En ocasión del centenario de su natalicio,
el día 30 de agosto de 2003
Zafra crítica
Manuel Felipe Rugeles (1903-1959), el poeta por antonomasia del Táchira, es
alguien a quien no ha sido posible ubicar fácilmente dentro del concierto de la
lírica venezolana, por pertenecer más bien al reino de lo clásico, dentro de
su perdurabilidad y fidelidad a su tiempo.
En efecto, los críticos venezolanos no se han puesto de acuerdo en la justa
ubicación generacional de su obra. Pedro Díaz Seijas la sitúa en la
Vanguardia del 28. Juan Liscano la ubica y desubica en el Grupo Viernes.
Mientras Pedro Pablo Paredes lo considera el "mayor representante de la
Generación del 18, puesto que es quien hace realidad estética cabal de los
ideales de dicha generación; incorpora a la lírica nacional el paisaje andino,
en una como especie de neonativismo; y alcanza, en cuanto que fue fiel a su
tiempo y a su ámbito, categoría de clásico. ¿Tuvo conciencia de su destino
lírico, de sus posibilidades de perduración, el poeta? Si no, no habría
escrito en uno de sus instantes cimeros:
"La aldea me dio su alma.
Yo di mi alma a la aldea".
"...Estos dos versos de Aldea en la niebla —libro fundamental
en la lírica de Rugeles— son sin duda alguna clave de toda su producción,
tanto de la juventud visionaria como de la madurez nostálgica" (Fernando
Paz Castillo).
Agrega Paredes: "Manuel Felipe Rugeles, en cuanto que constructor de
poemas, se sitúa, muy inteligentemente, a igual distancia del esmero orquestal
modernista y las libérrimas estructuras establecidas por el vanguardismo... Es
quien mejor plasma estéticamente los ideales de la Generación del 18: exaltar
lo esencial venezolano".
Ubíquesele donde se le ubique, lo que todos corroboran es el hecho tan
evidente de que fue Rugeles el autor que se encargó de incorporar a la poesía
nacional, a las letras patrias, el paisaje andino. Allá aquellos que se
desvelen por ver en Rugeles un poeta menor dentro del nativismo, criollismo o
costumbrismo, sin méritos de renovación dentro de un neonativismo, por lo
menos. Es el caso de Juan Liscano, quien señala: "Su verdadera vocación
lírica le inclinaba hacia lo popular, lo romántico, inclusive lo discursivo...
Cantor de inspiración fácil, cordial, bohemio y reverente a la vez, en sus
libros predominan las estilizaciones folklóricas, el color regional, las
cancioncillas, los romances, cuando no la poesía entonada y elocuente".
Al considerar a Rugeles como la más auténtica revelación poética de los
Andes del siglo XX, se está también de acuerdo en que su temática mayor es la
tierra: su tierra andina, en toda su plenitud. He ahí su leit-motiv. En
su caso, plasmada en la imagen de la Aldea en la niebla, transformada al
final de su itinerario vital en la Aldea Global, para decirlo, quizás no muy
felizmente, con McLuhan.
Su visión del terruño, su cosmovisión inmediata y mediata, hacen que su
primera aldea sea, a fin de cuentas, el mundo entero. Lo que permite a Orlando
Araujo sostener la tesis de que "la de Manuel Felipe Rugeles es una de las
obras poéticas de más lograda circunferencia en las letras de América
Latina".
Uno de los poetas más representativos entre los que perpetúan la huella del
nativismo de Andrés Bello y Lazo Martí, con marcadas afinidades con la lírica
española de su época, Rugeles crea una poesía esencialmente vernácula a
partir de una purificación de nuestro folklore y nuestro cancionero.
Olvidábamos decir, con Jacinto Fombona Pachano, que "si a algún poeta
pudiera hallársele, a cualquier hora, en la actitud eufórica y armoniosa del
agua que fluye cristalina, ese poeta sería Manuel Felipe Rugeles".
Poeta por la gracia de la tierra. Poeta del hombre y la naturaleza, poeta de
la montaña y de los niños venezolanos. "...Y es que en la poesía de ¡Canta,
Pirulero! el lenguaje se hace música; esa música que no oyen los oídos
del cuerpo de los niños, sino que es audición imaginífera provocada por el
dintorno de estrellas, árboles, flores, pájaros, agua cristalina y torrentosa,
viento silbante y taumaturgo; elementos naturales que los niños —los más
grandes mitómanos y soñadores— conjugan para fabular el mundo maravilloso de
la infancia" (Alberto Castillo Arráez).
Afinidades electivas
Sin llegar al extremo —lejos de nuestra intención— de subestimar en algo
la obra de Rugeles, valdría la pena un estudio sobre sus afinidades con Antonio
Machado que reconocemos existen. Estudio que establecería deslindes y
especificaciones y en donde, ciertamente, la obra rugeliana aparecería cada vez
más resplandeciente y con luz propia.
Entre tanto, adelantemos algo. A ambos creadores les une el entusiasmo por la
tierra y el paisaje, "sus" paisajes. Los títulos y contenido de Soledades
y Campos de Castilla del sevillano están muy cercanos al de Cantos
del sur y norte de Rugeles. El plectro de ambos poetas es la tierra, unida
al noble sentimiento por el paisaje luminoso que, desde niños, los encandila.
Los colores castellanos, sus olivares, sus estaciones, los cotidianos
espectáculos de las callejuelas, las alusiones infantiles, pueden fácilmente
intercambiarse con el color de la patria, el color del ande, del valle, de
junio, del mar; con el retorno a la heredad, escogidos por el venezolano. La
consustanciación de Machado con Soria —con sus "colinas plateadas, /
grises alcores, cárdenas roquedas / por donde traza el Duero / su curva de
ballesta / en torno a Soria..."— equivale a la pasión de Rugeles por
eternizar sus visiones andinas:
¡Dejad, amigos, que os recuerde
la edad azul de los rebaños,
cuando el vellón de los rediles
era la nieve de estos campos!
Elegía pastoral (Memoria de la tierra)
Todo en esta comarca se adivina
de pronto así como recién nacido:
el valle, la hondonada, la colina,
están cambiando ahora de vestido.
Tríptico del color de junio (Cantos de sur y norte)
Mientras Machado, en su soneto titulado Primaveral, nos habla de cómo
el campo se viste de juveniles atavíos:
Los caminos van del valle al río
y allí, junto del agua, amor espera.
¿Por ti se ha puesto el campo ese atavío
de joven, oh invisible compañera?
Sin ánimo de repetir algunos paralelismos, ya detectados entre ellos y que
perfectamente pudiesen equivaler a meras imágenes eidéticas, nos permitimos
presentar dos. Nos referimos a la famosa cuarteta de Machado:
¿Dices que nada se crea?
no te importe, con el barro
de la tierra haz una copa
para que beba tu hermano.
Frente a la de Rugeles:
No en vano medita el indio
junto a sus blancas vasijas,
sabiendo que son sus manos
las que dan forma a la arcilla.
Igualmente ilustrativas estas otras cuartetas:
¿Dices que nada se pierde?
Si esta copa de cristal
se me rompe, nunca en ella
beberé, nunca jamás.
Proverbios y cantares, XLII (A. Machado)
Si un vaso desvencijado
tiene alguna utilidad,
un corazón viejo y triste
puede servir mucho más.
Certeza (M. F. Rugeles: Coplas).
Siempre nos ha llamado la atención la calificación de "naranjos
encendidos" de Machado frente a la de "almendro encendido" de
Rugeles; aunque no desconocemos la profunda devoción que le guardaba el poeta
al referido almendro familiar —emporio de su infancia y de su vida. Antes que
querer empañar la obra de Rugeles, lejos de señalarle alguna rémora, somos
los primeros en reconocer en este poema Viejo almendro encendido, uno de
los más definitivos, paradigmáticos, de su obra, al tiempo que uno de los de
más carga elegíaca de la lírica venezolana, latinoamericana.
Insistimos en que estos señalamientos no tienen otro interés que el de
motivar a nuestros estudiosos universitarios en cuanto al análisis de la obra
de Rugeles, una de las de más unidad temática y hondura lírica en Venezuela e
Hispanoamérica. Mientras más la estudiemos, de seguro que encontraremos no
sólo alguna influencia, que no es pecado alguno por aquello de las afinidades
electivas goethianas, sino que corroboraremos su extraordinaria originalidad en
el concierto de las letras patrias, donde no tiene par en lo atinente a la
poesía infantil.
Por lo demás, para nadie es secreto que algunos críticos han hallado
afinidades temáticas y experienciales entre Rugeles y García Lorca, Whitman,
Bécquer, Garcilaso, Novalis, Heine, Hölderlin, Hernández, Alberti y Rilke. De
hecho, a estos dos últimos dedica Rugeles dos de sus poemas. Afinidades —repetimos—
que, sin duda, ennoblecen al poeta y a su obra, lejos de enturbiarla en lo más
mínimo. Antes que pretender ver en toda la Cántiga del desterrado a una
mozuela llevada para el río, ni en todo compromiso a un "preso hasta la
madrugada", reconocer en Rugeles a un adelantado en los oficios y licencias
de la actual generalizada intertextualidad, donde predominan la absorción y
transformación textual a modo de mosaico más o menos reconocible.
¿A quién busco en la tierra de los pinos / y las palomas de alas extendidas
/ sobre las viejas torres desvaídas / en la niebla al azar de los caminos? //
¿A quién sobre estos páramos andinos, / sobre estas nieves, águilas caídas,
/ y estos valles que añoran recias vidas / a la sombra o la luz de los molinos?
/ Mi corazón hoy vuelve a la montaña, / llega desde la fiera guerra huyendo, /
de plácemes encuentra a la neblina, / al pájaro, a la tarde... / a la entraña
jubilosa de aquel almendro / siendo enhiesto campanario en la colina.
Gloria de luz en su inefable gloria, sobre la mancha gris de los caminos. De
noche lo despierta la neblina. Es ella el santo y seña del poeta. Casa, sauce
de par en par abierto, su verso quiere ser, eternamente. Del aire al aire ir, de
puerta en puerta. De mano en mano, estar, vivir, seguir. Acepta, ¡oh! Dios, el
peso de su gloria a la hora encendida de este infierno, mientras corre la sangre
en el camino. Y sobre tanto lloro y tanta pena se habrá de alzar su canto como
un lirio y su himno de amor se oirá más fuerte.
Manuel Felipe, hermano de la harina, permanente juglar de nuestra aldea,
testigo fiel de toda la odisea de esta sufrida tierra campesina. Manuel Felipe,
acaso la neblina —tu dulce amante— solamente sea tenue sombra que apenas
señorea en este valle de tristeza andina. Manuel Felipe, en lumbres jornalero,
apenas si se ven las mariposas, apenas si se siente el ventisquero. El oculto
presagio de las rosas nos recuerda tu claro derrotero hacia la luz total de
nuestras cosas. La paz que tú soñaste ya no cuenta. Los niños hacen guerra
apenas nacen. Las crónicas son todas policiales. Ya no es nuestro el sabor de
nuestra música. El último poema para niños ellos lo escriben con sus propios
sueños: es sólo una parábola a la guerra con todas las metáforas en gris.
Andrés Eloy ya no anda por aquí, el pobre Aquiles tuvo un accidente y se nos
fue. Ya casi no contamos con poetas que quieran a los niños. Manuel Felipe,
hermano de las cumbres, casi nadie le canta a la neblina.
Manuel Felipe, ya nadie apacienta ningún sueño detrás de los rebaños; los
viejos cántaros nos son extraños así el crisol del horno los presienta. La
neblina quizás apenas sienta la ausencia de los sueños aledaños y en el
rojizo almendro de tus años tal vez ningún turpial ya ni se asienta. Tal es el
precio de la vida, hermano: echar un barquichuelo en la quebrada, echarlo de
mañana, bien temprano, luego irse con la tarde alucinada y estarse con la luna
de la mano para caer en cuenta de la nada.
Jinete insomne, Rugeles sabe que la memoria no es un sepulcro para recuerdos
muertos, que la inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que
dejamos; sabe que el poeta es inmortal mientras viva en el recuerdo de los
suyos, de su aldea, de sus goznes, sus cosas y sus sueños. ¡Hasta más allá
de la noche! ¡Hasta más allá del viento! ¡Hasta más allá de sol! ¡Hasta
más allá de la lejanía! ¡Hasta más acá de la neblina! ¡De más acá del
alma o de la vida!