El presente artículo es el
resultado de la investigación realizada para obtener el título de Licenciatura
en Comunicación Social en la Universidad Autónoma
Metropolitana, unidad Xochimilco (UAM-X). Quiero aclarar que lo que aquí se
diga tiene como base y fundamento el proyecto final, lo único que ahora he
hecho es retomar algunos elementos de ese trabajo para presentarlo de manera
concreta.
Antes de comenzar quiero mencionar que se han realizado estudios en torno a
este tema, la metaficción, pero es preciso recordar que la mayoría de éstos
se han hecho con relación a las novelas y muy pocos sobre cuentos.
Para tener una idea más precisa del tema, debemos comenzar con algunas
definiciones de gran utilidad. Podemos notar que la metaficción es una
estrategia que pone en evidencia o manifiesta los elementos que hacen posible la
ficción, es decir, una ficción dentro de otra. Ana M. Dotras, en su libro La
novela española de metaficción, retoma la definición de Linda Hutcheon
donde esta última establece que "Metafiction... is fiction about fiction
—that is, fiction that includes within itself a commentary on its own
narrative and/or linguistic identity" ("La metaficción… es ficción
sobre ficción, esto es, la ficción que incluye dentro de sí misma un
comentario sobre su propia identidad lingüística y/o narrativa").1
Carmen Bustillo dice que la "metaficción es la ficción que habla de sí
misma, [esto] en el mismo sentido que da Jakobson a [la definición] de
metalenguaje".2
Es importante decir que la literatura metaficcional se ha comprendido o
estudiado bajo otras categorías como autorrepresentativa, autoconsciente,
autorreflexiva y narcisista, pero éstas son características que le brindan una
dimensión distinta y, por tanto, un aspecto lúdico que se verá reflejado en
el lector como copartícipe, copersonaje o coautor.
En términos de Jaime Alejandro Rodríguez —quien estudia la metaficción
en la novela colombiana— podemos retomar la idea de que la metaficción es la
redescripción de la realidad dentro de la ficción, es decir el reflejo del
mundo ficcional. Gracias a este reflejo se puede explicar la autoconciencia del
texto, porque reconoce que está dentro de un proceso ficcional y reflexiona
acerca de esto. Por eso es autorreferencial, "el texto empieza a importar
más que lo que quería decir el autor".3
Linda Hutcheon, por su parte, hace la distinción entre metaficción
tematizada (ficción cuyo tema es la escritura o la lectura de la ficción) y la
actualizada (aquella en la que se juega con las convenciones lingüísticas o
genéricas) que se pueden dar en niveles combinados: en un nivel diegético
(conciencia del proceso narrativo) o lingüístico (poder y límites del
lenguaje); con una presentación abierta o encubierta.
En este artículo no haré mucho énfasis en el género del cuento, ni en la
teoría de la recepción —como lo hice en mi trabajo final—, ya que
considero que muchos elementos quedan explícitos a lo largo de este escrito. Me
resulta indispensable poner un ejemplo de los análisis realizados, ya que sólo
así quedará manifestado mi interés, así como el estudio que realicé. Es por
esto que he elegido el cuento de mayor extensión en mi corpus, de igual forma
me gustaría añadir que en este cuento veremos cómo un personaje puede ser y
estar consciente de que lo es, de esta manera se metaficcionaliza no sólo el
tema (un cuento dentro de otro), sino también el personaje; lo anterior se
actualiza al darnos cuenta de que todo lo que leemos va sucediendo en el cuento
que está dentro del que nosotros estamos leyendo.
El manuscrito
Martha Cerda
(Escritora mexicana. Cuento retomado de: Cerda, Martha. "29" en La
señora Rodríguez y otros mundos. Guadalajara: La Luciérnaga Editores,
1990. p. 156-157).
Buscando en su bolsa la receta de la capirotada, la señora Rodríguez
descubrió el manuscrito del texto "La señora Rodríguez". Entonces
es cierto que no existo, gimió. Pero enseguida rectificó: Entonces es cierto
que existo. La señora Rodríguez quiso saber cómo era (yo también),
desgraciadamente en el texto no encontró datos precisos. Por lo visto, dedujo,
tengo que pintarme sola. Y comenzó a ponerse una nariz recta, una boca gruesa y
unas caderas amplias, que soportaban un talle robusto. Se pintó el pelo
castaño y ondulado, las cejas arqueadas y, por último, se puso un lunar junto
al labio inferior, del lado izquierdo. La señora Rodríguez siguió hojeando el
manuscrito y perdió el color al darse cuenta de que se había embarazado a los
cincuenta y cinco años. Perdió el olor cuando vio que el bebé se había
fugado con su maestra del kínder y perdió el sabor cuando supo que iba a morir
en la página 178. La señora Rodríguez se puso a llorar. Lo primero que se le
despintaron fueron los ojos, luego la nariz y la boca. Al ver que la mancha de
tinta iba extendiéndose, la señora Rodríguez dobló el papel, lo metió a su
bolsa y, por si acaso, escondió una pluma entre sus senos. La próxima vez,
suspiró, me pinto rubia.
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Análisis de "El manuscrito":
tienes derecho a olvidar todo, menos
una pluma
En el cuento hay dos tipos de relaciones. Las primeras se sitúan al mismo
nivel a diferencia de las segundas en las que éste cambia. Tenemos las primeras
líneas en donde la señora Rodríguez encuentra el texto con el mismo nombre,
aquí los niveles se integran al encontrar un texto llamado del mismo modo. La
segunda integración se da cuando el personaje rectifica y se da cuenta de que
existe (y toma conciencia de que es un personaje). Posteriormente, cuando el
narrador que está contando la historia de la señora Rodríguez en tercera
persona, se incluye dentro del cuento al poner entre paréntesis que él o ella
también quiere saber cómo es, se da un tercer nivel de integración. Después
de la frase "tengo que pintarme sola" surge un cuarto nivel que
integra todo el cuento, ya que el personaje se irá delimitando en el mismo
momento que lee el manuscrito; en esta misma parte tenemos tres subniveles: el
personaje como personaje, el personaje como lectora del manuscrito en donde
está su personaje y el personaje como creador de su mismo personaje. El quinto
nivel de integración se da cuando al leer lo que le está pasando a su
personaje se empieza a "despintar", es decir, pierde las cualidades
físicas: el olor, el sabor y el color, que hacen indispensable a un personaje
como reproducción de un ser vivo. Cuando se da cuenta que se va a morir en la
página 178 es la sexta afirmación de su característica principal: ser
personaje consciente de que lo es. Entonces, cuando dice "La próxima vez,
suspiró, me pinto rubia", dicho enunciado engloba los niveles de
integración y la metaficción se actualiza; reafirma la idea de que es un
personaje definido por ella y consciente de su naturaleza o falta de ésta.
También es importante decir que se establecen diferentes funciones. La
primera se da al descubrir el manuscrito, porque esto abre la oportunidad de
conocerse como personaje; la segunda es cuando se pinta y (que como toda acción
tiene una reacción o consecuencia) se despinta, que constituye la tercera. La
última función se establece cuando el personaje reflexiona y decide que para
la próxima vez que sea consciente de que es personaje se pintará de otro color
(en este caso rubia) para que no le suceda lo que en este cuento le ha pasado.
"El manuscrito" está narrado en tercera persona, con excepción
del paréntesis que introduce el narrador. Éste es importante para la historia,
ya que podemos percibir la idea de la conciencia del personaje, pero no es
trascendente porque no produce ninguna alteración en el discurso (sólo
enfatiza). El tiempo generalmente es pretérito o copretérito, con la
excepción de algunos verbos en presente, otros que se encuentran en perífrasis
verbal y algunos más en gerundio.
La señora Rodríguez tiene tres características: ser personaje de "El
manuscrito" (como cuento), ser personaje del subtexto (cuento que está
inmerso en el cuento) y por último, la señora Rodríguez es el nuevo personaje
del personaje: la señora Rodríguez. Entonces, darse cuenta de su condición
como personaje la hace pensar que no existe (porque tiene presente que es
ficción, producto de alguien más), pero esto la hace reflexionar y darse
cuenta de que sí existe porque es una ficción dentro de otra, lo cual la
convierte en algo verosímil (no precisamente verdadero o real fuera del texto,
pero sí creíble dentro del mismo).
El título del cuento constituye también un "símbolo", ya que es
el nombre del cuento de Martha Cerda, pero también pertenece al cuento dentro
de ese cuento. Es decir, el nombre se convierte en un metacuento y el personaje
en un metapersonaje.
Este cuento puede constituir una estructura en abismo, es decir, hay
distintos niveles o puntos que podemos destacar. La señora Rodríguez (como
personaje de "el manuscrito) lee un texto llamado como ella; segundo, la
señora Rodríguez como no encuentra una pista que le diga cómo es, decide
pintarse sola; tercero, la señora Rodríguez está leyendo (en voz alta) lo que
el texto está diciendo que está pasando. Este último nivel podría ser muy
interesante ya que en realidad, nada de lo que nosotros leemos pasa. Es decir,
es una historia que narra otra historia (que tal vez no pasó), pero es
verosímil dentro de ese contexto.
Como vemos el cuento tiene aspectos que no son lógicos, por ejemplo, un
personaje que busca una receta y en cambio encuentra su propia historia, o
alguien que se pinta solo y posteriormente se despinta cuando llora, pero con
suficiente capacidad y conciencia para guardar el texto y una pluma (por si se
ofrece volverse a pintar).
Estos elementos ilógicos se vuelvan lógicos dentro del cuento, es decir,
dentro de ese contexto específico. Lo anterior provoca que el lector (al menos
pasó conmigo) se ría después de leerlo y sepa que la señora Rodríguez no
tiene vida, si alguien distraído no lee su cuento.
"El manuscrito" es un cuento metaficcional que se caracteriza
porque el personaje principal, la señora Rodríguez, está consciente de ser
personaje y por tanto, actúa como tal. Por ello este personaje necesita líneas
claras de cómo debe ser y qué debe hacer para que cumpla su función dentro
del cuento.
Es importante decir que el lector no necesita ser erudito ni requiere de
cualidades específicas. En su momento se habló de un lector modelo o ideal que
pudiera interpretar lo que el autor había querido decir, pero ahora sabemos que
a partir de un texto pueden existir distintas lecturas. Por esto propongo esta
lectura, es decir, leer el cuento y notar que dentro de él existe otro cuento,
a lo cual le llamaremos metacuento y que el personaje sabe que lo es al leer el
mismo texto en el cual está presente.
Como se dijo, la meta final era hacer una lectura distinta de los cuentos
planteados y reconocer los elementos metaficcionales que cada uno de ellos
tenía, así como descubrir la forma en que estaban insertados y la manera como
funcionaban. También se mencionó que estos aspectos modifican las propuestas
de lectura y es por esta razón que el proceso (en cada lector) es distinto. Lo
que traté de hacer fue presentar los rasgos metaficcionales y aceptar que
pueden existir diferentes interpretaciones como la propuesta, pero siendo
consciente de que no es la única.
Algunos términos utilizados a lo largo del trabajo fueron retomados de un
glosario planteado por Lauro Zavala, quien —por cierto— ha estudiado varios
años este tema. Otros fueron descubiertos para este proyecto, ya que si no
existían antes era porque no se habían encontrado textos que permitieran la
creación de nuevos conceptos.
Hemos visto que la metaficción es una estrategia que evidencia la ficción
interna y que habla de sí misma, por lo cual se ha considerado autoconsciente y
autorrepresentativa. Ésta puede ser presentada de manera abierta o encubierta y
ser tematizada y/o actualizada, como explicó Linda Hutcheon, lo cual hemos
notado. El efecto que produce este tipo de escritura es definitivamente lúdico,
por lo que el lector debe ser más activo que modelo (en términos de Umberto
Eco) y participar en el intercambio que el texto le ofrece (para lo cual dividí
los cuentos en los diez puntos, de manera de poder reconocer la estrategia
metaficcional de acuerdo a cada uno de éstos).
Me gustaría terminar citando a Eudora Welty quien ha escrito artículos en
torno a la lectura y escritura de cuentos. Ella explica que "un cuento
tiene una conducta, pasa por diferentes etapas. Algunos cuentos dejan un halo de
luz tras ellos, como meteoros, de manera que mucho tiempo después de haber
impactado nuestros ojos, podemos descubrir su significado, como un efecto
retardado".4 Esta idea motivó no sólo el título de mi
investigación, sino que también al texto en general porque considero que es lo
que sucede con los cuentos metaficcionales: casi, si no es que todos, son
meteoros.
- Ana M. Dotras. La novela española de metaficción. Madrid: Ediciones Júcar, 1994. p. 21. Regresar.
- Carmen Bustillo. La aventura metaficcional. Colección Tesis ciencias sociales. Caracas: Equinoccio, Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, 1997. p. 11. Regresar.
- Jaime Alejandro Rodríguez. Autoconciencia y posmodernidad. Metaficción en la novela colombiana. Colección Ensayo. Colombia: Si Editores, 1995. p. 24. Regresar.
- Eudora Welty. "La lectura y la escritura de cuentos", en: Lauro Zavala [comp.] Teoría del cuento I. Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995. p. 167. Regresar.
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