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Con el perdón de los cerdos

jueves 22 de mayo de 2025
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Con el perdón de los cerdos, por María Isabel Briceño Armas
Mi amiga sigue hurgando en esa peligrosa y monstruosa variante de dementores que abduce a nuestros niños, y los lleva a morir, mucho antes de morir.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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La pederastia no siempre le pareció un asunto monstruoso a la gente grande.

En Grecia, cuna occidental de la literatura, las matemáticas, la historia, la democracia... los señores exhibían en los banquetes a sus niños favoritos, los adornaban con guirnaldas floridas y los ofrecían a sus invitados a modo de juguetes de placer.

Mientras más pequeñines, más envidia, y mejor reputación, pues era muy mal visto que un griego tuviera sexo con muchachos mayores; de dieciséis, por ejemplo.

Igual sucedía en Japón, pero aquí era con las niñas, encerradas de a kan en prostíbulos inmensos como ciudades, en los que eran sometidas a diversos y continuos aquelarres sexuales con adictos, enfermos, ancianos y jóvenes, hasta convertirlas en desechos humanos.

 

Hoy me iba a reunir con mi amiga Silvia.

Nos tomaríamos un café.

Silvia había sido una de mis compañeras del bachillerato.

La que siempre deseó ser maestra.

Sin embargo, en esa época, todavía hace unas pocas décadas, la tarea de una muchacha era conseguir un novio, casarse y parir.

Pero mis amigas y yo éramos un poco cabezaduras; no queríamos eso.

Aunque no lo tuviéramos nada claro, y nos acosaban la falta de dinero, las prohibiciones constantes en casa por aquello de qué va a decir la gente, soñábamos con tocar violín, montar bicicleta, conocer países...

Nuestra juntica comenzaba por el mero y enorme gusto de encontrarnos cada tarde, persiguiendo no sabíamos qué, y el rechazo desde las tripas a tantas pesadeces amargándonos la existencia.

Estrategias, suponíamos, para que la vida fluyera, para que no nos rondaran los monstruos, y de las caídas pudiéramos levantarnos con buen pie.

Así llegamos a adultas, a duras penas; lamiéndonos las mordeduras recibidas de la coñamentazón que surgió entre las normas establecidas durante siglos, y el bululú de los nuevos tiempos.

No obstante, tuvimos amigas que nos llenaron de orgullo; la flaca Elizabeth, marchó con una beca Gran Mariscal al instituto Max Planck.

Físico ella. Físicos los hijos.

De Los Teques al infinito.

Todavía me parece verla en las prácticas en el laboratorio, haciendo muy segura la señal de costumbre bajo las narices de los muchachos burlándose de la rarita, y de su pasión por el sistema solar.

Bullying, llaman ahora a esta clásica matonería prehistórica, o violencia entre los pares, de los más fuertes contra los más débiles, pocas veces enfrentada eficazmente.

De las que no alcanzaron puerto, Puerto, con mayúscula, Teresita llevó la peor suerte.

Lo de ella eran los idiomas.

Aún conservo su traducción de Yesterday, hecha en esa escritura de bachaquitos yendo y viniendo.

Por entonces, no disponíamos de computadoras que convirtieran textos a idiomas desconocidos.

De ninguna computadora, siendo sinceras.

Pocos tenían teléfonos fijos pero, aunque nadie hoy se lo crea, nos fascinaba escribir a mano, y curucutear las páginas abigarradas de los diccionarios, jugando la candelita de palabra en palabra.

A Teresa, a pocos meses de irse al extranjero a estudiar inglés, cosa que su familia le había organizado con mucho sacrificio, vino uno y la asesinó de varias cuchilladas en el abdomen.

Había sido la primera de todas en ser mamá.

Ese día de marzo del 79 la catedral de Los Teques rebosaba de consternación.

No conocíamos tales ensañamientos.

Más bien un muchacho, frente a un rechazo, solía preguntar a la chica si podía guardar esperanzas, y si la respuesta era negativa se retiraba a su guayabo con un mínimo de dignidad.

 

Silvia sería la primera en su familia en ir a la universidad, y esto alegraba secretamente a su mamá.

No al papá, ni a los hermanos ni al aspirante a marido que cosechaba maíz cariaco en los campos de San Diego de los Altos, y que necesitaba una media docena de hijos, mano de obra gratis.

Con todo, logró escapar, y estudiar, no entregándose al tantísimo amor de los parientes.

La ayudó la tía Aurora, quien la trajo a vivir con ella siempre que le colaborara regando los jardines de su casa en la calle Ayacucho, y sacara el bachillerato.

También la apoyó el liceo, el centro en el municipio Guaicaipuro de las pruebas para la preinscripción nacional universitaria, coordinado, además, por un profesor negado a dejar ni a un alumno ni a una alumna de lado.

Que si todos esos astros no se le hubiesen conjugado, en vez de contemplar en la pared rosa del dormitorio su título, bellamente enmarcado en la vidriera del señor Pedro, se hubiera quedado enterrada en Guareguare, atada a una cadena de carricitos trepándole las faldas.

