El autobús
—Imagina que agarras cada sentimiento con delicadeza, como si fuera un cabello; lo sujetas con las yemas de los dedos. Escoges uno a uno, los arrancas del corazón y los enrollas hasta formar un ovillo; como una bola de pelos, pero hecha de lo que sientes. La metes dentro de un viejo calcetín que se convierte en tu confidente. Sientes que, en cualquier momento, uno de esos sentimientos pegará un grito para contarte un secreto.
Katherine soltó aquella barbaridad sin decir “buenos días”. Estábamos en la parada, rodeados de ese olor a monóxido que anuncia la llegada del autobús. Elevé la voz para que la señora del abrigo de lana no perdiera detalle mientras apretaba a su gato contra el pecho:
—Y de vez en cuando te acercas el calcetín a la boca y lo soplas... como si fuera una flauta de traumas desafinados.
Ella se quedó callada.
La señora del gato se apartó un poco y nos miró de reojo; su mascota no apartaba los ojos de Katherine.
Katherine me dedicó una mirada de lástima y continuó con su protocolo mientras sujetaba al muñeco de un ojo bueno que siempre la acompañaba.
—La diferencia, Robert, es que mi flauta tiene música; lo tuyo son sentimientos encontrados. Tienes que tener el calcetín a tu lado, sobre tu escritorio, en la mesa del comedor o debajo de tu almohada. De vez en cuando, debes darle un soplo de confianza para ver hasta dónde llega. ¡Atrévete un día a vivir sin sujetar tus enrollados sentimientos!
La mujer abrazó al gato, horrorizada ante la idea de meter a su mascota en una prenda para soplarlo.
El trayecto fue tranquilo; Katherine habitó el fondo de su calcetín en un silencio respetuoso. Al llegar al instituto, un par de amigas la saludaron con esa alegría fingida de las siete de la mañana; ella sólo les devolvió un gruñido apático.
Somos amigos desde que éramos bebés. Vivimos en La Cima Tres, un edificio vigilado por ángeles de piedra tan discretos que parecen tímidos. La familia de Katherine se mudó después de nosotros; ellos al 3 y nosotros al 4. Nuestro primer encuentro fue un roce de ruedas en el vestíbulo. Yo lloraba; Katherine, imperturbable, jugaba con su muñeco tuerto. Al abrirse el ascensor, los cochecitos no cabían. Katherine miró a su madre, quien entendió el mensaje y nos dejó subir primero. Una vez que las puertas se cerraban, cada uno volvía a su mundo, atrapados entre subidas y bajadas.
Qué casualidad
La puerta se abrió con un suave crujido; ahí estaba ella, con el tuerto en brazos. Lucía y yo, acurrucados, nos convertimos en una figura extraña bajo las sábanas. Katherine se detuvo junto al escritorio. Con mucha calma, alineó dos bolígrafos hasta que la distancia fuera perfecta; colocó al tuerto allí y entonces buscó mi mirada.
—Acabo de perder mi virginidad —dijo, con la naturalidad de quien comparte una noticia.
Lucía se escurrió bajo las cobijas y yo intenté recuperar la compostura.
—Qué casualidad... nosotros también —contesté.
Katherine se sentó en el borde de la cama con una fijeza desafiante, como si Lucía nunca hubiera estado allí.
—¿Con Lucía? —preguntó.
—Hay una conexión especial. Me gusta y yo le gusto.
Establecí un límite que ella ya había superado. Lucía salió en silencio ante la presencia de Katherine, que ya ocupaba el lugar más importante en mi vida.
—¿Te acuerdas de César? —preguntó Katherine—. ¿Recuerdas el día que nos bañamos juntos por última vez? El día que tú y yo nos tocamos.
—Tú me tocaste primero. El hilo de trapo puede dar fe —le recordé, señalando al tuerto.
—Yo estaba confundida —continuó ella con la mirada perdida—. Ese fue el día que César se atrevió en el parque; fue el primero en tocarme por encima de la ropa. Se lo prometí aquel día. Hoy perdí mi virginidad con él para cumplir esa promesa.
—La virginidad no se promete, se comparte...
La besé con la necesidad de dejar rodar el calcetín. Por primera vez nos besamos en los labios; aquel fue, realmente, nuestro primer encuentro. A partir de ese momento nos enredamos con tanta frecuencia que perdimos la noción del tiempo. Nos enredamos en su mar de sentimientos sin que yo me diera cuenta... y ella tampoco.
Nuestra vida era un vaivén de minutos y años. Éramos felices así.
Tal vez, después de todo, yo sólo era su calcetín.
La primera vez
Encontramos a Katherine en un corralito precioso, lleno de juguetes de compostura sobria y lejana. Mi madre me encajó el biberón antes de irse a la cocina. Me quedé solo en aquel corralito de juguetes serios, a merced de Katherine, del tuerto y del hambre. Katherine bebía su biberón con una lentitud desesperante, saboreando el ritual. El orden implacable del lugar me puso nervioso.
Le arrebaté el biberón al tuerto y las gotas invadieron el corralito. Ella observaba con una fijeza clínica cómo me deleitaba con el botín ajeno. Al terminar, sacudí las últimas gotas sobre el ojo bueno del muñeco. Katherine me arrebató el envase y se refugió en una esquina, usando al tuerto como escudo. Recuperé el envase y lo lancé fuera de nuestra jaula.
—¡No! Eso no se hace —balbuceó ella.
Comenzó a jalarse el cabello como si seleccionara las hebras exactas para arrancárselas. Así fue nuestro primer encuentro: yo invadía su vida y ella lo aceptaba para poder observar la invasión desde su centro de control.
Comodidad maternal
Bañarnos juntos era una comodidad maternal; para nuestras madres, era el pretexto ideal para entregarse al café y los chismes. El ritual se mantuvo casi hasta la pubertad. Un miércoles Katherine estaba inquieta; su bola de pelos escapaba del calcetín. Hablaba sin tregua, sacudía el agua y se hundía para emerger y observarme con una fijeza casi animal.
Se puso en pie y el agua le quedó a las rodillas. Desnuda, me extendió la mano; acepté con un pulso acelerado que no supe diagnosticar. Por primera vez, noté la curva de sus pechos y la oscuridad de sus pezones sobre su piel café claro. Katherine exploró con curiosidad, y mi cuerpo respondió con una espontaneidad mecánica. No retiré su mano. Busqué a tientas entre sus piernas, encontrando sólo una suavidad desconocida; ella se abrió sin preguntas. Nuestros cuerpos traicionaron secretos biológicos nuevos, ignorando el frío que se filtraba entre subidas y bajadas.
De repente, el grito de mi madre resonó por toda La Cima Tres, poniendo fin a nuestro torpe descubrimiento.
El parque
Mientras nuestras madres cumplían sus doce vueltas de rigor, nosotros observábamos el espectáculo. Nos reíamos de las caídas ajenas o de las burlas al triciclo de Katherine, que ella ignoraba con una elegancia aterradora. César era un optimista que orbitaba alrededor de ella con una sinceridad cómica. Una tarde intentó llamar su atención con un barquillo de mantecado; cuando le pedí probarlo, se negó. Fue un ajuste de cuentas: giré el manubrio y César tropezó con mi rueda. El helado terminó en el suelo, y él, de rodillas. Katherine miró su suciedad con fijeza clínica:
—Te ensuciaste todo... —sentenció con desprecio—. Pareces un muñeco roto.
En ese momento supe que Katherine no lo estaba despreciando.
El orden vs. el desorden
Un día encontré un paquete de toallas sanitarias sobre su cama; me inquietó la presencia de ese intruso. Me soltó con sequedad que le había venido la regla por primera vez. Revisé el envoltorio buscando una escala métrica y pregunté si le había venido en centímetros o en pulgadas.
—Pregúntale a tu mamá; ella seguro te explica esas funciones orgánicas —respondió molesta.
Extraje una toalla y me la arrebató con un movimiento brusco.
—Todavía no sé dónde ubicar esto —confesó—; no sé si su lugar es el baño, el clóset o aquí, en el escritorio.
Se jalaba el cabello mientras lo clasificaba, hebra a hebra, hasta quedarse con una entre los dedos.
Cuando Katherine entraba a mi habitación, se convertía en una máquina de orden. Recogía ropa, alineaba zapatos y archivaba lápices. Me irritaba porque, cuando me quedaba solo, mi cuarto me resultaba desconocido; sentía que todo sobraba. Incluso mis gorras terminaban clasificadas por colores; después de su visita, siempre me faltaba alguna.
El tres
Mi “tía” nos invitó a su apartamento y mi madre aceptó encantada; para ella, Katherine era el ejemplo de perfección. El aire allí era limpio y ultramoderno, con un olor a bienvenida forzada. Cada objeto ocupaba su sitio como si cumpliera arresto domiciliario. Mi “tía” gestionaba los espacios con una eficiencia impecable mientras el padre habitaba una órbita lejana.
La habitación de Katherine era un laboratorio de ángulos rectos, con lápices alineados según su desgaste y libros clasificados por tamaño. La cama estaba siempre en guardia. En cambio, la habitación de sus padres permanecía cerrada; un enigma que a veces filtraba ruidos de carne y hueso, pasiones que el resto de la casa no toleraba. Aquellos sonidos la tranquilizaban: eran la prueba de que sus padres no eran sólo mobiliario.
El cuatro
Nuestro piso era un lugar donde los objetos habían ganado la batalla por el espacio. El sofá, sepultado bajo una montaña de cojines, parecía devorar a quien se sentara. En mi casa, los libros se reproducían por las esquinas y el desorden era una condición natural. La habitación de mis padres era un jeroglífico sentimental: una frontera invisible que separaba dos mundos en tregua permanente. En mi casa, el amor se medía por complicidad; en la de Katherine, parecía guardado en una caja bajo llave.
La muerte
La muerte de su madre encerró más la existencia de Katherine dentro de un calcetín. Murió, irónicamente, de una sobredosis de orden. No había terminado el novenario cuando ella me escupió una serie de reproches ácidos porque se habían agotado las galletas de mi madre; el duelo, en su caso, se manifestó como una fractura en el balance de sus afectos.
La última vez que entré en su habitación, empacaba para irse a la universidad y el espacio era un caos: camisas, medias, pantalones y hasta toallas sanitarias sin abrir invadían la superficie de la cama. Katherine, agresiva, arrojaba lo que encontraba dentro de las maletas con un desprecio absoluto por la simetría.
Sentí que aquel desorden era una profanación. Comencé a organizar aquel desastre, incapaz de permitir que se marchara dejando su vida con semejante ofensa a la memoria de su madre
El triciclo y la bicicleta
Mi madre bajó esa tarde con galletas de chocolate; desde entonces, el intercambio se convirtió en costumbre. Había días en que nuestras madres olvidaban quién vivía en qué piso y nos dejaban en el tres o en el cuatro según les conviniera. Nuestras pertenencias invadieron territorio ajeno: sus dibujos abstractos aparecían entre mis cuadernos y mis zapatos terminaban bajo su cama. Mi bicicleta y su triciclo a menudo dormían juntos en el lavadero de su casa. Pasábamos los eneros compartiendo sobras y chismes en cualquiera de nuestros dos refugios.
La merienda
Recogíamos juguetes con la prisa de quien quiere llegar a tiempo a la merienda: merengadas de Oreo, helado y galletas. Katherine sentaba al tuerto con una naturalidad que daba rabia y compartía la torta con él, miga a miga, imponiendo las normas de su madre:
—Los helados no. Eso mancha.
Yo atacaba el plato como una nave espacial desorbitada, contando las gotas de helado antes de saborearlas en voz alta para ver sus gestos de asco. Mi mayor placer era el chirrido agónico de mi pitillo desafinando su sintonía de silencio.
Pasaron las semanas; Katherine exhibía una bicicleta envidiable y yo lidiaba con unos patines que nunca me convencieron.
Nuestra conexión nunca necesitó discusiones. Compartíamos libros y series en mi sofá, ocupando, en silencio, el mismo espacio bajo los cojines. Éramos dos seres enredados desde los cochecitos: yo con mis berridos y ella con su bola de sentimientos.
Tuvimos una vida aburrida. O convencional, como diría ella ahora.
El beso en el pasillo
Caminé hacia mi salón cuando sentí un apretón en el brazo.
—¿No te vas a despedir de mí? —preguntó enfadada.
Me volví y le rocé la mejilla con los labios; un gesto más técnico que afectuoso.
—Disculpa... No quise sacarte de tu calcetín imaginario —le susurré—. Cuando salgas, me despido bien.
La dejé allí, con esa fría mirada que traía de fábrica desde que era niña.
El tres y el cuatro
Katherine estudió Arquitectura; dominaba las escalas y la simetría con una lucidez técnica, capaz de proyectar orden hasta en los espacios más inhóspitos. Yo elegí la Medicina para buscarla bajo la dermis. Entre venas y nervios, intentaba localizar la raíz de su misterio; la anatomía y la psique eran mis herramientas para diseccionarla.
Nos instalamos en un edificio equidistante de ambas facultades: ella en el tercero y yo en el cuarto.
En alguna ocasión, mientras recorría los alrededores verdes de la universidad, creí distinguir a César entre la multitud de estudiantes, por su forma de comer helados; sonreí sin saber muy bien por qué.
Lucía
El silencio de la piscina a primera hora y el ritmo mecánico de las máquinas formaban parte del rigor con que Katherine preservaba su armonía. Ojos verdes, piel café claro y una melena negra de corte cuadrado sobre los hombros; aquella exactitud despertaba en mí una perturbadora curiosidad que terminaba por transformarse en algo mucho más denso.
Íbamos juntos al gimnasio cada mañana. Pocas veces me invitaba a su apartamento; el desorden de sus compañeras era una patología social en la que ella se negaba a participar.
Sólo una vez bajé al tercer piso. Me abrió una muchacha de un volumen corporal que desafiaba las proporciones de su estatura. Vestía una franela blanca de pijama, arrugada y con manchas; noté sus senos un poco caídos, el pelo indómito y una sonrisa que me resultó insultante por lo atrevida.
—Tú debes ser Robert —dijo, bloqueando la puerta.
—Y tú... debes ser la razón por la que Katherine no pega ojo últimamente.
Sonreímos, pero no me dejó pasar.
—Soy Lucía. Vivo con Katherine y otros dos ejemplares femeninos.
—Necesito un poco de azúcar —mentí.
Me entregó una taza pequeña y cerró la puerta con un breve adiós, dejándome con la urgencia de invitarla a salir.
Al llegar al cuatro, comprendí que mi atracción era puramente reactiva: una reacción alérgica a la simetría de Katherine.
Katherine entraba y salía de mi apartamento con naturalidad; entendía que mi desorden era intencionado. No ordenaba mi ropa, pero tenía una debilidad: mis gorras. Las organizaba meticulosamente sólo para quedarse con la que más le gustaba. Días después la veía luciéndola con esa sonrisa de niña traviesa: era su señal de que había ganado la partida.
Mi madre todavía vive, y nuestros padres también.
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