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La guerra y la paz

lunes 23 de mayo de 2022
La guerra y la paz, por José Campione Piccardo
A través del lenguaje simbólico, el individuo humano podía impunemente transmitir a otros y al grupo verdades y hechos más o menos ciertos, pero también opiniones varias más o menos fundadas. Fotografía: Papaioannou Kostas • Unsplash

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

“Sólo que yo, infeliz de mí, veía claramente que la verdad estaba entretejida con hilos sutiles de mentira…”.
León Tolstói, Confesión (1882).

En inesperado clima de obligado encierro, durante los que pensaba que serían los últimos coletazos de la pandemia, recibió la convocatoria —para él, una invitación insoslayable— a participar con un texto suyo en la nueva antología-aniversario de una superlativa revista literaria, prominente editora online de nuevas letras en castellano.

El tema propuesto era La guerra y la paz, y el plazo establecido vencía en un mes. Se abocó de inmediato a escribir, frenéticamente y por largas horas. Los textos se sucedían en la pantalla de su tableta digital. Y de ahí, invariablemente, al cesto virtual de los desechos, sin que ninguno le satisficiera.

Hacía ya algún tiempo que sentía que el idioma se escapaba de su conciencia. Sabía lo que deseaba decir, pero de ahí a encontrar la palabra justa, era una gran lucha en el vacío. Sentía, a ese respecto, estar pasando por las mismas etapas del duelo: primero había negado toda dificultad, luego se había irritado tremendamente y ahora parecía estar comenzando a negociar, de cara al abismo, invocando en su ayuda diccionarios y tesauros. No obstante, notaba que el disfrute que siempre había acompañado al armado de nuevos sintagmas menguaba cada día más, y con ello, también su apreciación y respeto por el lenguaje.

Pero qué podría decir él acerca de la guerra que no hubiese ya sido dicho por Victor Hugo en Les misérables o Ernest Hemingway en A Farewell to Arms.

El tema sugerido se le antojaba monumental al sólo recordar que reproducía el título de una de las más grandes obras de la literatura universal. Pero qué podría decir él acerca de la guerra que no hubiese ya sido dicho por Victor Hugo en Les misérables o Ernest Hemingway en A Farewell to Arms, o incluso por el mismo Tolstói en Война и миръ (La guerra y la paz). Por otro lado, el pensar en esas catastróficas discontinuidades del devenir humano, desde Lagash y Umma hasta la reciente invasión de Ucrania pasando por las dos —en inglés— ve dobles europeas, y luego Corea, Vietnam, Irak, y esa siempre latente guerra fría —sus ojivas nucleares cada vez más numerosas y siempre al acecho, y a pesar de ello tan increíblemente mimetizada de auténtica paz— le ponía tremendamente agitado primero y deprimido después, y todo lo que intentaba escribir al respecto, pasado el frenesí de la inspiración del momento, le parecía extremadamente pobre desde todo punto de vista. Comenzaba a considerar que no podría producir ningún texto que mínimamente pudiera hacerle justicia a la revista, a la antología, y a sí mismo.

Reclinó el torso contra el respaldo y dejó que sus antebrazos resbalaran lentos sobre el canto de la tabla: sus brazos colgaron verticales y pendulares a sus costados, sus manos pendiendo inertes a sus extremos por debajo del nivel del asiento. El peso muerto de su cráneo hizo que su cabeza colgase hacia atrás: oyó crujir los cóndilos sobre el atlas y sintió la mandíbula retraerse entreabriéndole la boca. Reparó en el cielo raso un instante, respiró hondo y cerró los ojos.

Veía la guerra como una instancia colectiva de máxima negación de la naturaleza humana, algo así como el vacío de todos los valores y emociones positivas de que el sistema límbico dotaba al cerebro humano, amén de una tremenda falla en la inhibición que el lóbulo prefrontal debía ejercer sobre pulsiones negativas que aún perduraban en su encéfalo, secuelas de diseños más primitivos. Pero lo que realmente le afectaba, sin poderlo evitar, era el paradójico grado de responsabilidad que, en la fisiopatología de la guerra, sentía que le cabía a la función del cerebro que más definía al ser humano, la misma que le permitía a él sentirse aún vivo: su lenguaje.

Pensaba que todos los seres vivos, por lo menos aquellos que poseen un sistema nervioso diferenciado —pero también seres unicelulares tal como fue demostrado por Beatrice Gelber a mediados del siglo XX—, poseían una misteriosa capacidad para percibir sensaciones del mundo en el que evolucionaban, las que de algún modo registraban en algún tipo de conciencia para luego recordarlas y volverlas a sentir, y poder con ellas adaptar su conducta futura para evitar peligros y lograr sobrevivir. La gran diferencia, amén de una mucha mayor complejidad de lo mismo, debía de ser que el cerebro humano podía utilizar esa misma capacidad para paralelamente imaginar imágenes alternativas, crearse nuevas realidades totalmente irreales, nunca percibidas por los sentidos, pero también de enorme realismo aparente.

Consideraba que el lenguaje debía de ser un producto de dicha misma peculiar capacidad, la que le permitía al ser humano asociar, fusionar conceptos distintos: la escucha de un sonido, la vista de un grafismo, junto a otros conceptos que pudieran haber emergido a la conciencia desde los sentidos y/o la introspección de sí mismo, y de poder memorizar y recordar las asociaciones así formadas y las emociones que ellas evocaban, y luego utilizar sólo sus símbolos audibles o gráficos para asociarlos en sintagmas lineares, los que al ser jerárquicamente interpretados en frases y oraciones evocasen en la propia conciencia el mismo contexto de imágenes que había concebido en el momento de su enunciado o escritura. Pero había más.

Pensaba que, muy paradójicamente, dada la no referencialidad natural del lenguaje así creado, al poder oír esos sonidos o ver sus grafismos producidos por otros de sus congéneres, el lenguaje podía trascender de un individuo a otro, al evocar, en la conciencia del receptor, conceptos e imágenes semejantes a las que hubiesen motivado su enunciado o escritura por parte de su autor. Imágenes y conceptos por demás propios a cada individuo y por lo tanto no necesariamente los mismos, pero creando el espejismo de una potencialmente pragmática, aunque quizás falaz ilusión de real comunicación interindividual. Dicho tipo de comunicación, al darse también con imágenes de realismo sólo aparente, debía de hallarse en la base de la creación intersubjetiva de imaginarios en apariencia colectivos, de también aparente realidad, pero asumidos como reales y consensuados por todos y cada uno: las mitologías que tanto impregnaban el horizonte humano.

Luego debían de haber emergido mitologías más estructuradas, las que parecían corresponder a los mayores motivos subyacentes a declaraciones de guerra.

Debían de ser precisamente esos mitos los que desde tiempos ignotos habían contribuido a la cohesión y segregación del ser humano en grupos a través de consensos más o menos coercitivos con los que el grupo intentaba regular las libertades del individuo en su propio beneficio (castas, privilegios, derechos, leyes, normas). Pero luego debían de haber emergido mitologías más estructuradas, las que parecían corresponder a los mayores motivos subyacentes a declaraciones de guerra: etnias, nacionalismos, religiones, ideologías, economías, culturas, todas creencias, dogmas, mitos consensuados, derivados del uso intersubjetivo del lenguaje, capaces de proporcionar al individuo humano la ilusión de afinidad y de pertenencia dentro de grandes grupos, al tiempo de exaltar diferencias en apariencia irreductibles con otros percibidos como enemigos. De ahí a perder colectivamente la razón y embarcarse en carreras por nuevas tecnologías bélicas y acumular armamentos mucho más allá de lo mínimamente suficiente para asegurar el aniquilamiento de toda la especie había habido sólo un pequeño paso. Así era como podía llegarse a extremos casi tan impensables como almacenar enormes arsenales nucleares y de que seres humanos, que en todo se asemejaban a personas como las demás, luego de dejar a sus hijos en su casa o escuela, concurriesen a sentarse frente a computadoras de última generación para, sin el menor indicio de conducta agresiva alguna, hacer llover el horror de los cuatro jinetes del último libro a miles de millas de distancia, y que luego retornasen a sus hogares a abrazar a sus hijos con la conciencia del deber cumplido, sin darse cuenta de, una vez más, haber puesto de relieve el rasgo del individuo humano que puede que más contribuya a la eventual extinción temprana de su propia especie: su tremendamente deficiente capacidad empática, sobre todo cuando es potenciada negativamente por las mitologías de turno: un rasgo bien conocido desde los experimentos de Stanley Milgram.

Además, a través del lenguaje simbólico, el individuo humano podía impunemente transmitir a otros y al grupo verdades y hechos más o menos ciertos, pero también opiniones varias más o menos fundadas, y hacerlo por diferentes motivos, o incluso, voluntariamente transferir no-verdades, y ser capaz de su disfrute, como en obras de teatro o en textos de narrativa ficcional, pero también transmitirlas de forma utilitaria para sacar ventaja influenciando la conducta de grupo, manipulándola con demagogias y propagandas intencionalmente sesgadas, y ser ello incluso determinante hasta de declaraciones de guerra —como habría sido el caso del texto profesionalmente redactado del testimonio que una niña de quince años diera frente al Caucus para los Derechos Humanos del Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica, el diez de octubre de mil novecientos noventa. ¿Qué cuota de veracidad podía, luego, asignársele a las telenovelas de las guerras de turno, en los noticieros vespertinos de las grandes cadenas corporativas?

Pensaba que la guerra era la extensión mítica —debida al lenguaje— de la lucha de todo individuo —la de todo individuo singular de cualquier especie— por encontrarse un espacio en un mundo finito dentro del exiguo tiempo en que le era dado compartir la realidad de ese mismo mundo satisfaciendo sus necesidades vitales. El error, el enorme, garrafal error, era la creencia del hombre mítico en su versión plural y supraindividual de poder comportarse como un individuo único más, tornar todas sus expectativas en necesidades vitales y aspirar a espacios infinitos y tiempos sin final, dado su carácter expansivo e inmortal amén de su eventual extinción. Imperdonable hubris existencial que el ser humano vivía al conjuro del lenguaje mitológico que él mismo se creaba a instancias de su peculiar cerebro, y de hacerlo mito contra mito, ser humano contra ser humano.

El lenguaje se hallaba, pues, en el corazón mismo de la violencia entre naciones, etnias, religiones, ideologías, y ello era flagrante causa —indirecta quizás, pero causa al fin— de muerte a destiempo y de tremendo sufrimiento en el seno de la especie. Y eso le era tremendamente difícil de tolerar. Porque personalmente no veía nada honorable en la guerra. Todas ellas le parecían execrables crímenes de lesa humanidad. Tampoco lograba diferenciar claramente entre agresores y víctimas de agresión, una diferencia que le parecía circunstancial y sujeta a interpretación. Pensaba que una guerra era una sucesión de agresiones recíprocas que podían haberse iniciado mucho antes de las acciones bélicas propiamente dichas: “…never think that war, no matter how necessary, nor how justified, is not a crime”, había escrito Hemingway en su introducción a Treasury of the Free World (Arco Publishing Co., Nueva York, p. XV, 1946). Quizás era en Lucas 6:29 donde radicaba la salvación del Homo sapiens. Tal vez algo de ello lo había intuido el propio Lev Nikoláievich cuando, una década después de Война и миръ (La guerra y la paz) escribía Исповѣдь (Mi confesión).

Pensaba que el problema de la guerra quizás radicaba, no en el lenguaje sino en la naturaleza imperfecta de la conciencia del ser humano.

Un etólogo extraterrestre no habría vacilado en calificar la sucesión de flagrantes guerras y aparentes paces que caracterizan la historia eminentemente militar y sesgadamente masculina de la humanidad, como una conducta de autoinmolación periódica, sobre todo de los jóvenes de menor nivel jerárquico en la escala social de los grupos involucrados: una locura pandémica o epidémica cíclica, como la fiebre amarilla en la jungla americana, o una especie de suicidio colectivo teleológicamente interpretable a priori como un mecanismo de autocontrol de la densidad poblacional de la especie sobre la Tierra. Sería un comportamiento único de los sapiens —ya que no era así ni siquiera con los agresivos y aparentemente suicidas lemmings del Ártico.

Pensaba que quizás su enjuiciamiento del lenguaje había sido demasiado severo, tal vez teñido por el rencor progresivo que sentía frente a las dificultades crecientes que el mismo idioma presentaba a su declinante cerebro, y que el problema de la guerra quizás radicaba, no en el lenguaje sino en la naturaleza imperfecta de la conciencia del ser humano. Pero ¿qué era la conciencia? ¿Cuáles eran sus bases biológicas? ¿O serían cuánticas y luego quizás inescrutables dentro de la esfera de ilusión de realidad inmediata y macroscópica que esa misma conciencia insistía en revelarle al ser humano acerca del universo, escamoteándole quizás la verdadera, de entrelazados campos de ondulante energía?

Muy fuerte era su deseo de que todas las desavenencias de la humanidad pudieran resolverse sin que nadie sufriese o muriese fuera de tiempo por causa de violencia de seres humanos contra seres humanos. Creía que ya era hora. Sobre todo cuando la humanidad enfrentaba problemas de supervivencia mucho mayores y acuciantes, los que jamás habría de poder resolver sin el consenso —no, más: sin la firme resolución— no ya de sus mayorías y de sus élites, que era como moderna y muy convenientemente se solía simplificar la idea de democracia, sino de todos y de cada uno de los sapiens que, efímeramente vivos, compartían el brevísimo planeta errante que les daba vida. Pensaba que quizás era tiempo de que aprendiesen a resolver sus diferencias como, mucho más inteligentemente, lo hacían desde siempre sus primos más cercanos, los Pan paniscus —y eso, a pesar de carecer de un elaborado lenguaje simbólico, o quizás por ello mismo.

Pero por más que le cautivaba el guiño de primitiva ironía en ese ejemplo de allende la especie, veía en él sólo una metáfora, porque el ser humano era su lenguaje, el ser humano vivía los mitos que él mismo se construía, incluso con mucha más intensidad que su propia vida biológica: “…quizás somos las palabras que cuentan lo que somos”, había escrito Eduardo Galeano en “La uva y el vino”, en El libro de los abrazos. Pero si la palabra era causa de guerra, quizá la palabra debiera ser también causa de paz. Quizás el ser humano debía utilizarla para edificar con ella metamitologías de mayor jerarquía mitológica que imbuyesen a toda la especie de una necesidad supramítica —a falta de la visceral— de nunca más invocar la guerra por causa de sus mitos. No tardó en ver, en esa victoria de su retórica, la Heraclea de Pirro: el mandamiento “no matarás”, absoluto e incondicionado, llevaba ya mucho tiempo de enunciado.

Pensó que la guerra extendía una enorme influencia sobre la sociedad humana mucho más allá de las instancias de guerra propiamente dicha: la sola idea de la guerra, la sola posibilidad de su ocurrencia, justificaba profesiones enteras y se hallaba en la base del desarrollo y soporte de enormes intereses gubernamentales y privados, corporativos e individuales. La industria de la guerra, la enorme producción de armamento y de armas de enorme letalidad, y su alegre exportación al mejor postor, se hallaban en la base del éxito de grandes corporaciones y de la economía de muchos países (incluso de algunos que pasaban por pacifistas) —armas éstas que, en ocasiones, en los caos que suelen imperar en los campos de batalla o por cambios en el humor de los pueblos o sus gobiernos, terminaban en manos equivocadas. La importancia de dicha industria se reflejaba en las enormes sumas de dinero que, en los presupuestos nacionales, aun en ausencia de acción de guerra alguna (durante los eufemísticamente denominados “tiempos de paz”), los gobiernos de todas las principales naciones del orbe asignaban a gastos militares. Era más que evidente: todas ellas se preparaban para la guerra.

Nada de esto lo había escrito. Nunca habría podido. Abrió los ojos, se incorporó algo y vio frente a sí la pantalla oscurecida reflejarle apenas. Cerró la tableta y lentamente la empujó con ambas manos deslizándola lejos de su alcance. Los codos sobre la mesa, apoyó una mano sobre la otra, reclinó su frente sobre ambas y volviendo a cerrar los ojos decidió no pensar más. Fue esa una tregua que sabía breve en la guerra sin esperanza que libraba contra el mito del idioma, pausa que, por un instante, redundó en un bienvenido intervalo de auténtica paz interior.

No habiendo logrado componer ningún texto apropiado, dejó pasar la fecha límite, y su nombre nunca tuvo oportunidad de aparecer en el índice de autores de la antología que, bajo el título de La guerra y la paz, poco después habría de publicar la editorial convocante.

José Campione Piccardo
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