Al año siguiente ingresó al Instituto Universitario Pedagógico de Caracas.

Se graduó y pasó décadas en aula.

A partir de la jubilación, trabaja en la Lopna, protegiendo a pequeños que tienen la muy mala estrella de ser víctimas de los pederastas; visitando a menudo lugares tan mierda que, si acaso, la convidan a un trozo de pan seco y ácido, a un café con leche que nunca sabe ni a café ni a leche; donde las mujeres pasan sus vidas en los rincones más negros, friendo las tajadas en una grasa rancia que se adhiere a la piel idéntica a un sello, asomando únicamente para colgar en los alambres la ropa chorreante y percudida, o para llamar a sus niñas herederas que juegan con muñecas de segunda mano, sin brazos ni piernas, y un único ojo insomne, encima de las aguas negras, bajo un sol de justicia.

Malaquías 4:2.

 

Nos abrazamos, amontonando un tiempo largo en las miradas, antes de comenzar a actualizar pérdidas y ganancias.

Me advirtió que contábamos con muy pocas horas.

Al día siguiente viajaba a Bogotá.

Un caso de pederastia.

La alegría se nos volvió humo, e inevitablemente tuvimos, prácticamente, un solo tema de conversación: violencia sexual hacia una niña, dejada al cuidado de unos parientes por una mamá migrante, justo al finalizar la cuarentena por la pandemia.

—Bueno... siempre es complicado. Más si hay niños. Yaurima estudia en el grupo escolar donde trabajé toda mi vida...

Silvia habla y va machacando con los dedos el azúcar en el platito del café.

La maestra la tenía entre las tímidas; de las que salen al recreo y no se alejan del salón.

Parecía que levantarse del pupitre y salir a jugar significaría una penitencia.

Pero la niña atendía la clase y sacaba buenas notas.

Nunca se asoció su introversión y mutismo con el drama vivido.

Y hasta cierto punto era entendible.

Cualquier maestra que se traslada a su trabajo de su casa en Las Tejerías, a veintiséis kilómetros, tres transbordos de buseta, a encontrarse con cuarenta y dos chiquillos en el salón, demasiado hace clasificando a sus diablitos en más o menos sociables.

A Yaurima, al menos, la anotaron para las empanadas que las docentes le compraban a la señora Olga y repartían entre los sin desayuno.

La niña se acercaba la última, a diferencia de dos o tres compañeritos, y en esa media hora, seguramente interminable, igual a un peíto de culebra, masticaba al ritmo de una sola pensadera.

A la salida la recogía un hermano del papá, que no lo era.

Yaurima no tenía papá, se supo luego.

 

Aquel viernes el vigilante, el señor Venancio, abrió el portón y vio una sombra encima del cartel grande del carnaval, que de día era todo letras multicolores y serpentinas.

A sus años, Venancio ya no creía en fantasmas ni aparecidos.

Pese a todo, a esa hora en que este cielo se resiste a azulear y la bruma sobra, y todo es gris, una cosa se le vino a la cabeza: un espanto.

Un espanto pequeñito mirándole con dos agujeros deformes y oscuros, sin párpados ni pestañas.

Al cabo, muy sorprendido —Yaurima llegaba la primera, nunca así, de madrugada—, sólo se le ocurrió un Mi niña, ¿se me cayó de la cam...?, cortado a la mitad, cuando, escalones más abajo, le distrajo un bojote de gatitos abandonados.

Así lo declararía más tarde: no sería la primera vez que abandonaran una mochila de gatos a la entrada de la escuela.

—No son gatos, Venancio —señaló Betty, la bedel—. Es un muchachito acurrucado.

A la brevedad llamaron a la directora. Ésta ya venía en camino, y mandó Lopna, para lo que enseguida sospecharon era un caso de violencia contra niños.

 

No resultó nada sencillo que la niña contara lo sucedido.

Había permanecido muda, rodeando con su brazo al hermano, alumno del preescolar en el turno de la tarde, que en la madrugada la siguió desde el hogar hasta la escuela, similar a un duplicado de ella en miniatura; sin sacarse ni por un momento de la boca el dedo pulgar ni el cachito de trapo mugriento; una pizquita peregrina de Guille, el de Mafalda.

Finalmente, pudieron ser las empanaditas dulzonas en las horas del hambre, o la cariñosa y sonriente profesora, las que hicieron a Yaurima hablar y contar del monstruo.

Él me acompaña en mi cama cuando tengo miedo; me acariña las piernitas, la barriguita; me dice, nada malo, nada malo... pero que no se lo cuente a nadie, ni a la abuela, que me dará una paliza, y él no podrá darme más regalitos, así quiera... Mi tío hace cosas... cosas muy raras, como de enfermo; se saca algo del pantalón, le da golpes... y eso le duele, me mira así... como si le doliera... Me dice que puede morirse, morirse podrido, que se lo comerán los gusanos, podrido, igual le pasó a Catire... el cachorro que me regaló mi mami cuando se marchó a trabajar a Colombia... se murió reventado, eso dijo mi abuela, ella sabe de esas cosas; los gusanos le salían por los huecos, por los ojos, por la panza...; pero mi tío dice que a él no le pasará nada de eso si yo le hago caso, si no le cuento tampoco nada a mi mami; porque si no, mami no regresará más nunca a Venezuela, de lo brava... y lo que yo más quiero es que mi mami deje ese trabajo allá y se vuelva aquí conmigo. ¿Anoche...? Anoche mi tío no me hizo nada... no me hizo nada... Me lo dijo, no te voy a hacer nada malo; y me dio caramelos... las manos de mi tío estaban muy frías... yo le dije, tío tengo mucho frío... tengo mucho frío, y me dio mucho sueño, y me dio mucho frío, y me dormí...

