Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 99
1 de septiembre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Un domingo en casa de Nathan
Joaquín Ferrer Ramos

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Nathan vive hace ya siete meses en Potrerito, a unos cinco minutos en carro de San Antonio, en una casa pequeña pero acogedora y fresca con un jardín donde cría pollos, conejos y, más recientemente, gallos de pelea. Detrás de la casa corre una quebradita de aguas cristalinas que no deja de gorgotear nunca. El terreno está clavado en el fondo de dos cerros, así que el paisaje no es espectacular, pero ver oscurecerse el azul del cielo a través de los eucaliptos que cercan la carretera, a medida que anochece y aparecen las primeras estrellas, es motivo suficiente para pescar una tortícolis de pronóstico. No está mal, en conclusión.

Ayer en la tarde subí con la morocha y Mauricio. Por el camino había que comprar una caja de polarcitas y una bolsa de hielo. Pero el domingo es día de guardar. No se bebe en domingo, y no se consigue una maldita licorería abierta. La última oportunidad era en Las Mayas. Salí de la autopista. Vi de reojo el mercado de Coche y no me costó mucho imaginar la callecita y la casa de los abuelos, y mucho menos imaginar la casita. ¿Qué se hizo de todo eso? ¿Dónde están todas las botellas de vino, las risas, las conversaciones absurdas? Y la desesperación, también. Las arrecheras, la angustia. ¿Por qué no? La tremenda desolación que transmitía esa calle un domingo en la tarde. Tú de un lado y del otro, en el fondo, la cochina plaza, la última panadería de los pobres, la licorería con sus borrachos, sus mendigos alcoholizados. Toda esa miseria de la que terminabas sintiéndote parte de una forma ambigua, misteriosa. Un domingo en la tarde. El peor día, la peor hora. Sientes que ya no te queda nada que decir, nada que sentir. Que al día siguiente se repetirá el ciclo del hastío en el que estás atrapado. Eso es la eternidad. El aburrimiento sin fin.

En Las Mayas conseguimos nuestras bebidas y el hielo y seguimos cuesta arriba. Por cierto que es de mis favoritas esta carretera, con el embalse a un lado, su espesa selva, su frescura. Recuerdo cuando me la tragaba sobre una bicicleta. A las seis de la mañana. Todos los miércoles. A veces éramos quince cayéndonos a tablas, ahí durísimo, hacia arriba. Era un placer, cuando estabas bien entrenado, subir así, sintiendo la tensión en los músculos, el vaivén de la bicicleta cuando te parabas sobre los pedales, el control absoluto que ejercías sobre tu máquina. Una sola máquina tu cuerpo y la bicicleta. Un solo empuje, un solo esfuerzo. Una sola alma... Así iba pensando yo con la morocha a mi lado, Mauricio atrás cuando llegamos al puentecito que cruza la quebrada y nos coloca sobre la carretera que conduce a casa de Nathan, y nos topamos con un tipo que parecía buscar algo en el monte. Pero, ¡coño, si es Ferdinand! Era de lo más extraño verlo allí, enflusado, flaco, envejecido, inclinado sobre la maleza, como buscando algo. ¿Qué? Detuve el carro y lo llamé. "¡Ferdinand!". "¿Ah?, ¿ah?". No me prestaba demasiada atención y no dejaba de escarbar entre la maleza, así que me bajé y me acerqué.

—¿Qué buscas Ferdinand?

—¡Bébert!

—¡Qué!... ¿a quién?

—¡Bébert!, ¡mi gato Bébert!... ¡Escapó!... ¡Huyó!... unos dogos nos persiguen... ¡desde Alemania!... ¡fíjate si es poco, desde Alemania!...

—¿Y dónde están?

—Los espanté, por supuesto.

—¿Y cómo?

—¡ALT!, los paré en seco.

—¿Y entonces?

—Muy sencillo... muy sencillo: Les expliqué mi descubrimiento literario... ¡los tres puntos, muchacho!... ¡los tres puntos!... ¡mis rieles emotivos!... ¿Entiendes?... todo el armazón... los durmientes... ¡mi metro cargado a reventar!... ¡directo al sistema nervioso!... ¡Escaparon aullando!... ¡las mierdas esas de perros!... pero, ahora Bébert... ¡no lo encuentro!...

—No te preocupes, Ferdinand. Ese aparece. Vente con nosotros. A casa de Nathan. Bébert aparece en cualquier momento. Ya verás.

Se subió en el carro, saludó amablemente a la morocha y a Mauricio y se dedicó a ver por la ventanilla mientras yo ponía en marcha el carro.

Llegamos a casa de Nathan. Eran las cinco de la tarde. Arriba el cielo salpicado de nubes como manchas. Como enormes mocos grises y blancos. (Esta última imagen no es mía. Es de Ferdinand). Nathan ya estaba algo borracho y un poco cabreado porque había estado esperándonos a nosotros y al hielo toda la tarde. Pero con Mauricio no se puede llegar temprano a ninguna parte. Sin embargo nos recibió con un abrazo. Incluso me abrazó a mí. Amo la bebida. Le presenté a Ferdinand. "Coño, por fin", dijo. "Joaquín me ha hablado mucho de usted. Pasen, pasen". Las perras se echaron sobre nosotros, especialmente se encariñaron con Ferdinand, y al él le gustaron de inmediato. Se veía que se llevaba bien con los animales. Nos sentamos en el porche. Nathan André y Nathael revoloteaban a nuestro alrededor, saltando y corriendo. Verónica nos trajo cervezas. Tony, el padrino de emergencia de Nathael, como lo llamo yo, se acercó a saludar. Comenzó la charla. Cualquier pendejada. Hablar, hablar sin medida. La tarde huía. Ferdinand se alegraba. Nathan había comenzado a pintar de nuevo y nos mostró sus cuadros. No estaban terminados pero tenían algo. La simpleza contundente de la grafía. Esos colores poderosos. Me gustaron mucho. Nathan debería pintar más.

Le dábamos duro a las cervezas. También Ferdinand que estaba achispado y muy contento. Era como un descanso para él. Un espacio de tiempo muerto en el que la persecución aterradora se detenía. Entonces apareció Bébert de quién sabe dónde y se subió de un salto sobre las piernas de Ferdinand y ya todo fue alegría y el comienzo del fin. Con Bébert apareció la primera estrella fugaz. La vio la morocha. Se aferró con fuerza de mi mano y mirándome comenzó a llorar. Luego apareció otra y luego otra. El cielo fue llenándose de surcos blancos que rasgaban la noche. No era cuestión de pedir deseos ya. Ni de pensar. Sólo mirar ese fulgor del cielo que nos bañaba de blanco. Hacia el este surgieron dos planetas enormes. Marte y Saturno. ¿O era Venus? Parecían flotar sobre nosotros, rojos, azules, manchados de colores, al alcance de las manos, sin rumbo fijo, al azar, majestuosos. Al final el cielo estaba repleto de esos inmensos globos de colores y sobre ellos las estrellas fugaces. Era el fin. Y nosotros estábamos allí, un domingo, en casa de Nathan, borrachos y felices y tristes. Y eso es todo...

Mayo 18, 1998


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 22 de septiembre de 2003 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes