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Ave María (en voz baja)

viernes 4 de julio de 2025
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Con la bendición de Dios, Juana no está embarazada. Dios aún no le ha concedido esa bendición.

Los sentimientos se vuelven costumbre,
el rezo clama por Dios y por todos los santos.
Amén.

La madrugada araña el cielo con lentitud deliberada. Joseph se desliza entre las sombras; cada crujido del piso parece un delator. Recordó su primer día en el seminario: el olor del incienso, las manos sobre su cabeza, la promesa de obediencia. Deja el morral entre los pliegues del altar. La cera de las velas gotea sin prisa, como si el tiempo estuviera en pausa. Las actividades están por comenzar.

El domingo pasado, durante la misa del mediodía, Juana terminó su confesión, rezó tres padrenuestros y dos avemarías. Luego se acercó a Joseph, acarició su mano y le entregó un papel arrugado.

Joseph desconcierta a los feligreses con su juventud y belleza poco sacerdotal. Es joven, inteligente y atrevido, y ama a Dios por sobre todas las cosas.

Con el papel arrugado en el bolsillo, Joseph subió cauteloso al segundo piso y encontró la habitación. Sor Ironía, despierta, regordeta, sonriente, llena de energía y dando gracias a Dios, salió de su habitación y subió las escaleras como una atleta entusiasmada, sin darse cuenta de que Joseph ya estaba allí.

Sin esperar a que Juana abriera la puerta, Joseph la abrió. Allí estaba ella, con los ojos cerrados, esperándolo con ansias y remordimiento, aunque no quería que él se diera cuenta.

Sobre la mesa de noche, una foto desteñida captura un momento tierno entre Juana y su madre frente a la iglesia. La madre sostiene el brazo de Juana, ambas sonríen y la Biblia descansa bajo el brazo de su madre. Al lado de la foto, el rosario de Juana y una efigie de santa Rita reposan en silencio.

La foto, capturada por Joseph hace algunos años, es un recuerdo preciado de un vínculo que trasciende los pecados, las oraciones y el remordimiento.

La frase “Aquí se reza el Rosario, puerta de paz para entrar a la casa del Señor”, se lee en la puerta de entrada del Colegio de las Monjas de la Concepción del Santísimo.

Sor Ironía, como cariñosamente la llaman todos, levanta la voz desde el borde de la escalera.

La fachada de color incipiente de una casa detenida en los años 50, donde el polvo y el incienso son parte de las paredes, alberga sólo a muchachas entre trece y dieciocho años. Durante más de cincuenta años, ha sido el hogar de las Monjas de la Concepción del Santísimo, el colegio más antiguo de Barquisimeto.

Joseph estaba bien familiarizado con la casa: tres pisos, un ático y treinta habitaciones que seguían un patrón similar de crucifijo, cama y oración. Aquí las niñas aprendían a vivir como si Dios observara cada uno de sus movimientos. Cada habitación estaba equipada con lo esencial para que las alumnas vivieran en armonía y paz. Algunas habitaciones tenían dos camas, un armario, un pequeño baño, dos mesas y dos sillas de los años 50. También había un estante para libros y un crucifijo colgado encima de la puerta para protegerlas incluso mientras dormían. Cuarenta y tres muchachas tenían el privilegio de aprender y vivir la vida de una sola manera en este colegio.

Sobre la cama, ordenadamente colocados, estaban la falda del uniforme, la blusa y el sostén blanco. Juana, desnuda bajo las sábanas, se preguntaba si extrañaba a su madre o a la niña que era cuando Joseph tomó esa foto. Las campanas llamaban a la oración, pero Juana no podía concentrarse. Sentía la presencia de Joseph y, presa del miedo, se abstuvo de respirar o abrir los ojos. Confundido, Joseph se acercó lentamente, indeciso entre despertarla o escapar del deseo que lo atraía hacia la cama.

—¡Muchachas, apúrense! No lleguen tarde. El sacerdote es muy puntual y no le gusta empezar hasta que todas estén en su lugar —exclamó sor Ironía mientras bajaba las escaleras con la misma actitud con la que las había subido—. ¡Apúrense! —bajó deprisa, repitiendo en voz alta—. ¡Apúrense, apúrense...!

Con su escalera que resonaba, el pasamanos de madera y las ventanas amplias abiertas al viento del amanecer, las chicas, vestidas con sus uniformes azules, camisas blancas y zapatillas negras, abrieron las puertas. Se saludaron con cara de sueño al encontrarse en los pasillos. Algunas parecían irritadas, mientras que otras, rosario en mano, se mostraban indiferentes, despeinadas y sin esperanza de que el día fuera diferente al anterior.

Juana abre los ojos y ve a Joseph. Le sonríe, una mezcla de temor y deseo en su mirada, le ofrece un espacio a su lado. Con paso lento y nervioso, Joseph se quita el alzacuello y deja los zapatos a un lado, cerrando los ojos. No sabe si el temblor en sus dedos es deseo, culpa o fe quebrada. ¿Dios está mirando? ¿O le ha dado permiso para sentir?

Se muestra reacio a desnudarse. Juana, en un gesto de confianza, retira las sábanas, exponiéndose ante él en su estado más natural. Es la primera vez en su vida que se muestra a un hombre como Dios la creó. Aterrorizado, Joseph la besa en la frente y se acuesta a su lado, sin atreverse a acariciarla. Teme su cuerpo y no sabe qué hacer. Juana tiembla debajo de las sábanas, sin atreverse a respirar.

Cada día, de domingo a domingo, sor Ironía sigue una rutina inquebrantable. Es la primera en llegar a la capilla, un salón resguardado del tiempo donde las reliquias están al cuidado de las muchachas del tercer año. El ambiente es sombrío, con poca luz y el olor persistente de velas encendidas. Al fondo, Jesús, colgado del techo, abraza la mesa de roble pesada cubierta con una tela blanca, un guiño respetuoso a los rituales religiosos.

El crucifijo colgado sobre la puerta parecía flotar entre sombras. Joseph lo miró un instante antes de cerrar los ojos. Sentía que le pesaba en la nuca, como si su silencio tuviera cuerpo. A su lado, Juana respiraba apenas. Ninguno hablaba. Afuera, las pisadas de las muchachas cruzaban los pasillos como rezos perdidos.

Sor Ironía, tras alinear meticulosamente las siete filas de bancos de la capilla, se arrodilla en la primera fila, en el primer banco a la derecha. Las muchachas están a punto de llegar y todo debe estar en orden, como lo quiere el Señor. Se santigua y, con el rosario en mano, comienza a rezar sin esperar a los demás. Al levantar la vista hacia Cristo, su mirada se fija en el morral de Joseph, que descansa detrás de la mesa.

Juana abraza a Joseph, y ambos se esconden bajo las sábanas para rezar.

Con la delicadeza que se le tiene a una estatuilla de porcelana, José acaricia el cuerpo de Juana. Sus manos temblorosas recorren su piel blanca y delicada, descubriendo sus senos firmes y sus pezones oscuros. Ella es la única mujer que ha visto desnuda.

La cintura de Juana lo invita, y su vientre responde, buscando su toque entre caricias. Su cuerpo no puede esperar más; se alza con la urgencia de una oración no dicha.

El anciano sacerdote, vestido con una sotana desgastada, fue convencido a regañadientes de oficiar la misa. Las compañeras de Juana guardan silencio cómplice sobre su ausencia. Joseph y Juana, con las ganas pendientes, disfrutan del silencio de la casa, desnudos e indiferentes a la actividad a la que siempre asisten por amor a Dios, pero no en esta ocasión.

En la casa, se palpa el intenso desgano de las alumnas que no quieren ir a misa. Las más disciplinadas, peinadas y vestidas adecuadamente, llevan la Biblia y el rosario del colegio. Las recién despertadas, en vez del rosario, tienen una taza de café o té en la mano; mientras se dirigen a la capilla, bostezan y se arreglan el cabello. Las que apenas abrieron los ojos minutos antes de salir de sus habitaciones están desorientadas, despeinadas y nada arregladas, con la camisa afuera, los calcetines arrugados y sin ganas de caminar, y mucho menos de rezar. A cada paso, un bostezo. Tratan de evadir a las monjas a la entrada de la capilla para evitar reprimendas.

No se escuchan pasos por los pasillos.

—¿Es tu primera vez? —preguntó Joseph con timidez.

—Sí... —respondió Juana y lo besó.

—La mía también... —respondió Joseph con ternura.

Las campanas resuenan sin cesar, anunciando el inicio de la misa.

—Juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos caminando... —la melodiosa voz del coro de las muchachas resuena en cada rincón de la casa.

Juana, con sólo dieciocho años, está convencida de que Joseph es el amor de su vida. Anhela descubrir su cuerpo como él ha descubierto el suyo. Sin vergüenza, lo atrae hacia ella, deseando tenerlo más cerca, muy cerca. Un deseo extraño la hace perder el ritmo al respirar, se contrae y se ofrece sin más. Joseph descubre el intenso color verde de los ojos de Juana; las naturales intenciones se desatan. Joseph y Juana se prometen.

—Si lo tocas, despierta —susurra él, con un desconocido deseo.

—Que sea lo que Dios quiera... —Juana se persigna, cierra los ojos y, con la mano que reza el rosario, acaricia a un hombre por primera vez.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El rezo se eleva, y las sombras se agitan. Por primera vez, Joseph se pregunta si Dios escucha; aún enredados, con el respeto que se merece una primera vez, oyen... pero se descubren en silencio.

—Que Dios nos perdone.

—La paz os dejo, la paz os doy —dicen las muchachas, acercándose a las demás. Se abrazan, se besan en las mejillas y ofrecen paz con gestos indiferentes desde lejos. Continúan con su devoción a Dios y a la Iglesia.

Juana murmura un avemaría entre gemidos mientras Joseph santifica cada caricia con manos devotas; su mente ya no está en Dios ni en rezos; su cuerpo arde con un solo deseo: romper su virginidad. “Señor, ten piedad... Cristo, ten piedad”, repite la voz en su cabeza, como un eco ahogado por el tacto. Después, el silencio. El cuerpo de Juana en reposo, el pecho de Joseph subiendo y bajando como en una oración muda. Afuera, las muchachas en la capilla comparten la paz.

En los jardines de la casa, el murmullo de las oraciones envuelve la esperanza. Las alumnas rezan, se comulgan y ofrecen sus oraciones a alguien más.

En la primera fila, las monjas, incluyendo sor Ironía, se santiguan, se sonríen entre ellas y se dan la bendición. La paz sea contigo, se respira soledad.

El amanecer inunda la habitación de Juana, bañando el espacio donde ella y Joseph se juraron amor sin comprender del todo por qué. El sexo los dejó con hambre, lo que les bastó para ignorar la transición del amanecer a la mañana. Un beso casual, una promesa de eternidad, y los cuerpos de ambos se entrelazan en una cama donde sólo cabe uno. Dos se abrazan, sin escatimar besos ni caricias, con un deseo persistente de más. Joseph, diez años mayor, le provoca el placer de estar, de no cuestionar si es correcto o incorrecto. Sus caricias proclaman amor, y una sola basta si es con fervor. No se cansan de sentir sus cuerpos, de descubrir la piel como si fuera nueva, de reír y besarse aquí y allá.

Las amigas de Juana susurran entre ellas, se sonríen con picardía y celebran en silencio su audaz desafío a las estrictas normas del Colegio de las Monjas de la Concepción del Santísimo. Su mejor amiga les pide discreción, no están seguras de lo que realmente pasó. Sin embargo, una cosa es clara: Juana no estuvo con ellas. Por primera vez, rompió con las tres reglas sagradas del colegio: aprender, compartir y creer en Dios por sobre todas las cosas.

La mañana entra por la ventana. La misa está a punto de terminar. Joseph y Juana se han enredado la vida. Él no ofició la misa. Ella, después del orgasmo, duerme en paz.

—...Podemos ir en paz —dice el sacerdote con un particular alivio.

Las monjas, en las primeras filas, se arrodillan. Algunas se quedan con la cabeza sobre sus manos y los ojos cerrados, rezando, mientras que otras simplemente murmuran:

—Demos gracias al Señor.

Se santiguan y caminan hacia el pasillo.

—Shhh... —Juana pone el dedo sobre sus labios.

Luego, sus labios se encuentran en un beso.

Una sonrisa discreta los estremece.

Están solos, como Dios los trajo al mundo.

Las alumnas esperan con ansias la salida de las monjas de la capilla. Al escuchar el “podemos ir en paz”, su ánimo mejora. La misa ha terminado, y cada una se arrodilla y se persigna para evitar ser amonestada, pero su atención está puesta en las demás.

Las campanas vuelven a sonar. Las alumnas corren, ríen y se abotonan la blusa a medias. Joseph y Juana no se mueven. Todavía no.

Juana, abrazada por Joseph, recuerda aquel domingo en que su madre, rosario en mano, los presentó en la puerta de la iglesia.

Las muchachas salen de la capilla en silencio, pero en el pasillo las conversaciones estallan. Ríen, bostezan, se abrazan, se arreglan la blusa, se arreglan la falda torcida. Expresan su hambre, proponen ir a desayunar, desean un jugo, anhelan una empanada, necesitan una arepa. Buscan a Juana.

En la habitación, los recuerdos se tropiezan.

El rosario no se toca.

La Biblia no se abre.

Santa Rita reposa en silencio.

En pequeños grupos de dos o tres, las alumnas se dirigen al comedor siguiendo un itinerario claro, aunque en una fila desordenada. El ambiente rebosa de camaradería y entusiasmo por un día que promete parecerse al anterior. Sin embargo, en un giro inesperado, sor Ironía —conocida por su puntualidad— es la última en salir de la capilla.

No son sólo las ganas las que con el tiempo se disipan; también las culpas, los arrepentimientos.

Se desvanecen cuando los cuerpos se funden.

Juana y Joseph viven del amor que, acaso, Dios les entregó.

—Juana —llamó sor Ironía, golpeando la puerta—, ¿te encuentras bien? ¿Necesitas algo? ¡Las muchachas han preguntado por ti!

Al no obtener respuesta, sor Ironía golpeó de nuevo, esta vez con más insistencia. Esperó unos minutos más y, alzando la voz, advirtió:

—¡Aquí en la puerta le dejo el morral al padre Joseph!

Santa Rita permaneció en silencio. Afuera, la voz de sor Ironía se desvaneció.

Amén.

Enrique Coll Barrios
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