
Debió ser en el sugestivo año de 1984, estoy seguro que un sábado, cuando llegó a mis manos el tomillo de El alférez real, de José Eustaquio Palacios. El libro debieron habérselo mandado a leer a mi hermana en el colegio donde hacía su bachillerato. Yo ya me había iniciado con cierta seriedad en la escritura. Es decir, ya era consciente de que quería ser escritor, porque, de hecho, me veo escribiendo desde los nueve años, ya sea un diario, un cuento más parecido a un discurso que a una narración, una novela sobre el caso de Nicolasito1 que estremeció al país en octubre de 1980 (una tragedia que, como muchas cosas en Colombia, terminó convertida en una mezcla de espectáculo y solidaridad), otra novela sobre un niño perdido y sin familia (guion de los melodramas mexicanos y venezolanos) y poemas perfectamente rimados con todas sus reglas, pero malos, pese al esfuerzo.
Recuerdo haberme sentado en el patio del viejo caserón del barrio San Isidro de Barranquilla. Allí vivíamos mi madre, mi hermana y yo arrendados en un apartamento maltrecho, pero con el suficiente espacio para moverse con cierta libertad; además, contábamos con un patio grandísimo compartido con los propietarios. Estoy —me veo— sentado bajo el palo de níspero apenas saliendo el sol. Me veo —allí sigo—, terminada la tarde y mi madre apresurándome para que la acompañara a una fiesta a la que poco me interesaba asistir. Y yo allí sin soltar el libro, pendiente de qué sucedería al final con doña Inés y Daniel, si podrían al fin expresar libremente su amor, derrumbar los muros que impedían que se manifestara plenamente. Al final pude ir a la fiesta, y en medio de ella no podía sino repetir en mi mente la historia que me había dejado fascinado, que me había sentado todo un día bajo el árbol de níspero del cual sólo me apartaba para ir a comer algo o ir al baño. A los pocos minutos, regresaba a sentarme otra vez bajo la sombra del níspero a seguir la historia de un amor imposible por los prejuicios aristocráticos de la época.
Hay libros que pese al paso del tiempo siempre los llevamos en nosotros. La memoria desecha detalles y se queda con lo que más le interesa de la historia. En mí sobrevivió la lucha de un amor imposible de llevar a cabo por las rígidas normas sociales. Yo era muy joven y tenía poca formación política (más bien ninguna). Sólo sabía que mi familia se había declarado siempre liberal. Uno de mis bisabuelos, Óscar Pérez, fue activista y se convirtió, incluso, en alcalde de su pueblo (también el mío) a nombre del gran partido liberal. Por su casa, en la que vivió parte de su infancia y adolescencia mi madre, pasaron líderes de toda la región y el país; uno de ellos fue el fascista Julio César Turbay Ayala, un criminal que reprimió toda forma de protesta. Al fin y al cabo los liberales, en determinado punto de la historia, no se diferenciaban de los conservadores sino porque unos iban a misa de 5:00 y otros a la de 8:00, como bien diría el coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad.

De otro lado, también nos considerábamos todos católicos, sin excepción alguna hasta cuando mi bisabuela, inducida por una amiga que llegó de Cartagena hasta nuestro pueblo San Antero a pasar unos días de vacaciones, la dejó convertida en una bautista, algo extraño para todos los miembros de la familia; sin embargo, siempre fue amada.
Así que mi visión del mundo era estrecha. Sólo la ampliaría gracias a tres factores que fueron para mí determinantes en mi formación: los libros, el Instituto Pestalozzi y la Universidad del Atlántico. Todo lo anterior entrecruzado por dos factores: de un lado la política, debido a mi simpatía y militancia a medias en la Juventud Comunista, y mi carrera de Lenguas Modernas en la modalidad de español-francés.
Volviendo al libro, lo cierto es que en mi memoria sólo perduró la historia romántica de doña Inés y el pobre Daniel. Siempre he sabido que nunca somos los mismos. Somos, como dice Heráclito de los ríos, otros. En verdad, somos los mismos y diferentes. Hay una unidad en nosotros; también un continuo fluir que nos renueva cada instante, cada día, cada momento. He vuelto a muchos de los libros que me han conmovido o estremecido. Cien años de soledad, por ejemplo, lo he leído múltiples veces y cada vez lo encuentro más rico, el mismo y diferente. El libro cambia porque yo cambio. Así como cambió para mí en gran medida El alférez real.