Los moretones en los brazos y en el cuello de gallinita piroca; la blusa, los botones arriba, los ojales abajo; los zapatos, sin medias; la moñera, una luciérnaga moribunda; la panty minúscula, una mariposa con las alas rotas, manchada y puesta fuera de lugar; el no entiendo, congelado en la cara infantil, arropándolo todo; y los funcionarios, tomando las declaraciones y levantando el acta, y la comisión policial yendo a detener al pederasta.

Pedófilo, al cuidado de las ovejas; pedófilo, de mirón de escuela a criminal.

El firme aquí y aquí, que hay leyes obligando a todo el mundo a proteger.

A no escudarse en el tío, mi hermano; vecino respetable, ancianito, que no sabían...

En que la niña o el niño los provocaron.

Abuela y tías en antecedentes.

 

Se nos vienen a la mente otras dos niñas, idénticas a miles que en este instante son echadas a los caminos.

 

Silvia escuchaba a escondidas.

—Te volaban un bofetón si siquiera la nombrabas.

Pese a todo, no aguantó la tentación y permaneció detrás de la puerta sin respirar, sacando en limpio que la vecinita había hecho algo muy, muy malo, y que, al morir, iría al infierno, a las pailas hirvientes llenas de pecadores...

Unos cuantos años más tarde lo supo; a la chiquilla la violaba su papá para corregirle lo rebelde.

Un día, un comprensivo criador de pollos la montó en su camión hasta un hotelucho de Los Teques, llamado matadero por los machirulos de la época, donde el hombre la refugió con la complicidad del administrador, encargado de alimentarle a su Lolita de pueblo.

Cuando él la visitaba, le regalaba algún guilindajo de bisutería, un shorcito, un par de cholas, para cómodamente sacarse de encima la fumarada de la pesada que lo esperaba en casa.

 

Yo recordé a mi abuela Rosa, nacida de colonieros en tiempos de Juan Vicente Gómez, bajada hasta el pueblo, y entregada en crianza a una mujer sola.

Mi abuela, además de una habitación con balconcito en una pensión de La Pastora, y las baratijas de rigor, recibió un perchero en cuyo gancho el jefe civil de Macarao, que la secuestró, colgaba su sombrero pelo ‘e guama antes de, y un espejo biselado, donde se atusaba el bigote con un peinecito de carey, después de.

Y a poco, similar a la vecina de Silvia, echada de su cama de la callecita de los hoteles a vender golosinas en los semáforos, igual expulsaron a Rosa de la pensión, a los doce años de edad, sin otra opción que buscar quien la ayudara, a cargar con el espejo, el perchero y unos versos de Bécquer en una postal desteñida: algo de unas golondrinas volviendo sus nidos a colgar —el gocho aquel hasta le metía a la poesía—, y a marchar a trabajar recogiendo café por dos lochas exactas en alguna finca a orillas del prístino Guaire.

Escalones de descenso hacia un infierno sin fin.

 

Silvia y yo nos despedimos.

Mañana viajará por cuenta propia.

Quiere ubicar a la mamá de Yaurima.

La última noticia de ella, por otra venezolana, trascendió que todos los trabajos vistos en Cúcuta, aun teniendo permiso legal, se le fueron cayendo.

Que los ahorros se le agotaron y se marchó de la plaza de Bolívar, donde ambas dormían, tras la oferta para trabajar de puta, porque ya ni esperanzas de comprarse un tinto.

Silvia espera que la muchacha no haya caído en alguna red de trata persiguiendo un plato de comida.

En Bogotá preguntará por ella en las casas garage que le indicaron.

Si la ubica, y si es que ella lo permite, intentará ayudarla a recoger los pedazos que puedan restarle, en pos de Yaurima.

Tomando el bolso y sus lentes de sol, mi amiga sigue hurgando en la pederastia, en esa parte bestia de la humanidad que no muere y prospera en nuestros días.

Hurga en las redes ocultas de un sistema oscuro creciendo con cada clickeo, que permite entrar en línea a nuestros hogares y robarse a nuestros niños, mientras dormimos, confiados, en la habitación de al lado.

Hurga en esa peligrosa y monstruosa variante de dementores que abduce a nuestros niños, y los lleva a morir, mucho antes de morir.

Mucho antes del tiempo que todo niño necesita para aprender que la vida es buena, porque la vida tiene un fin, como dijo Varguitas.

María Isabel Briceño Armas
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