Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 99
1 de septiembre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Poemas
Oscar Portela

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Cuando yo estuve aquí
Yo estuve aquí: esta fue mi alma, mi altura, mi verdad,
el vendaval, la tempestad en la que zozobraron mis ansias, ¡ay!
y el tumulto, las volcánicas lavas que arrasaron todo lo vivo:
el oro que sepultó tras sí todo lo índigo, las ardorosas manos
y los cielos caídos como píos de la rama más alta,
yo Calibos, yo Ariel, yo el Mago, también estuve aquí,
pero fue el otro, el otro, que despertaba minuto tras minuto
tras de las marejadas que las auroras dejan tras de sí.
Yo el otro de mismo, el que ahora se vuelve sobre sí,
—paso de danza que no alcanza el presente,
ni la sonrisa del querube—, pasado que retorna o
círculo vicioso que la visión perturba y torna todo
púrpura, la pasión ya agotada, pero viva en la muerte.
Ah, niño mío, señor de los vientos del espíritu y el aire
que aún usurpas el no lugar —el no a lugar—, de un pasado
sometido al olvido y sin embargo, pura visión angélica
tras mis pasos que vuelven, como la aparición o el sueño
de encarnados espectros —y dibuja, en mis cansados labios,
en el alma del alma, la sonrisa olvidada entre cipreses
y aguas más cálidas y turbulentas que la muerte.
¿Seré hoy un espectro? ¿Será el adviento que un pasado
sin torna, prometido en los sueños? Di tú, pequeño astro
que turbas el ansia que aún impulsan los signos
que me traes y el idioma del muerto.

Como Constantino
Cuando los Dioses nos retiran el habla,
soplo por el cual el alma canta y da
calor y neuma —todo soplo de vida—,
el ánima empalidece y calla.
¿Cómo podría ser en su mudez
la roca, y preparar encuentros
con la luz de nuevos Dioses? o
la luz tocar a diana, para "repatriándonos",
entrambos, despejar horizontes
y abrirnos al pétalo cerrado
que florece, como afirmaba Ekardth,
sin ¿por qué?... La misma habla,
su naturaleza, muta y la cizaña
sembrada en nuestros huertos,
pone cerrojos a la espera.
Empero, como Constantino
frente a la adversidad, debo mirar
caer los muros sin desertar las armas.


La ira de Dios
Si el corazón como un durazno seco
y sin vitales savias, y el verano, como un buitre
que sin cesar golpea las puertas del destino
para recordarnos que sólo sombras errantes somos,
recuerdos de un pasado aferrado a la pequeña inmortalidad
del deseo (ser no es querer perseverar en su ser Spinoza, no),
sino desaparecer, trasponiendo umbrales, ir más allá,
del otro lado, porque siempre existe lo abierto y el
vuelo de lo abierto —lo sabe el pájaro, sí, lo sabe—,
y el deseo jugando en ese espacio, también abierto
de otra memoria más profunda que esta.
¡Ay, Thánatos! Si Eros quiere profundidad
aun en tus pasadizos y sombras, por lo que preferimos
pasar, y contemplar admirados a la doncella de rizos
de oro, sonriendo bajo las aguas y los saúcos,
ofreciéndonos el cáliz del olvido, abriéndonos las puertas
a los cielos más leves y a los aires más puros,
mientras dos ángeles nos sostienen junto al abismo
que ya no abismo sino caer levísimos hacia arriba,
mientras los dioses nos sonríen, a través de la pequeñísima
"inmortalidad" del deseo donde se disgrega el ser y el
tiempo deja caer sus dardos sobre nuestras almas.


Canto de Orfeo
Y el canto, el canto, oh Dioses, que religaba
al hombre con la tierra: la dulce y beatífica
que penetrará en tus huesos y abrirá tu esqueleto
a la luz de los cielos, al viento de las sierras,
al mar, al mar, sus infinitas olas y todas las estrellas
que marca el destino de dioses y mortales,
el canto humano y celestial, demoníaco o santo,
El que ha huido del mundo
dejando tras de sí el desierto que crece,
la gran voz de los muertos,
las cenizas de la memoria que nada nombra
sino el precipicio que se adelanta de la nada:
Pronto, Caronte, pon a tus remos alas
y que mi sombra y yo fulminados
seamos por el rayo que animó el canto
y es hoy sólo negra mortaja,
sólo hiedra ya seca sobre el muro que cierra
el desierto que crece, aquí en mi corazón
y en la voz de las zarzas hablaron a Moisés.


Claroscuro
El duro pan de soledad
El zarpazo del tigre agazapado en la noche
El invisible en el día,
La sed del infinito que se agota
En el infierno del desierto,
La sangre coagulada vuelta
A sus orígenes, el sudor y el miedo
Y el cansancio que el trivial comercio
Con la efímera eternidad del verbo
Se hacen oscuras obsesiones,
El yo condenado a sabiendas y el cobre de la
Campana del crepúsculo
Que llama a reunión de vivos y de muertos
Y qué harás hoy sombra de sombras
Que finges no conversar con las augustas
Sombras de los muertos
Tú que sigues el camino que termina
En el corrupto círculo que se repite
una y otra vez una y otra vez
"vox clamantis in deserto" y la campana
llamando al ángelus y la madre
traslúcida mirando desde la luna
la soledad donde se acunan las mortales
caricias de los sueños sigue sin embargo
sigue muriendo que en tu principio está tu fin
aunque aquí no existan ni principio
ni fin sino la corrupción que los segundos
preparan en silencio para que el círculo
se cierre y nada como el alud de las montañas
se cierne sobre ti.
Difícil despertar, difícil entrar a la casa de
Las sombras donde los ángeles
Son los daimones que la obra puso
Para verter en ella el veneno que
El tímpano y los ojos la atávica memoria,
el gusto de la luz y todo aquello
Que extraviado está, hagan del duro pan
errancia del nonato, los dientes del vampiro
que lucen marfilíneos a la luz de las aguas.

II
Ahora que el camino es uno solo para muertos y vivos
Ahora, ahora, el asalto fatal
Pesa sobre las almas como el viento
Y la peste, como el beso y la llaga,
Que ignoran los que muriendo sueñan
Con la vida, enamorados del crepúsculo,
Enamorados de las hojas del verano.

III
Una rata en la nívea ingle de Jesús,
Un linchamiento en la esquina de París
Para Villón, un silencio cargado de presagios
Para el frágil Lenau, el duelo interminable de la suerte
Para quien lo ha perdido todo y ha muerto mil veces como Rembrandt van Jin,
dos tiros súbitos para Kleist y su amante Retrato, la buhardilla y la vejez,
el tartajeo de Hölderlin,
Rabia, solitud, rayos, centellas para el último Dios
Que canta al universo y se llama Beethoven,
El sí roto por demasiada luz de Nietzsche,
Trino y uno demente Artaud y el tiro de Celan,
Espejos para mis manos y mi boca y el duro pan
De la agonía de ser el don, lo que se da,
El pez y el tiempo, el tiempo, el duro pan
Que los demonios han puesto en mi camino,
El lecho, la guillotina, la sangre convertida
En camino hacia un balbuceante abandonado
Niño en mitad de un jardín que nos conduciría
Al infierno de la vejez y el abandono.

IV
Cuándo, cuándo, madre, vendrás a mí
En luminosas mañanas
De praderas incendiadas por gritos
de monos y balidos de terneros
tempranamente destetados como yo,
tu Ángel deyecto aquí, en esta tierra
de nadie, baldía de deseos y de imágenes,
cómo no ser aquellas, fuera del tiempo,
murmurando, murmurios de suiriríes
en los esteros que se devoran las temblorosas
ancas, los jadeantes belfos de los caballos
Ensillados para partir hacia auroras de oro.
Y las noches, a las noches madre, las abiertas
Madres cubiertas por las ubres de luz
Que titilan aquí en el alma, aún, fuera del tiempo,
Fuera de la incuria y la penuria de lo
Que nos devora penosamente como Cronos
A sus hijos, madre terrena, madre que nos levantas
Sobre la aurora y cuidas el torrente de la sangre
Que aún fluye, lentamente, lentamente,
Por las arterias donde el manantial ya seco
Se abandona a la muerte de la vida,
A la vida de la muerte que nos abría
Túneles, pasadizos radiantes, puertas de centelleantes
Cuerpos, manos, labios y grafías, cuando
Comenzábamos a partir en búsqueda de un
Absoluto que hoy, madre, es seca mar,
Salina de los ojos, y espera, espera, espera,
De un milagro, del prometido adviento,
Ya cerrado, ya amurado, y nosotros los presos
De aquellos luminosos jardines
Que fueron nuestros y sobre los que ahora
se cierne, sólo el desierto, sólo el desierto.

V
Y esperamos la muerte, ahora que dialogamos
Asiduamente con la muerte
Llevando la corona de los muertos
En la cruz del calvario del deseo de la vida
—de Eterna vida y gozo eterno— nosotros, crucificados
por la palabra y en la palabra amor
—secos como la mar de muertos dioses—,
fieles al designio de aquellos que se mueven
en nosotros, sigilosos, custodiando las horas
y los días que asignados nos llegan a nosotros
que seremos tasados como objetos
de un mercado macabro; ¿cuánto cuesta la Eternidad
y la corona de aquel que agonizaba por el hombre?
¿Cuánto la locura que Zaratustra vertió en sus salmos
O las mudas cuerdas del piano de Hölderlin,
La cuerda de Villon, el tiro con que Van Gogh
Saldó su deuda con el arte, el derrumbe de Poe,
La soledad de un niño triste agonizante
y solo en las perdidas "Iluminaciones" de un
interminable viaje, cuánto, cuánto, mercaderes
de llagas y luminosas mañanas, fariseos del templo
que conduce deste mundo al quiebre de otros
paralelos que nos conducen a ser más hombres,
a ser intasables por los contadores de los frutos
del espíritu donde la abeja, la reina del Estío,
continúa libando más acá de la muerte, más allá de la vida.


Bodas con la luz
Un día temprano, súbitamente florecí con la luz
ese día la luz nació y se hizo carne, se hizo voz,
se hizo huella y amaneció noctámbula dormida
entre mis brazos como abeja sin madre.
Más tarde me desperté con ella y descubrí
en mi abrazo sus terribles abismos: fui su esposo,
su esclavo, su mutilado mártir, y en los naufragios
reinaba como la voz del miedo y la sombra
acudía a su encuentro, con la cruz invertida
de los vastos naufragios y las esquirlas que la noche
puso en su casto cuerpo de doncella indomable.
Fue la luz primigenia del día primero de gracia
donado al desterrado príncipe sin corona ni mirtos,
el rapsoda voraz que canta ahora los crepúsculos
y el reino no conquistado de la luz vulnerada,
—destrozado por los litigios del día y de la noche—,
azotado por las llagas de la melancolía y de la
cuadratura del sol del mediodía, que escande,
llaga, y exilia a sal y amarga hiel de la melancolía,
y el abismo de aquella luz tornándose toda ocre.
Así, me perdí tristemente en el abismo de la razón,
en las blancas salinas y los desiertos páramos
del que no tiene patria, ni boca para nombrar
cenizas de palabras, señales de muertes innombrables
de aquella virgen del Estío primero, entre palmas
y abras solitarias, donde se filtran los fragmentos,
entre huellas de sangre y presagios —aún presagios—,
de mensajes de abriles que recuerdan
el día en que llamé a la luz —encanallada ahora,
harapienta, arrepentida de sus delirios y los míos—,
buscando el nombre único, el exacto compás
y la tibieza exacta de una larga promesa.
Pobre niña, pobre patria expatriada,
pobre deseo inerme entre cruces y llagas,
cuando ya nadie busca ser Dios, acariciado
por el viento del Éter más azul y más claro:
luego se aleja pensativa, dócil quizá, entregada
al escarnio de los días que pasan,
y marchitadas flores por corona, alrededor
de túmulos se arrodilla ligera, para en silencio
buscar al vástago del día en que llamé a su puerta
y vino a mí sin preguntar por qué.


El final
Antaño sobre el azul, la deriva del sueño voluptuoso
"el mundo interpretado es solo sueño",
y no el tempestuoso mar que ahora lanzo contra mí
para olvidarlo todo. El gran ojo del cíclope que me abandona
a los designios del azar. Antaño, las cinturas desnudas,
el agua pura que caía del cielo y no las pesadillas del círculo vicioso
que a ningún lado va. Nada puede la soledad
contra el azul que ayer me protegiera, y que desamparado
deja mi cuerpo hoy, azotado por la imaginería de la infancia.
¿Quién podría decirme continúa? No hay ya pasado ni futuro
en el presente que se deshace tras las iras del viento.
Oh, Calibos, rema en la noche de la Estigia y del pasado
que aún me requiere hasta hacer del instante, el vacío,
la opacidad, la dispersión, el Caos de antes del Caos:
Qué hacer con los minutos y los días. Vuelta mi sombra
contra mí, por qué no hacer de la nadeante nada,
sólo la sal de un pasado que se repite infructuosamente,
hasta perderse en la escritura de sí.


La palmera
Muere súbitamente muerte. Yo soy esa palmera
rodeada de montes, azotada por vientos
y por inclementes soles, perseguida por las
pacientes aguas subterráneas que pudren mis
raíces, poseído por el cierzo del invierno y por la
soledad del pájaro que alimento de dátiles:
o la vida que alimento y elevo claramente
en el abra del denso monte, la vida se sostiene,
se sostiene el deseo que alimenta la muerte,
muere pues, súbitamente y álzame, álzame
hacia lo intocado, incorrupto que ignora
el tiempo dentro del cual vida y muerte
se procrean y laudan. Muere súbitamente muerte.
En un claror de espasmos, el amor, muere
súbitamente y se lleva conmigo los restos
del naufragio: muere súbitamente y llévate la
vida que me diste, los ojos que pusiste
a mis manos, las manos que pusiste a mis ojos
y que huecos están desde que tú, profecía,
muerte, poesía que embriagaste con el
ácido zumo de la vida ausente estás, ausente:
aquí puso la boca todo abismo bajo las alas
del verano que me esposó al recuerdo
de la carne, cercanía desnuda, ensombrecida,
bestia hambrienta de muerte. Muere pues,
súbitamente, muerte: el aire es más azul,
cuando convulso, el aire trasparente
me suspende en sus aires y soy todo cenizas.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 22 de septiembre de 2003 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes