto la poesía, la forma más antigua de expresar un algo de la perplejidad que nos sigue golpeando desde el profundo e impenetrable misterio.

Cada poema de Cortés Cabán se sostiene por el tono y la fuerza de una cierta cosecha de imágenes libres que van apareciendo de improviso, no por la coherencia exterior a la que nos tiene (mal) acostumbrados la gramática. Sus poemas son cuadros sin marcos. En ellos, la pintura sigue corriéndose por la pared, proyectando nuevas posibilidades de lectura que no estaban en el cuadro original. Una incoherencia superior al orden formal parecería funcionar aquí como un segundo “yo” poético, una sombra crucial que es en última instancia de una clarividente coherencia, superior a toda racionalidad dos más dos, silogística.

Lo que acabamos de decir es más afín a su primer libro, Poemas y otros silencios (1981). Sin embargo, en libros suyos de madurez más ajustada, como Islas (2011), este rasgo de su personalidad poética continúa apareciendo de cuando en cuando.

Veamos lo que acontece en el interior de uno de sus textos de aquel volumen. El poema en el que nos detendremos un minuto se titula “Isla asediada” (23). Se trata de una composición enigmática y confusa, como es la realidad, como lo son las innumerables pesadillas que con ratas y catástrofes nos acechan.

Enumeremos algunos detalles del cuadro “Isla asediada”. Hay un pez muerto en la arena, una bahía (que resulta ser la de Guánica), y unos soldados que desembarcan (que no desembocan, como dice la errata en el cuaderno). Y hay un alguien (no sabemos quién, ya que el yo de un poema es engañoso) que grita en primera persona, como un loco.

¿Se trata de la invasión por Guánica efectuada por el ejército de la república de los EEUU en 1898? Eso parecería, pero el sudor empaña nuestros binoculares. ¿A quiénes les grita el loco, interpelándolos sólo con el apelativo de “señores”: a los soldados invasores, o a los lugareños que —quizás— veían con indiferencia o callada alegría el desembarco? ¿Y qué solicitan los gritos del loco?

El vacío se apodera de nosotros. La confusión se hace mayor con dos versos distantes uno del otro que hablan del frío en los ojos y de la nieve filosa. Lo del frío pudiera ser un modo de describir la crueldad robótica con que el drama se desenvuelve. Pero la nieve, ¿qué pito puede tocar la nieve aquí? ¿Nieve en Guánica, un 25 de julio cuando cielo y tierra hierven?

Por supuesto, en un sueño-pesadilla cualquier cosa es posible. Y, saliéndonos de la pesadilla de adentro y mirando ahora a la cara a la pesadilla de nuestra historia de país invadido, ciertas realidades comienzan a aflorar y a darle razón a la locura. Pudiéramos conjeturar que esa nieve puede estar pegada a nuestro esqueleto de una manera muy real: por los azares que pudiera causar en un pueblo el disloque de una invasión. ¿Cómo? A causa de esa invasión, un hormiguero de gente pudiera ser obligado a emigrar, y ahí dejamos el asunto, puesto que nuestra función de lectores nos impide reescribir el poema a nuestro antojo.

En resumen, no sabemos si la nieve filosa es una alusión del inconsciente del poema a los dolores del desarraigo sufridos por nuestros emigrantes por más de cien años. El texto es rico pero el texto es mudo. No se agota en este breve comentario. Y el pez muerto, que quizás sea el símbolo más elocuente de la pesadilla que estamos viviendo, ¿no será la isla asediada, el pueblo llevado al sacrificio en una pelea entre dos imperios extranjeros (España y la república de los EEUU)?

Lo más legible, lo menos conjeturable, de “Isla asediada”, es su dejo de nostalgia (típico del autor) que lee así:

yo conocía un pueblo
donde las gentes salían a las calles
ola de luz o muro o canto contra el tiempo
yo tenía una ventana inmóvil y una estrella

¿Será el pez muerto la concreción metafórica de un cierto tesoro espiritual que perdimos a consecuencia de la Invasión? Lo sospechamos, aunque la imagen de la ventana y la estrella nos hablan más exactamente de la pérdida de la inocencia o utopía infantil que se da con la transformación del niño en hombre.

