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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
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Merceditas Chacón adora hospedar en su laptop al amigo Bot. Este ha sido el mejor negocio de su vida. Él le rastrea los libros que necesita, le responde todas las preguntas, le escribe lo que le pida, reclamos al condominio, listas del mercado, y lo máximo, los informes y las tesis, liberándola de la carga más pesada de todos estos años: los estudios.
Merceditas adora a Boty. Mientras él le saque las patas del barro, jamás se le ocurriría echarlo.
Y es que nunca los humanos tuvieron tan cerquita la ciencia ficción.
Ya en el mismísimo kindergarten, debían exprimirse el cerebro, si querían crear un cacharrito de plastilina, y más adelante, sacar la básica, la media, una carrera.
Y para Mercedes en particular, esos retos siempre fueron una tragedia.
Entre los siete hermanos, fue la única que no le vio la gracia a que la abandonaran en la escuela todas las mañanas, con una señora malencarada que la obligaba a deletrear el ma-me-mi-mo-mu, a escribir los números del uno al cien, que deliraba con que obtuviera las calificaciones más altas.
Entonces, visto lo visto, su mamá le recortó la cabuya; le prohibió paseos, matinés, fiestecitas, y la sentó cada tarde a hacer las tareas y a repasar los libros, bajo la amenaza de La Chola disparada desde la puerta de la cocina.
Una chola, por cierto, no de las de goma espuma que en el trayecto pierden el ímpetu, sino la chancleta más baratona de los buhoneros de la Miquilén, de caucho negro endurecido.
Un proyectil diseñado para el terror, que dibujaba en las espaldas de los muchachos la suela completa, el 42 calzado por el progenitor.
No obstante, a Estaniña, así como no le entraban las letras, le resbalaban amenazas y castigos.
Sintiéndose acorralada, arrancó a desobedecer, encantada de provocar la furia de la gente grande.
Doña Petra, un carácter de los mil diablos, se arrancaba los cabellos, echando maldiciones por aquella bocota, sin pararse a pensar en que las arrojaba sobre su propia hija, mi mayor fracaso.
Y es que esa mamá sabía lo duro de surgir.
Venía de abajo, de un pueblito de los llanos venezolanos, en verano, un horno, y en tiempos de lluvias, un estallido de corocoras, gabanes, tautacos, caimanes, chigüires, loros, tragavenados; donde niños y adultos sobrevivían de arrear el ganado, cuajar la leche para el queso de año, rallar la yuca amarga, secar las ruedas del casabe, curar el tabaco, cocer la pasta, y aliñar el chimó bravo.
Trabajo rudo y poco próspero.
Debido a eso, en las oraciones, rogaba: ¡Señor, dame hijos abogados o doctores, sobre todas las cosas!
La espantaba hasta la pesadilla que alguno le pasara de largo al esfuerzo del padre, quien en plena efervescencia democrática alcanzó a traérselos al centro buscando mejorar.
Y al de ella, que le echó voluntad para ser maestra y conseguir cargo en el Paraguay, donde los suyos y muchos otros niños pasaban el día, almorzaban completo, trotaban en los patios, los pesaban, medían y vacunaban.
Pero ¿qué? A Merceditas no se le aguaban los ojos igual a las otras niñas oyendo historias tristes; tampoco se imaginaba en bata de médica atendiendo una consulta rebosante de mujeres embarazadas, ni dando carreritas de la peluquería a los juzgados.
Así, mientras los hermanos se aplicaban en las gordas ediciones de un Arcoíris casi incunable, hurgaban en los catálogos de la biblioteca los libros de geografía, historia, gramática, biología, aritmética y geometría, que alguna vez editó el Ministerio de Educación, descubrían continentes, países, ríos, cordilleras, volcanes, océanos, polos, meridianos y paralelos del planeta, eventos de la historia, la clasificación de las especies según Linneo, y la conjugación de los verbos regulares e irregulares de nuestra lengua según la Real Academia Española, la chica pasaba más dificultades que Sancho Panza escuchándole las peroratas a don Quijote.
Que lo suyo era disponer de los almuerzos ayudando en el comedor; hacer de Ratoncita Presumida, de Manuelita Sáenz, de Negra Matea; irse de jira con la gimnasia; si acaso, un poco sumar y restar, por aquello de llevarle el pulso a la miserable mesada.
Su objetivo: olvidarse del aburrimiento de los tiempos verbales, de la vida de los próceres y de la división territorial de Venezuela, y pararle la oreja al chisme de la madre y las vecinas, al del padre, los clientes del taller, los amigotes, para luego sorprender a su círculo de oyentes con historias inéditas.
Poco a poco se hizo fama de que sabía de todo.
Era la primera enterada de la retirada de la cocinera y la ecónoma para poderle meter la cuchara al caldero de las albóndigas; del color de las camisetas de su grupo en el próximo torneo; del momento de enviar una solicitud de empate, o pedirle un fiado al heladero.
Doña Petra cree firmemente hasta el sol de hoy, metida en su nicho del Cementerio Municipal de San Pedro, todavía muerta de la vergüenza, que tal desfachatez académica, o siendo optimista, tal germen de quién sabe qué capital social, obtuvo el diploma de sexto grado ablandándole el corazón a las maestras.
Y asimismo, rumia, lograría el de bachillerato, gracias a esa vulgar capacidad de labia y manipulación, desconocida en el árbol genealógico de los Chacón, y de curtirse en los códigos medio oscuros del liceo, donde la pillaron doce materias, y doce profesores que aparecían y desaparecían como estrellas fugaces, que no vacilaron en calificarla con el mínimo aprobatorio pues, dando patadas de ahogado, esa chica no hubiera vestido la toga y el birrete.
Realmente, Petra no conocía del todo a la hija.
Merceditas destacaba en dos artes.
La primera, en anotarse en los equipos de los mejores alumnos, tornándose, contra los pronósticos de cualquier gerente de recursos humanos, en insustituible.
Era quien conseguía las más económicas copias y encuadernaciones en Los Teques; quien retiraba de la biblioteca el libro, así no estuviera en préstamo circulante; quien lograba que alguien le dibujara los más lindos rotafolios o le vendiera los más ricos perros de las meriendas; quien reclamaba a los profesores, entrompada como una rottweiler, alguna nota inferior a la máxima, y a conveniencia, quien cotilleaba amablemente con las mamás, no se agazapara entre ellas alguna dispuesta a asociarle a la palabra más horrible del diccionario: bacalao.
La segunda de las artes, copiarse en los exámenes.
Aquí el primo la entrenó con solidaridad rufianesca: párrafos escritos en los muslos y en el piso, respuestas y ecuaciones en las uñas de los pulgares, en el envés de la goma de borrar, en papelitos amarrados a los cabellos, o grapados en las mangas.
(Los pinganillos no se veían sino en las comiquitas).
Probablemente cualquiera pensaría que Merceditas nació bellaca, fanática de los caminos verdes.
Pues no.
Crecer al borde del patíbulo les sucede a muchos niños. Algunos escapan. Pocos reciben auxilio.
A María, por ejemplo, su amiga de la universidad, la condenó su analfabetismo frente a las matemáticas.
Ella no olvida el primer día, cuando en medio de cuarenta alumnos oyó la palabra conjunto, y vio en el pizarrón, dibujadas, letras al lado de círculos: el patrón de una costurera que hiciera un mantel.
Creyó que había entrado a una clase de corte y costura.
Era la única llegada de una escuelita donde no sabían ni mu de las modernas, una moda francesa.
A partir de aquel trauma vergonzoso, respondía a las preguntas de los exámenes, en la primera marcando la X en la opción A; en la segunda, la X en la opción B; en la tercera la X en la opción C...
Y en la parte de Resuelva los siguientes problemas, sumaba los números que veía junto al signo de sumar, y restaba los cercanos al signo de restar, sin ni siquiera mirar de reojo los otros caracteres.
De regreso recibía, invariable, un 03; de chiripa, un 07.
Una estrategia suicida.
Para más ñapa, cuando anunciaban la fecha de la prueba, su cuerpo respondía igualito que Sancho Panza ante el tremendo susto de los batanes. Sólo que ella no podía amarrarle las patas a nadie, como hizo él con Rocinante.
María nunca olvidará al profesor que permitió el milagro de que esta espina de pescado, vestida para ir a un convento, ojona y peluda, se hiciera bachiller.
Romerito, jamás ella entendió la razón, hizo prosperar un performance repetido los lunes y miércoles ante un público adolescente enmudecido:
—A ver, ¿quién pasa hoy a la pizarra?
Romerito, lentecitos redondos, calvicie, guayabera azul celeste, una tortícolis permanente, y la tiza entre el pulgar y el índice de la mano derecha extendida, a la espera.
Obviamente, ninguno de los bostezantes del público deseaba vérselas con el binomio de Newton.
Entonces él, paseando la mirada sobre el montón de melenitas esquivas, ocultas unas atrás de las otras, nombraba, al azar:
—¿Briceño?
(Antes, en los liceos, los alumnos eran puro apellido).
María, en un estado cataléptico, levitando del pupitre como una zombi, se acercaba, tomaba la tiza, la afincaba en el tablero, y ahí esperaba. Un murciélago desnutrido, expuesto a la primera pedrada, hasta que escuchaba, muy a lo lejos, la voz de Romerito, dictando:
—Ajá..., a ver, Briceño, escriba la fórmula de Newton y sustituya a y b por 1.
Ella se mantenía digna, a pesar de las circunstancias. Un maniquí talla P, completamente anoréxico. La expresión profundamente pensativa, idéntica a quien analiza una cuestión difícil. Una Juan Peña absorta, la lengua enterrada en la muesca del diente roto, pareciendo no decidida a plasmar unos símbolos que, sinceramente, no se le iban a ocurrir, en aquel pizarrón verde, infinito como el Ávila.
Hasta que la voz del profesor retornaba:
—Recordemos la fórmula, Briceño; a ver, a ver... abra paréntesis, escriba, a más b, ajá, cierre paréntesis, a la ene... ¡Bien! Si ahora sustituimos...
Pero nada era sustituido, regresando la tiza a la más extática tiesura.
—Si sustituimos..., recuerde...
María recordaba...
Cero.
Y Romerito insistía en su apostolado, queriendo salvar las neuronas expertas en cifras que quedaran en el cerebro agarrotado como rodilla artrítica de esta muchacha.
—Sigamos, sigamos; ahora vuelva a abrir paréntesis, anote, uno más uno, ajá, cierre paréntesis, a la ene... Bien, bien, muuy bien. Tenemos, finalmente...
Instalado aquí, el profesor, ya ni en broma detenía el dictado.
Seguía adelante, arrastrando aquel tren, semejante a la más enérgica locomotora que pitara triunfal: ¡Próxima estacioón!
María, pasajera del primer vagón, atenta, copiaba, copiaba, copiaba, mientras en su bruma cerebral entraba luminoso, lenta y felizmente, el aviso de El Final de este Acto Teatral de dos funciones a la semana: ¡Muy bien, Briceño! ¡Excelente! Puede sentarse...
Es que si a Romerito se le hubiera ocurrido saltarse el guion, el efecto de ser María la única alumna capaz de resolver el ejercicio se perdía. Los compañeros del 5º C, turulatos frente a una cadena de guarismos de los que N.P.I., descubrirían que conocía el binomio ese tanto como ellos. Y la palabra Aprobado en el boletín de María Briceño, aparecida al final del trimestre, un fantasmita en tinta azul, al lado de la anhelada calificación de los 10 puntos, y la firma minúscula del profesor, hubiese detonado un barril de pólvora.
¿Eran estas unas chicas tramposas? Sobrevivientes, tal vez.
Merceditas, al final, recibió diploma, más medalla de licenciada en algo, en un solemne acto académico al que todos los médicos y abogados de la familia asistieron, envueltos en trajes y tacones crujientes.
Después, le dieron unas horas en la universidad, y tenía alumnos que la adoraban: era una abanderada de los trabajos prácticos.
Nada de mandar a leer teorías fastidiosas.
—Conmigo no va esa leedera —anunciaba—. Aprendemos haciendo, decía un importante pensador..., ahora no recuerdo el nombre, pero si quieren saberlo, investiguen.
Comenzando el semestre, organizaba los equipos; les daba las instrucciones, orientadas a que los grupos lanzaran, al cerrar, dos semanas de conferencias en el auditorio, dictadas por ejecutivos de agencias publicitarias.
Las tareas, simples: diseñar invitaciones, conformar un grupo de anfitrionas, contratar músicos, refrigerios, convocar a los medios y, muy importante, invitar a todo el cuerpo directivo de la universidad.
Ante posibles dudas, ella permanecería a la orden en el departamento.
Aunque, si acaso no la podían ubicar, les recordaba que andaba comprometida en comisiones de reordenamiento institucional.
Tal dinámica le permitía, entre otros asuntos personales, anotarse con otras tres colegas en los posgrados que cada tanto debían cursar.
El más reciente, en el piso cincuenta del ministerio, era bastante amigable con los horarios de trabajo de los docentes; exigía solamente estar presentes un viernes al mes. La evaluación consistía en la entrega de un informe por materia, y la tesis.
En las dos primeras sesiones, sirvieron los platos fuertes.
Una docente que alucinaba con la paideia, la areté, las epopeyas, en Filosofía.
Y en Diseño Curricular, un jesuita que sólo recibía los trabajos en el puño y letra del estudiante, y pedía el mapa de las carreras en un tejido de cuerdas como cabuyera de hamaca, destinado a desanudarse y anudarse sobre la mesa de las exposiciones.
Mercedes, cuando veía la cosa seria, se ponía seria.
Con los griegos, supo detectar a una idólatra de la Ilíada y la Odisea. Le pidió equipo, declarándose fan de Aquiles y Ulises desde su más tierna infancia, y ésta, encantada, la aceptó.
El trabajo final lo firmaron ambas. La calificación fue la máxima.
Con el jesuita, la tuvo más difícil.
Le trajo cafecito, y el profesor lo dejó enfriar sobre el escritorio.
Intentó comentarle de su trayectoria en una Comisión de Revisión del Diseño, y el profesor ni la miró.
No tuvo más remedio que aplicarse a fondo en el ramo textil.
Sin embargo, al pasar al tercer mes, el nivel del posgrado descendió tanto que Merceditas decidió intervenir, haciendo valer su reputación profesional.
(Un poco más y la atropella un carrito de helados).
Debido a que los profesores se la pasaban más pendientes de cuándo les pagarían las horas, buena parte del tiempo sobrante ella lo inundaba con anécdotas al estilo de... cursando yo un diplomado de Filosofía de la Educación en la Complutense...; o... me decía el doctor Harry Smith, especialista en teorías del Big Bang, en una conferencia en Londres a la que tuve la ocasión de asistir...
Y mientras los demás presentes la escuchaban con veneración, quienes la conocían controlaban las ganas de patear de la risa.
Y así, ricamente, sin estreses de ningún tipo, prosiguió la agenda académica, a paso firme, atrapando sobresalientes.
Similar a todos los viernes, las amigas continuaron bajando a Caracas por la bucólica carretera vieja, comentando alegremente las noticias domésticas, parando a comer unas empanadas sabrosas en un negocio bonito que regentaba una andina, equipando hasta el mes próximo dulces de limón y de mandarinas en almíbar.
Los almuerzos los resolvían saludables en un restaurancito vegetariano cercano a la sede, sentadas en una mesa lo más retirada posible, para no enterarse de noticias al estilo de: ¿Te enteraste de que se quedaron sin boca ni nariz unos pobres gatos que se alimentaban de los restos de una fábrica de embutidos...?
Regresando a Los Altos comentaban las novedades del día y se repartían los puntos del próximo informe. Sin ningún apuro: tenían al buen amigo Bot esperándolas, un tipazo, una autoridad académica, y más discreto que la momia de Tutankamón.
Atrás quedaban las angustias del pasado, cuando les tocaba quedarse hasta la madrugada, ensamblando párrafos de diferentes autores, hasta que los capítulos estuvieran coherentes, y corretear a algún colega que no les terminaba de devolver la preciosa lista con los conectivos.
Eso sí. Estaban conscientes de algo: la clave para una excelente calificación, y la tranquilidad de todas, sigue siendo saberle plantear al Boty La Pregunta.
Que después el robocito, sin fallar, capta la idea, recaba los datos, los analiza y saca las debidas conclusiones.
De todas maneras, a Merceditas, que en verdad nunca escribió un ensayo propio, pero mantiene su cerebro activo y fuertes sus neuronas gerenciales, en lo más profundo, no deja de inquietarla Boty.
Que una cosa, medita, es darle órdenes a una máquina para que limpie la casa, haga las compras, contrate un plomero, y otra permitir que el Boty se haga el artista. Que hasta capaz y un día de estos se las dé, advirtiéndote que el cerebro se te va a ir secando, porque dendritas no motivadas ¡paf!, cortocircuito seguro; y que lo que no se usa, lo pierdes... Pero Merceditas prefiere cortar en seco esas ideas tan negras que vienen a sabotearle la paz mental.
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