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La almohada de la abuela

martes 25 de noviembre de 2025
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La despedida comenzó de forma inesperada. Te acercaste a la cama de la abuela, como lo hacías todos los días al mediodía. Ella yacía boca arriba, con los ojos cerrados, descansando plácidamente bajo las sábanas. No notaste nada inusual, pero algo en la cama te llamó la atención. Le sonríes tras arroparla, como cada día. Al dirigirte a la puerta sigiloso para salir, te sorprendió una voz familiar.

—Te espero debajo de la cama —dijo la voz.

Te detuviste, confundido por la procedencia de la voz. Dudaste. En la habitación, la abuela dormía la siesta; con el rosario entre las manos, descansaba sobre su cama. El sillón situado en una esquina conservaba las revistas que siempre la acompañaban, las cortinas cerradas, la lámpara sobre la mesa de noche iluminaba el ambiente con luz tenue y, a su lado, el vaso con agua que nunca bebía a esa hora. Su ropa estaba cuidadosamente doblada en la misma esquina de siempre sobre la cama. La abuela en bata disfrutaba de la siesta como todos los días; la acogedora habitación parecía desolada a la hora. Te detuviste y, con voz firme pero baja, dijiste:

—¡Perdón!

—Te espero aquí debajo de la cama —repitió la voz.

—¿En qué momento llegaste allí?

—Tengo rato, mucho rato; pierdes mucho tiempo en esa pantalla.

—¡No digas eso! Sabes que lo único que hago es trabajar todo el día.

Sin moverte de tu sitio, firme, de pie, miras a la puerta como si le estuvieras hablando a ella y no a quien se encuentra cómoda debajo de la cama de la abuela.

—¡Sal de ahí ahora!

—¡No! ¡No! —malcriada y malintencionada—. Quiero que te metas aquí conmigo. Quiero que te desnudes y te quedes aquí conmigo debajo de la cama.

Recorres la habitación con la mirada, buscando cualquier desorden, cualquier prenda fuera de lugar, ya sea en el suelo, en el sillón o colgada detrás de la puerta. Buscas algo que no sea la ropa de la abuela. Todo está en orden.

Sin perder la paciencia, con la mirada hacia la puerta, le contestas.

—¡Pero tú no estás desnuda!

—... Lo sé —se quita la blusa blanca y se la lanza a los pies—. Te estoy esperando. Cuando estés a mi lado, aquí conmigo —dando dos golpes fuertes en el piso—, me desnudo y te arrancaré el pantalón.

—...

La habitación se siente sola aunque en ella se encuentran los tres. Su voz te despertó de tu inquietud.

—¡Deseo sexo ahora! Ven a mi lado.

Con descaro e ironía, sacude la blusa que descansa sobre tus zapatos, diciendo: “Quiero que me quites lo que falta por quitar”.

Te agachas para recoger la blusa, te asomas debajo de la cama y la miras con la incertidumbre en la mirada y las ganas en el corazón. Por primera vez desde que están en la habitación de la abuela, se ven.

—¿Y esa almohada, de dónde la sacaste?

—Estaba en la cama de la abuela... huele... es de la abuela.

—¿Viniste hasta el cuarto de la abuela para quitarle la almohada?

—Tranquilo.

Te levantas un poco para ver a la abuela. Efectivamente, sobre la cama faltaba la almohada donde descansa la abuela.

—...

—La abuela no se enteró, tiene rato tiesa sobre la cama.

Tu mirada se paraliza, arrugas con fuerza la cobija, cierras los ojos, te levantas una vez más para ver a la abuela, pero no te percatas de nada extraño.

El rosario entre sus manos, sus ojos cerrados. Descansa en paz, como todos los mediodías desde que vives con ella. Su siesta, su vaso con agua en la mesa de noche, las revistas en el sillón, las cortinas corridas. Todo, todo estaba como tenía que estar. Te agachaste, pensativo, la miraste debajo de la cama. La duda, el respeto, el qué debes hacer, el corazón que te rebota, los senos de ella casi al descubierto, sus ganas.

—¡Apúrate!

—¿Desnudarme para qué?

—¡Para jugar Candy Crush, bobo! ¿Qué crees que vamos a hacer los dos desnudos debajo de la cama? ¿Quieres que te lo repita o quieres que me quite el pantalón para demostrarte que el sexo cabe aquí o detrás de un árbol como aquel día? —da golpe fuertes sobre el suelo, insiste, dos tres cuatro veces.

No sabes qué hacer mientras ella disfruta de la incertidumbre que se dibuja en tu rostro.

—Es un lugar incómodo y un momento inapropiado, ¿no te parece? Mi abuela está durmiendo su siesta.

—Vamos a reventarnos de caricias. Ahora estamos solos... —baja la voz como queriendo decirte algo al oído—. La abuela está muerta, no está viva; podemos hacer el amor a cualquier hora y donde nos provoque.

—En serio, ¿la abuela está muerta? —no te convence.

—Eso dice su cuerpo. Tieso como una roca.

—Debemos hacer algo.

Tu voz es un susurro que se pierde. Te pones rígido, pero no te alejas. Tu mirada salta de la oscuridad debajo de la cama a la figura sobre ella. El silencio de la habitación, ese silencio de siesta que conoces tan bien, de pronto te pesa, te asfixia. Piensas en abrir las cortinas, en dejar que la luz revele la verdad. Piensas en tu madre, tan lejos en Europa. Deberías llamarla. Deberías hacer algo. Pero tus pies están clavados en el suelo, y tu mano, en lugar de buscar el teléfono, se aferra con fuerza a la cobija de la abuela. La habitación conserva su quietud de siempre, mucho antes de que tu madre se fuera. Un silencio perfecto para lo que está a punto de pasar.

Su voz te arrastra de nuevo hacia abajo, impaciente.

—Ven, aprovechemos este momento extraordinario para estar juntos aquí, debajo de la cama. Juntos, antes que la muerte nos separe de nuevo. Sabes que no nos vamos a ver por lo menos por una semana. Sin sexo, sin ti.

Saca el brazo y con los dedos te insinúa, no una sino dos y tres veces, las ganas que te tiene.

—Tengo que llamar a mi madre —lo dices al aire, a la abuela, a ti mismo. Pero no te mueves. Bajas la mirada otra vez hacia ella, hacia ese brazo que te llama. Te agachas lentamente, volviendo a la conspiración. La miras, le acaricias el brazo. Le quieres quitar el sostén.

—¿Para qué?

—Para decirle que su madre, mi abuela, murió. Recuerda que está en Europa, de luna de miel, y se va a tardar en llegar.

—¿Ahora? ¿Vas a despertar a los vivos ahora? Ven, métete aquí debajo de la cama. Si quieres, puedes llamar a tu madre desde aquí, así hablamos los dos. Pero primero desnúdate, yo me desnudo —se quita el sostén— y nos besamos como colibríes, un piquito aquí, aquí y aquí.

Ese lado de su forma de ser, infantil y mandón, nunca te ha agradado del todo. Curioso, ahora te parece lo único real en la habitación.

—Y no se te ocurra dejarme con ganas, que te conozco bien. Cuando se me ocurra algo diferente, eres tú el que termina primero.

—Pero la abuela está muerta.

—Lo sé. Estuve allí, ¿no te acuerdas? Te lo dije. Mira, aquí está su almohada. Por cierto, la podemos usar como nuestro amigo el confidente, entre mis piernas, para separarlas, levantarme y bueno, ya sabes...

—Ya voy... Shhhh, no te salgas de allí. Te quiero como aquella vez en el jardín, detrás del árbol, te acuerdas, la abuela nos descubrió al natural. Qué divertido...

—La abuela siempre nos perseguía. Se metía hasta en la cama con nosotros. Por eso le quité la almohada.

—Escucho algo. ¡Ya va! Shh... No sé cómo nos encontró ese día detrás del árbol...

—Sí... sí... fue exquisito... hasta que la abuela nos quitó las ganas...

—¿Y si no está muerta? ¿Y si se hace la muerta para hacernos el sexo imposible? Tengo que hacer bulla. ¿Y si le quito el rosario? Tiene que despertar, verás. La prefiero viva y metiche que muerta y sin almohada.

—Ahora estás melancólico. Ven, mira, siente, estoy excitada. No quiero comenzar sin ti, aunque está almohada me tiene de a toque. ¿Para dónde vas?

—Quieres por favor esperar un momento... —se lo dices tratando de no perder la cordura, quieres y lo sientes.

—¡Guao! ¡También estás excitado! ¡Guao! No te vayas...

—Espera... espera, no me mires así. Si no está muerta tendrás que devolverle la almohada.

—A su edad, dudo que pueda agachar su cuerpo para encontrarnos debajo de la cama desnudos, enredados y con su almohada...

—No puedo ponerme encima de ti...

—Lo sé, tonto. ¿Por qué crees que elegí hacerlo debajo de la cama...?

—¿Para quitarle la almohada?

—En un rato, la almohada tendrá sabor a sexo... Ven...

—¡No! Deja la almohada donde está, déjala allí, entre tus piernas.

Te cuesta encontrar el botón de tu pantalón. El cierre baja con un zumbido sordo que te parece un grito en el silencio de la habitación, pero no te importa. El pantalón se enreda en tus tobillos, das unas patadas hasta quedar como Dios te trajo al mundo, como ella te exigió.

El piso está frío, áspero contra tus nalgas. Te arrastras bajo la cama, hundiéndote en la oscuridad que te traga. El aire es denso, huele a viejo, a polvo, a encierro, a siestas, a madera de cama vieja. Pero ella está a tu lado. Más fuerte es su aroma, su excitación; un deseo sexual apretujado en el corazón desde aquel día detrás del árbol. Un calor animal; el sudor de su impaciencia y el deseo que marea.

La sientes, cierras los ojos, un cuerpo en la penumbra con un deseo incontrolado por sentirte en lo profundo de su ser. Tu rodilla roza su muslo desnudo. Sientes la almohada de la abuela, aplastada entre sus piernas, un testigo suave y profanado. Te busca en la oscuridad, con una mano te agarra de la nuca con una fuerza que no esperabas y con la otra busca tu miembro, te jala hacia ella.

—Ni se te ocurra dejarme con las ganas —te lo dijo al oído antes de morderte.

Su aliento te golpea la cara, caliente, urgente.

Y la besas. O ella te besa a ti, da igual. Es un beso que no pide permiso, un beso que sabe a encierro, a polvo, a siesta, a deseo travieso. Un beso que muerde, que silencia el rosario y el cuerpo tieso que yace a centímetros sobre sus cuerpos. Es el pacto. Has elegido, y ahora, aquí debajo, la vida ruge, ignorando por completo a la muerte.

—No llamaste a tu madre.

—La despedida de la abuela puede esperar.

Enrique Coll Barrios
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