Pocas veces mis familiares me regalan libros y no lo hacen porque piensan, por un lado, lo que obviamente resulta falso, que los he leído todos, y por el otro (mucho más razonable), que el hecho de que me guste leer no significa que lea todo lo que caiga en mis manos. Así que cuando me quieren regalar alguno, lo que me gustaría que hicieran con más frecuencia, me preguntan (muy pertinente). Mis hijos, no obstante, se han arriesgado. Ambos me regalaron sendos libros que ya había leído. Esto (contrario a lo que algunos creen) no necesariamente es problemático o desagradable para el lector que recibe el libro de regalo, porque si bien tanto El alférez real como el otro (una antología de cuentos clásicos rusos de la que hablaré en otro ensayo) ya los había leído, son libros que merecen ser releídos. Lo que, por supuesto, hice, y al releerlos me encontré con otros libros, iguales y diferentes a los que leí en mi juventud, porque soy el mismo que era entonces pero ya no soy igual; el mismo y otro.
Mi experiencia personal, y sobre todo otras lecturas, hacen que al releer pueda ver cosas, aspectos, detalles, profundidades y texturas que de joven no podía ver.
Así, volviendo a El alférez real, resulta evidente en la novela que los personajes hacen parte de una sociedad rígida, profundamente clasista y segregadora. Al releerla vuelvo a disfrutarla. Esta vez voy más allá porque veo o no echo a un lado lo que quizá vi o ignoré cuando hice la primera lectura.
Al final me alegró que los personajes principales pudieran unirse y amarse, ya no diría que plenamente, porque si viéramos la vida sexual de estos personajes románticos, lo más probable es que fuera poco satisfactoria para ellos. ¿Se imaginan a María y Efraín viviendo juntos? María pendiente de los asuntos de la casa y Efraín de la hacienda y sus negocios. Lo mejor que pudo haberles pasado a estos amantes fue no haberse casado nunca. Lamento que Efraín y María no hayan aprovechado tanta selva y monte para amarse a plenitud.
Hoy sé que la unión de Inés y Daniel se dio no por un milagro, sino porque nada en términos reales se les oponía. Los dos jóvenes, contrario a lo que parecía, no pertenecían a dos clases sociales diferentes; no tenían que salvar ningún muro porque simplemente no había tal. Daniel ni siquiera era un hijo ilegítimo. Sus padres estaban casados por la santa Iglesia católica. No hay ni siquiera un movimiento que nos diga que Daniel asciende socialmente; mucho menos Inés. El final de la novela resulta feliz porque los personajes encajan en las estrictas normas de la vieja sociedad caleña. Lo más arriesgado en la trama era la pobreza de la madre del protagonista. Aun así, queda claro que era una mujer honrada que, como toda mujer de su época, sustentaba su honra en el estricto seguimiento de las convenciones sociales. A diferencia de María y Efraín, Inés y Daniel pertenecen a la misma clase social. Por eso se casan y, por lo menos en términos de la novela, son felices. María no se casó con Efraín no porque estuviera enferma y al final falleciera, la verdadera causa es que María no pertenecía a la misma clase de Efraín y, para colmo, era de ascendencia judía.
Mi formación política sistemática comenzó cuando yo tenía alrededor de dieciséis años. Podría decirse que tarde; sin embargo, ha sido bastante intensa y quienes me conocen de cerca lo saben. Mi formación literaria comenzó mucho más temprano, desde pequeño, desde las canciones de cuna y los primeros relatos de mi madre y mi padre. Cuarenta años después, mi hijo me permite regresar a El alférez real y yo vuelvo a él convertido en otro capaz de ver en la novela no sólo una historia de amor sino otra llena de presión e injusticia, relatada consciente o inconscientemente por el autor.
Todo escritor refleja, aun si intentara ocultarlo, lo que piensa, lo que de verdad cree. Al igual que todo hablante, por mucho que intente “defender su honor”, como afirma Teun van Dijk. Tanto Jorge Isaac como José Eustaquio Palacios son hombres conservadores, si bien aparezcan nominalmente como liberales. En la breve biografía de la Universidad del Valle que se refiere a nuestro autor se dice que
En la obra de Eustaquio se evidencia el foco siempre hispanista con que aborda la realidad y con el que construye sus mundos de ficción. Sus escritos periodísticos, casi todos publicados en su semanario El Ferrocarril del Cauca, reflejan su gran adhesión al dogma católico, la moral y la idiosincrasia del proyecto heleno-católico del partido conservador, aunque fue reconocido como un liberal moderado.
Ahora veo en la novela aspectos que vi e ignoré o simplemente olvidé porque no tenía las herramientas conceptuales para hacerlo. Cali parece ser un paraíso. Todos ocupan un lugar prefijado y nadie, si bien pueden aspirar íntimamente a que su vida cambie, hace nada por que esto suceda. Los esclavos no cuestionan en ningún momento la esclavitud; tampoco lo hace el autor. Al final de la historia, los amigos de los enamorados, los esclavos Fermín y Andrea, quedan liberados como una acción bondadosa de Daniel e Inés.
La esclavitud no se cuestiona. Se le ve como un designo de Dios y lo más que se hace es invitar a los esclavistas a que no abusen de su poder:
...el padre explicó el evangelio del día, con la mayor claridad, acomodando su lenguaje a la limitada inteligencia de los esclavos, y terminó encargando a éstos la paciencia y la resignación, y advirtiendo a los amos que ellos debían ser los padres y no los verdugos, de esos infelices, a quienes Dios en sus arcanos había colocado en la servidumbre.2
En cuanto a las mujeres, se les confinaba al hogar, a las labores domésticas. Dentro de las pudientes, una que otra sabía leer. Se les limitaba los libros a los que podían acceder. Ni siquiera a la Biblia podían acercarse. Ellas debían contentarse con lo que les dijeran los curas o encontraran en los devocionarios.3
El clasismo resulta natural y aterrador. Natural porque nadie lo cuestiona, ni el autor ni ninguno de los personajes. Todo pasa porque el mundo es así y no hay que moverlo. Los hijos de las clases populares no podían siquiera soñar con educarse:
No había colegios: los hijos de los pobres solían aprender algo con los frailes. A los colegios de Santa Fe y Quito sólo iban los hijos de los nobles, para los cuales se hacían informaciones de limpieza de sangre.4
Seguido se dice:
Nadie deliberaba sobre asuntos de gobierno: todo el mundo obedecía ciegamente, y el prestigio de la autoridad era inmenso. No pudiendo hacer guerra al rey, posibilidad que ni siquiera sospechaban, se la hacían entre sí por las preeminencias de la nobleza.5
La sociedad perfecta para cualquier Estado. Curioso, sin embargo, porque la trama ocurre a finales del siglo XVII, cuando en la colonia ya ha habido muestra de descontento en algunos sectores, y Cali no era la excepción.
A estas alturas, cabe una pregunta: ¿cómo pudo el joven lector de El alférez real no ver lo que hemos anotado y que se manifestaba evidentemente? ¿Ingenuidad? ¿Ignorancia? Podríamos llamarlo como se quisiera. ¿No nos ha pasado que un día nos toca hacer un trámite en cierta dependencia por la que siempre hemos pasado y que justo ahora que se necesita llegar allá no sabemos con precisión dónde queda? Decimos: sé que está en el centro, cerca del parque, por la avenida tal, pero no precisamos. O ¿no nos ocurre que pasamos cierta avenida y vemos en los pisos de arriba de los edificios apartamentos, adornos, fachadas, avisos que sólo hasta ahora descubrimos a pesar de haber pasado por allí una y mil veces? Cuando leemos puede ocurrir que no veamos algo porque no queremos verlo o no tenemos la capacidad de verlo, o porque, si bien lo vemos, no sabemos cómo verlo o no queremos y lo pasamos de largo. Hay múltiples razones.
Digo lo anterior, y no faltará quien diga que se trató de una mala lectura; sin embargo, está claro que, por muy buena que sea la lectura que hagamos, nunca recordaremos todo; de lo contrario terminaríamos como el Funes de Borges. No sólo tenemos que recordar lo que leemos, también lo que vivimos (aunque lo que leemos también es lo que vivimos). Creo que, pese al aparente olvido, la mente guarda lo que en el plano consciente hemos olvidado. En cualquier momento reaparecerá. Por eso es imposible rastrear cada palabra que hemos aprendido, cada concepto, cada imagen, cada idea.
Releí El alférez real y me pareció nuevamente una novela hermosa. Sin embargo, la vi con otros ojos. Me sorprendió que las largas descripciones no hayan ahuyentado a un joven que quería saber cómo terminaba la historia. La trama me atrapó y por ella seguí hasta el final dejando a un lado aspectos que hoy me parecen esenciales.
Hoy he podido leer otras cosas que entonces no pude leer. Y la relectura me confirmó que soy otro gracias a mi experiencia personal, a las lecturas que he hecho tras cuarenta años de haberme encontrado con El alférez real por primera vez. Por eso soy otro, pero también el mismo porque me sigue conmoviendo, décadas después, la misma historia que conmovió a un joven de quince años.
- El alférez real, una llama en el fuego que soy
(sobre el libro de José Eustaquio Palacios) - miércoles 25 de febrero de 2026 - Los textos inútiles, de Adolfo Ariza Navarro, una estética para la solidaridad - domingo 21 de julio de 2024
- Báratro, de Roberto Núñez Pérez
(selección) - miércoles 7 de febrero de 2024
Notas
- En octubre de 1980 Nicolasito, de apenas diecisiete meses de edad, quien vivía con su familia en los alrededores de Pereira, cayó en un hueco de 75 metros de profundidad y 35 centímetros de diámetro. Durante 79 horas, varias cadenas de radio transmitieron en directo los intentos de rescate, los cuales resultaron infructuosos. El 12 de octubre en horas de la tarde se rescató el cadáver del pequeño.
- Palacios, José Eustaquio. El alférez real. P. 63. Panamericana, 2ª edición, 2023.
- Op. cit., pp. 66, 67.
- Op. cit., p. 86.
- Ídem.


