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El Quijote en Nirgua

miércoles 29 de abril de 2026
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Don Quijote y Sancho Panza
La travesía del Quijote es en esencia verbal. Es un triunfo heroico de las palabras trabajando la realidad para sacarla de su lógica inamovible e insustancial o cuando no aburrida y como repetitiva. 📷 “Don Quijote y Sancho Panza” (ca. 1847), de Wilhelm Marstrand • Museo Nivaagaard • Dinamarca

D. Quijote de la Mancha, de M. de Cervantes
Editado en Nirgua (Venezuela), D. Quijote de la Mancha, de M. de Cervantes (sic), es un resumen inmisericorde de las aventuras del caballero de la triste figura, con una selección de capítulos íntegros.

Visité Nirgua con el fotógrafo Yuri Valecillo. Queríamos conocer a ese poeta inmenso que fue Teófilo Tortolero. Llegamos en la mañana y una neblina densa, con frío de montaña, estaba allí para la bienvenida. Como era bastante temprano para ir a la casa del poeta, dimos un recorrido y a eso de las diez de la mañana fuimos. Alguien allí nos comunicó que Tortolero estaba en un bar cercano. Y allí estaba el poeta Tortolero, traspapelado entre penumbras como al acecho de la metáfora. Fuimos a su mesa y nos presentamos. Fue bastante amable y nos invitó a sentarnos. Yuri le hizo algunas fotos; luego fuimos a su casa y mostró sus lienzos en pintura, actividad a la que estaba dedicado en estos últimos tiempos. Como entregándonos un secreto dijo en voz queda: “Nirgua es un espejismo que se abre paso en la neblina, un sueño con colinas, vallados y quebradas; todo es real o de mentira y sólo la escritura le da certificado de autenticidad a los espejismos, luego dicen que eso es poesía, no sé...”. Nuevas fotos; serían las últimas, debido a que fallecería un año después. Eso fue todo y nos despedimos.

Todo esto viene a cuento debido a que en Buscadores de Libros, un lugar al cual llegan libros, pero que no es una librería, aunque venda e intercambie libros, mucho menos es una biblioteca, pero cumple a veces esos roles y algunos otros, dirigido por Mariela Mendoza, encontré un ejemplar de bolsillo bastante particular, impreso en Nirgua.

El libro de bolsillo no era otro que D. Quijote de la Mancha, de M. de Cervantes (sic). Me sorprendió el tamaño (15 x 21 cm) y además noté que se trataba de un resumen inmisericorde de las aventuras del caballero de la triste figura, con una selección de capítulos íntegros. La letra, ilegible ya para mis ojos, era a lo sumo de seis o cinco puntos. No tenía fecha de impresión, pero en una de sus páginas de guarda informa que fue impreso por la Imprenta Polo en Nirgua.

Nirgua es la ciudad capital del municipio homónimo. Se llega a través de la carretera que conecta Chivacoa y Tocuyito, es un punto medio del recorrido entre Barquisimeto y Valencia. También forma parte del estado Yaracuy, tierra de magia esotérica en la que está la mítica montaña de Sorte, dominio sempiterno de María Lionza. En la montaña de Sorte una caterva de brujos, tarotista, yerbateros, santeros, nigromantes, truqueros de medio pelo y todo bicho de uña entrampados en las redes de lo espiritual-cabalístico se dan cita para contactar espíritus, realizar ensalmes e invocar a las deidades más dispares.

Con semejantes antecedentes era inevitable recordar aquel ensayo de Jorge Luis Borges, “Magias parciales del Quijote”, en cuyo texto el escritor argentino escribe que Cervantes busca, sin arbitrariedad alguna, superponer la realidad del libro a la realidad del lector, busca “confundir lo objetivo y lo subjetivo, el mundo del lector y el mundo del libro”. Para subrayar esto Borges recuerda que, en el sexto capítulo, durante el inventario que efectúan el barbero y el cura a la biblioteca de don Quijote, está, para asombro del lector, La Galatea de Cervantes, historia a la cual su autor le tenía mucha fe ya que le otorgaría la fama siempre esquiva. Para completar lo increíble el barbero asevera conocer a su autor, “que es más versado en desdichas que en versos”, e incluso como “lector crítico” acota que La Galatea propone algo y no concluye nada. Este recurso le servirá a Cervantes, a lo largo de toda la travesía de don Quijote, para cruzar las líneas de lo real y lo ficticio.

Borges escribe:

Ese juego de extrañas ambigüedades culmina en la segunda parte; los protagonistas han leído la primera, los protagonistas del Quijote son, asimismo, lectores del Quijote. Aquí es inevitable recordar el caso de Shakespeare, que incluye en el escenario de Hamlet otro escenario, donde se representa una tragedia, que es más o menos la de Hamlet; la correspondencia imperfecta de la obra principal y la secundaria aminora la eficacia de esa inclusión. Un artificio análogo al de Cervantes, y aún más asombroso, figura en el Ramayana, poema de Valmiki, que narra las proezas de Rama y su guerra con los demonios. En el libro final, los hijos de Rama, que no saben quién es su padre, buscan amparo en una selva, donde un asceta les enseña a leer. Ese maestro es, extrañamente, Valmiki; el libro en que estudian, el Ramayana.

Borges al final pregunta a que se debe esa inquietud de que don Quijote sea lector del Quijote, y Hamlet espectador de Hamlet. Y entonces se responde, como hurgando en los terrenos de lo infrecuente, “tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios”. No obstante, creo que resulta más turbador (aquí aventuro otra jugada en este tablero) ese anhelo del lector Alonso Quijano de llevar a la realidad lo escrito en los libros pasando por encima de todas leyes lógicas. Además, ¿no es un poco el sueño de una buena porción de lectores?, ahí reside lo espeluznante.

Retomando de nuevo el Quijote editado en Nirgua, el editor, como tratando de justificar su sacrílega edición mutilada, escribe una nota explicativa. El primer párrafo anota los tópicos de que si el Quijote es, después de la Biblia, el libro más difundido en el mundo, que son incontables las impresiones tanto en castellano como las traducciones a todos los idiomas más importantes, que si es una obra fundamental para todo aquel que sienta inquietud por el buen hablar que debe conocer. Aduce sus razones para su edición sintética: “En la actualidad este libro importado alcanza precios prohibitivos fuera de las posibilidades económicas de la mayoría de los estudiantes de Bachillerato. Es por tal motivo que ofrecemos esta edición antológica con una cuidadosa selección de los capítulos más representativos sin menoscabo del conocimiento global de la obra, ya que la mayoría de los capítulos son independientes, sin continuidad o relación vinculada con los demás”. Remata su nota el editor: “Esperamos que desde el Olimpo de la gloria literaria, el insigne Manco de Lepanto nos otorgue su beneplácito por publicar la obra incompleta”.

Haciendo un forzado juego imaginativo veo a don Quijote descabalgando de su enclenque corcel y visitando Sorte, mientras Sancho se santigua varias veces. Sin duda algún habitante de Nirgua debió de adquirir el libro y leerlo para deslumbrarse con los encantamientos que acosan al simpar caballero.

La travesía del Quijote es en esencia verbal. Es un triunfo heroico de las palabras trabajando la realidad para sacarla de su lógica inamovible e insustancial o cuando no aburrida y como repetitiva. Se habla demasiado a lo largo de la novela y la fe del Quijote por las palabras es inquebrantable, ya que éstas le permiten transmutar lo real hasta darle giros inesperados, a veces risibles, otras dramáticas, muchas mundanas y algunas de enorme profundidad filosófica. El mundo que le rodea se ve de repente interrumpido por este héroe fuera de lugar y le sigue el juego como burla, como terapia, como experimento, etc. Así don Quijote va amoldando su mundo alucinante (a veces desquiciado) a ese mundo real atosigado por muchas desigualdades e insolidaridades al mayoreo; va como dibujando su mundo particular, y como de espejismo, hasta borrar ese mundo verídico donde él era sólo un hombre llamado Alonso Quijano, de más o menos cincuenta años, atrincherado en su biblioteca esperando la muerte. Para tratar de escapar a tan inexorable y oscuro destino decide salir al mundo desde la locura y la imaginación.

Por su parte Cervantes, en vez de escribir otra novela, construye un artefacto literario diferente en el que, además de la historia de don Quijote, va anexando historias que ha escrito y que han quedado como sueltas (y abandonadas) en un cajón de su escritorio sin destino cierto. No sabe si esto funcionará, pero permitirá abultar el libro y librarse de esas historias escritas sin un lugar apropiado.

Como escritor Cervantes ha resultado el hazmerreír de sus coetáneos y colegas. Sus obras teatrales, rotundos fracasos. Sin mencionar que como crítico de su propia obra no era muy asertivo que se diga, ya que creía con firmeza en La Galatea, un inigualable bodrio pastoril que narra la rivalidad de Elicio y Erastro, ambos detrás de los favores amorosos de Galatea. El padre de ésta quiere casarla con el rico Erastro, mientras que Elicio sólo tiene como dote su profundo amor. En el transcurso de esta historia principal se intercalan poemas y otras historias subalternas de otros personajes y como telón de fondo un estudio psicológico sobre el amor. Este mismo recurso de inmiscuir otras historias en la columna principal de la historia principal lo utilizará con más pericia en el Quijote. En suma, Cervantes se juega todo con esta novela que sin duda fue concebida desde el ensayo y el error y en la que los héroes novelescos son tan triviales y humanos como el lector. Cervantes vislumbra con el Quijote los derroteros de la novela futura, sin tramas rimbombantes y con héroes ordinarios amasados con mucha carne real, en la cual la ficción y la realidad se traspapelan en ese juego de espejos infinito, como infinitas lecturas posee la novela.

Carlos Yusti
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