Muchos de los poemas de Cortés Cabán son de una deliciosa irracionalidad sosegada.

¿Será este poema un reguero intencional de moléculas, hecho con toda maldad y alevosía?

“Isla asediada” es un reguero, como aquel óleo grande que pone un satánico relincho en el mismo centro, rodeándolo de un toro y un obispo y de la crispación de las manos de una mujer que camina sobre huesos, huyendo del siniestro infernal que avanza desde el fondo.

¿Será lo que nos sirve Cortés Cabán en su cuadro similar a lo que nos muestra aquel poema al óleo escrito por Pablo Ruiz P en 1937? ¿Cubismo? ¿Surrealismo? Quizás esto último, pero de otro modo. Un surrealismo que se parece más a la costa de Arecibo que a la corbata de flores sicodélicas de André Breton.

Muchos de los poemas de Cortés Cabán son de una deliciosa irracionalidad sosegada. Sin embargo, pocos poetas han elevado a rango artístico la irracionalidad como lo ha hecho nuestro poeta desde el pincel de agua de la más transparente gota de luz.

Antes que nadie, en la edad moderna fueron los románticos los primeros piojosos que supieron convertir la sinrazón en venero de arte. Lo hicieron a su modo, haciendo reventar de rabia al mundo burgués con sus parejerías desobedientes, exageradamente individualistas, como correspondía a un siquismo narcisista y violento, que renegaba de la madurez, etapa que ellos confundían con la domesticación.

Distinto a los de los románticos que lo preceden y con quienes Cortés Cabán sostiene un diálogo adulto (antes que con nadie, con Gustavo Adolfo Bécquer), los trabajos de este poeta mayor son de una irracionalidad salvajemente bella. Un agua transparente discurre por los pies de la selva. Su nitidez confunde. Aquí hay poesía de verdad, reluciente y arisca. Y la pregunta es obvia, ¿tienen sentido lineal los poemas de Cortés Cabán?

Por buscar la linealidad sensata muchos son los viajeros que se extravían por estos andurriales. No. No tienen sentido lineal los poemas de este poeta sencillo y, a la vez, de una complejidad antisimplista. Es que la sencillez, cuando es verdadera, es muy rica, y no puede leerse con los ojos unidimensionales de la chata linealidad.

El sentido de los poemas de Cortés Cabán es circular. Hay que encontrarlo prestándole más oído al azar de sus imágenes que a sus ocasionales aguajes de cordura.

Si Cortés Cabán fuera pintor, algunas de sus mejores obras estarían conformadas a base de collages. Serían imágenes de variado género que a primera vista no tendrían mucho en común, pero que estarían trabadas a la base por invisibles hilillos de sangre. Algo bastante parecido a como se dan la mano los más disímiles muñecos del Guernica.

Pero “Isla asediada” no es Guernica. No lo es, pero alguna complicidad secreta hermana cuadro con poema. La fragmentación de la realidad, una urgencia de la modernidad última que abraza el vanguardismo, cobija a ambas creaciones haciendo de ellas frutos de la civilización que va naciendo después de la pulverización del átomo. Después de ese olor a Armagedón (tan presente en el fuego “celeste” que consume a Guernica), ya nada será íntegro y exacto. Todo ha de vivir en función de sus íntimos componentes autónomos, ya relativizados.

Pero, en fin, ¿qué dicen los poemas de Cortés Cabán? ¿Qué callan? ¿Qué ocultan?

Los poemas de Cortés Cabán no dicen nada porque sus silencios ya lo han dicho todo. No son declaraciones o discursos de oradores pico-de-oro. La suya es una poesía del susurro. No hay un solo poema de este tímido audaz que exprese literalmente un riguroso pensamiento excluyente. ¿Por qué? Porque todos sus poemas, todos sus libros, son fragmentos que fluyen y confluyen de (en) un solo poema. El verso final con que otros grandes poetas procuran depositar el huevo de la síntesis, “y no saber a dónde vamos / ni de dónde venimos” (RD), o “No sé cuál de los dos escribe esta página” (JLB), en David Cortés Cabán a veces lo que deposita es una perplejidad: “Algo ha dejado de vivir”.

Muchas grandes voces de la poesía son recordadas por ciertos poemas memorables: “A unos ojos astrales” (José PH Hernández), “Bolívar” (el soneto de Luis Lloréns T), la elegía a Ramón Sijé (Miguel Hernández), “Lo fatal” (Darío)… Es probable que Cortés Cabán no sea recordado por un poema aislado, un vuelacercas. Nuestra apuesta es que será recordado por el hilo inconsútil de su voz desplegada en volúmenes que van creciendo en maestría, desde Poemas y otros silencios (1981), Al final de las palabras (1985), Una hora antes (1990), El libro de los regresos (1999), Ritual de pájaros (2004), Islas (2011)… hasta tocar la sutileza última en Lugar sin fin (2017), su poemario más reciente.

Llamarle poeta romántico, postromántico, surrealista o posvanguardista a un creador que salió hace miles de lunas en busca de su sombra es faltarle el respeto a la belleza.

A Cortés Cabán no le va bien el uniforme de poeta público, ese pequeño dios airado que va denunciando entuertos por ciudades de oro asfaltadas de excrementos. Cada cual en lo suyo dice Yuyo y, por favor, no se le pidan más peras al naranjo.

En un país como todos, predispuesto de antemano a rendirles honores a los mismos ídolos de siempre, resulta una herejía decir que algún contemporáneo es nuestro mejor lírico.

El diccionario de Cortés Cabán es uniforme de principio a fin: lluvia, silencio, vacío, sigilo, huida, gestos, desamparo, extravío, nostalgia, exilio, ausencia, cenizas, rumor, neblina, nieve, sombra, memoria, olvido, pedacitos de infancia, máscaras, sueños, muerte, des/habitaciones, espejismo, lejanías, zozobra… Si nuestro poeta fuera mexicano, no serían pocos los heraldos que lo adscribirían al árbol genealógico-literario de Juan Rulfo.

Lírico hecho y derecho, Cortés Cabán vive pellejo adentro, desde su ardiente subjetividad, el impacto del mundo y sus fatigados azares. Y su reacción estética y política a este universo de crispados conflictos es esa acongojada ternura que pareciera ser la marca de fábrica de toda su poesía.

Un diminuto descubrimiento hacemos en su poemario Islas, quizás el picacho más alto de todas sus entregas hasta este momento. Se trata de la sospecha de que algunos de sus poemas funcionan también como evasivos simulacros o rituales que son íntimos amigos de la muerte. Óigase por primera vez o vuelva a escucharse esta voz: “y entramos silenciosos / al cuerpo que una vez habitamos”.

Es probable que muchos de nosotros hayamos leído a toda prisa a este poeta, si es que lo hemos leído. Nada de extraño hay en ese gesto homicida. En un país como todos, predispuesto de antemano a rendirles honores a los mismos ídolos de siempre, resulta una herejía decir que algún contemporáneo es nuestro mejor lírico.

Cuando nuevos instrumentos de análisis se pongan en función, y el criterio de la calidad vuelva a ser soberano, este exiliado de mejillas hondas y sombrero gigante va a comenzar a ser mirado de otra forma. Entonces veremos si la alta apuesta que hemos hecho aquí nos reivindica o nos aplasta.

Para cerrar la apuesta, en lugar de firmar un juramento, citamos un pequeño poema que vivirá en antologías futuras. Se titula “El regreso”:

Hoy regreso a las costas
que me vieron partir
el mar es siempre igual
nunca detiene el rumbo de sus olas
por esta costa un día partieron otros
llegaron o se fueron a otras tierras
yo regresé a buscar
lo que miré en tus ojos una tarde
en esta isla que me vio nacer
vuelvo con la memoria de mis padres
por el jardín de voces que no existen
con este cielo negro sobre el pecho
voy contando los árboles del huerto
nadie me ve llegar nadie me espera
solamente los árboles
no sé si aún me reconocen
pero absortos contemplan mis pisadas
por la casa vacía (Islas, 61).

Sin percatarse todavía de que las amazonas y titanes, volando en lanchitas de papel, han mandado a otro planeta a la Marina, y de que el pez —sin el tinitus de su mosca— ha resucitado en las aguas de Vieques, el loco cuerdo anda ahora por casas desoladas y ciudades fantasmas. La pesadilla sigue.

Juan Manuel Rivera
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