
Con una sólida formación en psicología y nutrición, la española Inés Viñas se ha distinguido por su enfoque crítico y comprometido con la salud personalizada, una visión que la ha llevado a cuestionar los paradigmas médicos más arraigados. En La revancha del colesterol, su primera novela, combina su experiencia profesional con una historia que, entre la ficción y el ensayo, invita al lector a reflexionar sobre la industria farmacéutica y las prácticas que rodean el manejo del colesterol. Con el telón de fondo de Cariño, un apacible pueblo gallego, y de prestigiosas instituciones científicas, la novela nos sumerge en los claroscuros de la investigación médica y la batalla por la verdad.
A través de personajes entrañables y conflictos éticos profundos, Viñas ofrece una crítica sutil pero contundente hacia la manipulación de datos en el ámbito científico y los intereses comerciales que, según su perspectiva, han distorsionado el entendimiento de la salud cardiovascular. Su estilo ágil le permite cuestionar verdades que hasta hace poco parecían indiscutibles, proponiendo una perspectiva alternativa sobre el colesterol, las estatinas y su impacto real en el cuerpo humano, al tiempo que mantiene al lector atrapado página tras página.
Hoy hablamos con esta autora sobre su proceso creativo y la motivación que la llevó a trasladar su mensaje desde los artículos de su blog hasta las páginas de una novela. A lo largo de sus respuestas, nos llevará detrás de escena, desvelando las influencias y decisiones que dan vida a La revancha del colesterol y, sobre todo, su deseo de inspirar una reflexión profunda sobre los límites de la medicina y el poder de la narrativa para plantear preguntas esenciales.
Un ariete llamado La revancha del colesterol
La revancha del colesterol combina la estructura de una novela de intriga con una dura y fundamentada crítica a la narrativa médica dominante sobre las estatinas y el colesterol. ¿Cómo lograste integrar estos elementos sin que la historia se convirtiera en un tratado científico, manteniendo al lector enganchado en la trama?
He tropezado ya con cerca de una decena de almas que lograron liberarse de un desgarrador diagnóstico de deterioro cognitivo, el cuadro previo al alzhéimer, a las pocas semanas de desoír a sus médicos e interrumpir sus estatinas. En ocasiones, ese minúsculo gesto es capaz de revertir la pérdida de memoria, de apaciguar los achaques típicamente asociados al mero paso del tiempo e incluso de insuflar esperanza a personas que ya la creían perdida. Esta información crucial me quemaba por dentro, pero mis esfuerzos por divulgarla siempre caían en saco roto. Existen decenas de libros y ensayos científicos muy concienzudos que destapan la rocambolesca historia que concluyó en la actual demonización del colesterol, pero ninguno ha logrado traspasar el recio muro del ámbito académico o propagarse fuera del mundillo de los fanáticos del fitness para alcanzar la sabiduría popular. Yo me propuse cambiar eso. Lo cierto es que desde pequeña he sido muy fantasiosa y cuentista. Apenas pisé la villa de Cariño, el lugar donde tiene lugar, se me ocurrió la trama que se convertiría en esta novela. Y decidí embutir esa información tan valiosa en una historia ágil con un poquito de intriga amable que animase a proceder con la lectura. Mi único objetivo fue usarla de ariete y, si no derribar, sí ayudar a hacer zozobrar un poco ese muro. Pensé que, si lograba que sólo una persona se replantease la necesidad de soportar los efectos secundarios de las estatinas de por vida por la noble causa cardiovascular, el esfuerzo habría valido la pena. No aspiro a que las tiremos todas a la basura, pero sí a que se pregonen tanto sus beneficios como sus efectos secundarios reales para que cada uno pueda tomar una decisión informada.
Amanda, tu protagonista, es un personaje de múltiples aristas: una investigadora de renombre que se descubre, en su estancia en Cariño, como una amante de la naturaleza y del entorno rural. ¿Cómo construiste este personaje? Más concretamente, ¿cuánto de Inés Viñas hay en Amanda?
Confieso que construir al personaje principal me resultó muy fácil. Amanda soy yo. Ambas llegamos a Cariño por casualidad, emocionalmente hundidas y en busca de paz. También compartimos las secuelas físicas y psicológicas del cáncer. Coincidimos en todo menos en el currículum (ella enarbola el que me habría gustado perseguir a mí si la vida y la salud me lo hubieran permitido) y en nuestras perspectivas amorosas (me temo que las mías son bastante menos halagüeñas). Amanda es una versión idealizada de mí.

La novela se desarrolla entre escenarios contrastantes como Oxford y la bucólica villa costera de Cariño, en Galicia, que en mi opinión no es sólo un lugar, sino casi un personaje más dentro de tu novela. ¿Cómo elegiste este escenario? ¿Por qué concentrar en un escenario rural la dura batalla por la verdad que se escenifica en la novela?
Sospecho que no fui yo quien eligió el escenario, sino que fue el escenario quien me eligió a mí. Llevo muchos años escribiendo artículos de nutrición, pero jamás se me había ocurrido lanzarme a la ficción hasta que llegué aquí. Nunca experimenté la magia y la autenticidad que se respira en este rincón de mundo durante los cuarenta años que callejeé por Barcelona. En la Galicia rural todavía reina el sentido común y el arraigo a la tierra que a menudo brillan por su ausencia en la gran urbe. Es un lugar reposado y humilde, pero poderoso y vital. El viento y el mar arremeten contra los acantilados con una fuerza tan ensordecedora que resulta imposible desoír nuestra suma vulnerabilidad ante los elementos. Y el tiempo parece transcurrir más despacio. Nadie tiene la más mínima prisa por llegar a ninguna parte, ni se esfuerza por aparentar lo que no es. Aquí no hallé el habitual decorado metropolitano de cartón piedra que se desdibuja tras una cortina de humo cuando escarbas un poquito bajo los adoquines. Es un escenario tosco y genuinamente real que el tiempo ha pintado con las grietas que rubrican las fachadas como cicatrices. Las callejuelas serpentean entre huertos salpicados con gallineros madrugadores y caballos curiosos que relinchan y se acercan a saludar a los paseantes. Y se respira una paz ancestral tan contagiosa que yo misma dejé de tener prisa para todo y me senté a escribir.
Inés Viñas contra veinte años de errores médicos
La crítica a la manipulación de datos y a los conflictos de interés en la investigación científica es uno de los aspectos capitales en la novela. ¿Hasta qué punto consideras que la ficción puede ser un vehículo eficaz para denunciar estos problemas? ¿Cómo esperas que tu libro contribuya a la conversación sobre la ética en la medicina?
Me enorgullecería sobremanera que mi humilde historia cariñesa contribuyera a promover el diálogo y una sana introspección en el mundillo de la investigación en salud cardiovascular, pero soy consciente de lo hercúleo de la tarea. Existen demasiados egos con nóminas muy suculentas interesados en mantener los trapos sucios tal como están. Y mis recursos y poder de convocatoria son escasos. Personas mucho más leídas y renombradas que yo acumulan décadas de lucha extenuante dolorosamente infructíferas. Pero un arma que aún no se ha blandido en esta cruenta batalla (que se alarga ya más de medio siglo) es camuflar la denuncia en una historia de fácil deglución y cruzar los dedos para que ésta sí logre derribar el obcecado muro y alcanzar al gran público. Sin embargo, aunque no pierdo la esperanza, tampoco auguro un éxito arrollador. Tenemos tan asumido que el colesterol es el enemigo que ni siquiera nos planteamos que en realidad pueda ser un viandante inocente al que alguien (con muchos recursos y poder de convocatoria) decidió colgar un sambenito de culpable que jamás se pudo sustentar. Ya decía Mark Twain que “es más fácil engañar a la gente que convencerla de que han sido engañados”. Sinceramente, dudo mucho que mi modesto intento de contribuir a la causa vaya a ser más eficaz que las decenas de ensayos exhaustivos que lo precedieron, pero tampoco pierdo nada por intentarlo.
Leyendo tu novela, y otros contenidos que tienes en tu web, se me hicieron muy presentes los señalamientos contra la industria farmacéutica en relación con la pandemia de Covid-19. Aunque son casos muy distintos, ¿crees que estamos ante patrones equivalentes en los que la avaricia se convierte en motor del sector?
Sí, creo que estamos ante patrones equivalentes, aunque también que la avaricia consciente representa sólo la mitad del combustible que alimenta ese proverbial motor. La otra mitad, opino, la conforma el más puro miedo —un temor legítimo y comprensible— por parte de quienes viven a costa de la infundada maldad aterogénica del colesterol, el pánico a tener que reconocer públicamente el engaño y perder su posición privilegiada... O a enfrentarse al ridículo y al ostracismo que acecha a quienes osan ir contracorriente.
Aunque los reverenciemos como sacerdotes incontestables de una laica inquisición, los científicos también son muy humanos. Y no sólo se equivocan y mienten tanto como los demás, sino que comparten la maldita manía de querer comer cada día y llegar a fin de mes. La senda de la ciencia no es ningún bucólico camino de rosas, es una encarnizada carrera de obstáculos. Un científico verdaderamente imparcial y objetivo (o que no está en nómina de una empresa interesada) depende de los fondos que consigue. Y los fondos que consigue dependen de las publicaciones que pasan la criba (muy subjetiva) de los comités de expertos que deciden qué estudios merecen un lugar en los medios de divulgación científica (la mayoría de los cuales sí están en nómina de una empresa interesada). Así que un investigador a priori neutral se juega su prestigio, sus ingresos, su futuro y su estatus en la institución que lo cobija con cada artículo que remite para su posible publicación. Los estudios que atentan contra el statu quo tienden a ser enterrados sin más. Y todos lo saben.
Por su parte, las compañías farmacéuticas no son ONG ni hermanitas de la caridad, sino empresas con ánimo de lucro que deben rendir cuentas a sus inversores o accionistas tras cada ejercicio fiscal. Y sus gerentes sólo juegan sus cartas para asegurarse de seguir siéndolo una temporadita más y ahorrarse el ir a engrosar la cola del paro con la conciencia intacta, pero eco en la cuenta corriente. ¿Quién puede culparles? Yo no. Yo sólo culpo al sistema de financiación de la ciencia médica que obliga a los científicos a bailarles el agua a entidades que se lucran cuando malvivimos, tristes y enfermos. “Conspiranoias” aparte, una población eternamente sana y feliz no es rentable para quien vende medicamentos.
Me parece especialmente delicada la situación en que queda un paciente que de pronto se topa, bien sea en tu novela o por otros medios, con la denuncia de que medicamentos que siempre ha juzgado benéficos para su salud tienen en realidad efectos secundarios que pueden llegar a ser devastadores. ¿Cómo orientas a un paciente que requiere información confiable en torno a este tema?
Esa es sin duda la parte más peliaguda de mi día a día profesional, aunque lo cierto es que no suele llegar la sangre al río. Por suerte o por desgracia, la inmensa mayoría de mis pacientes acuden a mí precisamente después de leer mis artículos. Así que ya saben que no me echaré las manos a la cabeza si me confiesan que no se toman ese durísimo protector de estómago diario y perpetuo (o las estatinas vitalicias) que les han prescrito sus médicos. En la era de internet resulta rematadamente fácil reunir un montón de evidencia científica muy altisonante publicada en medios de divulgación de primer nivel y firmada por eruditos de innegable prestigio que respalden una recomendación clínica, pero también lo es aunar toneladas de ciencia que apoyen justo todo lo contrario. Soy consciente de que muchas de mis recomendaciones no serán bienvenidas por algunos profesionales sanitarios. Y por eso, tras cada primera consulta, envío un informe por escrito exponiendo las fuentes y aclarando las razones que las respaldan. Mi vocación es el resultado de veinte años de errores médicos muy bienintencionados, pero dolorosamente flagrantes, impuestos y unilaterales. Nunca se me permitió conocer la cara B de los fármacos que me robaron tres lustros de vida. De ahí que evite infravalorar la inteligencia y capacidad de juicio de quienes acuden a mí en busca de consejo. Mi trabajo consiste en dar acceso a toda la información que considero relevante para que los pacientes tomen su propia decisión, no tomarla yo por ellos.
“Llevamos setenta años persiguiendo al culpable equivocado”
Sé que has tenido entre tus lectores a varios médicos, incluso a una venezolana, Maru Lima, cuya actividad profesional la convierte en una conocedora de los temas que tocas en La revancha del colesterol. ¿Puedes hablarnos, desde tu perspectiva como autora, de cómo ha sido la recepción de la novela por parte de médicos, y contrastarla con la de lectores que no son especialistas en el tema?
Muy a mi pesar, la doctora Lima es una excepción a la norma. Es una valiente que se dedica en cuerpo y alma a cumplir su juramento hipocrático y no teme levantar la mano para discrepar del paradigma imperante. Sin embargo, fuera del mundillo de la salud integrativa (donde sí ha sido muy bien recibida), la mayoría de los médicos a quienes les he ofrecido la novela se han negado en rotundo a ojearla siquiera. Por desgracia (y pese a que cada día surge más evidencia en su contra), el tema continúa siendo tabú. Poner en entredicho el dogma anticolesterol es casi como decir que la Tierra siempre fue plana, lo cual me enerva y me maravilla simultáneamente. Hace ya nueve largos años que sabemos fehaciente y muy científicamente que los creadores de la hipótesis dieta-corazón (por la que comer grasa aumentaría el colesterol en sangre, lo que a su vez taponaría las arterias y provocaría los ataques al corazón) enterraron en un sótano la evidencia que la refutaba de pleno. Y el verbo “enterrar” no es una figura retórica: los adalides de la teoría literalmente cogieron los datos en bruto del enorme estudio con el que pretendían confirmarla y los escondieron en un arcón que ha pasado cinco décadas acumulando polvo en un sótano. El hijo de uno de ellos los halló cuando su padre murió y los donó para su análisis. Y los investigadores que procedieron a su examen ratificaron en 2015 que llevamos setenta años persiguiendo al culpable equivocado. Y aunque esta información está ahí fuera, a disposición de todo aquel que quiera buscarla, nadie se molestó en pagar una carísima campaña de marketing para que la noticia copase los titulares, porque nadie se enriquece exculpando al colesterol. Las estatinas, sin embargo, han facturado ya más de un billón de dólares. Y seguirán.
Tu prosa mezcla una agilidad narrativa con un trasfondo poético, incluso en las situaciones en que describes los aspectos más técnicos de la historia. En una comunicación previa me comentaste que esta es tu primera incursión en la ficción. ¿Cómo se formó esta historia en la mente de la psicóloga, nutricionista y keto-coach que eres? ¿Hay lecturas o autores que puedas mencionar como tus influencias?
Me han dicho hasta la extenuación que para enganchar al lector se ha de empezar fuerte, encontrando víctimas sanguinolentas o describiendo escenas de sexo, pero he hecho caso omiso, porque conmigo la estrategia no funcionaría. El libro se me caería de las manos antes de pasar a la segunda página. Lo cierto es que leo bastante, pero suelo recurrir a ensayos sobre ciencia, psicología y nutrición... o regodearme en viejas historias que ya sé cómo acaban. Las novelas nuevas me aterran. No me gusta pasar horas angustiada y con el corazón en un puño sufriendo por si los protagonistas acabarán cayendo en las garras del psicópata de turno o descubriendo cadáveres. Tampoco me atraen las novelas románticas (porque me frustran) ni los dramones (porque me deprimen y me cuesta horrores barrer la tristeza). Desde que pasé el cáncer, soy muy celosa de mi tiempo. Y me temo que con los años me he vuelto también poco aventurera en mis elecciones literarias, aunque sí tiendo a releer una y otra vez a mis viejos escritores favoritos, que auguro serán los que habrán influido en mi manera de escribir. Me encanta la fluidez narrativa de la bisoña Agatha Christie, por ejemplo, con sus misterios sutiles parcos en violencia gratuita y sus malos astutos que no provocan pesadillas.
En tu web se mezclan contenidos médicos y científicos con recetas de cocina, y todo en un estilo con el que transmites cercanía y confianza. Me gustaría saber si veremos este estilo en alguna próxima nueva publicación. ¿Tienes entre tus proyectos algún otro libro, quizás algo didáctico sobre salud y nutrición, o quizás reincidir en la ficción?
Confieso que disfruté tanto jugando a ser el titiritero que mueve los hilos y decide el destino de sus personajes que ya tengo una segunda novela entrando en imprenta y una tercera a puntito de caramelo. Aunque ambas tocan temas que me resultan cercanos (como el insólito poder que ostentan los influencers en el mundillo de la dietética y la turbia propaganda pro-dieta vegetal que nos asedia hoy), son mucho “más novela” y “menos ensayo” que su predecesora. Y sé que tampoco cambiarán el mundo, pero admito que me lo pasé en grande liberando a la niña gamberra que cobijo para que las escribiera ella.
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