Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 99
1 de septiembre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Jardines de color púrpura
Fernando García Diez

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Hoy amaneció triste la mañana, igual que ayer, igual que aquel diez de septiembre que te marchaste. ¿Cuánto hace? Diez años ya y a veces me parece que el tiempo se paró en un instante, un segundo de una tarde adolescente en un lugar perdido en mi memoria; tumbados sobre finas hierbas de color púrpura jugábamos a encontrar la primera estrella de la noche, aquella que desafiaba al sol y le empujaba tras las colinas del oeste.

—¿Crees en Dios? —me preguntaste como si adivinases tu futuro, como si la semilla del dolor se hubiera instalado ya en tu pecho.

—Supongo que sí, a mi manera —y sonreí, porque nadie como tú comprendía "mis maneras", tan distintas de las tuyas como de las del mundo entero.

—Yo sí que creo, es más, a veces hablo con él —y tu mirada con la inocencia del que no sabe mentir, silenció mis palabras.

Un año después, cuando el mal se apoderó de la curva de tu espalda, recordé aquel atardecer sobre el jardín de las sonrisas, la bondad de Dios no podría abandonar a la criatura más perfecta que nunca conocí, me aseguré como consuelo. Pero el tiempo pasaba, el mal no aceptaba tus excusas y Dios no escuchaba mis ruegos. Te llevaron lejos buscando una ciencia que derrotara al destino, pero el verano avanzaba con mucho miedo y la tragedia corría de boca en boca, de pueblo en pueblo. Mil Padrenuestros, tres mil Avemarías y noche tras noche pidiendo al aire oscuro de mi cuarto que tu dolor se acabase, que volvieses a mis ojos tan limpio y optimista como siempre. Incluso en un acto de cumplida cobardía, imploré a tu dios, que poco a poco fue dejando de ser el mío, que cambiara tu vida por la mía; cómo seguir sin tu aliento empujando mis dudas, cómo avanzar sin tu luz en el camino.

La última vez que te vi ya no eras tú; la desgracia te había robado el cabello, una sombra triste adornaba tu rostro, y aunque intentabas sonreírme, mi corazón, estúpido y asustado, no te arropó como hubiera querido. La gente nos acusó de no haberte comprendido, de mostrarnos huidizos, de no darte el cariño que esperabas; tú sabes de sobra lo que sufrimos, las noches sin sueño que ahogamos en un río de recuerdos salados y lo presente que aún estás en nuestros pensamientos, tú sabrás perdonarnos.

La mañana que te marchaste el verano caducó entre las primeras hojas muertas del paseo, las nubes cubrieron el cielo como un manto de ceniza y un viento enfurecido azotó sin piedad a las beatas que subían la cuesta de la iglesia. Poco más recuerdo, mi memoria mantiene aquel día entre tinieblas y apenas deja escapar alguna imagen del desván de mis lamentos, tan sólo caras de tristeza y una punzada asfixiante que me laceró el pecho durante semanas y que todavía me aflige cuando me encuentro con el luto de tu madre.

Intento olvidar la enfermedad que te sesgó la vida y siempre te imagino en aquel campo de fútbol de mi infancia, es una mañana fría de sábado sobre un césped salpicado por millares de gotas del roció que relucen a la luz del sol. Es la primera vez que vas a jugar en el equipo y yo te animo dándote palmadas en la espalda mientras tú resoplas intentado calmar los nervios que bailan en tus piernas. El entrenador te llama por tu nombre y sientes que se te cae el mundo encima, de pronto te ves entre gigantes que corren, empujan, gritan y escupen salivazos del tamaño de un melón, pero tú mantienes infranqueable la sonrisa y me guiñas el ojo con picardía. Después, no sé bien cómo, tienes el balón y corres sólo hacia el portero, siempre te sueño así, corres como si danzases y la tierra entera se para a contemplar como marcas el gol más hermoso que el mundo ha contemplado. Te giras y con cara de incredulidad me citas al otro lado del campo y de pronto corremos los dos a la par, riendo y gritando, hasta que nos lanzamos de cabeza hacia el césped y patinamos sobre él, hasta el infinito.

¿Cuántas cosas vivimos que ya no recuerdo? Nadie sabe. El primer cigarrillo, la primera fiesta, tu primer beso... Lo cierto es que los años de bachiller se han difuminado por completo y tan sólo tengo imágenes de cuando éramos niños, los juegos, las risas, algún llanto y alguna reprimenda bien ganada. Pero sobre todo recuerdo tu redonda perfección, tu inteligencia práctica, tu capacidad de sacrificio, tus perspectivas, tu claridad de pensamiento y tu enorme, más que enorme, corazón. No he conocido a nadie que pueda comparar su grandeza contigo y por eso, me duele más aun que no estés al otro lado de la calle.

¿Cuántas vidas perdí con tu partida? Nadie sabe. Perdí tu amor, perdí tu alegría y tus consejos, un millón de recuerdos no vividos, diez años de vivencias que no pudimos compartir. Compartir, te fuiste demasiado pronto, justo cuando la vida empieza acelerar y los amigos son más necesarios para todo. Me duele el alma de pensar lo que fue y lo que pudo haber sido.

Hace unos días, un cura con alma de misionero se me acercó con ánimo de apaciguar mi alma con dios, en guerra desde el día de tu despedida. Era un buen hombre con cara de santo y cuerpo de galgo abandonado, pero tenía el defecto de creerse capaz de solventar todas las causas perdidas. Se sentó a mi lado y tras cuatro frases de cortesía, se lanzó de lleno a su objetivo, ignorando lo que le vendría encima:

—A ver, Fernando, ¿por qué no crees en Dios? —preguntó como lo hace un padre que sabe que su hijo se equivoca.

—Lo siento, señor, yo nunca he negado la existencia de dios —hice una ligera pausa para que el sacerdote cogiese aire—. No sé si hay o no hay, pero lo que aprendí hace casi diez años, es que si dios en verdad existe, es un verdadero hijo de perra.

El pobre hombre se quedó pálido y mudo, me miró con asombró, se levantó como un resorte y se marchó sin despedirse con la impresión de haber hablado con el mismísimo diablo. Ese es para mí tu dios, esa es "mi manera" que no supe explicarte aquella tarde menguante sobre el jardín de color púrpura.

Con la esperanza que algún día nos encontremos.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 22 de septiembre de 2003 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes